The Project Gutenberg EBook of Agua de Nieve, by Concha Espina

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Title: Agua de Nieve

Author: Concha Espina

Release Date: November 17, 2014 [EBook #47388]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AGUA DE NIEVE ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




AGUA DE NIEVE




OBRAS DE CONCHA ESPINA


  LA NIA DE LUZMELA (novela). (Segunda edicin.)

  DESPERTAR PARA MORIR (novela). (Segunda edicin.)

  AGUA DE NIEVE (novela). (Tercera edicin.)

  LA ESFINGE MARAGATA (novela). (Segunda edicin.)
    (Obra premiada por la Real Academia Espaola de la
    Lengua.) Traducida al ingls.

  LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). (Segunda edicin.)

  MUJERES DEL QUIJOTE. Traducida al italiano.

  RUECAS DE MARFIL. (Segunda edicin.) Traducida al italiano.

  EL JAYN. Drama en tres actos. Traducido al italiano.


EN PREPARACIN

  PASTORELAS.

  EL METAL DE LOS MUERTOS.




  CONCHA ESPINA

  AGUA DE NIEVE

  (NOVELA)

  TERCERA EDICIN


  MADRID
  IMPRENTA DE JUAN PUEYO
  Luna, 29, telfono 14-30
  1919




ES PROPIEDAD




A ISABEL CARRANCEJA


AMIGA _y seora: Recibid con buen semblante esta novela, nacida en noble
cuna, pues se escribi en vuestra casa al amparo de generosa
hospitalidad. Si la dulzura del asilo que me disteis y la grandeza de
esas marinas y paisajes montaeses no fueron parte  producir obra ms
bella, clpese  mi pobre ingenio, harto ruin, que no supo recoger de
tantas hermosuras sino vedijas de niebla, pedazos de hielo y salitres de
la mar. Pero la lumbre de vuestro corazn, al reflejarse en estas
pginas, habr de encenderlas con suavsimos resplandores, como sol de
Mayo, alegra del agua y de la nieve..._

                                                  CONCHA ESPINA




LIBRO PRIMERO

LA VIAJERA RUBIA




I

EN EL LAZARETO DE SAN SIMN.--REGINA DE ALCNTARA.--EL ESPEJO
TURBIO.--LOS MISTERIOS DE UNA NOCHE DE MAYO.--LA FELICIDAD DESCALZA.


TOC el bote dulcemente en la tierra, tierra frondosa y hmeda que
emerga de las aguas como un jirn de los blandos vergeles submarinos.
Regina de Alcntara, moza elegante y gentilsima, de ojos negros y
cabellos rubios, desembarc de un salto, rpida y leve, sin advertir que
un pasajero le tenda, solcito, la mano. Di la muchacha algunos pasos
por la costa, con visible emocin, y, de pronto, hincndose de rodillas,
hundi en la hierba fragante el demudado rostro. Acarici la mullida
tierra con un largo beso y levantse despus; mir en torno suyo algo
confusa, y como el mismo pasajero se acercara  decirla:--Llora
usted?--ella, riendo, contest:--No lloro... Es que la pradera me ha
mojado con sus lgrimas... Esta tierra ma del Norte siempre est
llorando...

Pero  Regina se le empaaba la voz al dar esta respuesta y le temblaban
las manos al enjugarse las mejillas con el pauelo. Volvi  quedarse
quieta y muda, entre risuea y llorosa, mirando cmo desembarcaban en
bulliciosos grupos los dems viajeros: gente humilde, repatriados
pobres, de traza miserable algunos, espumas y relieves de la emigracin
espaola, que arrojaba en la costa de Galicia aquel gran trasatlntico
_Iguria_, negro y humeante, presto  zarpar con rumbo  Francia. Los
recios perfiles del navo se recortaban  lo lejos sobre el fondo verde
obscuro del mar, bajo un cielo sereno, entoldado por gasas vacilantes de
niebla y de sol.

Una seora, de semblante dulce y triste, que acababa tambin de saltar 
tierra, coga, de manos de un marinero, el equipaje menudo de Regina y
lo colocaba en el suelo  los pies de la absorta muchacha. Pronto el
cabs elegantsimo, la maletita de espeso correaje, el portamantas
abrazado  los abrigos, las cajas y estuches, formaron alrededor de la
seorita un copioso cerco. En el bote, donde los marineros aligeraban 
saltos la carga de pintorescos atalajes, se mecan, bien arropados en
sus fundas de lona, los enormes bales de la interesante viajera.
Absorta estaba todava, mirando al mar de hito en hito, cuando la seora
del semblante triste la toc suavemente en el brazo, para decirle, como
quien despierta  un sooliento:

--Eh!... Que ya estamos en San Simn!

Volvi Regina la cara con lentitud, y pronunci vagamente:

S... ya lo s...

Miraba  su lado con hasto, como si la necesidad de ocuparse en algo
prctico la produjese grave repugnancia. Vi que dos mozos del Lazareto
se le acercaban, serviciales, y confiles al punto los trebejos,
indicando que deseaban una de las mejores habitaciones del hotel.

--Podr elegir la seorita, porque no hay pasajeros ms que en el
pabelln de tercera--le replicaron.

Y siguiendo una vereda adoselada entre los rboles soberbios,
detuvironse en un recodo del camino, ante una caseta rodeada ya por
buen golpe de repatriados.

---Tienen ustedes que pasar por el mdico--advirti un mozo.

En el dintel de la puertecilla, rotulada con el aviso, _Sanidad_,
aparecise un empleado del Lazareto, que grit:

--Pasajeros de primera! A ver... Por familias...

El caballero que antes habl  Regina, se acerc  ella sonriendo:

--Somos los nicos--dijo--; pasen ustedes.

Entraron las seoras, y un mdico, joven y buen mozo, las puls
ligeramente y las hizo algunas breves preguntas, de pura frmula, para
declarar que se hallaban en perfecto estado de salud. Un ayudante
confrontaba las listas de los pasajeros, y apuntando los nombres en su
libro, lea en alta voz: Doa Regina de Alcntara, soltera, veinticinco
aos, pasajera de primera clase para Vigo... Doa Eugenia Barqun,
soltera, cuarenta y ocho aos, dem dem... Les dieron  entrambas un
pequeo pasaporte que deban entregar al encargado del hotel, y fueron
despedidas cortsmente, no sin que Regina preguntase:

--Es verdad que no hay enfermos en la isla?

--Ninguno--respondile el doctor, muy diligente.--Hubo, hace das, una
defuncin entre el pasaje que vino del Brasil, y ustedes traen patente
sucia, por haber tocado en Ro de Janeiro; pero slo estarn aqu unas
horas, pues no desembarc ningn enfermo declarado por la sanidad de 
bordo.

El empleado de las anotaciones murmur, mientras escriba:--Daniel de
Alcntara, soltero, diez y nueve aos, fallecido en la travesa,  la
altura de...

Regina volvi la cabeza, vivamente, al oir el fnebre dictado.
Sorprendi el mdico la actitud de la joven, y reparando en la igualdad
de los apellidos, pregunt:

--De la familia de usted?

--Mi hermano--balbuci la muchacha. Y turbada y ligera salise del
pabelln, seguida por los ojos del mdico, inquisitivos y galantes.

Diez minutos despus se destocaba Regina en su estancia ante un espejo
de infame luna, que haca temblar las imgenes, desfigurndolas con
matices verdosos y alteradas lneas. Volvise la joven con inquietud
hacia la seora que acomodaba el equipaje:

--Oye, Eugenia, mrame--exclam.--Tengo la cara verde?

--No, mujer, qu ocurrencia!

--Pues aqu me veo lvida.

--Ser el reflejo de los rboles,  la calidad del espejo; t tienes
buen color.

--Ahora me he vuelto aprensiva... Es tan fcil enfermar... y morir en
plena juventud...

La seora, sin abandonar su trajn, responda con razonada persuasin:

--Danielito estuvo siempre delicado... Acurdate que desde pequeo era
un nene cativo, siempre en cuita; no tena resistencia para
desarrollarse... T no pareces hermana suya; eres sana y fuerte.

--S; eso es verdad--declar Regina con visible gozo. Irguise
arrogante, se mir las manos y las uas y gir hacia el espejo la
cabeza, pero sin atreverse  consultarle otra vez, sealsele  Eugenia,
diciendo:

--No te mires... Creeras que tienes ictericia, y, adems, sentiras
nuseas y mareos, lo mismo que en el camarote.

Alz los brazos para desprenderse las horquillas, y sobre sus hombros
gentiles, cayeron lnguidas, unas guedejas de pelo dorado, fino y dbil,
en melena corta, como la de una nia. Aquel cabello srico y laso, de
traza infantil, contrastaba, de manera singular, con los ojos negros y
apasionados de la moza y con toda su figura, fuerte y mimbrea, de
actitudes algo varoniles.

Con el cabello suelto y flotante acercse Regina al balcn y,
abrindole, se qued recostada en la barandilla, acariciando con sus
ojos profundos y ardientes las arboledas, ya sombras en la cada de la
tarde. Brotaba de la tierra una humedad fragante y deliciosa, el denso
olor de la campia del Norte, dulce beleo del alma y de los sentidos;
el aire salobre de la mar, mezclndose con el perfume agreste, mova las
frondas suspirando.

Se oy la voz de Eugenia desde el fondo de la estancia:

--Si te quieres arreglar, ya lo tienes todo dispuesto.

Pero la muchacha respondi, desanimada y negligente.

--Me duele un poco la cabeza, y me alivia tener el pelo libre de las
horquillas, as, al aire. Corre aqu un viento que es todo aromas. No
ir  cenar al comedor... Me acostar temprano...

Qued en silencio, en una bella postura de abandono que haca resaltar
todos sus encantos. Era alta, delgada, la piel morena, los msculos
recios, desarrollados en una vida de ejercicios corporales, casi
continuos. Con el paso largo y marcial, el talle recto y el seno apenas
iniciado bajo su traje de corte ingls, algo masculino, pareciera un
doncel,  no serle propia cierta gentileza muy femenina, dulce y triste
 la par. Sus ojos, grandes y negros, fulguraban con intensa inquietud
de pasiones: en aquellos ojazos errantes y curiosos, se asomaban al
mundo, al travs de la niebla de la miopa, misterios, ansias y fiebres
de un corazn nada tranquilo de mujer. Ojos eran que mostraban,  veces,
una tristeza sorda, un hasto, un desaliento conmovedores, y,  ratos,
una perfidia, una ambicin diablicas. Bajo el arco ligersimo de las
cejas, en el rostro nimbado por los plidos cabellos, los ojos
eclipsaban las dems facciones de Regina, no muy correctas, pero, en
conjunto, de expresin hermosa y profunda. Tena la frente altiva, la
nariz un poquito gruesa, el mentn suave y redondo, la mano
aristocrtica. Su boca sensual, propensa siempre  sonreir burlona,
pecaba de grande, pero enseaba unos dientes blanqusimos y daba
noticias de una voz musical y elocuente, cuyas cadencias sonaban 
cancin y  verso. Aquella voz cantora flua en mgicas palabras llenas
de agudeza y donaire, revelando una cultura, muy rara en labios y
entendimiento de mujer. Su conversacin, ms todava que su tipo,
demostraba un carcter fuerte y original.

Largo tiempo estuvo en la misma postura, mirando  la arboleda; pero
volvi sin duda  pensar en el espejo, porque con movimiento repentino
se acerc  los cristales del balcn, tratando de mirarse en ellos. No
estaban muy aseados ni parecan muy complacientes con la tenaz consulta
de la muchacha, que murmur, al cabo, llena de enojo:

--En este gran hotel sanitario no encuentro ni un cristal limpio donde
mirarme.

Y pasaba el dedo por los vidrios, sealando una huella escandalosa,
mientras Eugenia se lamentaba:

--Qu soledad tan triste! Por toda compaa tenemos de vecino  ese
comisionista de Alcoy, tu pretendiente en la travesa. Los comedores y
las dependencias de la servidumbre estn en otro edificio.

--No tengo miedo--replic la muchacha, acodndose de nuevo en el balcn.

Caa la noche con languidez amorosa en el regazo florido de la isla,
entre el perfume de las rosas de Mayo y las frescas alas de la brisa
marinera. Mostraba el cielo todava un fulgor del incendio que
circundara al sol en el ocaso; la fronda sostena en cada rama un
susurro glorioso y peregrino; lata una fuente escondida en el huerto, y
un mirlo silb dos veces, como un zagal oculto en la espesura.

--Parece que est la isla despoblada--murmur Regina con asombro,--Acaso
nos han dejado solas con el de Alcoy... Eugenia: podas asomarte por
esos pasillos misteriosos,  ver si encuentras quien nos d noticias del
comedor... Tengo sueo y quisiera acostarme pronto.

Diligente, la seora, se alej por los obscuros corredores, y, al cabo
de un rato, volvi con una moza descalza y mal vestida, que haca, por
lo visto, de camarera.

--Mande la seorita--dijo, ofrecindose con humildad.

La mir Regina un largo rato, con seales de que empezaba  divertirla
aquel hospedaje pintoresco.

La moza baj los ojos y se puso colorada. Entonces dijo la grata voz de
la seorita:

--Qu hay de cena, sabes?

--Hay muchas cosas--respondi la mozuela muy ufana.--Hay sopa, jamn,
pollos, pescado...

--Muy bien. Y de postre?

--Dulce de cabello y fresas.

Regina palmote como nena antojadiza que ha logrado un capricho:

--Ah, fresas!... Pues yo no ceno ms que fresas. Y quiero que me las
traigas aqu... Muchas, oyes? Un plato grande, con leche y azcar.

La zagala, que era garrida y graciosa, pareca reflexionar. Al cabo
dijo:

--Tendr que pagar aparte, por servirla en el cuarto...

--Y mis raciones de jamn y de pollo, no me las rebajaris de la
cuenta?--preguntaba Regina, con una curiosidad llena de regocijo.

Risuea y astuta, escuchaba la moza sin responder, fingiendo ignorancia,
y cuando Regina le asegur que pagara lo que fuera menester por aquel
antojo, alejse en la sombra del corredor con pasos blandos y lentos,
sin resonancia. Poco despus volvi trayendo la silvestre cena, mal
presentada y peor servida; pero las fresas eran buenas, y muchas, y
tenan un penetrante aroma fresco y apetitoso.

Aderez la viajera su manjar favorito con delectacin refinada; en el
plato sopero, un poco descascarado por los bordes, exprimi la fruta y
la azucar. Luego, despacito, verti encima la leche densa y espumosa,
hasta colmar el plato, y despus, muy satisfecha, inclin la cara con
regalo para aspirar el aroma del singular banquete, poniendo en ello
tales bros, que toc la crema rosada con la punta de la nariz...

Mientras cenaba Regina lentamente, con expresin golosa, la zagala
camarera la estaba mirando, de pie al lado de la mesa, con los brazos en
jarras y una mueca simplona en el semblante. No haba solicitado permiso
para amenizar con su presencia el refrigerio de la seorita, y calmosa,
esperaba por el menguado servicio para economizarse un paseo al comedor
lejano.

Despus que la viajera apur su golosina, encarse con la moza, y
sonriente inquiri:

--Sirves en el hotel hace mucho?

La galleguita, segn la costumbre negligente y lacnica del pas,
respondi:

--Sirvo.

--Y ests contenta?

--Estoy...

--No sales alguna vez de la isla?

--No salgo, pero...--y tras breve indecisin aadi sonrojndose:--me
divierto aqu porque tengo novio.

--Gallego como t?

--Gallego.

--Ser guapo...

--Es.

Y la zagala, que haba recogido los ligeros cacharros de la cena,
despidise de la seorita muy amable, asegurndola que era deliciosa la
vida del Lazareto, esplndido el trato de la fonda, y que lo pasara muy
bien en los dos das de cuarentena.

Respondile Regina con benvola aquiescencia, y qued sola en la
estancia,  la temblona luz de una buja, ya cada la noche dulcemente
sobre el balcn abierto.

A instancias de la joven haba emprendido Eugenia Barqun los
penumbrosos caminos del comedor, y cuando la moza camarera se confundi
en las espesas sombras del pasillo, en vano Regina tratara de sorprender
algn rumor de vida en el enorme edificio desierto y mudo. Tan callando
pasaba aquella hora, que la viajera oy el tic-tac del tiempo,
latindole en las sienes y en los pulsos y palpitando en la silente
noche.

De pronto, en el corredor ulul el viento, arrastrando un profundo
sollozo de la marina; se dobl la llama de la vela, y el taque de una
persiana alz un eco medroso. Qued  obscuras el cuarto, y Regina se
refugi en el balcn, avergonzada de tener miedo, pensando vagamente en
su revlver, y conmovida,  pesar suyo, por la tristeza quejosa de aquel
soplo extrao, que apag su luz y agit su cabello, alejndose rpido y
solemne, como errante suspiro del mar. Mir al cielo Regina, y al fulgor
solitario de la luna, vi cruzar, rauda, una estrella que se abism en
el fondo de la noche.

--_Es un alma que pasa_--dijo con el poeta.--Un alma que suspira--aadi
cavilosa y triste, sacudida por la rfaga misteriosa.--Es el alma de mi
hermano... Es Daniel que desde el mar me besa; Daniel que llora, que
tiene miedo...

Convulsa y plida, consult las sombras del aposento y el suave
resplandor del paisaje. Pareca investigar con avidez, buscando por el
cielo y la tierra la escondida verdad de grave duda, y en la ardiente
claridad de sus ojos fulguraba una interrogacin ansiosa.

Pero, como pasaron fugitivas la ventada por la tierra y el astro por el
cielo, as aquella intensa emocin de la dama huy tambin fugaz, y una
escptica sonrisa apag la inquietud de los radiantes ojos.

Era que Regina, en un instante, al evocar la escena cruel de la muerte
de su hermano, se haba sentido presa de una amargura penetrante y fra,
tan fra como el cuerpo de Daniel sepultado en las olas. Era que le
causaba siempre un helado estupor la imagen del enfermo, estremecido por
la dura congoja de la asfixia, dilatadas las pupilas por el miedo,
luchando msero, unos minutos, para caer inerte y desvanecido, colgante
como un pobre mueco de trapo dentro del silln de mimbres mecido en la
cubierta del buque...

An senta la muchacha en los labios el ardor de los besos con que quiso
colorear la lividez del amado rostro; an vibraban sus nervios con la
fuerza de aquel abrazo en que alz al muerto como  un nio, llamndole
 la vida con vehemente splica... Daniel fu insensible  sus caricias
y  sus ruegos; l, tan apocado, tan espantadizo y cobarde siempre,
mostr impasible en su cara una sonrisa de cera, cuando desde la borda
le dejaron resbalar por el trgico tabln hasta el fondo del Ocano...

En la presente esplndida noche, la primera noche espaola que
custodiaba la juventud de Regina, sinti la viajera que en su alma
hunda una vez ms el desencanto su acero agudo. Y despus del rpido
sacudimiento que la estremeci, creyente y enternecida murmur con la
desilusin en los labios:

--No: el pobre Daniel, devorado por los peces, nada tiene que ver con
una estrella que corre, con una brisa que pasa... Mi hermano se acab
para siempre; no me llama ni me sigue ni me necesita... Y es menester
vivir y gozar y defenderse todo lo posible de ese espantoso acabamiento
en que l cay.

Ri la muchacha acerbamente cara  las estrellas pensativas, y
sacudiendo su melena infantil, libre y lnguida, sobre los firmes
hombros, torn resuelta  su habitacin, prendi la vela y empez 
desnudarse con lentitud. Pensaba en la felicidad con una vaga mueca de
cansancio, mientras desabrochaba su levita y soltaba los automticos de
su falda _tailleur_, corta y liviana.

--La felicidad!... exclam codiciosa. Y con sbita inspiracin,
acordndose de la doncellita del hotel, se le ocurri que bien pudiera
consistir la felicidad de una moza en andar descalza y tener un novio
gallego... Pensar esto y descalzarse, todo fu uno. Curiosa y lista, se
lanz  la experiencia, en su primera parte por de pronto, y anduvo por
la estancia, vagarosamente, en leves paseos silenciosos, inclinando la
cabeza con placer para mirar sus pies largos y giles, de fina piel
morena. Mas,  poco, se detuvo sintiendo la desagradable sensacin del
tillo empolvado bajo sus plantas, y sentse al borde del lecho para
sacudir con escrupulosidad ambos pies desnudos y mortificados...
Decididamente, la felicidad de la nia camarera no era semejante  la de
Regina.

En el pasillo, rumor de pasos y de voces rompi el silencio en que yaca
el hotel. Eugenia Barqun y el caballero alcoyano, se despedan
volviendo del comedor:

--Buenas noches.

--Muy buenas.

--A los pies de Regina.

--Desgracia doble para mis pobres pies--rezong bajito la muchacha.

Y an el de Alcoy taconeaba por el corredor cuando Eugenia, precavida y
cuidadosa, empujaba los bales detrs de la puerta antes de acostarse.

Agonizaba la buja, crepitante y tembladora, y  Regina, adormilada ya,
le rondaba el sonsonete de una popular oracin, ingenua y simple, que
sin pedirle al alma licencia, repeta muchas veces su memoria, como un
eco de la infancia: _Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._

Rumores de la mar y de las frondas llegaban hasta el lecho, como acentos
de la inmensa plegaria entonada por la naturaleza al otro lado del
balcn, donde la luna rezaba con la noche.

...Blanqueaban apenas en el cielo las primeras luces de la aurora,
cuando Regina se despert sobresaltada por sueos confusos 
inconscientes cavilaciones. Al abrir los ojos suspir como aliviada de
congojas y pesadumbres. Ya su cama no se meca en el mar, ni en su
cabeza rodaba iscrono y formidable el rumor del buque. En la quietud de
su lecho, en la silenciosa paz de la alborada, le pareci sentir la
maternal caricia de su noble tierra espaola. Mejor que entre el
palpitante resuello del barco llegaba ahora  sus odos la voz dulce del
mar, que mansamente embata en la ribera su espumoso oleaje. Al son de
las olas cantaban los pajarillos muy delicadas y sutiles melodas,  la
vez que se rizaba el follaje nuevo, tembloroso al recibir los primeros
rayos de la luz. Los rboles centenarios, desperezndose tambin,
modulaban con las lenguas de sus hojas un saludo corts  la maana.

Envuelta en los halagos de la tierra, la peregrina del mar sentase
dichosa. Y con tan blando deleite se le llen  Regina el alma de unos
deseos muy cndidos y sencillos. Soaba ahora ser buena y humilde en un
rincn del mundo; un rinconcito plcido, semejante  Torremar, la ciudad
costea cuna de sus mayores. All se casara con un mozo hidalgo y
robusto, sano brote de la indomable raza montaesa, diestra antao en el
uso de linajudos blasones y armas peleadoras, y le naceran unos hijos
fuertes y hermosos, sonrisas vivientes capaces de realizar todos los
afanes de ventura que empujaron  la viajera ambiciosa por tan varios
caminos de la tierra.

La sonrosada luz de aquellas ilusiones mostrbale  Regina el cuadro
idlico de una nueva existencia: experimentaba la soadora un bienestar
intenso al sosegar su agitado espritu en una visin tan apacible y
balsmica. Torremar, la coquetuela ciudad donde naci, se le apareca
como un gran lecho de silvestres flores, donde iba  dormir aos
seguidos en la bella serenidad de un ensueo delicioso. Vea su casita
blanca y verde, asomando al Cantbrico la solana profunda, y
respaldndose en un cercado, mitad huerto, mitad jardn, donde
lozaneaban las sabrosas frutas sobre las aldeanas clavellinas y las
opulentas rosas de Jeric... All, entre la ciudad y el campo, entre el
mar y la sierra, con amor y salud, y con dinero, era seguro alcanzar la
dicha y esclavizarla, y poseerla plenamente, si de cierto en el mundo
poda lograrse... Ninguna memoria triste ahuyentara de la casa blanca y
verde aquellas ambiciones; porque en su hogar slo haba llorado Regina
lgrimas triviales, de las que no dejan sombras en el espritu ni
huellas en el rostro: todas sus penas nacieron y peregrinaron lejos de
Cantabria. De llantos duraderos y recias tempestades del corazn supo y
adoleci en luees playas, muy ajenas  la suya nativa; todos los
jirones de sus anhelos insaciables pendan en las zarzas de remotos
caminos...

De esta suerte razonaba la ilusa, nimbada por un cerco de optimismo
matinal. Pero en el fondo de tales razonamientos, nacidos con la suave
luz de la aurora, temblaba doliente la angustia de una vida llena de
lutos  incertidumbres, de equivocaciones y fracasos...

       *       *       *       *       *

Mientras suea en su lecho la protagonista de esta veraz historia, yo te
invito, lector, sobre sus pginas,  viajar conmigo en el raudo
Clavileo de la fantasa, para que  vista de pjaro contemples una
azarosa juventud de mujer. Por tan alado sistema, conocers la vida y
milagros de la viajera rubia.




II

LA INFANCIA DE REGINA.--EL RBOL DEL BIEN Y DEL MAL--EUGENIA
BARQUN.--LA VUELTA DEL PADRE PRDIGO--VIVA LA BOHEMIA.


CONTABA ocho aos Regina cuando muri su madre. El cario de aquella
dulce dama, enfermiza y risuea, de semblante infantil, qued pronto
confuso en el voluble corazn de la nia y lleg  ser, ms tarde, para
la ardiente pber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los
das de infancia y primavera.

La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancip  Regina de
toda tutela familiar. Educse en brava independencia, bajo la guarda
liberal y tolerante de Eugenia Barqun, doncella de confianza de la
difunta seora. Mostraba la nia entonces un desenfado y una agudeza
impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bros y audacias
varoniles, dise  vivir sin ley ni freno, por campos y playas,
crindose  su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced 
este rgimen de libertad  indisciplina, se acentuaron los rasgos de
aquel carcter indmito, adquiriendo  la par la altiva hurfana un
desarrollo fsico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces
de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques;
enamorada fuertemente de la emocin y del peligro; llena de precoces
curiosidades, Regina supo de la montaa y de la costa, de los peces y de
los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el
chicuelo ms pcaro de la marina.

Medr en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceo y grcil--rubia
espiga en flor--y llegle con los primeros barruntos de lozana pubertad
un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las
cosas. Acontecale  ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando
el mar y el cielo y la profunda soledad de las campias, escuchando en
el silencio de los crepsculos la sorda respiracin de las aguas, las
pulsaciones inefables del corazn de la naturaleza. Toda el alma se le
hencha de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas
revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas saba
de lgrimas ni de penas, llor muchas noches sin saber por qu...

Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni
ternuras, empez  latir blandamente, como un ro de savia, el hondo
sentimiento femenino, la voz ntima y dulce del sexo,  punto ya de
florecer. Apartse Regina por instinto de sus joviales camaradas,
cultiv con ms delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintise
mujer al cabo, y fu adquiriendo poco  poco un aire saladsimo de
gravedad seoril.

Pero la vida sedentaria y montona, entre un aya ignorante y un nio
melanclico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empuj
por speras rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza
juvenil se le haban desarrollado las fuerzas todas del espritu: el
agudo entendimiento, la frtil imaginacin, la mal educada voluntad, el
deseo imperioso de vivir y de saber. Encendisele en el alma una sed
abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto
vea y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluda
en un rincn provinciano, y un poco refractaria, por su genio
desapacible, al trato de las gentes, cay en una especie de melancola,
con trazas de incurable dolencia moral.

Abandonada  su albedro, en esta profunda crisis de su ardiente
naturaleza, dise  la lectura sin freno, devorando cuantos volmenes
haba en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de
Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los
misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos
las viejas ramas del rbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos
frutos de la poesa, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas
de amor, agridulces como los nsperos; ms tarde, las narraciones de
viajes y de historia, las tragedias reales  imaginadas, de recio sabor
y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron  clavar
el diente en la spera poma de la discorde filosofa.

Duea la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por
tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde
ella no clavase los ojos y el pensamiento; repas estampas, ndices,
diccionarios y pergaminos; hurg, avara, en viejos cdices y en
bibliotecas novsimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofreca
pasto accesible  su creciente curiosidad. Pas las noches en claro y
los das en turbio, desflorando las ideas sin discernirlas ni
asimilarlas, crendose un mundo peregrino de falsas imgenes y confusas
memorias, hasta sepultar poco  poco su fresca juventud bajo la balumba
del papel impreso.

Como el _Prncipe azul_, del gran Benavente, _que todo lo aprendi en
los libros_, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y
buscando,  tientas, luces para las ms obscuras razones, abri los
empolvados volmenes de su padre, andariego poeta  quien el hogar slo
reciba en fugaces horas de fatiga  de antojo. En dos aos de
frenticas lecturas agit aquella nia su entendimiento y su corazn,
sin otro fruto que una tristeza estril. Los libros destilaban
melancola. Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y
filsofos?... Entonces no merece la pena de ser vivida; la nica
solucin es morir... Presa de una calentura romntica, lea con avidez
los sarcasmos crueles de escpticos y pesimistas, embriagndose con el
nctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el
licor untuoso de Renan.

--Es el mal del siglo lo que yo padezco--pensaba Regina entre afligida
y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrtica.
Pero en medio de sus hondas melancolas, mezcla de tristeza, de
pedantera y de orgullo, juzgbase como un ente superior y miraba  sus
convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:

--Para m no hay secretos... Lo s todo...

Espritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se haba
sometido siempre  la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo
el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dej llevar de
la vida por los ms fciles senderos, medio loco, medio nio,
inconsciente y errtico, con una leve sospecha de sus errores y un gran
fondo de bondad en el corazn. Tal vez la esposa que le destinaron no le
convena. Era una mujercita infantil, dbil de cuerpo, inocente y
cariosa, que todo se lo toler  su marido con la sonrisa en los
labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdn de alguna culpa
grave. Torpemente le buscaron  Jaime de Alcntara esta novia enamorada
y sumisa que deba refrenar los hbitos del bohemio, guardarle en el
silencioso rincn de Torremar y convertirle en sensato padre de
familia... El acept con jbilo aquella alianza, porque le diverta su
inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce mueca. Y ella,
sonriendo, sonriendo, le aburri y le dej partir.

Ave de alas inquietas, Jaime cuelga su nido donde el azar se lo depara,
y cuando un ligero escozor de la conciencia le lleva hacia su esposa,
aquella eterna sonrisa humilde le hasta y le entristece. Sus hijos le
desconocen y le huyen; son criaturas ariscas que parecen haber dejado en
los labios maternales toda la dulzura de la infancia; la casa es con
exceso modesta; Torremar un pueblo chismoso y agresivo, donde oye Jaime
reticencias sobre su conducta, consejos que le enojan y profecas que
le estremecen. Entonces, desamorado y generoso, abre su bolsillo  la
mujer que nada pide, que parece que nada necesita, y huye de nuevo hacia
el placer errante...

Jaime sufre un amago de confusin al quedarse viudo. Qu har de
aquellos nios rsticos que apenas han querido darle un beso? Dos aos
tena Daniel, desazonado fruto concebido por una madre ya consunta,
cuando Alcntara lleg  Torremar apercibido del grave estado de su
mujer. Y como si esperase para ofrecerle su postrera sonrisa, al llegar
el poeta muri la esposa.

Las ocho agrestes primaveras de Regina, nada ntimo y amoroso dijeron al
padre; el adusto recelo con que ella le miraba le intimid, como si en
el semblante enrgico y esquivo de la nia viese una acusacin severa.
El nene, asustadizo y llorn, hua llamando  mam por los rincones, y 
las voces lamentables de la criatura, la imagen de la muerta se
deslizaba por los aposentos delante del viudo, con un remedo de sonrisa
en el rostro lvido, como Jaime la viera por ltima vez...

En la hostilidad de aquel ambiente, volvise el poeta hacia Eugenia
Barqun, buscando su auxilio inapreciable. La honrada montaesa haba
heredado la servidumbre en la familia hidalga y pobre de la difunta
seora, y Jaime la haba conocido siempre en aquella casa cumpliendo con
abnegacin fidelsima los ms sealados servicios. Moza y agraciada, con
gracia austera de solterona, Eugenia haba desdeado muy escogidas
proposiciones de matrimonio; miraba  los hombres con una indiferente
frialdad de mujer casta, que ninguna tentadora conveniencia lograra
vencer. Su vida tenia algo de mquina fuerte y diestra, cuyo poderoso
motor fuese la lealtad. Era esta doncella hija de una falta, que
perdonaron los suegros de Jaime. Tan buenos fueron aquellos seores que
consolaron, compasivos,  una pobre mujer engaada en la propia casa de
ellos y apadrinaron  la criatura nacida al abrigo de tan noble
misericordia. Desde que tuvo uso de razn se consider Eugenia como una
cosa de la legtima propiedad de sus padrinos. La gratitud y la
devocin hacia aquella familia que la acogiera, deshonrada antes de
nacer, arraigaron en su alma saludable, tan profundamente, que en ella
no qued lugar para otras afecciones, y acaso, tambin el ejemplo de su
madre burlada, patente  sus ojos como ultraje vivo, la obligase  una
rencorosa actitud contra los requerimientos del amor...

Una temprana siega de vidas dej  Eugenia sola en el mundo con la hija
nica de sus padrinos, recin casada  la sazn. Amaba la moza
entraablemente  la endeble seorita, y sirvindola con solicitud algo
protectora, vino  ser la segunda madre de Regina y de Daniel. La dama
doliente le contagi  la robusta doncella su blanda sonrisa y su
apacible condicin, por suerte de Jaime, que hall en aquella mujer
paciente y desinteresada una activa y amorosa guardiana de sus hijos, 
falta de ms inteligente y ms enrgica educadora.

Nunca olvid el poeta aquel coloquio tmido, impaciente, que entabl con
Eugenia Barqun para feliz, solucin de su problema frente  los nios.
Como si esperara tales proposiciones, Eugenia iba diciendo  todo que
s, con el alma y con los labios.--Cuidara  los nenes igual que si
fueran sus hijos; vivira para ellos; el seorito se poda marchar
descuidado... Dinero... el que bien le pareciera; poco, muy
poco...--Regina entr de rondn  este punto y el misterio obscuro de
sus ojos se clav en el padre como un pual.

Jams, como aquella vez, tuvo la partida de Alcntara toda la apariencia
de una fuga. Sali de Torremar por la noche, esperando que sus hijos
durmieran para besarlos ligeramente, con ruborosa caricia, temiendo
hallar de nuevo en los ojos profundos de la nena aquel acerado fulgor
que se le clavaba en la conciencia como un reproche  como una acusanza.
Sentase culpable y avergonzado, y se prometa volver pronto, en ntima
disculpa de su mal proceder.

Pero luego se acallaron sus dbiles escrpulos con el ruido ensordecedor
de las grandes capitales. Las noticias de los nios eran buenas,
descontando los frecuentes achaquillos que padeca Daniel; y, durante
seis aos, dos recuerdos contrarios y punzantes le alejaron de Torremar.
Era el uno la heredada sonrisa de Eugenia, dicindole con apresuramiento
humilde:--S... s... vaya usted descuidado; vyase cuando quiera;
estse tranquilo...--Era otro el lancinante resplandor de unos ojos
sombros, que le miraban, le miraban, hasta el fondo del corazn.

Ya entonces de lejos, con sugestin indefinible, la proceridad inculta
de la nena dominaba al hombre artista y mundano.

Un da, de pronto, sin atreverse  meditarlo mucho, por miedo  vacilar,
fu Jaime  ver  sus hijos. Aquella buena corazonada tuvo un xito
feliz, que decidi la suerte de la pequea familia.

La sorpresa de Alcntara en esta visita fu una deliciosa impresin de
novedad y orgullo; el primer sacudimiento fuerte y noble de su alma. Los
grandes ojos fulgurantes de su hija se le abrieron con una clara luz de
alegra prometedora, y roto el secreto infantil de aquella mirada, la
esfinge habl. Sus primeras palabras fueron de revelacin y de asombro
para el padre:

--Ya he ledo tus versos--dijo, mirndole devotamente;--eres un poeta.

Estaba fundido el hielo. Regina ya no observaba  Jaime, investigadora y
sombra, dudando qu clase de pap fuese aquel viajero, siempre en
ausencia, siempre en fuga. Su corazoncito de catorce aos se le haba
subido  la boca, para murmurar, en son de paces:--Eres un poeta!--Y
los labios fervorosos de la chiquilla consagraron aquella alabanza con
un beso de perdn y de olvido en los labios del bohemio...

Contemplbala Jaime embelesado. No pareca la misma: andaba con suma
elegancia, ergua el talle con un seoro, hablaba con tal aplomo y
gravedad, con tan escogido y docto lenguaje, que el frvolo Alcntara,
poco ducho en achaques de erudicin, tratla en amistoso compaerismo,
lleno de sumisas admiraciones, sintindose feliz bajo la influencia de
aquel naciente dominio intelectual.

Aun el desenfado rstico y plebeyo de que en ocasiones haca alarde
Regina, era un encanto en su refinada naturaleza, prdiga en novedades y
audacias. Todo en esta criatura tena un carcter singular y extrao:
su hermosura y su ingenio peregrinos; la mezcla de melancola y de
orgullo de su mirada; el contraste de viveza y languidez entre sus
dichos y sus maneras; el conjunto armonioso de la figura, delicada y y
fuerte, risuea y altiva, dulce y varonil al propio tiempo. Hasta el
desequilibrio de la imaginacin en perpetuo sobresalto, constreida bajo
el peso de torpe ciencia hurtada  los libros; la excitacin constante
de la sensibilidad; el bro precoz del temperamento, ponan un hechizo
misterioso en su gentil cabeza y una sombra de tortura en la luz
vigilante de sus ojos.

Las gracias de la nia sabihonda y refilotera, se le metieron al padre
en el corazn. No comprenda el donoso vagabundo los peligros y
tristezas que amenazaban  la joven, educada por s misma en lecturas
caprichosas, sin regla y sin oriente. Dise  quererla con orgullo de
artista, fomentando antojos y vanidades.

Danielito qued en segundo trmino; asido siempre  las faldas de
Eugenia, tmido y quejumbroso, no seduca como su hermana. Pero cuando
ella sentaba al nene en las rodillas del pap y alzaba el pequeuelo sus
atristados ojos, cobardes para vivir, sentase Jaime posedo de
vehementsimas ternuras. Con la voz empaada por la emocin y el
arrepentimiento, afirmbase en el propsito de nunca abandonar 
aquellos nios con quienes tenia tan grave deuda de amor.

Toda la bondad nativa de Jaime de Alcntara se removi inquieta y
desbordante, calentando su corazn, llevado siempre como una pluma por
los vientos de las pasiones. Quera, al fin,  todo trance, pagar  sus
hijos las caricias y los desvelos que en el olvido les neg; quera
resarcirles del pasado abandono, dndoles ahora  manos llenas alegras
y regalos.

Regina aprovechaba tan buenas disposiciones para satisfacer sus ms
extravagantes caprichos, imponiendo con altivez majestuosa los dictados
contradictorios de su voluntad. A fuerza de oir que tena mucho
talento concluy por desdear  todo el mundo y contemplarse  si misma
con egoltrica devocin. Era en el fondo piadosa y dulce; pero el
sentimiento, como una fuente prisionera en el duro cristal de la nieve,
corra perezoso bajo la costra pegadiza de ideas falsas y abigarrados
sueos con que llen su cabecita rubia. A la par escptica y ansiosa,
mezclaba las burlas y las lgrimas con mucha facilidad; pasaba de la
tristeza al jbilo en un instante, de la acritud  la ternura; tena
arrebatos vehementes de curiosidad y extraas crisis de desaliento y
melancola. Pensaba con gozoso candor que todo ello eran estigmas y
seales de un exceso de inteligencia.

--Si yo fuese artista!--dijo un da para sus adentros. Y se propuso
escribir un libro, una obra genial que produjera asombro y maravilla.
Largo tiempo estuvo con la pluma en la mano sobre las satinadas
cuartillas, mientras acariciaba, en traza de meditacin, los pelitos
rubios de las sienes.

Pero incapaz de reducir  la disciplina la muchedumbre infantil de sus
pensamientos, acab por disear en las pginas unos muequines de cabeza
muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. Oh;
el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y
difcil! Jams podra la soadora someterse  tan duro ensayo! Escribir
libros y taer el piano y el violn; manejar los pinceles; hacer
maravillas con mrmoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que
despiertan asombro, curiosidad y devocin, pero no se logran sin trabajo
y sin pena...

Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluy riendo
como una loca al ver los fantoches que haba dibujado.

--No es ms cmodo y fcil--dijo al fin--gozar del trabajo ajeno y
echar  volar la fantasa sobre todas las cosas del mundo?...

Dispuesto Jaime de Alcntara  cumplir sus propsitos paternales,
pregunt  Regina qu clase de vida nueva quera emprender.

--Qu es lo que t prefieres?--la dijo, como esos magos de los cuentos
de color de rosa, que interrogan  las princesas sobre sus antojos, con
una varita de virtudes en la mano.

La muchacha tena prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la haba
dado, en sueos, al hada visitadora de las juveniles fantasas.

--Quiero viajar--exclam--. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas
nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...

Haba una infinita impaciencia en estas palabras, un desmn de
curiosidades y deseos contenidos, el mpetu brioso de una juventud
enrgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y
abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros,
desatentada y febril.

--Viva la bohemia!--pronunci de repente, con un grito que hizo huir 
los pjaros del huerto.

Jaime, halagado en sus gustos nmadas, estrech en sus brazos  la
nia, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un
poeta francs, amigo suyo en Pars:

  _Mon enfant, ma soeur,
      songe  la douceur
  d'aller la--bas vivre ensemble!
      Aimer  loisir,
      aimer et mourir
  au pays qui te resemble!_

      * * * * * * * *

  _Vois sur ces canaux
      dormir ces vaisseaux
  dont l'humear est vagabonde;
      c'est pour assouvir
      ton moindre desir
  qu'ils viennet du bout du monde..._

Sin otras meditaciones y obtenido fcilmente el consentimiento de
Eugenia Barqun, se puso en pie aquella singular caravana. Furonse con
grande sorpresa de los vecinos de Torremar, sin previo itinerario, como
artistas bohemios, por la vida adelante.

Qued cerrada la vieja casita solariega, donde an moraba la sombra
triste de la mujer de Jaime; qued el hogar abandonado, la huerta en
barbecho, y abierta la solana, en muda hospitalidad,  las nidadas
estivales de las golondrinas...





III

PARS.--LA MUSA DEL BOULEVARD.--DEL SENA AL TBER.--LAS PULSERAS DE
FUEGO.--EL CASTILLO DE ROLANDO.--LAS FRESAS DEL RHIN.


EL primer alto de los peregrinos fu Pars, antiguo teatro de los
triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcntara; imn de todos los
calaveras ociosos y noveleros del mundo. All conocieron Regina y su aya
que el veleidoso poeta era todava muy rico, porque Jaime acomod  sus
hijos en elegante morada y hartles de regalos y finezas.

Pero aquel dorado bienestar tuvo para los nios una sombra; una sombra
perfumada y tangible que responda al nombre romntico de _Silvia_, y
que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el
fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios
bermejos.

Antes que la penetracin poco sagaz de Eugenia hubiese definido la
categora de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceo adusto,
calificndola, en castizo espaol, con ignominiosa palabra.

Todas las lagoteras de la astuta francesa para atraerse el afecto de
la nia fueron intiles; y cuando _Silvia_ se cans de halagarla y  su
vez arque las cejas y esquiv la sonrisa, una guerra dura y enconada se
entabl francamente entre las dos.

De cuanto dispona _mademoiselle_ con dominantes atribuciones,
protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas  su padre. Ni
una ni otra se entendan de palabra, pero por signos y ademanes, con
ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguan  todas
horas, sin que Alcntara lograse que los espectculos y curiosidades de
Pars, tan nuevos para la nia provinciana, diesen tregua  la ardiente
lucha.

No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo  los pies de
aquella Musa del boulevard, armse capitana en la domstica
insurreccin, y fueron tan hbiles sus trazas, que logr arrinconar
maltrecho  su enemigo. Atrajo  Daniel primero, y con persuasivo
discurso, halagador y mimoso, contle que _Silvia_ era un demonio
francs disfrazado de seora; que sus labios tenan un carmn venenoso
para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los nios...
Medroso el nene huy con espanto de _mademoiselle_; y la servidumbre
francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la
mozuela, y un poco egosta, afilindose al partido ms poderoso,
pronuncise tambin  favor de la nia espaola, imperante en aquel
extrao hogar con toda la supremaca de un dolo nuevo.

La apacible y diplomtica Eugenia Barqun, tan enemiga de contiendas y
disgustos, inflamse al cabo en el belicoso espritu de su adorada nia,
y entre dientes lleg  llamar  _Silvia co-co-te_, cuando la francesa
le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos _Hlas!_ y muchos
_Mon Dieu!_, que Eugenia tomaba por agravios.

En lo ms recio de aquella diminuta guerra bilinge, la nia, agotada ya
la paciencia, se present  su padre con aire solemne y digna actitud de
mujer, diciendo:

--Elige ahora mismo entre _Silvia_ y yo. Si ella no sale de esta casa en
seguida, yo me vuelvo  Torremar...

Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresin de sus
ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la _Musa_...

Fu aquella la ms sonada victoria con que Regina esclaviz al
caballero; desde entonces afirm su poder con perpetuo dominio sobre el
corazn de Alcntara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su
padre segua cultivando el trato de la vencida _demoiselle_,  de otra
tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal
cario, pudo creer, y lo crey desde luego, que todas las _Silvias_ del
mundo se haban muerto para el poeta...

Jaime de Alcntara desconoca como sus hermanos los bohemios suelen, la
ciencia crematstica. Era de esos hombres, prdigos de corazn y dinero,
que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el
blando camino de su ruina, con la ms admirable indiferencia; de esos
que saben llegar  la vejez pobres y estoicos,  morir voluntariamente,
con un altivo gesto de rebelda ante la miseria.

Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus
padres. La casualidad, mejor que su cautela, habale conservado mucha
parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, all
en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas
posesiones llegaban  su dueo tarde y con dao, filtrndose entre los
dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas
partidas se cuentan en Europa.

La mueca negligente con que Jaime reciba y gastaba aquellos dineros,
sin contarlos siquiera, desapareci cuando Regina, ya en su papel de
duea del hogar, dilat la mirada interrogadora sobre los ojos de su
padre, y le llam  captulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y
Alcntara, de cera entre las manos de su hija y decidido  ser la
Providencia de sus antojos, se puso entonces  escribir cartas, hacer
cuentas y dictar rdenes, ejercitando sus derechos como seor absoluto
de sus haciendas. La amenaza de un viaje  Cuba di como por ensalmo
solucin sencilla  estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas,
mejoraron los negocios y descans Jaime, seguro de poder con holgura
apoyar los designios de su hija.

Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, l hubiera querido
entonces anclar en Pars la nave de sus cuarenta aos, y all mecerla en
el sosiego de una vida fcil, sin abuso de placeres ni agitacin de
pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus nios, que tan
dulcemente le haban echado al cuello la santa cadena de olvidados
amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los
ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y
sealaba el rumbo  la existencia del padre, no pensaba lo mismo.

Un ao en Pars le haba bastado para agotar el manantial de todas
aquellas novedades. Contempl al principio con devoradora atencin el
semblante alegre y magnfico de la villa enorme; visit los insignes
monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los
palacios histricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por
haberlos ya conocido en las novelas. Vi lo que puede ver en Pars una
mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujera sobre la movible
cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios ms
recnditos, y as que logr disciplinar la palabra y el odo para
comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer
instante sus ojos parlanchines, suspir hastiada, y dijo, con insinuante
ruego, firme como un mandato:

--Padre! Vmonos de aqu!...

Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al
travs de los ojos de su hija, emprendi Jaime sonriente la ruta que
sobre un mapa seal aquella linda doctora de diez y seis primaveras.

Componan un grupo interesante, el pap, joven y guapo, sumiso con
rendicin absoluta  los deseos ardientes de la muchacha, y ella,
haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, 
quienes por igual prodigaba rdenes y caricias.

En aquella pequea tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barqun, sin
asombrarse de cosa alguna como buena montaesa, dcil siempre y mollar 
los caprichos de la seorita.

De este modo salieron de Pars como de Torremar haban salido: llevados
adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad
de mujer...

Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas
y mares, las historias y las fbulas que aprendiera en su ambicioso
hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imgenes en
confuso vrtigo; exaltada la fantasa; lleno de fiebres el entendimiento
y el corazn, no haba de quedar rincn en el planeta, segn se
prometa, donde no pusiera los ojos.

Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdn muy espaol,
el viaje debido  las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de
arte y de recuerdos, quiso ir  Roma.

No la detuvieron por muchos das los monumentos de la ciudad eterna,
Meca de los artistas, ni tampoco los dulcsimos paseos por la encantada
Venecia, ensueo de romnticos y propicia excursin de novios ricos. La
reina del Adritico, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la
tierra, tena para Regina un semblante amigo; cruz sin extraeza sus
silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado
la mansin de los Dux y el len de San Marcos, recostada en el fondo de
una gndola, igual que una antigua dogaresa.

La pequea mano dictadora se alz en amistoso saludo hacia el puente de
los Suspiros, y hasta le parecieron familiares  la nia las casas del
Ticiano y el Tintoretto; record las pginas de _El Fuego_, de Gabriel
d'Annunzio, y el ceo adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores 
comps de la msica de _Tristn  Iseo_. Todas las sombras insignes que
poblaban la vieja Seora, inclinronse reverentes al pasar la nia
espaola; tanto en lminas y en letras haba ella navegado entre
prticos de mrmol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad
de amoros y tragedias...

La _Pineta_ de Rvena, llam luego su atencin con grandes alicientes.
Le pareca  la soadora que en el inmenso bosque ribereo del
Adritico, donde anclaron un da las guerreras naves de Roma, erraban
los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebi en la
silvestre soledad inspiracin para las pginas inmortales de su
_Infierno_. Busc Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal,
sitio predilecto del vate florentino; la clebre _Va del poeta_, donde
cant y am lord Byron  la condesa Guiccioli, donde tambin Bocaccio y
Dryden padecieron y amaron.

Todo el bosque susurr en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo
y asentimiento  la frvida evocacin de la nia perseguidora de ecos y
de espritus; y un aroma de poesa y de leyenda envolvi en le nemorosa
espesura  la devota visitante...

Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintise en
Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabidura; la rubia
cabecita inquieta y febril se irgui con petulancia imperiosa entre
monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladendose con tan
ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...

Un beso premeditado, un poco fro, incrdulo tal vez, sobre el sepulcro
de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splgen
para subir  los Alpes, que ya haba contemplado con avaricia desde la
catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el
soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del
magnfico espectculo que ofrecen desde all los mrmoles de Carrara,
lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como brava
cantera de estatuas y palacios vrgenes an no labrados por la gubia y
el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la
cabeza hacia el marmreo monte que el sol inflama con sangrientas luces;
al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de aeja mencin en la
literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante
Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz...
El Dante! Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como tambin conoce 
Horacio, se detiene en Tvoli, frecuentado rincn del poeta latino, y
all consagra la viajera, en espaol un poco afrancesado, el testimonio
de su fra admiracin hacia las musas clsicas.

Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la
nia aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios
nombres; tcitas pruebas que  s misma se ofrece de que todo lo sabe y
todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan
reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.

--Adis, Dante!--murmura Regina.--Adis, Horacio! Hasta otro ratito...
Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la
hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy
 Npoles... Adis! adis!

Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcn
repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_.
Despus, ya en lo alto de la trgica montaa, entre el cielo y el
crter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas
coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre
guardar aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...

Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de
Bellosguardo, all donde el mrtir Galileo ley en los mundos siderales,
y gustar en Florencia, patria de tantos artistas prceres, un saludable
reposo bajo el plido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre
laureles.

Tambin quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data
nada menos que de Pndaro el relato de sus pujanzas destructoras.

Mas llegando  Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un tnel en
ruta desconocida. Sonre la muchacha con desdeo, asegurando que el
misterioso tnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio
donde Diana convirti en fuente  la ruborosa Aretusa para sustraerla 
las persecuciones de Arfeo, el dios ro...

--Pero fu el caso--aade Regina--que Arfeo junt sus aguas con las de
su amada ninfa, y el doble caudal desapareci para siempre, perdindose
en las arenas con secreto de amor... Qu preciosa leyenda!... Amar
como los dioses y como las aguas, evaporarse como el roco en el seno de
la naturaleza! Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor!
Qu maravilla!

La andariega espaola, que  la postre no sabe qu busca ni qu quiere,
concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la
contemplacin de los tesoros del arte y de la historia la causan un
tedio y una fatiga que no se atreve  confesar. Atenta slo  las
superficies doradas de las cosas, no acierta  discernirlas, amarlas ni
comprenderlas. El corazn permanece intacto y glacial bajo la calentura
constante de la imaginacin y de los sentidos.

Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina,
busca ahora, por contraste, los cielos norteos, los pases romnticos
de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen
leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasin heroica,
memorias perdurables prendidas en dramticos jirones en los sombros
abetos de la Selva Negra. Ros y afluentes que bajan tranquilos entre
praderas lozanas para dar nombre  risueos valles; torrentes espumosos
que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas
las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y
voces, antiguas imgenes y romancescas tradiciones.

Aqu estuvo el castillo que edific Rolando para vivir en austera
soledad, frente al monasterio donde su amada, creyndole muerto, se
encerr nia y hermosa... All la cima del Dragn, donde Sigfredo mat
al monstruo que robara  la hija de Auderico... Ms lejos, la montaa de
la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre
visiones de slfides y gnomos, surge de las aguas la potica relacin de
la doncella de Eherenthal. Regina est  punto de batir palmas como en
el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representacin de _El
oro del Rhin_.

Opera fantstica le parece tambin  la nia este paseo por el gran ro
alemn; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles 
manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en
las penumbras del paisaje, flota la tradicin, viven y sienten las
imgenes legendarias... Rolando! Qu nombre tan varonil!... Es un
caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales
arreos...

--Aqu estoy, amor mo, exclama la imaginacin de Regina.--No es cierto
que me haya metido monja... No cre en tu muerte nunca... Llvame  tu
palacio de mrmoles y bronces!

Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con
emocin sus ojos de sonmbula.

Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para
desposarla en su castillo mgico...

Pero la soadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y
definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer  flor de labio,
que no se adentrase mucho en el corazn.

Ved por cunto el territorio de la Selva Negra est lleno de ricos y
perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las
montaas y la ondulacin de las praderas; que acosan las ciudades, los
pueblos, las cabaas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan
por las rocas,  lo largo de los muros, ofrecindose entre las piedras
con prodigiosa fecundidad...

Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios de
fresa buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono
de Rolando el guerrero.

Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de
aquella golosina predilecta...




IV

EL NIO ENFERMO.--ORIENTE.--SPA.---LA MUJER CABEZA.--LA MEDIA
LUNA.--VMONOS  AMRICA!--EL MAR.


CUATRO aos de holgorio por Europa no bastaron  satisfacer la
insaciable curiosidad de Regina. El espectculo del mundo, atisbado en
tan mltiples formas, superficiales y rpidas, no haca sino excitar su
apetito de emociones; todo quera verlo y sentirlo en su ruta, sin tener
paciencia para detenerse  comprenderlo y amarlo. De cuantas cosas
perciba no le quedaba luego ms que un tropel de sensaciones
contradictorias.

La naturaleza, el arte, la historia y la leyenda, banla llamando por
diversos caminos; pero una dolorosa irritabilidad de su imaginacin la
obligaba  devorar las impresiones con estmulo impaciente de otras
distintas, como si le faltase tiempo para saborearlas, como si alzase
Dios sobre tan desbocadas ansiedades el castigo de no poder gustar los
frutos de la vida, la maldicin de desflorar todos los goces en una
carrera anhelosa y penitente.

Las cuitas de Daniel obligaron  la viajera  muchas detenciones
imprevistas. Con frecuencia el nio necesitaba reposo, y era siempre su
hermana la primera en notarlo y prescribirlo.

En las forzosas paradas del errabundo peregrinaje, muchas eminencias de
la medicina auscultaron el pechito endeble de Daniel. Aquellos sabios
doctores mecieron la cabeza, conpungidos, dicindole al padre inquieto:

--Muy lento desarrollo... Estrechez de la cavidad torcica... Pobreza de
sangre...

Y algunos, ms desengaados  menos piadosos, aadieron cruelmente:

--Candidato  la tuberculosis...

La amenaza siniestra qued flotando sobre los alegres nmadas como una
irona de su buena fortuna.

Joven y hermoso el padre; la hija moza y gentil; robusta y agraciada la
doncella, iban por el mundo, derrochadores, sin pena ni gloria, y era
Daniel  su lado la triste nota del humano dolor, la sombra de la
fatalidad, que no perdona  los felices.

Amaba Regina  su hermano con pa ternura; le mimaba como  un
chiquitn; tena para l condescendencias protectoras y entraas
maternales. Pero desde que vi esquiciarse el seuelo de la Avara en los
ojos velados y dulces de Daniel, padeci rudas crisis de terror y
misericordia.

Si el pobre sentenciado se amorteca silencioso y febril, en horas
turbias, era Regina siempre su ms infatigable compaera. Apostbase
junto al lecho del paciente, inflamada en temerarios rencores,
avizorando, en traza de reto, el sutil avance de la Intrusa. Con el
frescor saludable de sus bellas manos, acariciaba Regina las manitas
madorosas del nio, y ergua el lozano busto como troquel adversador
contra la enemiga invisible. En esta defensora actitud hablaba 
Danieln alegremente, ocultando en la maravilla de sus gorjas los hilos
de una voz que temblaban rotos de miedo.

Como el muchacho sola animarse con estos halagos, Regina se altiveca
entonces, suponiendo que disputaba, triunfadora, su presa  la muerte.

Otras veces, medrosa del silencio en sus velatorios, entonaba una dulce
cantilena, mientras se adormeca el nio en la quieta oscuridad de la
alcoba. Vindole ya en reposo, iba  besarle, pero al advertir que
estaba desfallecido en profundo sopor, despus del acceso febril,
sentase  punto de lanzar un grito, helado como la frente del
enfermo... All estaba la Astuta, la Invencible... Se remova en la
estancia el toldo de la sombra con rumores macabros, tal vez de
mandbulas crujientes  de spera guadaa, y Regina, en un esfuerzo
viril de angustia y de valor, alzaba los brazos sobre Daniel como
queriendo defenderle.

Cuando el hermanito recobraba algunas fuerzas y volva, con arrestos
fugaces,  la vida, en vano la moza pretenda arrebatar de aquella
existencia amada el halo de mortal sufrimiento con que se inclinaba
hacia la tierra. Imaginando que el nio se dejaba vencer por cobarda;
que se dejaba morir, como su madre, en la dilatacin de una sonrisa
humilde pretenda aleccionarle, fortalecerle, henchirle de esperanzas y
rebeliones.

Mirbale  los ojos con hipntica fijeza; le soplaba en los labios el
clido aliento de la florida boca; le sacuda fervorosamente con sus
brazos recios y hermosos, como si se creyera dotada de un poder
sobrenatural para repetir en la carne marchita de Daniel el divino
milagro:

--Levntate y anda!...

Rea el nio con diversin, tomando  juego los arrebatos de su hermana,
mientras Jaime se conmova en aquellas escenas rpidas y crueles, y
Eugenia suspiraba, disimulando sus temores.

De aquellas luchas entre el cario y el espanto,  la vera de Daniel, le
quedaban  Regina un amargor y un tedio, contra los cuales buscaba
defensa en furiosa renovacin de placeres.

Apenas su hermano se animaba con aparentes destellos de salud, la
madrecita delegaba en Eugenia sus obligaciones, y eligiendo un lugar
sano y cmodo para la doncella y el nio, disponase  tramontar
volcanes, resucitar mitos, registrar monumentos y ruinas y perseguir
sombras y musas. La acompaaba su padre, amante y orgulloso, aliviando
su corazn de la presencia lastimosa de Daniel, con una facilidad acaso
ligeramente egosta.

Los dos, solos y juntos, sentanse consolados y felices, llenos de la
fuerza alegre que dan la juventud, el talento y la hermosura. Ligeros y
engredos, formaban una linda pareja de ambulantes,  quienes se tomaba
por matrimonio, con gran contento por parte de la nia y halago juvenil
para el pap. De esta guisa posaron su fugitiva planta en cientos de
parajes raros y bellos, sin que Regina renunciase  uno solo de sus
caprichos de exploradora, por costoso y difcil que pareciera. Cant
frente  Estambul la _Cancin del pirata_ en homenaje  Espronceda, su
compatriota, y naveg sobre el Mrmara y el Bsforo, detenindose 
saludar la _Torre de la Doncella_, donde la infiel sacerdotisa de Venus
adoraba en romnticas citas  su heroico Leandro, nufrago de amor en
las furias del Helesponto... Quiso buscar las huellas de Shakespeare en
su tierra natal, cabe el Avon, y recitar las baladas de Walter Scott, 
orillas del Tweed... Quiso dormir en los lagos de Suiza y deslizarse en
raudo trineo sobre el Neva helado, envuelta en ricas pieles de
Astracn... Err, sabia y curiosa, entre los viejos mrmoles de Atenas,
y sus ojos aventureros navegaron por la azul baha de Eleusis,  la hora
melanclica del crepsculo, cuando los centenarios bosques de mirtos se
inclinan hacia el mar en lnguido suspiro...

Jaime y Regina haban llegado  olvidar un poco el adolecido rostro de
Daniel; pero una fecha vino  decirles que haba llegado el tiempo de
llevarle  las aguas salutferas de Spa, segn prescripcin de un mdico
ilustre.

Y all precisamente, al pie del famoso manantial, promesa de salud,
sinti Regina, por paradoja, su primer malestar fsico. Era un mareo
doloroso, con punzadas en las sienes; una profunda fatiga del espritu,
que haca pesadas y enormes todas sus ideas, y mezclaba sus memorias en
extravagante confusin. Inapetente y desmayada, senta necesidad de
cerrar los ojos  cada momento, con la rara sensacin de que todo su
cuerpo era cabeza.

A las alarmas de su padre, contest, queriendo burlarse de s misma.

--Tengo nuseas en la frente...

Y era verdad. Senta ascos y bascas en la cabeza, en la cabeza
monstruosa que le bajaba hasta los pies y le creca sobre los hombros
hasta dar en el techo de su cuarto. Se acost entelerida. Dentro del
miembro disforme que haba tomado posesin de su persona entera,
bailaban los recuerdos gigantescos y confusos, veloces, disparatados...

Un beso devoto que di Regina en Ruan al _Corazn de Len_ de Ricardo I,
mirbale ahora, sangriento como una herida, impreso en el rostro de
Juana de Arco, la cual se paseaba tranquilamente por la plaza donde la
quemaron, en la propia ciudad de Normanda.

A este punto llega Schiller, con su peluca rubia y su casaca con puos
de encaje, dando voces, pretendiendo que se aplace el suplicio mientras
l compone su drama _La doncella de Orleans_. La gran plaza se llena de
soldados ingleses, de sacerdotes, de gente curiosa y vocinglera; pero de
pronto se disipan todas las imgenes y se abre en el fondo un agujero
inmenso, negro como la boca de un sepulcro. Lanza Regina un grito, y las
tinieblas se deshacen; aparece el mar y en el mar unas islas blancas y
sonrosadas, como mrmoles al sol... Luego un paisaje bellsimo, todo
sembrado de ruinas; al fondo se dibuja una gigante acrpolis de airosas
columnas y labrado friso... Un tropel de garzas reales huye  esconderse
en las orillas de un lago azul... Son los dioses fugitivos, que,
aorantes de Grecia, se disfrazan  menudo para visitar los sagrados
lugares de su antigua dominacin... Al cabo, Regina, vestida de
tirolesa, baja del Monte Rosa, pisando con blandura la nieve. Atraviesa
valles y ros con suma facilidad: se detiene en la isla Bella, bajo los
opulentos toronjales, y se pone  hacer un lindo ramo de adelfas,
blancas y rojas...

De repente se le echa encima la rgida sombra de un enorme ciprs, y
Regina se siente presa en tupida maraa de siemprevivas. Todas estas
flores de cementerio muestran unas caritas llorantes y resignadas, y
parecen miniaturas de la cara angustiosa de Daniel.

Medrosa y contrita la muchacha, quiere rezar por su hermano, pero no se
acuerda de ninguna plegaria. En vano pugna por hallarla en su corazn.
Su corazn no existe. Regina sigue siendo toda cabeza... Busca que te
busca, bajo el crneo fenomenal, encuentra la infeliz muchas imgenes,
algunas ideas enrevesadas, unos pensamientos que se encogen y se
estiran, como larvas temblorosas... oraciones, ninguna! Las caras de
muchos Danielitos chiquitines la acosan en todos aquellos brotes de
sepultura que aciagos crecen en la fecundidad de la isla Bella, entre
blsamos, orqudeas y limoneros... Quiz su hermanito abandonado la
llama y la acusa; tal vez se est muriendo el triste, solo y msero...
Regina quiere,  todo trance, pedir clemencia al cielo.

--Una oracin! una oracin!--grita desesperada. Su terrible cabeza se
arrodilla, y con esfuerzo desgarrador, entre unos labios secos y duros,
pronuncia maquinalmente una voz melodiosa:

--_Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._

--Hija ma, qu dices?--pregunta alarmado Jaime,  la cabecera de la
cama.

La enferma abre los ojos.

--Estoy rezando--murmura. Y sonre con gozo repentino, al sentir en la
almohada su cabeza de tamao natural, y al advertir que su cuerpo,
bienlogrado y armonioso, obedece  la cabecita rubia en movimientos
fciles.

Alcntara la observa con ansiedad creyendo que delira, y la muchacha se
coloca una mano sobre el corazn acuciando sus latidos con un resto de
inquietud y pidindole todava una plegaria, ms supersticiosa que
ferviente.

El buen corazn, pronto siempre  conceder cuanto le piden, contesta sin
tardanza:

--_Padre nuestro, que ests en los cielos..._

Regina cerr los ojos con dulzura y adormecise en aparente serenidad,
con la desusada oracin entre los labios, que sonrean y rogaban en una
vaga mezcla de beatitud y divertimiento.

Tal vez aquel benfico reposo gustaba  medias de la santidad de una
deprecacin confortadora y de la fantasmagora de unos sueos
enrevesados y sorprendentes...

Poco despus, en su visita de la noche, el mdico puls  la enferma
cuidadoso, sin despertarla, y asegur  Jaime que haba remitido la
fiebre nerviosa que aquejaba  la nia, y que en unos descansados das
de Spa quedara sana y alegre.

Y fu verdad que muy pronto, curada y placentera, inventaba Regina
nuevas caminatas, aburrindose ya en el famoso paseo de _Las siete
horas_, donde Meyerbeer compuso sus ms bellas partituras; pero le
haban probado tan bien  Danielito las aguas y los aires del balneario
belga, que en obsequio al muchacho se detuvieron all los viajeros
cuanto la impaciencia pesquisadora de Regina lo pudo permitir.

Ya en traza de ruta, aquella impaciencia seal audazmente el camino de
Africa. Ningn obstculo puso Jaime  tan imprevisto derrotero; mas ante
la flaqueza de Daniel y el semblante estupefacto con que Eugenia recibi
tal noticia, la seorita y el pap resolvieron dejarlos  los dos en un
clebre sanatorio, donde el chico afirmase su naciente mejora al lado
de la solcita doncella, mientras ellos hacan con libertad y soltura la
expedicin africana.

Y as la emprendieron. Los abrasados pases del Profeta, el misterio
sensual de la vida mahometana atraan  la moza como un objeto de
suprema curiosidad. Sus ltimos sueos de inquietud y de neurosis se
haban balanceado sobre un inmenso campo rojo, lleno de esbeltos
alminares, bajo el arco gracioso de la media luna... Ansiaba conocer las
orillas del Nilo y los restos ciclpeos del Egipto legendario; las
tierras salvajes y escondidas, el desierto, las minas del oro y del
diamante, cuanto haba desflorado en los libros de su ardiente
adolescencia.

Pero hubo de contentarse con un breve paseto por tierra de moros, y al
tornar dos meses despus el poeta y su musa al sanatorio suizo, tuvieron
la fortuna de hallar  Daniel muy repuesto de salud.

Al punto concibieron la perdida esperanza de lograrle, firme en la vida
por una de esas prodigiosas evoluciones de la voluble pubertad. Infante
caedizo se apareca el muchacho, aun en aquel efmero gentilear de sus
catorce abriles. Su nio le llamaban siempre con halago de proteccin
Regina y Eugenia, y el nene le nombraba su padre todava.

En los ojos claros y melanclicos de Danielito flotaba siempre una
niebla de timidez infantil; toda la endeblez de su persona lnguida y
menuda tena un aspecto enfermizo y contristado que peda ternura y
caridad. Cuando una ficticia llamarada de vigor se le encenda en las
mejillas y en los ojos y calentaba sus miembros, libertndolos de su
habitual laxitud macilenta, Daniel, con su cabello dorado y rizo, sus
pupilas pesarosas y su delicado perfil, era un bello adolescente, una
interesante figurita que hubiera estado en carcter con hbitos de
terciopelo y gorguera encrespada, como regalado pajecillo de una reina 
modelo de un cuadro de Van-Dyck.

El padre y la hermana hallaron al doncel sonriendo  una de aquellas
mentiras de salud y de belleza con que los verdes aos engaarle solan.
Los peregrinos de Africa se dejaron encantar por la ficcin acariciadora
que haba pintado rosas falaces en la cara del muchacho y que  su voz y
 sus ojos diera bro y calor.

Regina entonces, infatigable y resuelta, dirigi  su padre unas
palabras sembradas largo tiempo en su imaginacin, y que lo mismo podan
ser una consulta que un ruego,  tal vez un designio.

--Vmonos  Amrica.

Y Jaime, como un eco, sin vacilar ni discutir, con sugestin ferviente,
repiti:

--Vmonos...

Eugenia y Daniel, que tenan ya el presentimiento de aquellas palabras
en los sedientos labios de Regina, tambin dijeron sumisamente:

--Vamos--con lentitud en que temblaban la curiosidad y el miedo, en
sigilo emocionante.

Y se fueron. En un puerto francs tomaron pasaje para Cuba, primera
tierra americana que deseaba conocer la hija del poeta cubano...

--El mar, el mar!... Las azules llanuras pacficas; las llanuras grises
y espumosas; las naves lejanas, hendiendo la infinita soledad del
horizonte con una vela blanca y fuyente, con una bandera que saluda y se
borra... Las castas bodas inmensas del celaje con las aguas; un pez que
vuela; un monstruo que asoma; un ave que pasa; una estrella que gira...
El peligro acechante; la tempestad inclemente, la dulcsima bonanza...

Estaba Regina loca de contenta con el regalo de tantas novedades, apenas
adivinadas por ella en sus breves navegaciones; y toda la codicia de sus
ojos negros se derram, febril, sobre la sbana enorme del Ocano,
mugiente y abismal...




V

TRES AOS DESPUS.--EL LTIMO SONETO.--LA SEGADORA.--LOS SUEOS DE UNA
NOCHE DE CALENTURA.--EN LAS ALAS DE UN CNDOR.


PASRONSE tres aos desde que la aventurera familia desembarc en San
Cristbal de la Habana, con grande escolta de ilusiones y recuerdos,
hasta el instante en que volvemos  encontrar  Regina en otra playa de
Amrica, al lado de un tmido mozalbete y de una pensativa seora, ambos
vestidos de luto...

Delante de aquel mozo eternamente nio, sealado ya por el dedo
inexorable de la Muerte, cay Jaime de Alcntara, el ufano caballero,
cuando ms ovante y feliz gozaba de la vida en la cumbre.

Hallbanse en la Argentina, descansando de aquellas frenticas jornadas
por el Nuevo Mundo, y de pronto di Jaime inesperado fin  sus viajes y
emprendi el de la obscura eternidad.

Muri lo mismo que haba vivido, fcil y blandamente, sin miedo y sin
dolor, reclinando la hermosa cabeza, vestida de ensortijados cabellos,
sobre un pedazo de papel donde comenzara  escribir un soneto precioso
A la felicidad... Dej iniciada en sus labios frvolos cierta sonrisa
gentil y en sus ojos una mirada burlona, como si una vez ms le
preguntase  Regina dulcemente:

--Y ahora, adnde vamos?

La muchacha, loca de terror ante la irnica y fnebre consulta, clam,
asida al cadver, con insensata rebelda:

--Adnde vas, adnde, fro, insensible y mudo?... Adnde vas?...
Dmelo; quiero saberlo; quiero detenerte!... No consiento que te vayas
de esta espantosa manera, solo y ciego, por un fatal camino
perpetuamente obscuro!...

Pero Jaime se haba ido,  pesar de todo. Su arrogante figura de artista
y hombre mundano, su romntica melena, sus ilusiones infantiles, cayeron
all bajo la tierra joven y floreciente de la costa del Plata.

Danielito le vi marchar sin grande asombro, con una especie de suave
resignacin que pareca decir:

--Hasta luego...

Largo tiempo le mir difunto, con fascinados ojos, y despus, sin
llorar, sin hablar, lanz un suspiro y baj la cabeza, como si  su vez
ofreciese el dcil cuello  la hoz de la eterna Segadora.

Eugenia, apiadada y confusa, rez y gimi calladamente, hasta que olvid
su pena para cuidar  Regina, enfebrecida y postrada,  punto de
fenecer. Pasados los primeros das de estupor, despus de aquella
catstrofe imprevista, la joven, que haba tomado una apariencia de
estlida insensibilidad, sintise de improviso enferma y nufraga en
mares de amarguras y congojas indefinibles. Su dolencia, aguda y
alarmante, tena un punto de semejanza con la antigua fiebrecilla
nerviosa padecida en Spa. Lo mismo que entonces, Regina senta nuseas
cerebrales y padeca delirios monstruosos. Todas las impresiones
copiosas y aceleradas de sus lecturas y sus viajes le fabricaban en la
imaginacin estupendas fantasas, con dolor y quebranto de alma y
cuerpo. Soaba  gritos, despierta y espantada,  soaba dormida, quieta
y silenciosa, sin otro sntoma de la quimera mortificante que alguna
furtiva lgrima, densa y ardiente rodando por el rostro impasible, y
algn apagado sollozo henchido de angustia. En aquellas crisis de acerba
insensatez, cuantas figuraciones son posibles bajo una frente ahita de
imgenes y de membranzas surgan volanderas en tropeles, fingindole 
la visionaria una existencia de pesadilla y desatino, entre luces y
sombras, entre delicias y torturas. Qu de cosas ledas  adivinadas;
qu de sucesos peregrinos, fantasmagoras y novelas urdidas al azar en
noches de fiebre! Ya son las impresiones de viajes, revueltas y
agigantadas, encendidas en el lienzo de la imaginacin por el pincel de
fuego de la calentura; ya las letras de molde y las estampas de los
libros, fingiendo absurdos garabatos, rojas quimeras, insectos
fabulosos... Rotas las leyes de la gravedad y de la vida, la triste
soadora vuela de astro en astro, como un nima en pena; se sumerge en
el mar y hace su lecho entre las algas; corre por la tierra lo mismo que
un antlope; siente palpitar en el corazn toda la muchedumbre de los
seres y de las cosas...

Condenada como el judo errante  vagar por el mundo sin reposo y sin
trmino, anda y anda y anda... muerta de cansancio y de sed. Abolidas
las distancias para siempre, tan pronto pisa las arenas del desierto
como hunde la planta en los remotos glaciares. Desde una isla de
palmeras y bambes, que se refleja en el mar como un paisaje de abanico,
sube de repente al cono del Orizaba, de la mano de los volcaneros
indios, y desgarra sus pies en las aristas de la roca. Luego registra
con afn los despojos de un cementerio tolteca donde halla la estatua de
una divinidad benigna: el dios de las cosechas y de las lluvias, Tlaloc
el compasivo.

Entonces empieza  llover con mansedumbre y las montaas enverdecen bajo
el dosel de prpura del sol levante. Van creciendo las aguas del plcido
diluvio hasta formar con su recial corriente un ro inmenso, tal vez el
Napo, quiz el Maran.

La estatuilla del dios indio se anima por ensalmo, y Tlaloc el bueno,
tripulando una piragua, conduce  la viajera en repentino desliz sobre
las ondas, sin que la muchacha logre descubrir en las orillas rastro
alguno de las bellas amazonas legendarias... Aquel ro veloz obra el
prodigio de subir faldeando speras y rgidas cordilleras, de cumbres
rojas con fuego de volcanes, y desde la cima hirviente, desciende la
piragua de Tlaloc en vorgine espantosa hasta el fondo profundo de las
hoces. Regina hubiera querido morir pronto en aquella tragedia de los
elementos, porque le dola cruelmente la cabeza, herida sin piedad por
los colmillos de un monstruo, y le causaba un asco intolerable el
amargor de las aguas en la boca. Pero una mano varonil la levanta en
vilo, salvada por azar del naufragio, y la joven, con una venda en la
frente, trmula de fro y de terror, se encuentra delante de un hombre
osado y apuesto que le dice con una cortesana reverencia:

--Jacinto Ibarrola, para servir  usted.

Es Ibarrola! El famoso explorador vasco, de quien Regina se supone un
poco enamorada. Iba ella  corresponder con efusin  su saludo, cuando
un sbito rubor la detiene, presa de terrible azoramiento: est desnuda,
y el explorador vasco la mira con una complacencia sonriente y
triunfal...

Huyendo la codicia de aquellos ojos, llega Regina en absurda carrera
hasta una hermossima selva colombiana: las caas de bamb mecen sus
airosas cabelleras verdes entre una corte ufana de bejucos; inmensos
rboles indgenas hunden en la virginidad del suelo las colosales
races, asomando  flor de tierra sus tramos retorcidos; los troncos de
los cedrelos, tapizados con hojas nervadas de rub, se yerguen entre los
luengos y odorferos estambres de las ingas; caas bravas, altas caas
dsticas, aparecen enguirnaldadas por lianas, sutiles como cabellos, 
gruesas como mstiles, que entre el follaje se encabestran de mil modos,
y que en la altura ostentan con orgullo sus campanillas purpreas y
azuladas; columnas arborescentes, artsticas y firmes como las de una
catedral gigantesca, elevan un oquedal esquivo  los rayos del sol; vela
la atmsfera misteriosa penumbra, y la silente paz de las llecas duerme
sobre los clices rojos y erizados, sobre las corolas retorcidas y
doradas, de infinidad de plantas tropicales en plena ostentacin de sus
glorias.

De estas bvedas divinas, cae sin cesar sobre la errante moza una lluvia
de flores; y cada uno de aquellos ptalos odorantes y blandos, al
acariciar su carne desnuda, la avergenzan y la estremecen, como si
fueran ojos  besos atrevidos.

Huye y llora Regina sintiendo sobre su espalda la maldicin que hace al
pueblo judo vagar sin patria y sin sosiego por las patrias ajenas,
entre los ajenos reposos. Aspada y rendida se deja caer al suelo la
viajera. Unas gotas de lquido frescor le resbalan por la frente y le
salpican el rostro. No sabe si son la sangre de su herida  las lgrimas
de sus pesares... Tal vez la bienhechora lluvia que el dios tolteca
manda  los sembrados,  el agua sedativa con que Eugenia humedece las
sienes calenturientas de una joven que yace en desmayo conmovedor...

Encalmada un instante la paciente, se incorpora de pronto al escuchar
cien distintos rumores que en la selva dorman al resistero de la hora
meridiana. Erguida en su lecho, despierta y demente, trata de alcanzar
los racimos de frutas comestibles que cuelgan de una palmera de los
Llanos, y al levantar los ojos, distingue una legin de mariposas
negras, encarnadas y azules, aleteando entre anacardos, musgos y
lquenes, orqudeas y helechos trepadores. Todas estas parasitarias
hacen nidos y palios  los loros y  las cotorras que se cortejan y
charlan con agudas voces. En una red de encajes formados por vainillas
de carnosas guirnaldas, un martn pescador est en acecho, y sobre el
regio dosel del oquedal, pasan volando en raudas parejas los guacamayos
de colores rtilos. A la par de una admirable pasionaria roja, coquetea
un matrimonio de tangaras, y una espesa nube de liblulas cobalto, pinta
un trozo de cielo tropical bajo la fronda... Toda la selvtica
hermosura del paraje se ha despertado de la siesta, en brava sacudida.

La enferma,  pesar de sus penalidades, sonre con embeleso al sublime
espectculo de aquel paraso natural, remecido por soberana brisa de
amores brbaros. Y,  tal tiempo, entre espigas de flores y parsitas
cabelleras ondulantes, asoma enroscada y daina una serpiente coral, de
venenosa mordedura. Regina que la distingue, abre los ojos desmesurados,
fijos con pavor en un ngulo de su gabinete. Quiere huir, y le corta el
paso un ro soberbio. Acaso el Magdalena? No lo sabe. Todos los grandes
ros que han remontado con varoniles audacias, los confunde ahora; todos
en su recuerdo son azarosos mares sin orillas... Buscando la salvacin
con impaciencia furiosa, halla la fugitiva un milagroso puente
bamboleante, formado por dos troncos, cubiertos de fajinas y tierra.
Perseguida muy cerca por la serpiente, trata de ganar de un salto la
frgil esperanza, y una muchedumbre de siemprevivas plidas forma un
lazo traidor en torno suyo, mientras la sombra huraa de un ciprs la
oculta el puentecillo y la detiene... A sus propios gritos desemejados y
punzantes, recobra Regina la razn en medio del aposento, con la camisa
arpada y la melena en vellones, jadeante y convulsa entre los brazos de
Eugenia, que en el colmo de su afliccin no sabe contener aquel acceso
de la extraa enfermedad.

Lcida y humilde se esconde la muchacha bajo las ropas de su lecho, con
triste cobarda, dudando y creyendo, entre el espanto del delirio y la
luz de la cordura; trpidos los pulsos, palpitantes los nervios,
desmayado el espritu en confusiones temerosas.

Cuando supone Eugenia que ha remitido aquel grave recargo, an la pobre
Regina es un alma que tiembla acosada por un monstruo, delante de un
abismo, agitando las alas con infinito anhelo hacia una sutilsima
ilusin en forma de puente bamboleante...

La solcita enfermera se esperanza advirtiendo la actitud apacible de la
joven, mientras ella, en su cuerpo cansado de correr por desiertos y
montaas, siente las ligaduras de las lvidas flores que la persiguen
como un augurio mortal. Pero tiende hacia su amiga una mirada
complaciente y dulce, y Eugenia sonre tranquila, sin notar que hay en
aquellos ojos un bosque de secretos donde perdura y se agita la trgica
sombra de un medroso ciprs... Ya para siempre aquella sombra tiembla
con recnditas ondulaciones de misterio en la mirada obscura de Regina!

As, entre sueos y pcimas, entre los cuidados maternales de Eugenia y
las caricias mudas y devotas de Daniel, padeci Regina, y con denuedo
luch cara  la muerte. En las breves remitencias de su mal, se daba
cuenta de su estado y haca inauditos esfuerzos por dominarle, acudiendo
 todas las energas de su nimo viril en apoyo de la naturaleza
lastimada.

Lentamente iban siendo ms largos los sosiegos y ms breves las
agitaciones de la enferma. Sus delirios tomaban una forma clemente, en
sucesin de escenas mgicas y disparates confusos, sin graves notas de
terror ni fatdicas advertencias de exterminio. Ya en las vrgenes
espesuras donde ambulaba el espritu errtil de Regina, no asomaban las
serpientes su aguijn venenoso, ni  los diosecillos indgenas les
acaecan lamentables naufragios al conducir en sus piraguas veloces 
las vagantes doncellas.

Ya la doliente imaginadora no gira, perseguida y desnuda, por los
parasos americanos, ni lleva en la frente vendajes opresores. Ahora su
cabeza es un casco ligersimo y hueco, que apenas sirve ms que para
sostener los pelitos dorados que le cubren. Bajo aquella peluca liviana
y graciosa, ruedan en el vaco, con ecos musicales y tenues, las
palabras de la enferma, y suceden aventuras de raro prodigio y
placentera traza... Ahora, entunicada  la griega, en traje vaporoso de
ninfa, la nia rubia hace unas plcidas excursiones de ensueo por los
ms varios y admirables caminos del planeta... Cruza bosques perfumados
por los aromas de la gran datura blanca, cubiertos de espigas rosas y
azules y enmaraados de enredaderas floridas, y por senderitos abiertos
en las taquitas de las montaas, sube  los Andes ecuatorianos desde el
hondo valle del Chota, ardiente y feraz, el ms profundo de la tierra,
hasta el altsimo volcn del Corazn, cubierto de nieve perdurable.
Aunque los parajes que atraviesa deben llenar su alma de espanto y
admiracin, ella camina con frvolo placer, sin extraeza ni afn.

Va pisando suavemente las alfombras de miostides blancos y las radiadas
de flores de color de azufre, que en las vertientes de la cordillera se
agrupan y sonren con humildad  las plantas de la peregrina, mientras
el alto paisaje parece tiritar de fro. La muchacha, indemne  todas las
inclemencias de la temperatura, avanza con lentitud caprichosa,
envolvindose en cendales de tul; pero ya en la cima del pramo, siente
un instante de incertidumbre, no sabiendo qu rumbo tomar por el
sudario de armio, sin rutas ni lmites. Entonces un cndor altanero y
magnfico desciende hasta sus pies, en rendicin de sbdito, y le ofrece
el vasallaje de sus alas, reinas del espacio, deponiendo con estupenda
gracia sus agresivas tendencias.

Sin dudar ni temer, se sume Regina con regalo en las regias plumas del
ave, y se lanza  la inmensidad de los cielos, arrebatada y dominadora,
en un espasmo indescriptible de voluptuosos deleites.

En aquel vuelo felicsimo, la sutil cabecita de la joven va afinando su
ligereza  medida que sube y que flota, triunfante y mayesttica. Y se
va convirtiendo en una hoja de papel, en un ptalo de flor, en una
burbuja... hasta quedar confundida con el ter; perdida en el azul;
borrada entre las nubes...

Poco despus, Regina, sin cabeza humana, con una especie de globo
atmosfrico encima de los hombros, sin dolores ni placeres, igual que
una sombra  que una estatua, se pasea vagarosa entre las mil quinientas
hijas del sol que en el Imperio lejano de los Incas habitaron el
_Recinto de oro_... Los jardines que rodean al famoso templo estn
formados de frutas, plantas y flores artificiales, de plata y oro, y el
insigne inca Garcilaso de la Vega compone sus _Comentarios reales_ en
ronda solemne al travs de las joyas del huerto y del vestalato juvenil.

Sin sorpresa ni admiraciones, la rodante muchacha abandona el jardn
peruano que tal vez espera  muchos rimadores dueos de la flor
natural, y se detiene en la linde de unas ruinas donde un pastorcillo
griego labra en su cayado una artstica figura.

Del cercano bosque de laureles rosa llega hasta el camino un penetrante
perfume que embriaga, y Regina comienza  observar que todo su ser,
impasible y etreo, se enciende en vida clida y nerviosa, dcil  las
impresiones de los sentidos. Mientras el aroma del bosque la deleita,
trnase la niebla de sus dedos en carne obediente, y encima de la estofa
de su tnica halla la joven con asombro las sartas de diamantes
transvalinos que le mostr un joyero en un bazar de Marrakkes... Son las
mismas, rutilantes y prdigas, opulento milagro del _desierto aullador_,
patria de hroes...

Conmovida la viajera por el hallazgo portentoso, con un vivaz
sacudimiento de emocin se despierta en la cama y nota en la frente
serenidad benigna y en las ideas calma saludable. Al recordar lo que ha
soado, con regocijo infantil evoca el sugestivo nombre de una comedia
que antao aplaudi en Torremar: _Sueos de oro_... El sol, como una
bella realidad de aquella fbula, entra en el cuarto y se posa  los
pies de Regina en dorada columna, viva y ardiente, y un ramo de flores
que el astro besa, embalsama el aire con perfumes de laureles y rosas...

Daniel contempla  su hermanita con silencioso afn, y Eugenia, que ha
envejecido un poco, la besa las manos tiernamente.




VI

ENSENADA.--TRISTES ANATOMAS.--JACINTO IBARROLA.--PLACERES DEL GRAN
MUNDO.--LOS AMOROS DE REGINA.--LA CAA Y EL HENO.


ENSENADA es un puerto chiquito y risueo, sobre El Plata, donde Regina
convalece entre lgrimas y desmayos.

Su juventud y su voluntad le ayudan  vencer la dolencia. No se resigna
 morir; siente una repugnancia insuperable hacia el tenebroso agujero
del sepulcro; tiene un miedo cerval  la Intrusa y se azora, con temor
de precita, ante la idea de borrarse en el mundo sin dejar de su paso un
recuerdo, siquiera fugitivo; una estela como la nave en las aguas; un
aroma como la flor en el ambiente...

A pesar de su escepticismo prctico, le acosa el vivo deseo de
permanecer asida  las cosas firmes y perdurables. Abrazada la tierra,
por un temor extrao de mirar al cielo, pretende hallar en todo lo que
ven sus ojos races y promesas de vida y eternidad. Con delirante avidez
quisiera  veces convertirse en campo, rosal  piedra, para brotar, para
florecer, para resistir... Quisiera ser un libro, un monte, un
torrente, para tener siempre voz, siempre entraas, siempre fuerza y
podero... En cuanto recobra algunos vigores se lanza de la cama con un
impulso de terror y de altivez, recelosa y arrogante. Con las manos
plidas y temblonas se acaricia la frente, asegurndose de que todo est
en su sitio all dentro. Pero suspira adivinando que siempre habr un
eco de tormenta debajo de sus cabellos rubios; que siempre encima de sus
ojos, cansados de aprender, habr marejadas bravas de memorias y
confuso ventar de pensamientos. Y que en aquella oculta borrasca de su
existencia flotar siempre, zozobrante y sin norte, el ansia de la vida
y el dolor de la muerte; dudas del cielo y odios  la sepultura de la
tierra...

Aprendi Regina  rezar y  creer vagamente en el regazo de su madre,
cuitada y nia. De aquella dbil alborada de sus fervores infantiles, al
travs de los aos y de la ciencia, le queda una sombra de crepsculo. Y
como la sombra es cosa espantadiza y pvida, la joven, al sentirla caer
sobre su espritu, reza algunas veces, con la tembladora ansiedad del
por si acaso, unas fras oraciones desamoradas que la atricin
construye  flor de tierra.

Estriles los pasos de Regina por el mundo, no han levantado ni un leve
soplo de inmortalidad que le haya penetrado el corazn. Todo lo vi y lo
toc su inteligencia. Ninguna maravilla le lleg  la medula del
sentimiento.

Cuanto aprendiera en libros sabedores, lo comprobaron sus ojos;
convirtironse en realidades las fantasas, pero su alma no saci
ninguno de sus ocultos anhelos, y ninguna esperanza infinita encendi
en el camino de la viajera la devota lmpara de promesas eternales.
Creyndose poseedora de raros secretos de la materia, quiso aplicar
aquella sabidura  los espritus, empezando por hacer un despiadado
anlisis del suyo. Hunda con crueldad el escalpelo en la entraa viva
de sus emociones, y autopsiando sentires y analizando instintos, vena 
deducir que todo en ella era caduco y vano, todo miseria, automatismo y
fatalidad.

Lo que tom por dolor puro y amoroso en la muerte de su padre, era ahora
lamentacin miedosa y egosta, sensacin de abandono y de sorpresa. No
le amaba, puesto que sin l poda vivir y gozar, puesto que no quera
seguirle ms all de la tumba. No le amaba, puesto que al recobrar la
salud, sus primeras ideas de sensatez fueron para pensar que el muerto
haba dejado su fortuna lquida y abundante, legada  sus hijos con
todas las formalidades de la ley. Tambin haba pensado con descanso y
fruicin que era mayor de edad, tutora de Daniel, y apta para manejar
los intereses de ambos. Haba sentido crecer la importancia de su
persona, con todas estas dignidades y mritos, y se haba engredo con
ufania pueril al borde mismo de la fosa de aquel poeta y amigo, que puso
en la hija ingrata todas sus ilusiones...

Era, pues, evidente que la naturaleza humana se resista  los duraderos
carios abnegados, de esos que tal vez no florecen ms que en los
discursos poticos en los credos optimistas; ficciones inventadas por
locos  soadas por ilusos, inverosmiles comedias de la vanidad
mundana... Acaso Jaime la quiso  ella por antojo  diversin, sin esa
entraable ternura del espritu, llena de caridad y de herosmo, que de
los padres cuentan... No la olvid, como  Daniel, cuando eran
pequeos? No abandon su infancia largos aos en el viejo rincn de
Torremar?

Oh! El sagrado calor de los hogares; los benditos lazos de la
familia:--murmuraba Regina acerbamente leyenda de corazones orgullosos,
quimrica invencin de almas que quieren emanciparse de la tierra, donde
todo amor es costumbre, inters  deleite!... Daniel y yo--segua
escudriando la joven--queremos  Eugenia, porque nos convienen sus
servicios honrados, y ella nos sigue y nos atiende por hbito y rutina,
tal vez porque no sabe romper una cadena que el destino forj.

Y aquel cario delicado y profundo; aquella dulcsima terneza que su
hermano la inspira? Regina est confusa unos instantes mientras clava en
este fraternal amor su bistur anatmico. Mas luego, levanta sobre
aquella duda fugaz una de sus escpticas negaciones, y encogindose de
hombros, con desdn de s misma, declara:--Esto es lstima, es pena de
ese nio infeliz que dan por muerto los sabios; que tiembla y gime 
cada hora; es un alarde que hace mi robustez  su flaqueza. Y  esta
virtud esttica que embellece la vida,  este placer fsico que produce
el remediar el mal ajeno... porque es ajeno precisamente, le llaman los
sentimentales sacrificio, caridad...

En tal fase del secreto estudio patolgico, la doctora piensa con mucha
curiosidad en el amor de los sexos, en el grande y eterno amor, clave de
la vida. Y sonre meciendo la cabeza con incrdulo signo, porque est
segura que en los choques pasionales, entre hombre y mujer, no hay ms
que instinto, conveniencias y goces.

--Es menester--musita, sagaz y perversa--enterarse de todas estas cosas.
Me casar; pero quiero un novio de mis gustos, un hombre excepcional y
valioso... Suspira, y aade:--Jacinto Ibarrola tal vez...

No le conoce. Ha visto en los peridicos su retrato y en ellos ha ledo
sus aventuras sensacionales, aureoladas con altsimas ponderaciones.

Es Ibarrola un caballero vascongado, valiente y buen mozo, con una
brillante historia de herosmo. De ilustre familia espaola, ha luchado
por su patria voluntariamente, con arrojo que decor su pecho de heridas
y galardones. Aventurero de noble estirpe, se arriesga ahora en una
exploracin peligrossima por el interior del Gran Chaco, proponindose
remontar el Pilcomayo hasta sus fuentes originarias; intento en que ya
dejaron la vida  los propsitos varias huestes de expedicionarios.

Cuatro fecundas castas de habitantes independientes y enemigos entre s,
celan con salvaje vigilancia aquel bravo territorio, y  sus primeras
tentativas de avance entre las feroces tribus, Ibarrola se queda solo en
la incgnita ruta. Retroceden sus camaradas, enfermos  arrepentidos, y
l prosigue impvido su temeraria empresa.

Los peridicos del Uruguay y la Argentina consagran diariamente 
Jacinto Ibarrola arrogantes columnas de laureles, y describen
imaginarios derroteros por donde le suponen seor del Pilcomayo, en
regreso feliz. Y Regina, que ha seguido los pasos del hroe con
enamoradas admiraciones, al recobrar los bros juveniles, despus de la
tempestad de sus pesares y dolencias, vuelve hacia el peregrino del
Chaco las miradas curiosas, y anhelante le busca su imaginacin cual si
entre ambos existiese el tcito acuerdo de una cita en tal valle, en tal
cumbre, en el suave declive de esta montaa, en el pliegue feroz de
aquella selva,  en las embosquecidas mrgenes de esotro ro... Perdida
en una niebla de ilusiones lleg la joven  pensar: S; donde nos vimos
la otra vez...--Y recordaba confusamente una entrevista suya con
Ibarrola en el fondo sombro de una hoz...

Corrieron  poco rumores alarmantes sobre la suerte del viajero. Los
quinientos hombres que en socorro suyo envi el Gobierno argentino al
mando de un coronel, retroceden  las veinte leguas de indagaciones por
el Chaco Austral, sin haber hallado la pista que buscaban. Y segn
confidencias de los indios pilagas, sus adversarios en las frecuentes
luchas intestinas de la comarca, los sanguinarios tobas haban dado
cruel muerte al solitario espaol prisionero en sus tolderas. La
trgica sospecha se extendi con rapidez emocionante por aquellas
repblicas, interesadas de cerca en la intrpida excursin de Ibarrola,
y agitse Regina con profundos temores de novia en duelo, igual que si
su denodado compatricio hubiese hecho votos de llevarla al altar cuando
rindiera vencedor aquel famoso viaje...

       *       *       *       *       *

Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente
el corazn, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda
 cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plcidas,
que preparando el porvenir teja con el galante cumplidor de sus
antojos, el infatigable compaero de sus jornadas inquietas. Mira en
torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonren con
plida indecisin, con melanclica simplicidad de criaturas tmidas y
obedientes, almas que slo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.

Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena all, por la
inquietud con que aguarda su aparicin, Regina escapara con presteza en
busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal
mpetu aquel inters por el esforzado caballero, que la joven se detiene
uno y otro da, lanzando desde el escondite de la breve playa sus
agitados deseos en pesquisas veloces detrs del peregrino. Pasmados
estn Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje,
mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores
que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de
quien ella se juzga enamorada. Enamorada?

S; Regina empieza  creer,  al menos  dudar en el amor; y ya no se
atreve  analizarle con fras razones. Se ha vuelto de improviso
respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaa y
la abriga y la sostiene en medio del pramo de su mocedad, atenta al eco
de unos pasos desconocidos, pronta  partir no sabe adnde, cuando la
realidad de aquel ensueo llegue. Su actitud es la de una desolada
viajera que en estacin de trnsito aguardase un tren de recreo detenido
por lastimoso azar...

Harto sabe la joven de galanteos y de coqueteras, que no en vano es
moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiracin
y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de
coleccionista guarda epstolas amatorias escritas en todos los idiomas
universales. Los nerviosos pies, conocedores de las ms altas cumbres y
de los valles ms hondos, portentos de la Naturaleza, saben, tambin,
deslizarse por los salones mundanos con un seoril donaire, de mucha
gracia y atractivo.

Jaime de Alcntara, bien relacionado desde Pars con las legaciones
espaolas en los pases que ha visitado, pudo presentar  su hija en la
ms encumbrada sociedad mundial. Galn y artista, hombre de estrados,
diestro en cortesanas, hizo el pap valer en todas partes la beldad
extraa de aquella nia que le serva de adorno como una flor extica de
feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme
paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando
en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecan pensar siempre
en otra cosa, mientras yaca olvidada una sonrisa noble en la prpura
regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distincin la daban
un aplomo que supla  su inexperiencia en aquellos lances, y detrs de
su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesa rumores de
curiosidad y admiracin.

As goz Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en
esplndidas fiestas. Y no desminti su carcter femenino mostrndose
insensible  los halagos del xito y la lisonja, sino que revel unas
grandes aptitudes para la coquetera de buen tono, y supo acreditarse
ducha en el flirteo ms exquisito sin previa novatada.

Pero ningn doncel de los que la pidieron un vals  un rigodn, en su
galante odisea de excursionista universal, mereci de la nia espaola
devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto
tomaban proporciones de pasin, ella depona sus travesuras femeninas
con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba  sus
amadores, se encoga de hombros con indiferencia, para seguir agitando
por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.

En Tnger se prend Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el
mismo hotel que la familia de Alcntara. El hijo de Mahoma pareca haber
inflamado con sus candentes ojos el corazn indmito de la viajera, y
cuando acaso ella vislumbra una romntica aventura de apostasa y
matrimonio, cae sobre la cndida chilaba del africano la funesta sombra
de una tremenda acusacin poltica, y desaparece el buen mozo prisionero
y celado sabe Alah en qu mazmorras inclementes... El espacio de una
quincena haba durado aquel idilio singular; pero no fu menester tan
largo tiempo para que la imagen del moro pasase  un rincn de la
memoria de la nia, como pasa una prenda de ropa en desuso  la percha
olvidada de un armario.

Y entre los recuerdos amorosos de Regina, qued colgado un jaique, junto
al gabn de pieles de un polaco guapsimo  quien ella crey amar, en
Varsovia, lo menos ocho das... All en la extensa galera de tales
membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y
jocundos de ingleses y alemanes, plidos fantasmas italianos, perfiles
franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con
vestigios varoniles de la vieja Europa.

Las Amricas dieron  esta coleccin de apuntes ntimos un gran
contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicid
desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la sigui desde
California, por toda la Amrica Central, intilmente decidido 
congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el
duelo era formal, y uno de los combatientes qued con la cara partida
por el sable enemigo. Como la seorita haba coqueteado un poco aquella
vez, sinti el cordial impulso de corresponder  la vctima,  manera de
indemnizacin. Mas hall tan feo al incauto con las vendas y el
descaecimiento del percance, que, sin esperar  que cicatrizara la
herida de aquel rostro compungido, tramont, ligera y conquistadora, sin
remordimiento alguno...

Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las pona
la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen
brava y esquiva, reina de sus pensamientos.

--Esto es amor... Debe de ser amor--murmura la muchacha, deliciosamente
sorprendida--; esto lo tengo aqu, clavado y doliente, hace ya mucho
tiempo.

Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir _aqu_,
apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. Mucho tiempo son tres
meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que,
desde su rincn porteo, avizora los horizontes donde ha de amanecer su
felicidad en forma de aventurero caminante.

Y un da cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros,
confirmada y rotunda dentro de un peridico, la tremenda noticia:
Ibarrola ha muerto! Los brbaros tobas han destrozado  su heroico
prisionero en suplicio salvaje.

Una misin que los espaoles enviaron en socorro del compatriota, halla
los restos mutilados del mrtir, los identifica y los salva del abandono
con veneracin piadosa.

Toda la culta Amrica se estremece de espanto al conocer este nuevo
drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traicin
brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes  la redentora
influencia de los conquistadores...

El general boliviano que fracasara en esta misma expedicin capitaneando
una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan
intiles esfuerzos en idntica empresa, se obscurecieron en el olvido
cuando el francs Crevaux fu asesinado al tratar de internarse en el
territorio independiente. A la sazn, sobre todos los intentos de
exploraciones en el Pilcomayo, quedar el prestigio de la nueva
tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegacin y
valenta en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul,
es hazaa de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores espaolas
que trascienden  bravura de raza,  fortaleza de un pueblo inmortal.

El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones
cordiales y admirativas, que proclaman  Jacinto Ibarrola mrtir insigne
del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un
legendario aroma de bizarra castellana unge los despojos del
explorador,  la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte
naciones...

Cuando los restos del noble sacrificado llegan  la costa del Plata
entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriacin, ya Regina de
Alcntara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando  Eugenia y
 Daniel, que, en pnico desconsuelo, la suponen definitivamente loca.
Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus
palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye
velocsima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime
una sentencia que no sabe dnde la aprendi: No confes ni te apoyes en
la dbil caa; porque toda carne es heno, y toda su gloria caer como la
flor del prado...




VII

NUESTRAS VIDAS SON LOS ROS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE
AMOR.--REGRESO  LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.


AQUELLAS graves palabras de meditacin no serenaron el alma tormentosa
de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.

--La carne es heno--repeta y nunca duerme la Segadora...

Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno  las cosas
aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desvn
de la memoria, record luego Regina otras frases henchidas de
incertidumbre y de lgrimas: todo se desliza; todo resbala; nada se
detiene...

Su mismo fuyente caminar al travs de tierras y mares; la fiebre de
emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la
existencia, exagerado por los estmulos de la loca de la casa aquel ir
y venir sin trmino, por speras rutas, bajo cielos extraos, eran
otras tantas voces, sordas y tristes, que respondan como un eco de
ultratumba:

--S, es cierto; nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora...

  Nuestras vidas son los ros
  que van  dar en el mar,
  que es el morir...

Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros
una enorme cruz, erguida como smbolo de paz en la brava frontera de dos
repblicas hermanas. Alz Regina las tinieblas de sus ojos hacia los
brazos redentores, baados en la luz alegre de una tarde de sol, y al
punto aterr sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed
abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar
pudiera.

La majestad de aquella cruz que pareca cobijar el mundo y ofrecerle un
inmenso abrazo de misericordia, la dej confusa y aniquilada.

Sentase Regina en una de esas situaciones de nimo en que todas los
grandes ideas aplastan nuestro pequeo entendimiento. Atravesaba una de
esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideracin de
toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espritu; hora
mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen
turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.

Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del
monte; en una actitud de absoluto enervamiento, record vagamente una
anhelante querella que se compadeca:--_quin me diera alas como  la
paloma, para echar  volar y hallar reposo?..._

Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, slo
tuvo energas para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro
martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible.
Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeci de repente, con
desatinada violencia, el vrtigo de la altura, y todo su ser, apasionado
y voluble, sinti la atraccin indefinible y repentina de los cauces
hondos y de los surcos opresores. Cmo haba subido, ciega y rauda, la
carga de su hasto y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se
acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el pas
adonde maquinalmente se haba sealado ella misma el camino. Volvise 
mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento,
la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guas y los
mulos...

Msera como nunca se encontr la joven en la breve caravana de viajeros,
en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la
cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi
invisible representacin de la humanidad peregrina, que se arrastraba
torpe y lamentable, con movimiento tardo y esforzado, sobre las
espaldas soberbias de aquellos montes augustos... Magnficos el paraje
y el horizonte, qu pequeos, qu tristes los caminantes!

A esta consideracin que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecise
acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los
hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella
excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.

La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la
muerte, dejse poseer de una sbita tentacin de exterminio y se lanz
por la vertiente de la cordillera en rpido descenso sembrado de
escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma
enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido  la cumbre
andina con la sola idea de espearse desde la ufana altura, as trat de
acometer la bajada, en un brbaro intento de rodar y desaparecer, de
hundirse, de acabarse. Se negaban los guas indios  correr  la par de
ella, tenindola por demente  por suicida, y la muchacha, huraa y
tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza
hacia sus compaeros. El instinto y la mansa condicin de la bestia que
la conduca la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los
profundos valles de Chile, mientras la conturbada razn de la viajera
murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar
siempre y luego... morir..._

Por primera vez en su vida Daniel de Alcntara tiene una decisin y un
arranque...

--Aqu me quedo--dice.

Y haba tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le
miraron perplejas.

--Por qu?--pregunta Regina poco acostumbrada  la contradiccin.

--Porque no puedo ms y no quiero morirme en un camino.

Morir? Esta palabra buscada y huda constantemente por la viajera
rubia, tiene el privilegio de contenerla en tmida zozobra. Contempla 
su hermano con un inters que hace muchos das no tienen sus ojos para
aquella lnguida existencia, cuyo lmite aparece siempre cercano por
irnica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares,
que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa
la piel como en los das ms desventurados de su lastimada existencia.

Otra muerte? Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo
se dejaba arrastrar por la sugestin de la tierra desde la esplndida
altura vecina de los cielos...

Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la
solicitud y terneza que haba olvidado prodigar  Daniel durante los
ltimos meses de infortunio. Estn en Santiago de Chile, y all se
quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de
creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rpida
consumacin.

En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo,
enrgica y dominante, reta  la muerte  la cabecera del enfermo,
escudndole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial
sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en
oculto sigilo la sombra funeral de un ciprs.

Las eminencias mdicas acuden al llamado angustioso de la joven y
pronuncian su ltima palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no
tiene remedio humano y ha llegado al perodo postrero.

Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre
una receta muy compasiva para s mismo y acierta  librarse de un triste
espectculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo  la
muchacha:

--Tal vez una larga travesa por mar, y despus los aires nativos...

--Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.

--Yo espero... confo murmura el doctor entre egosta y piadoso.

Y la seorita de Alcntara hace sus preparativos de viaje en pocos das
y huye con Daniel, que apenas pregunta:

--Dnde vamos  parar, en Asia, en Oceana?

--No, hijo mo; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...

El muchacho sonre, vuelto  la dulce pasividad de su carcter infantil
y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusin de
lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus nios amados y
la propia compensacin de un definitivo descanso despus de aquellos
tiempos azarosos.

Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las
dos enfermeras  Daniel entre sus brazos como una frgil preciosidad.
Regina, mimndole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud,
repite: Hijo mo, hijo mo!, con ternura que nace de sus entraas de
mujer, de los latidos maternales de su corazn.

La msera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha
inspirado  Regina rfagas de pasin y de misericordia, reveladoras de
ocultas races sentimentales. En las perturbaciones de su espritu se
despiertan de pronto los instintos de amor y lstima hacia el pobre
atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda
su alma femenina se exalta en aquella dulcsima frase, compendio de
caricias y votos: _Hijo mo!_ Al pronunciarla siente en sus labios de
doncella las mieles amargas de un sublime cario que la enciende en
compasiones y desvelos de madre.

La tensin vibrante de aquellos sentimientos da lugar  un episodio raro
y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de
Valparaso se detiene en un cruce el tren que lleva  los de Alcntara,
y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un
coche especial. Le llevan  un manicomio. Padece la locura de amor, que
es la ms triste de todas, segn cuentan los sabios en locuras. Va el
infeliz pidiendo  gritos:--Un beso, un beso! Uno solo, por
piedad!...--Oye Regina el desgarrador plaido; inquiere la razn de
aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razn; es un loco que pide un
beso  una mujer. A qu mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y
hermosa--le responden--; est enamorado de un ensueo, y padece un
horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por
una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un
salto  la va, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto
el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los
labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales
de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--Ah,
eres t!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahto de felicidad, sacio y
trmulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de
aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las
curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados  las
ventanillas.

En el paisaje liso y rido de la costa volcnica, este singular suceso
de piedad y dolor halla un escenario fro y silencioso. Tal vez en
Espaa, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido
con apasionada admiracin el rasgo noble de la moza enlutada y bella.
Pero en aquel llano camino de Amrica, abierto para el trfico
cosmopolita y mercantil, slo quebr el silencio de tan tierno
espectculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de
gratitud con que el loco ahog sus imploraciones satisfechas.

Partieron ambos trenes. Eugenia se enjug los ojos llenos de lgrimas;
estrech Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo
pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios  lo largo
de los vagones caminantes, mientras Regina repite al odo de su pobre
enfermo: _hijo mo!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que
alcanzaban al demente consolado y se extendan  toda la triste
humanidad, hurfana de consuelos.

       *       *       *       *       *

--Si pudiera dejar aqu todo lo que me entristece!--piensa Regina antes
de embarcar. Est enojada contra s misma porque le crecen en el pecho
compasiones profundas hacia todas las plidas cosas que sonren con
dolor en la vida, y se le oprime el corazn con extraos pesares.--No
quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea
las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lgrimas que en lenta
rebelda mojan su rostro, mientras cerebro y corazn, unidos con raro
acorde en su gentil persona, laten al comps de unos recuerdos
tentadores y amargos.--La hurfana de Alcntara, la viuda de
Ibarrola!--piensa y siente en ntima consternacin. Mas luego protesta
con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el
poeta, el amigo, el protector  quien lloro con el sentimiento egosta
de mi soledad, fu mi padre, ms por el acaso que por el amor; yo fu su
camarada y su compaera mucho ms que su hija, y ahora debo decirle,
nicamente, con el espritu sereno y el corazn mudo: Adis, Jaime;
bscame en otras vidas si volvemos  nacer; quisiera ser siempre amiga
tuya; y mientras l duerme en este mundo joven, yo voy  ver si en el
viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto  Ibarrola--conviene
la viajera en su escptico soliloquio--no era nada mo, nada; slo le he
visto en sueos y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me
confundo  cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la
dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de
lograrlas juntas, segn sospecho. El placer es la ausencia del dolor;
por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la
felicidad y el amor son enemigos... Si un amago, un atisbo del amor me
ha hecho padecer, huir, llorar!... Adis, Ibarrola, mrtir  loco;
quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte...
Adis!

Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la
amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con
joviales adornos de primavera se despide de la costa americana,
alardeando ante s misma de que deja all sus desengaos y sus miedos,
sus pesimistas augurios, todas las races de futuros dolores.

Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las plidas
aguas del Pacfico, slo sabe de cierto la viajera que Daniel est all,
bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegra en el semblante.

--Tal vez la muerte se quedar tambin en la ribera--piensa en zozobras
calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y
sutil de la tierra abandona. Ondulan luees y rojas las colinas
chilenas, y trnase tan vago el horizonte  la luz del crepsculo, que 
la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por
ese sentimiento desgarrador de las despedidas.

--Llora usted?--la pregunta solcito un viajero que ha de hacerle esta
misma interrogacin el da del desembarco. Y molesta porque han
sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre,
responde:

--Es un llanto material. Mirando con fijeza  un mismo sitio, durante
largo rato,  cualquiera se le saltan las lgrimas...

       *       *       *       *       *

Desde que Regina vi la muerte  bordo, entre sus brazos, y sinti que
en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo nico
que le quedaba en el mundo, ya nunca ms pens en huir de ella.--Est en
todas partes--dijo.--Est en la vida!--Y con una impavidez
martirizadora empez  verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas,
en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en
las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y
hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quera familiarizarse con
ella; empezaba  comprender que en el fondo del espanto y del odio que
la inspiraba poda brotar una semilla de conformidad.--_Morir...
dormir... soar acaso..._--repeta, tratando de asir alguna esperanza
que la amistase con la traidora; y por fin murmuraba con supremo
hasto:--Descansar,  lo menos!...

Ya al final de la navegacin, cuando los pasajeros se agrupan en la
borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--Espaa?--Y la
contestan:--S, Galicia, _la costa de la muerte..._--Ah! Qu
admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al
mismo tiempo. Y repite:--Espaa... Galicia... _la costa de la
muerte!..._ Qu hermosura!...

Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al
espritu de Regina los bros y las audacias que antao la hicieron
explotadora de realidades y de ilusiones al travs de dos mundos. Y as
salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los
xtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan
alegre turbacin.




VIII

AURORA DE MAYO.--CRUCES Y NAVES.--CENTELLICA DE AMOR.--AH DE LA RIBERA!


LA alborada radiante de aquella maana espaola vino  encender con
luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa
delectacin, en el aposento desnudo y fro del hotel, mira la ilusa
desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de
su rpida existencia.

Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con
decisin una lnea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un
apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aqu en adelante:
una seorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que
pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer
comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...

La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditacin:

--Ests despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del
equipaje los vestidos negros... Los planchar para que estn listos  la
tarde cuando salgamos para Vigo...

Siente la muchacha cmo lo pasado tira cruelmente de sus propsitos en
aquella advertencia, y responde con un suspiro:

--Bueno...

Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el
aire infantil de un prvulo que hace novillos, se lanza al campo y al
sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante
sombrilla azul. Y as camina, ondulante y ligera,  grandes pasos, como
guiada por el hilo invisible de una ilusin, embriagndose en la
placidez de aquella maana de Mayo que la fu  despertar con tan
pacficos sentimientos.

En los claros del aoso parque, las flores orillan los senderos, frescas
y lozanas, con algo de selvtica hermosura, y desde los ribazos
enverdecidos, cara al mar y  la costa, ve Regina cmo tiembla el
paisaje baado de luz.

Liviana, lo mismo que un cfiro, recorre aquellos vergeles la gentil
madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas plidas y le
relumbran los ojos amorosamente.

Su traje blanco sonre en la espesura, y su sombrilla semeja un errante
jirn del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.

Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresin de su
semblante, dirase que est muy contenta de parecerlo. S; ella quisiera
ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se
la podra tomar por una nia vestida de primera comunin, creyente y
venturosa...

En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la
gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge,
placentera,  su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las
costumbres campestres, comienzan  charlar. l la cuenta un poco de la
vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y
solicit aquel destino en San Simn, por estarle indicado el clima  su
mujer, enferma desde su ltimo alumbramiento.

--Es usted casado?--pregunta Regina con alguna sorpresa.

Viudo... Ella muri, cuando an tena yo confianza de que se curase
aqu...

Slo entonces repar la seorita de Alcntara en que el mdico estaba
vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre haca un
momento cuando murmur:

--La muerte est en todas partes!--Pero queriendo, la muchacha
resistirse  la invasora amargara de la conversacin, y como para
endulzarla, interrogle con amable inters:

--Tiene usted hijos, verdad?

Una parejita--contest el caballero, levantando la cabeza que tena
inclinada.

El paseo se prolonga, la pltica se enciende en confidencias cordiales y
juveniles, y el doctor y la nia son ya ntimos amigos, merced  esa
recproca simpata de dos caracteres francos que se encuentran en una
hora sentimental.

Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir
que le conoce y le juzga.

--Es un hombre apasionado y sencillo--piensa.

Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse 
definir ms que una cosa:

--Linda y rara mujer!...

Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus
sentimientos; pero slo ha conseguido admirarle y confundirle.

A este punto de intimidad, acaso intensa porque va  ser breve, llegan
los paseantes  una tapia florecida que cierra el terreno en declive
hacia el mar.

Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:

--Es el cementerio.

Un tmido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y
siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura.
Algunos mstiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las
cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados
sepulcros. Mirando los inmviles maderos, que  su vez parecen clavados
en el mar como arboladuras nufragas.--Han zozobrado!--piensa Regina,
mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma
de nave.

Aquel breve descanso junto  la tapia en flor, queda atravesado por la
saeta de una melancola; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan
hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue
rebelndose contra el asalto de la gran tristeza que por todas partes
la persigue. Y aunque en sus ms ocultos senos tiembla y ruge el
insuperable pavor, todas las energas de aquella alma estn vigilantes
en acecho de la felicidad.

--Me conformo--dice interiormente,--me resigno  morir; pero mientras
llega mi hora, quiero gozar, lo quiero  todo trance...

Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la
sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.

El doctor embroma  la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la
travesa la cortej sin tregua.

--Anoche me habl mucho de usted...

Y era cierto. Con esa locuacidad espaola, tan expansiva y frecuente, el
pasajero, prendado de Regina le cont al mdico los episodios dramticos
de la navegacin, en los cuales tuvo la de Alcntara dolorido papel.

Evita el doctor ahora recordar  su amiga la tragedia. Contempla al lado
suyo  la moza, sonriente y despreocupada, y slo se le ocurre
entretenerla con frvolas frases, por ms que le conmueven los sbitos
silencios de ella y la palpitacin de astros con que tiemblan sus
pupilas hmedas cuando enmudece el cristal de su voz.

--Por qu re, si parece que tiene ganas de llorar?--se pregunta
perplejo.

De esta guisa llegan los dos  las inmediaciones del hotel, donde los
empleados del Lazareto conversan con los nicos viajeros alojados en el
pabelln de primera clase.

Eugenia aguarda  Regina para almorzar, y el seor de Alcoy, que es un
joven adocenado y presentuoso, recibe  la muchacha con exagerados
homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada
con el mdico. Ella responde levemente  sus saludos.

En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el
doctor dice sealndolos:

--Mis nenes...

Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las
manos.

El nio, con calzones y melena, curioso y charlatn, parece un angelote.

La nia, que se suelta  andar con timidez, es menos fuerte que su
hermanito, y responde  las caricias con una sonrisa incierta y suave.

Los toma Regina en sus brazos  los dos con alborozo, y pide la gracia
de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con
sumo agradecimiento del pap, vase la niera detrs de la seorita y
murmura el de Alcoy al odo del mdico, mientras se aleja el grupo:

--Coqueta, eh?

--Interesantsima--contesta el interrogado con fervor.

       *       *       *       *       *

Declina la tarde, dorada y silenciosa.

Regina de Alcntara, vestida ya de luto, al lado de su compaera,
aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que
lleva de la mano  sus hijos.

Haba jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmndoles de
caricias, tejindoles coronas de flores y durmiendo  la nia en su
regazo al son de dulcsimos cantares.

Mientras la arrullaba de esta suerte, componan ambas un grupo blanco y
delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la
albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los
lazos de luto de la nia; pero agit la moza sus giles dedos matando la
seal triste de un tirn, y ech  volar las negras mariposas entre las
cadencias de un villancico:

    _La virgen lava paales
  y los tiende en el romero
  y los pajaritos cantan
  y el agua se va riendo..._

Pero una gran tristeza de caridad se desliz en el alma de Regina.

--Pobre nena sin madre! murmur.

Y tomla en sus brazos con tan vivo transporte de compasin que la nia,
asustada, echse  llorar...

La viajera est pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel
da de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneci para su
espritu. El doctor la contempla con una admiracin un poco ansiosa.

Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va
solo y ceudo, abrumado por el desdn glacial de una despedida que
condena sin apelacin sus amorosas pretensiones.

--No le da  usted lstima?--pregunta el mdico  la desdeosa,
sealando la fugitiva estela.

Ella clava la honda fulguracin de sus ojos en la nave, que se
empequeece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en
el oleaje de la existencia. Luego replica:

--Me da lstima de estos nios, porque tienen que ser mayores.

Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le d alguna vez
noticias de ellos. Pero el pap esta emocionado, y sin prometer nada, se
atreve  preguntar:

--No se ha enamorado usted nunca?

--No he podido--responde ella sencillamente despus de una leve
vacilacin. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo
seria y triste:

--Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte
de estos nios que he encontrado en un da memorable para m... Yo soy
voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos.
Olvidara esta misma noche la amistad de usted  no ser por los nenes...
Tengo una memoria tan flaca y un carcter tan indeciso! Padezco una
especie de anemia espiritual; los sentimientos ms fuertes y cordiales
se agitan un momento en mi corazn y en seguida se aflojan y se
desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir
demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa
y egosta... Ni siquiera puedo ni s tener amigos... A veces, en un
instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por
ellos... mas, poco  poco los olvido y los mato y los sepulto en los
abismos de mi corazn... Ya ve usted que me conozco  m misma... que no
soy buena.

Qudase pensativa al decir esto y aade despus:

--Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueo del
corazn, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis
pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos ms
dulces y afectuosos... Ah! Si yo tuviera fijeza y constancia! Es
posible que me muriera de amor... como una herona de novela... Pero
no... no s cultivar amistades ni amores, ni creo que an pueda
sentirlos nunca...

Al llegar aqu, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y
contradictorias razones, y concluye dicindole  su amigo:

--Cualquiera dira que me estoy confesando con usted!

Hay una pausa. El mdico pugna por decir algo que le tiembla en el
corazn. Pero Regina, cambiando de tono, aade:

--En fin, basta de psicologas y de confidencias. Prometo ser constante
en esta ocasin y ser amiga de usted y de estos nios, si usted promete
darme noticias de ellos  menudo.

Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido,
pero enmudece ante la actitud sbita y reservada de la joven, que le
tiende la mano, repitiendo:

--Quiere usted?

Y l, con semblante retrado, sin ocurrrsele otra frase, responde:

--Con muchsimo gusto.

--Adis, doctor.

--Adis, seorita.

Murmuraba el bosque con sooliento murmullo, y los caminos se asomaban 
la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un
luminoso cuarto creciente; el mar tena irisaciones de plata y mansa voz
de remotas canciones...

Algo feneca con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella
tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relmpagos intensos
que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos 
la vida.

La de Alcntara cambi con el mdico su breve tarjeta, orlada de luto,
por una cartulina negra, que deca en letras blancas: _Rafael
Marn.--Doctor en Medicina._

De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de
embarcar, acercronse algunos  las seoras en traza mendicante. Haba
mujeres desharrapadas y nios casi desnudos. Varias voces, evocando al
malogrado Daniel, gimieron:

--Por el alma del seorito!

Regina, tratando de sonreir, di algunas limosnas y gratific con
esplendidez  la camarera, que andaba rondando:

--Quedas contenta?--le pregunt.

Y ella, roja de confusin ante la buena ddiva, repuso:

--Quedo.

Ya en el bote, an Regina avanz su busto elegante sobre la borda para
besar  los nios del doctor. El, entonces, la ofreci una magnfica
rosa encarnada... Y se alej el bote suavemente, al blando son de los
remos.

Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como
si el paisaje cayera en un sueo profundo. La isla de San Simn se
hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue 
la luna.

Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara  la tierra. La flor
que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre
las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriando
el horizonte perdido y confuso, se agarra  la vida con un corazn
desierto que tiembla y clama:

--Ah, de la ribera!... Vsteis por acaso la felicidad que persigo?




LIBRO SEGUNDO

HUMOS DE REINA




I

TORREMAR, CINCO MINUTOS.--MEMORIAS Y MUDANZAS.--LOS OJOS ENTORNADOS.


NUBLADA estuvo aquella ltima noche de viaje.

Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde
que penetr en la tierra de Cantabria, pero slo pudo advertir manchas
de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo,  asomadas
con fugacidad en el camino.--Son pueblos; son mieses; son montes--iba
pensando, cuando oy en una estacin el anhelado aviso: Torremar, cinco
minutos de parada, y toda su impaciencia se cuaj en un asombro
inmvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la
llegada  San Simn.

--Que estamos en Torremar, Regina!

--Ah! s? es cierto?

Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, salt al
andn, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar
la casita de Alcntara, en el largo abandono de sus dueos.

Tres personas componen la breve comitiva de recepcin: Dolores Barqun,
y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difciles,
llamando con mucha finura doa Eugenia  su ta, mientras las dos
mujeres se comen  besos  las recin llegadas, lloriqueando, pesarosas,
 guisa de saludo y de psame:

--Pobre don Jaime, que en gloria est! Pobre Danieln!

No adivinaban ellas cundo ni cmo Daniel se hubiese malogrado, porque
en la ciudad se supo la desgracia del padre, nicamente. Eugenia les
deca en su carta de aviso: Llegamos solas; hay que divertir mucho  la
nia, y no mentarle _los muertos._

Pero  las buenas provincianas les parece cosa inevitable acompaar en
el sentimiento  la seorita, siquiera en el primer abrazo. La
encuentran muy alta, muy hermosa.

--Vlgame Dios, qu aire se da al difunto seorito! Se asemejan como
dos gotas de agua, mismamente... Y t, Genia--contina Dolores--,
vendrs hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... Tantos
aos por esos mundos!...

Sonre Eugenia, desmintiendo con su expresin sencilla las
probabilidades de aquel supuesto cambio.

Aunque le sientan bien las ropas seoriles, que modas y circunstancias
le han obligado  usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo
los hbitos elegantes, que ya en la estacin de su pueblo le dan el
ttulo de doa, hace su entrada en Torremar con poca gallarda. Lleva
el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que
le hace parecer casi una anciana. Emprende all mismo con su prima una
relacin de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de
los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta  la
nia que comparti con ella, por vericuetos y riscos, las correras
salvajes, sirvindola  modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya
en la niez inici con vocacin resuelta.

El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos
muchachas, que van delante,  lento paso. Pero Regina sabe preguntar ms
de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado 
Marta casi ninguna.

La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso
de la clase popular del puerto cntabro, siente crecido y ferviente su
respeto por la seorita que ya en la infancia le haba inspirado
admiracin y docilidad. Va respondiendo  todas las consultas de la
viajera, que se detiene  cada momento en un recodo, en un cruce,
delante de un edificio, bajo la luz escasa y dbil del alumbrado
pblico:

--Este es el Ayuntamiento... Le han levantado un piso?

--S, seora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la de
_Socorros mutuos_, la de _Propietarios_ y no s cules otras...

--Aqu est la iglesia parroquial. Pero la torre... No tena torre?

--La parti un rayo y hubo que tirarla. Ya hace mucho tiempo!...
Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altsimas, y
ya de sta no hace caso nadie.

--Es ms largo el muelle, verdad?

--Mucho ms largo. Y el mar queda ms lejos; rellenaron un trozo
grandsimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...

--Por aquel lado se sale  la Plaza Mayor.

--S, seorita. Esa est lo mismo que cuando se march usted, slo que
en medio han puesto la estatua de uno... No me acuerdo el oficio que
tiene!...

--Poeta?

--Otra cosa.

--Novelista?

--Tampoco.

--Marino?... Soldado?

--Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.

--Ministro?

--Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar
cerca de l; como es todo blanco parece un fantasma.

--Y dime, todava pasea la gente en los portalones?

--Todava. Y hay msica los jueves y los domingos, como antes.

--Habr muchas casas nuevas...

En el barrio de San Martn hay algunas; pero en el nuestro nada ms que
el hotel de los seores de Velasco.

--Viven en Torremar?

--Casi siempre. Desde que se muri el padre no aselan en Madrid, porque
 la seora le pinta mucho esto.

--Qu fu de los hijos?

--El mayor estudia para sabio y parece que nunca acaba la carrera; lo
mismo que el chiflado de don Juan Ramrez. Estn siempre juntos entre
libros, papelotes y animalejos... El otro es un cortejante de primera
y est muy guapo!

--Y esos de Ramrez? Eramos tan amigos!

--Pero no sabe usted lo que les sucedi?

--Nada, hija.

--Una cosa tremenda...

--Triste?

--Muy triste.

--Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, est donde estaba?

--Quia!... Tiene un edificio para l solo; dan bailes y conciertos.
Adems, tenemos _Filarmnica_ y estamos haciendo un teatro...

--Cuntas novedades!... Pero, cualquiera dira que toda la poblacin
est durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas
misteriosas, y pare usted de contar.

--Es que ya son las once, lo menos--dijo Marta bajando la voz, como si
recordase de pronto que  tales horas era menester hablar bajito.

Tambin siente Regina el imperioso mandato del escucho. Y muy quedo,
contina la charla curiosa:

--Saben en el pueblo que yo llegaba?

--Vaya si lo saben! Todo el seoro est revuelto. Yo cont la noticia
en la botica de abajo, y como hay tertulia se corri  escape. No
hacen otra cosa que hablar de usted... Que si vena usted casada... que
si viuda...

--Viuda?

--Que si se haba usted quedado pobre...

--Pues date prisa  decir que vengo rica y soltera.

--Ya lo creo que lo dir... Mire, mire! Ve usted cmo tiembla aquella
cortina?

--No veo nada.

--S; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las
seoritas de Bernaldo.

--Pero no se han muerto?

--Morirse?... Si la ms pequea todava piensa en casarse!... Ya
supona yo que estaran de atalaya para vernos pasar... Ah! Sabe quin
se acuerda de usted muchsimo? _Timonel;_ aquel pescador que la ense 
nadar y la llevaba siempre en su bote.

--Pobre _Timonel_!... Ya estar viejo.

--Algo viejuco est, pero sigue haciendo todas las mareas.

Un balcn se abre con sigilo encima de las muchachas, y unas cabezas se
perfilan, estiradas y fisgonas, hacia la calle.

--Oye?--susurra Marta, oprimiendo el brazo que Regina apoya en el
suyo.--Son las de Estrada, que la quieren ver.

--Buenas noches--dice pronta la voz de la seorita, lanzada al silencio
con musicales trinos. Vibra el saludo en la obscuridad, mientras Marta
acelera el paso y advierte  su compaera:

--No las diga nada... Si es que la quieren ver  escondidas, sin que
usted lo note!

Las cabezas acechantes se esfuman en la sombra, detrs del ruido sordo
de una puerta.

--Ah, vamos!--dice Regina nicamente. Y se le figura que su pueblo
dormido est soando con ella; que los temblores del cortinaje y los
mudos perfiles de las cabezas, son movimientos de pesadilla en aquel
profundo sopor. En vano por sorprender los horizontes familiares del
puerto, medio borrados en la memoria, quiso cruzar las calles  pie,
desde la estacin hasta el viejo arrabal donde se yergue la casa nativa
al socaire del monte, dominando la playa. Todo lo encuentra confuso y
extrao al travs de la ciudad obscura y silente. Apenas si en la sombra
se dibujan los contornos del casero, en manchas densas, con bruscos
tajos de vas angostas sobre un hostil pavimento y bajo la llama lvida
de los escasos faroles. Por las embocaduras del muelle llega el aura del
mar, salobre y tnica, entre los murmullos del puerto y de la baha. Se
oyen de tarde en tarde algunos pasos y se esquician en la penumbra
formas inciertas y movibles...

Antes de doblar la ltima esquina del barrio de San Martn, llamada
tambin el de abajo, el ms urbano y populoso, las dos muchachas
aguardan  Dolores y  Eugenia, que con Pablo vienen detrs. Enciende el
mozo su farol de aceite, necesario  los trasnochadores en el arrabal
marinero, cuando falta la luna, y el grupo caminante encuentra  pocos
pasos, otro grupo quieto y silencioso, recatndose de la luz que Pablo
lleva.

Vuelve Marta  estrechar el brazo de Regina y le dice, muy bajo:

--Son seoritos que estn en acecho de la llegada de usted...

Ya el resuello del mar, libre en la playa, sube al camino empujado por
una brisa acre y sutil, que en los huertos cercanos ha recogido esencias
de flores primaverales.

Aquel aliento puro del mar y de la costa besa con mpetu la cara
sonriente de la viajera, cuyo flotante velo de crespn va dejando una
estela de curiosidad y de atisbos, al travs del pueblo que la mira con
los ojos entornados...




II

LA CAJITA BLANCA.--LUMBRES DE HOGAR.--REMOS Y FLORES.


LA lluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de
llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos
deshilachados permiten ver  Regina un rebao que ondula lento por la
alta vereda. Los sordos gruidos del mar extienden en la costa abrupta
su amenaza resonante y quejosa.

Recordando las galernas terribles de aquel fiero Cantbrico, tan voluble
como soberanamente hermoso, Regina escucha y mira en honda expectacin.

Una campana vocinglera lanza al viento su toque de rebato, que rueda por
el valle marinero con agudo estridor, mezcla de sollozo y de
_aleluya_... Es que llora?... es que canta?

--Canta y llora!--piensa Regina, inclinando el busto sobre el trmulo
barandaje de su balcn. De pronto mira al camino rstico que por encima
de la playa cruza el arrabal hacia la sierra: extrao grupo bulle y se
retuerce en el sendero, bajo la fina gasa de la lluvia; madrugadora
procesin en cuyo centro blanco los ojos miopes de la muchacha
descubren, al cabo de no pocas dudas, el fretro de un nio... S; eso
es: una cajita que conducen cuatro chicuelas vestidas de albos ropajes,
lacios y humildes; trepando van con rumbo al cementerio, que se asoma 
los cantiles desde la silvestre llanura.

Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben
las nieblas  las cumbres montaraces, y el rebao  las floridas braas;
suben las olas  la playa rubia, y las voces de la campana  los
nublados cielos... Tambin sube, azaroso, un suspiro tembln y
zozobrante de Regina de Alcntara, aunque los labios que le dieron
licencia tratan de sonreir, comentando:

--Un nio infeliz que logra descansar?... Un ngel que ha volado  la
gloria? _Aleluya... Aleluya...!_

Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas
neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en
aquel entierro blanco y humilde que se agarra  las ondulaciones del
camino, sube que te sube, araando la tierra en el esfuerzo de la
pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia
se sienta en un silln  forjar otros planes, perspectivas ms luminosas
que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteo.

Pero all anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de
la seorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las
mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado,
con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado
por un friso y un rosetn de tosca factura. En un extremo se colocar la
cama, con el recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el
divn y los sillones de sedosa tapicera, un poco plida; el tocador y
el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artstica
columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografas, flores; y el
balcn abierto  la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...

--Tendr un cuarto confortable y alegre,  estilo de aldea--dcese
Regina--. Luego modificar un poco todo el mobiliario, y cuando me case
har un _chalet_ moderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.

Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la maana, y reacciona
de aquella postracin y aquel mutismo con una repentina actividad
nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de
mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la
servidumbre, y fatigndose intilmente, sin haber hecho nada. De la
impaciencia que la mueve por todas partes, con estril inquietud tienen
mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de
reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus aos de ausencia.

Aquel rincn del mundo tan absolutamente olvidado por la viajera rubia
durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo inters, como
si sus lmites le cerrasen todos los caminos de la tierra y all
estuviese esperndola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar
ni de sus habitantes, desde que, nia y ambiciosa, parti de la ciudad
nortea; y ahora se le figura que tiene all escondidas muchas
esperanzas y emociones, muchos carios y proyectos.

--No salgas--le ha dicho Eugenia vindola pronta  lanzarse  la
calle--; vendrn visitas...; ests de luto riguroso.

Y la muchacha se detiene,  su pesar, ante la evidencia de estos graves
motivos de reclusin; pero  cada momento se asoma  los balcones, baja
al portal, hace preguntas referentes  cosas y familias de su pueblo, y
se re sola, sin saber por qu, con los ojos rasos de lgrimas, sean
tristes  alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con
la prisa de hacer otras.

       *       *       *       *       *

La vspera, al llegar,  instancia generosa y urgente de Regina, qued
convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de
Alcntara con la doble calidad de familiares y servidores, para que
Eugenia estuviese descansada, gustando la compaa y ayuda de los suyos.

Fu Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y  los pocos
aos qued viuda en una horrible galerna, de que an se guardaba
temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobr
al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en
cuanto el chico hall manera de cruzar sobre su elstica de punto un
tirante ufano para sostn de los calzones. En continuas zozobras vi la
madre espigar al marinero, y siempre encontr amargo como el agua salina
el pan difcil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, ms joven que
su hermano, se hizo moza ayudando  su madre  coser toscas prendas de
la gente de mar,  zurcir redes y aparejos,   la ordinaria confeccin
de sacos para la vecina fbrica de yute, una de las ms importantes
industrias de la ciudad. Ms tarde la muchacha, poco satisfecha de tan
vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendi el oficio de
planchadora, y merced  su aplicacin logr aumentar los ingresos de la
familia y ofrecer  su madre algn descanso.

En la actualidad Marta saba presentarse con finura y vestirse con
pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y
graciosa, y Regina pens, desde luego, convertirla en gentil camarera y
aduearse de su voluntad con carios y mercedes. No necesit muchos
esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindi, murmurando:

--Disponga lo que guste... Tiene un ngel la seorita!...

Por su parte Dolores dijo que s con efusin  cuanto Regina le propuso:
vivir en una casa de seores, trabajar poco y gozar de buen trato y de
buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo ms
reacio  capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de
cabeza, no imaginando cmo  la seorita le pareca tan fcil que l
dejara su puesto en la tripulacin de _Mariposa_ para cuidar un
jardn:--Ave Mara Pursima! Cmo va  ser eso?--se interrogaba  s
mismo.

Pero Regina mostrbase obstinada:--Os quedis los tres--deca--. Vamos,
hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de
pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Comprar un balandro; t
me dars lecciones de nutica y yo  ti de jardinera... Lo corts no
quita  lo valiente: habr en esta casa remos y flores. Qu dices?

Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tan dulces ofertas,
instaron  porfa para que Pablo aceptase. Y l, por fin, pronunci
confuso:

--Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.

Afirmando que s, Regina, muy alegre, tendi con llaneza las manos al
pescador, el cual, no sabiendo qu hacer entre las suyas con aquel
regalo tan fino, se puso muy colorado, y afloj los dedos temblones y
cobardes.




III

UN ALMA NUEVA!--HISTORIA DE LA BELLA DURMIENTE.--EL PALADN DE
REGINA.


LAS antiguas amistades de la familia de Alcntara muy correctas y
rigurosas en cuestiones de etiqueta, aguardan, sin duda, que descanse la
nia enlutada y que arregle su nido. Y ella, que ya logr reposo para su
cuerpo y alio para su casa, tiene en tortura la curiosidad, esperando
visitas que no llegan.

Ha salido el sol; ha sacudido Mayo con arrogancia sus bancales de
flores, y todo es dulzura y aromas en el ambiente, luz y belleza en el
horizonte.

Punzada en sus pesares por la alegra exterior, Regina, desde el fondo
de su cuarto, contempla el mar y el cielo acerbamente, y sospecha con
pesadumbre: Nadie se acordar de m?

--Don Carlitos Ramrez--anuncia con ufana la fresca voz de Marta.

Y entra en el aposento un mozo elegante y gentil, de pocos aos, 
juzgar por la cara imberbe y la ingenua expresin de nio: es alto,
moreno; toda la gracia de su persona viste un aire de nobleza y de
bondad que subyuga; tiene doradas las pupilas, en las que se derrama un
corazn amoroso,  la sombra negra y doble de unas pestaas admirables;
lleva sobre los labios la pincelada obscura de un futuro bigote, y le
baa el rostro cordial sonrisa, que alumbra sus palabras y actitudes con
luz melanclica y ardiente.

La seorita y el doncel se miran un segundo, y ella rompe el silencio
investigador de aquella mirada, abriendo los brazos al visitante:

--Abrzame, chiquillo!

Es muda y tierna la caricia; ambos amigos, abrazados, sonren para
disimular su emocin. l quiere preguntar alguna cosa, y tmidamente
balbuce:

--Daniel?...

Regina se pone un dedo tembloroso en los labios.

--Quiero olvidar; sabes? Quiero creer que soy otra; que ni la tierra
sepult  mi padre, all en pas extranjero, ni soy yo la misma que vi
 Daniel, tu camarada, morir en un barco en medio de los mares, y
despus... No, no; qu recuerdos tan horribles!... Soy otra, Carlos;
soy una criatura rara que naci sin familia; que de su pasado nada sabe;
que no habla nunca de su vida de ayer... Al cabo--aadi, con temblor de
cobarda en el acento--qu importa lo que ya pas?

--S; haces bien, lo mejor es olvidar. Solamente--replica el mozo con
grave tristeza--que algunas desgracias estn siempre activas sobre
nuestro corazn, y no llega la hora en que podamos decir: ya
pasaron...

Recuerda Regina entonces que, segn noticias de su doncella,  los de
Ramrez les haba sucedido una cosa muy triste, y pregunta con
inters:

--Tus padres?... Ana Mara?...

--Mi hermana deseando verte. Mi padre est bueno.

--Tu madre, quiz?...

--No sabes nada?--dice l, sin levantar los ojos de la alfombra.

--Que algo adverso os ocurre; pero no he querido que me lo cuenten.

--Luego, sospechas?...

--Nada. El enorme egosmo que estoy cultivando me hace huir de mis penas
y de las extraas; sobre todo, si las padecen personas  quienes aprecio
tanto como  vosotros... Temo que se relacione con tu madre lo que os
aflige... Acierto?

--Si huyes de penas, qu te voy  contar? Esta es amarga como la hiel.

Sonaba la voz dulce del muchacho tan sorda y contenida, que la de
Alcntara se apresur  indagar con sincera inquietud:

--Est enferma tu madre?

--No lo s.

--Cmo?

--Mi madre... huy de Torremar hace tres aos.

--Ella? Carlota?... Huy, dices... pero por qu?

Callaba el mozo, trmulo, transido, luego de revelar con agudo esfuerzo
la cruel noticia, plido el semblante, henchidos de lgrimas los ojos.

Regina entonces, conforme senta crecer la curiosidad en torno al drama,
tuvo compasin, tuvo misericordia, un instante, de aquella pesadumbre
tan dura que abata la frente del muchacho.

Sentados como estaban los dos amigos en el pequeo sof del gabinete,
inclinbase ella, dulce y solcita, para buscar la turbia mirada de
Carlos puesta en el suelo con angustiosa obstinacin.

--Vas  contarme esa desventura--le encarece Regina.--Vas  decirme
todas tus penas con grande confianza, como si fusemos hermanos... No
siempre creas en mi egosmo; ya ves cmo tus palabras me conmueven.

Y, en efecto, la dama curiosa ha perdido la serenidad. No por la blanda
emocin--vulgarsima y corriente  su parecer--del ntimo saludo ni del
tierno coloquio, sino por la traza peregrina, por el aire singular con
que el mancebo, heraldo de una tragedia, tal vez interesante, se
manifiesta de sbito. La mujer zahor, sabia leyente de corazones,
piensa con avidez:

--No es un hombre cualquiera, ni un nio como hay muchos... Ser preciso
estudiarle...

Este afn, este loco deseo, se alza ahora en el corazn femenino
dominando los impulsos de sus fugaces misericordias.

Con la rubia luz de los ojos y el treno apasionado de la voz, desata
Carlos Ramrez en un segundo la daosa aficin que Regina siente hacia
sorpresas y novedades.

As que el amigo de la niez habla, mira y sonre, ella, la mariposa
voraz sobre jardines raros, descubre la extica flor, se estremece y
murmura:

--Un alma nueva!...

Y giran las alas del insecto goloso en derredor del alma virgen, llena
de luceros: espritu infantil por su ingenuidad, santo y fuerte por su
linaje.

Esconde Carlos como sagrada reliquia aquel pesar profundo que Regina
quiere compartir; y  las exploraciones insinuantes de la dama se
resiste con pudor y quebranto.

--Lo has de saber--asegura--aunque no lo pretendas. Las torremarinas se
proponen que ese asunto no pase de moda... Ya te lo contarn por
ah, aumentado y corregido...

--En cambio t me diras lo justo y lo cierto...

--S; pero entonces resultara la historia larga y triste por
dems...--Un aire de secreto infortunio cela aquellos reparos y los
ofrece con tales atractivos de extraeza y de sombra, que Regina,
exaltada delante del misterio, no acertara  decir si sufre compasin 
se embriaga de gozo cuando en las redes de sus artificios y razones
siente al muchacho vacilar y le ve, al fin, entregarse  las dulzuras de
una ntima confidencia.

Carlos Ramrez, que es un nio grande, con arrestos varoniles y ribetes
de romntico, ha profesado siempre acendrada admiracin  la nia
viajera, rubia y plida, de quien oy contar pasmosas aventuras y
atractivos deslumbradores. Ahora que la tiene delante, transformada en
mujer bonita y lagotera, vestida de luto para mayor encanto, siente el
mozo, mirndola, una dulce desgarradura en el pecho. Es que la flor de
sus emociones se abre incauta  los ojos de Regina, como el capullo de
rosa besado por el sol. La viajera de antao puede libar  su placer las
primicias sentimentales de un alma nueva, porque ya Carlos ofrece,
generoso, el divino licor de la suya.

En el inconsciente sacrificio, la vctima se ofrenda seductora: tiene
oro en la mirada, miel en los labios y una tragedia obscura, sangrando
en el abierto corazn... Qu ms pide Regina para considerarse feliz
aquella tarde? Ya oprime el sazonado fruto del pecho herido y beber el
nctar hasta sentirse sacia. Tanto quiere saber del misterio de Carlota
como del dolor de Carlos... Aquellos ojos donde el sol se oculta en la
nube de penas, aquella noble sonrisa resignada!... Oh, el dolor!...--El
dolor ajeno como espectculo artstico--, piensa la escptica
observadora--, es curioso y notable. Hay en la ms equilibrada
naturaleza una dosis de crueldad que se gloria delante del drama humano
y le busca y hasta le persigue...--Yo soy cruel--aade con un remoto
espanto--, soy fra como la nieve. Estos sacudimientos que me estremecen
ahora son morbosas impaciencias de morder las amargas revelaciones que
he buscado, que he perseguido... Me voy  recrear en el drama de este
mozo, mi camarada de la niez, el dolo pequeo de mi pobre hermano...
Y qu! Yo no tengo la culpa de que Carlos Ramrez, el rapaz que conoc,
lindo como un juguete, venga hoy  visitarme en traza de hermoso
caballero, con una historia ttrica en el bolsillo... Ni es cosa de
hacer examen de conciencia porque _El Dolor_, usando el porte ms
garboso del mundo, me brinde un placer esttico de alta categora...

Aunque as razona la de Alcntara en rpida meditacin, por el fondo de
su curiosidad helada y cruel, sin pas veredas, igual que un monte
nevado, corre un hilo de ternura, tan suave y oculto, que el mismo
corazn por donde pasa no le siente. Mansa y sin voces la linfa del amor
fluye y fluye, constante en las entraas de Regina, como la excelsa
gracia del bautismo que en los senos ms duros prende y enflora; divino
sol de piedad en lucha con la nieve de humanas impiedades...

       *       *       *       *       *

Tambin Carlos se sume en reflexiones aceleradas. Ha encontrado, sin
duda, un corazn grande y amigo donde puede romper el broche pudoroso de
su dolor: toma carne y espritu la sombra fugitiva que se borr en la
ausencia lo mismo que un ensueo, cuando el mozo de hoy era un nene que
ya saba soar. Aquel rastro de ilusin infantil encendise en luz de
juveniles ansiedades, pero fu luz remota y ausente, como de estrella,
resplandor inquieto de una felicidad imposible. Y de pronto, la errante
lucecilla que Carlos avizor por ilusos caminos, arde en negras miradas,
calienta con acentos dulces, se yergue en la forma de una mujer
peregrina del mundo, que ha sondeado los abismos de la tierra, que
conoce las desolaciones del desierto y la llanura de los mares...
Cunto no sabr de vidas tristes! De seguro es su corazn un torrente
de misericordia...

As piensa el cautivo de Regina, mirando al suelo. En el vertiginoso
volar de sus esperanzas le punzan con lacerante escozor los agravios que
persiguen  su madre. Nadie se la nombra, como si fuese una vergenza
definitiva y segura que al hijo le quisieran perdonar; y los rumores
hostiles que se acallan delante de l, por lstima  por miedo,
repercuten  su alrededor, sordos y agudos; le duelen, le sofocan; le
han llevado, en instantes de espiritual cobarda, al borde de la
demencia y del suicidio.

Sabe el muchacho de una sola mujer en Torremar que no culpa  Carlota
de Heredia, que no atribuye delito ni sonrojo  su desaparicin; pero es
dama de muchos aos y respetos  quien Carlos no se atreve  decir ni
una palabra de la ausente. Hay un sacerdote en el pueblo que tambin por
sus frases y actitudes demuestra caridad y ternura  la desaparecida
seora, mas los hbitos y las canas de este varn piadoso sellan en la
boca de Carlos la ansiada confidencia. Finalmente, un seor joven, muy
amigo de la familia de Ramrez, es seguro que tributa  Carlota leal
admiracin y que la supone limpia de pecado. Aunque as lo comprende el
hijo de la dama, motivos poderosos le retraen de tratar con el caballero
las penas que le afligen. Y se conforma con sentir hacia aquella
trinidad compasiva una profunda gratitud.

As los aos han corrido sin que logren refugio apropiado los anhelos
del mozo: l quisiera verter del alma suya la piedad y el amor en la
memoria de su madre; limpiar de dudas y de sombras el nombre amado;
erguir la bella imagen de la ausente en un trono de lgrimas y duelo,
puro y noble, donde se pudiera leer: Fu desgraciada y buena... Pero
se siente amordazado por la inverosimilitud de muchas cosas que l solo
sabe, que acaso nadie creer cuando las diga; le detienen mil escrpulos
de ntimo pudor familiar; le amedrenta, sobre todo, la triste conviccin
de que sus palabras no hallarn en el pueblo ecos amigos ni piadosos
rumores. No; su madre, la esposa de un hombre ilustre entregado toda la
vida  su ciencia y  su hogar, es una mujer joven y hermosa... que se
ha fugado... ni ms ni menos... Solamente el corazn de Ana Mara
conoce la tragedia en toda su magnitud. Y la moza tambin calla,
tambin sufre, sin protestas ni alardes, el obscuro pesar, la negra
desventura.

Pasa el tiempo, fro blsamo de las cuitas humanas, y no acorta los
afanes de Carlos. Tal vez olvidara  su madre muerta, mas no la puede
olvidar perdida sabe Dios dnde, loca  desesperada por el mundo. La
afliccin del hijo se convierte en un largo tormento. Trata de partir
buscando las borradas huellas, el olvido  la muerte; quiere padecer en
el annimo; lanzarse  una emigracin pobre y suicida. Pero su hermana
le persigue, cargados los grandes ojos de zozobra, y rugale  menudo,
con las manos en cruz:

--No me abandones!

Carlos se detiene conmovido, preso en las cadenas de enamorada caridad.
Qu hara sin l la dulce criatura, en las soledades de un rincn,
siempre de luto?--Aguardar--decide--hasta que ella se case. Y aguarda,
romntico y triste, cuando aparece Regina como un astro, encendiendo
promesas en los sombros horizontes de aquella atormentada juventud...

All estn los dos amigos,  la vez juntos y solos, ausentes en bien
distinta ruta de pensamientos. Es ella la ms pronta en regresar del
imaginario viaje; pliega las alas de sus meditaciones, y segura de que
tiene Carlos en sazn su discurso, le dice previsora:

--Espera.

Sale un momento y vuelve para tranquilizarle:

--Advert  Marta y no vendrn  molestarnos. Ya puedes--aadi con
aquella blandura persuasiva que su acento sola tomar--decirme tus
pesares; que el relato brote desde lejanas horas, sincero y seguro del
inters que me produce: mustrame vida y corazn imagino que tus dolores
son de los que se alivian compartindolos y tengo esperanzas de poder
consolarte cuando me los confes. No son as los mos--dijo an entre
dientes con repentina acidez;--por eso los oculto.

Alz el muchacho la cabeza, y puso largamente los ojos en su amiga, con
afanes y devocin:

--S;--pronuncia--te voy  contar todo lo que yo s de mi madre;
recuerdo que ella te quera mucho.

--Yo guardo la memoria de su triste hermosura y no olvido que me inspir
profunda simpata. Siempre la llam por su nombre, Carlota, como si
fuese otra chicuela de mi edad. Tena el aire juvenil de una colegiala.

--Los forasteros creyeron muchas veces que ramos hermanos, cuando yo la
acompaaba por la calle--aora el mozo con melancola.

Y la muchacha, con la imaginacin ya ardorosa, insiste:

--Anda, Carlitos, cuenta...

Un breve silencio inicia la relacin, y Regina escucha antes de que su
amigo comience:

Se me va la memoria detrs de mi madre, sufriendo siempre sumisa las
tremendas borrascas del hogar. El genio violentsimo de mi padre
conturbaba en agitaciones febriles la tristeza de nuestra vida...
Porque nuestra vida familiar era bien triste! Yo lo sent, en cuanto la
brasa dulce de otros hogares amigos me calent el alma. Jams entre
nosotros amaneci una de esas alegras generosas que todo lo besan y lo
contagian de ilusin, desparramadas en risas y cantares. Tenamos
dinero y salud, tenamos inteligencia y corazones, y nos faltaba por
entero la felicidad! El carcter irascible de mi padre, su trato hurao
y brusco, eran como una torva nube que se cerniese sobre nuestro
destino, negndonos la luz pacfica de toda ntima ventura. Bajo aquel
ceo sombro y dominador, viva la casa en silencios angustiosos, slo
quebrantados por las crisis violentas del genial, fiero y hostil, que
nos haca esclavos. Nuestro _Robledo_, la finca mejor puesta de
Torremar, altiva entre el bosque y la playa, libre y rebelde en la
altura, me ha parecido toda, desde que siento y discurro, clavada con
puales de tristeza. La obscura masa del robledal tiene una inquietadora
perspectiva...

El relato se quebranta:

--No te has fijado? Acrcate. Desde tu balcn se ven sus perfiles
medrosos que ponen un gesto amargo en la casa, el huerto y el jardn.
Mira, mira qu desolada se yergue mi arboleda!

--Es verdad--asiente Regina, llevada por Carlos  la contemplacin del
alto bosque,--parece que clama al cielo!

Y vuelta al donoso conferenciante, sonre:

--Oye: caes en lirismos agudos y me contaminas. Tu _Robledo_ te hace
poeta...

--Cursi, ibas  decir.

--Sentimental, que no es enteramente lo mismo. Hablas casi en verso.

--No te burles, por Dios. La historia rara y secreta que trato de
contarte, me adiestr los sentimientos y hasta la palabra. A fuerza de
escudriar eternas horas en la negrura espesa de este dolor, he dado en
la mana de escribirle; y en un cuaderno le he extendido con todos sus
detalles y observaciones, para afinarle y medirle, destilado, gota 
gota, como en un filtro,  ver si de mi anlisis resulta algn rastro
luminoso.

--Y no encuentras?...

--Nada. Siempre la impenetrable densidad del misterio...

--Pero has conseguido hacerte orador y adornar tu drama con divagaciones
lricas que me estn impacientando. Volvamos al sof y al asunto de
nuestra confidencia, y acurdate de que yo no s esperar; esa virtud la
sigo desconociendo como antao.

Entre dolorido y sonriente, Carlos reflexiona:

--Mi drama, s; este es mi drama.

Y dcil, se sienta junto  Regina, en tanto que el camarn se tie con
resplandores de prpura, como si en l reflejase su haz de llamas un
incendio poderoso.

Es que el sol ha cado moribundo en el mar y su sangrienta agona
inflama en rojos destellos la sierra y el Cantbrico.

Exaltados en aquella luz de tragedia, Regina atiende sin interrumpir, y
el narrador sentimental contina:

Las morbosas intolerancias de mi padre, crueles en ocasiones, solan
tener sorpresas para mi hermana y para m, porque se trocaban, de
pronto, en arranques de ternura pegajosa y hasta un poco teatral. Esto
suceda precisamente cuando mam nos juzgaba merecedores de alguna
reprimenda  prohibicin. En tan inesperado momento, un melodrama
paternal nos favoreca con descargos y mimos. Y  fuerza de ser injustos
aquellos arrumacos, los reamos en calladas burlas,  espaldas del
autor y comediante. Si mam sorprenda nuestra crtica irrespetuosa,
decanos con severidad:--Eso est mal hecho. No _le_ queris?...
Bajbamos la frente en grave confusin. A menudo yo le pregunt  mi
hermana:--_Le_ quieres t? Y con la cabeza me contestaba que s, muy
despacio... Pero no era verdad. Mi padre nos inspiraba, nicamente,
miedo  risa. En l slo veamos dos aspectos ingratos: el de la tirana
y el de la ridiculez. La grande fama de sus cientficos mritos, nos
pareci siempre una leyenda en la cual pudiera tener fe todo el mundo,
menos los hijos del naturalista ilustre. Manuscritos, dibujos y
colecciones de que l se enorgulleca con vanagloria intolerable, fueron
para nosotros una mquina infernal de suplicios. La servidumbre giraba
ensordecida por voces y juramentos, en torno  los peces raros que el
bilogo conserva, muertos  vivos, en complicadas vasijas de cristal.
Toda una instalacin difcil de agua salada y de agua dulce; frgiles
tubos, tendidos en forma de caera al travs de los vasos,
desinfecciones, limpiezas, graduacin varia de temperaturas en las
diferentes salas del museo; cuanto se relaciona con los cuidados
prolijos del laboratorio, corra mil azares en manos profanas, y era
pretexto para que en aquel santuario de la ciencia estallasen borrascas
terrorficas. Incapaz de sacrificarse  la enseanza, y sin ideales de
compaerismo, servase mi padre de asalariados torpes, con tal que le
permitiesen abrir curso sin freno  su mal humor. No atrevindose al
manejo de un ltigo, pretenda, siquiera, fulminar  su antojo las
amenazas y los improperios. Pero los criados pasaban como exhalaciones
por el embudo de aquellas leyes tirnicas, y en huelgas tales, se
quedaba mam, sola y valiente, blanco de todas las iras y de todas las
faenas. Vindola soportar sin reproches las violencias del sabio,
hablarle con dulzura y servirle con solicitud, decame: Ella s que le
quiere!--Pero me sublevaba contra aquella suposicin. Yo empezaba 
discernir y  razonar.--Por qu le ha de querer?--discuta conmigo
mismo. Acaso yo le quiero?--Despus, arrepentido de mis ocultas
rebeliones, optimistas y benvolo, pensaba:--Sin duda le admira porque
es un hombre eminente y excepcional...--A escape, la ms despiadada
lgica daba gritos en mi conciencia.--Entonces--deca su voz--t que
eres sangre de ese hombre insigne, tambin debes admirarle...--S, le
debo admirar,  lo menos,--medit, piadoso, muchas veces. Y  poco, la
resonancia de una soez interjeccin, el ludir violento de una puerta,
anunciando la presencia del dspota, me hacan estremecer y
confesar:--No, no; mentira!

Aquella lucha, tensa y martirizada, iba labrndome una sensibilidad
precoz y depositando en el fondo de mi carcter franco y vivo, cidos
sedimentos de melancola. Empec  sentir por mi madre pungente
compasin, y tanto supe aguzar mis dotes de psiclogo, que, de cuantas
sospechas me atormentaban, hice seguridades en plazo breve. Entonces,
con la triste carga de mis descubrimientos, fu donde Ana Mara, deseoso
de romper entre los dos el tmido ropaje de los disimulos; ya ramos
mayores, y se haca urgente una alianza que nos pusiera  la
defensiva, cerca de mam.

En este paso, que me pareci una proeza varonil, sentame orgulloso, 
pesar mo, suponiendo que mi hermana, con dos aos ms que yo, iba 
experimentar profundsimo asombro ante mis expertas revelaciones. La
hall sola, bordando, reflexiva como siempre. Me mir con los mismos
ojos de mi madre y sonri como ella, con esa expresin que,  veces,
descubre en ambas un pliegue oculto del pensamiento, un signo de remoto
desdn  de pa benignidad... Cuando sonren as, no se sabe si
noblemente acusan  perdonan... En aquel gesto dulce y conocido, tropec
de pronto con serias dificultades para iniciar mi discurso. Jams de
acuerdo habamos lamentado la suerte dolorosa de nuestra madre. Una
cortedad infantil, llena de azoramientos y de alarmas, nos cerr el
camino de la fraternal confidencia. Sentamos rubor y timidez para
declararnos en posesin del amargo secreto. Era que nos dola la pena y
el bochorno de tener que acusar  nuestro padre!

Cautivo una vez ms en aquellos reparos,  despecho de mi arranque
viril, me enardeci la pregunta adivinadora:

--Qu vienes  decirme?

Torpemente relat mis averiguaciones; y, al cabo, con alguna arrogancia,
expuse mis filiales intentos:

--Hay que defenderla--alud, brioso, para convencer  mi hermana, que
pareca perpleja en su actitud. Como un eco repiti:

--Hay que defenderla!

Pero aquella exclamacin me son  lamento. Ana Mara se mantuvo absorta
y muda, sin mirarme. Cuando con una caricia la hice volverse hacia m,
amapolada y trmula, se quiso cerciorar:

--En resumen: qu es lo que sabes y lo que pretendes?

Sin pronunciar nombre alguno, le dije al odo:

--No _le_ quiere... Nada!... Nada!

--Y qu ms?

--No _le_ admira.

--Eso es todo?--inquiri ansiosa.

--Sufre mucho y es preciso que pongamos remedio  su tortura.

--Sufre... sufre!... Oh, cunto!--gimi Ana Mara sobre mi corazn.

Y al morder un sollozo, lamentaba:

--Si yo fuera hombre!

--Pero yo lo soy--dije altanero.--Ella me ha defendido muchas veces de
castigos y amenazas. Ahora, ser su defensor.

Enjugse mi hermana los ojos con presteza, y endulzando sus frases me
contuvo razonadora:

--Olvida lo que dije--suplic.--Ser hombre es mostrar cordura... Slo
podemos ayudarla  llevar la cruz. Tambin somos hijos de _l_... S
prudente y humilde.

--No, no,--insist con guapeza;--hay que hacer algo...

--Obedecer y callar--suspir Ana Mara.--T irs  Madrid, dentro de un
mes,  estudiar leyes. Yo--dijo con la voz temblorosa--ir  Zalla un
ao,  perfeccionar mi educacin.

Quise alzarme en gallardas razones, sosteniendo bellas actitudes contra
la idea cruel de separarnos de mam cuando la podamos servir de ms
consuelo y aun de fuerzas y refugio.

Pero mi hermana me asegur, dolida:

--Ella lo busca; tiene afn de estar sola. Con difciles y largos
artificios ha logrado que pap decrete nuestra marcha.

--Y por qu? No lo sabes? No te sorprende?--interrogu confuso.

Se encogi de hombros, reprimiendo el llanto; y suplicante, presa de
repentina zozobra, me hizo prometer una ciega sumisin  mi destino...

--Sigue, sigue--encareci Regina--al represar Carlos su palabra
fluyente.

--Es que se hace de noche.

--No importa. Estoy ardiendo en el inters de tu relato. Qu bien
cuentas, chiquillo! Hundes la palabra en el corazn, y sabes construir y
repentizar como un artista.

--Ser el dolor de un buen maestro--responde, un poco vanagloriado el de
Ramrez. Y  su vera, ya nublada en la obscuridad, Regina se duele:

--Pues aqu tienes una condiscpula, que no le honra mucho.

--T?...

Carlos deshojara, galante, algunas flores cndidas en el regazo amigo,
si la voz penumbrosa no dijera, empapada en recuerdos:

--Como  la luz del sol, se me ilumina la memoria, segn ests contando
tus pesares. Sois aquellos Ramrez de mi infancia  quienes nunca pude
olvidar, porque vi en vosotros no s qu raros sntomas dramticos y
tristes que hicieron huella en mi voluble imaginacin. El pueblo no os
conoca bien. Decase entonces que tu padre, hombre de estirpe sabia,
era un misntropo, enfermo de ciencia. Y que, celoso de la hermosura y
juventud de su mujer, la esclavizaba por amor. De ella, todos sabamos
virtudes y primores singulares. Se la crey algo altiva, y muy
admiradora de su marido... Desde aqu abajo parecais felices en vuestro
_Robledo_ seorial, casi divorciados de la poblacin, tejedores de una
existencia un poco extravagante,  la sombra dos veces grata del oro y
la sabidura.

--Miel sobre hojuelas--apunt Carlos irnico.

--Por aquel tiempo ya gastaba yo opiniones propias, tan pintorescas y
atrevidas, que las guard para mi uso particular, ocultas siempre como
un delito.

--Y opinabas de nosotros...

--Unas cosas muy raras.

--A ver,  ver.

--Os envolv en un cuento fantstico y emocionante. El
_Robledo_--imaginaba yo--es el castillo donde un ogro, don Juan
Ramrez... No te ofendas.

--Ni pizca--sonre con resignacin el joven.

--Bien: pues el ogro tiene encantada  la princesa Carlota. Ana Mara
es un hada gentil y vigilante, que sirve  la hija del Rey y la
deleita en su cautiverio... Un duende muy mono, que conoce el encanto de
la dama, la protege con mpetus de libertador; usa botas de siete
leguas, igual que _Pulgarcillo_, y en artes de brujera siente las
hierbas nacer. Este brujo, benfico y sagaz, se llama Carlos por mal
nombre; tiene dorados los ojos y aguda la inteligencia... promete
mucho.

Sin levantarse, toca Regina un conmutador y queda la estancia en bao de
apacible luz. Ingeniosa y festiva, la juglaresa pone al cuento un final
inseguro:

--Cre que el hada y el duende libertaran  la princesa Carlota...

--El duende--alude Carlos pesaroso--duda que sea posible en la tierra la
redencin de esclavos.

Aquel dolorido comento, aorante de humanas liberaciones, sacude la
verstil memoria de Regina.--Creers--dice--que se me haba escapado tu
drama un minuto?

--Ya es tarde--anuncia el mozo ponindose de pie. Consulta su
reloj:--Cerca de las nueve.

--Y piensas dejarme loca de curiosidad?

--Hace ms de dos horas que te acompao... Para ser la primera
visita!...

--La primera? El duendecillo del _Robledo_ estuvo en esta tu casa
cientos de veces. Supongo que no irs  tratarme como si nos acabsemos
de conocer.

--Claro que no.

--Somos viejos amigos, aunque la mocedad nos sonre. Acurdate cuando
asaltaba vuestro cercado para sorprenderos en la casuca del bosque,
donde solais jugar. Yo era la mayor de los tres y exiga la
presidencia en los enredos de aquellas tardes felices. Pero tuve, 
menudo, tal cansancio y hasto de otras desenfrenadas diversiones por
serranas y mieses, que permanecamos sosegados mientras yo os relataba
historias de mi fantstica invencin, slo por engreirme con la quietud
halagadora del auditorio... Ya el pedantismo afilaba las uas en mi
orgullo!... A la hora de la merienda iba tu madre  darnos golosinas y
besos. Vindola aparecer entre los rboles, tan hermosa y tan triste
camino de la casuca, me deca yo: _Es la princesa encantada, la bella
durmiente del bosque._

Se ha levantado Regina para retener  Carlos pero, enfrascada en los
infantiles recuerdos que entre los dos evocan, enhebra una felicidad,
que ya pas con la presente cuita de su amigo, y le turba, al referir:

--S; Carlota me quera, es cierto. Sus ojos, cuajados de xtasis, se
posaban en los mos con blandura maternal. Largo tiempo me acompa por
el mundo la impresin de aquella mirada...

Carlos balbuce:

--Es tarde... Adis, Regina.

Ella, con la memoria en fuga, le detiene y dice:

--Tanto as levantabas del suelo, y ya con ribetes de erudito y de
galante, traducas mi nombre al castellano. Me llamabas _Reina_.

Devoto, murmuro el doncel:

--Todava te nombro como entonces, con el pensamiento y con los labios,
callandito: _Reina_ de Alcntara! Te gusta?

--Vaya!... Me enamora; no lo olvides.

Y vuelta al presente, desde la suave niebla del pasado, pulsa Regina las
varias emociones de su amigo, y trata de explorar hasta el fondo aquel
espritu en tormento y vibracin.

--Acaba de contarme la historia--encarece--; no sales de aqu sin
decirme tu secreto.

Le estrecha las manos, que se encogen como las de un nio cobarde. Toda
la juventud del mozo queda estremecida en aquella amistosa intimidad, y
doblando las firmes pestaas sobre las ojeras azules, se defiende de su
turbacin, sonriendo:

--Ya volver; practica la virtud de la paciencia... Esperar es un
placer.

Dice Carlos con tal fuego las ltimas palabras, que Regina, de pronto,
asiente caprichosa:

--S; esperar es acaso un placer. Tener paciencia--aade con
travesura--, quiz sea muy divertido.

--Entonces, quedamos en eso.

--Quedamos, ya que te empeas. Eres irresistible; me gustas, y te cruzo
mi paladn en Torremar.

En traza de broma le hizo con los dedos una cruz encima del corazn.

Sali el mozo de la estancia, radiante y fascinado:

--Adis, _Reina_.

--Adis... _duendecillo_. Un beso  Ana Mara, y que venga pronto.

       *       *       *       *       *

Marta, al despedir en la cancela al caballero, murmura:

--Larga fu la visita de don Carlitos Ramrez.

Y el rumor de los pasos del visitante se confunde con el murmullo del
mar, que en la playa interroga  los graves misterios de la noche.




IV

LAS ALEGRES COMADRES DE TORREMAR.--ESTRADUCA.--LA NOVIA DE
GABRIEL.--IDILIO DEL BOTICARIO Y LA JAMONA.--LA NIA DEL
ROBLEDO.--RFAGAS DE PIEDAD.


VI Regina crecer la primavera sin tedio ni desilusiones. Aquel amago de
precoz hasto en que la sorprendi Carlos Ramrez no tuvo, por fortuna,
continuidad, porque todas las tardes,  la plcida hora del crepsculo,
surga del pueblo inmvil un grupito endomingado y vistoso que llamaba 
las puertas de la recin venida ciudadana, y que, en el gabinete por
ella preferido, haca historia menuda de los ms ntimos secretos de la
poblacin.

No se escap  la de Alcntara ni una mueca, ni un retintn, ni una
frase, en aquel desfile de visitas, soldadura de relaciones y efusin de
saludos. Y entre sonrisas y reverencias hizo, con muchsimo donaire,
todos los descubrimientos que se le antojaban.

Ya est Regina al cabo de Torremar como quien dice. Contagiada por la
chismosa fiebre pueblerina, deja un punto en descanso sus propios
anhelos para divertirse con ajenas aventuras, y en solaces curiosos,
muy femeninos, va ordenando sus averiguaciones, segn hemos de dar breve
noticia en el presente captulo.

Sabe la aprendedora que son las de Estrada dos mocitas arrogantes y
jacareras, con muchas nfulas y poco dinero, y que, por competir en lujo
y aparato con las encumbradas familias de la ciudad y los contornos,
hacen  su padre andar de cabeza, enredado en trampas, murindose de
fatigas y sofocones... Quiere aqu Regina hacer memoria sobre esta gente
tan sonada y visible, pero slo recuerda que es de linaje ilustre,
nativo de Asturias; que las nias de Estrada eran ya de pequeas muy
ostentosas, y que vivan en una casa con balcones esquinados y
ventrudos, semi-palacio de blasn y rejas saledizas, radicante en la
Corredera. La mam de estos dos pimpollos que tanto ruido meten en el
pueblo, fu una mujer revoltosa y linda, que se muri de susto ante la
bancarrota de su fortuna, y el esposo de la dama sensible, ha sido
siempre un cuitado, preso antes en la imperativa voluntad de su
consorte, mrtir despus de las trapaceras y locuras de sus retoos,
Palmira y Jacoba; por donde el bueno y triste don Victoriano Estrada
degenera en prototipo del pobre hombre inconsciente y lastado, ya
viejo y miserable, en el total hundimiento de su flaca personalidad. Al
travs de los cristales obscuros que guarecen la cobarda de sus ojos,
don Victoriano ve  una luz de panorama lvido todas las cosas del
mundo: rostros, senderos, fiestas, jardines, astros y horizontes, cuanto
mira aquel hombre infeliz, tiene un tinte amarillo de vergenza y
pesadumbre, un color trgico de bosque en deshoja, de cielo en
borrasca. Estraduca suelen decirle, en son de caridad  de altivez, al
ruinoso caballero.

Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera,
cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocacin complicada y
rebuscadora: es _la novia de Gabriel;_ una mujer tristsima, siempre de
luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora
sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se
recuerda su nombre en Torremar; la conocen por _la novia de Gabriel_;
algunos la dicen solamente _la novia_, otros _Gabriela_. Su figura
atribulada es, desde varios lustros, la nota fnebre del mujero
porteo; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta que
_la novia_ hace mal de ojo, y los pacatos  ignorantes huyen de ella con
supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los
perseverantes duelos de esta mujer, que debi de ser bella porque an
tiene en los ojos, entre lgrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de
hermosura amorosa.

Cuando Regina corri por los campos montaeses, rapaza y traviesa, ya
_la novia de Gabriel_ se amustiaba, fatal, en los rincones del templo;
ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios
festivos, produca inquietud y desazn, como los revuelos de la
_ntigua_ sobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya
entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el
pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer haba de regar
muchas primaveras de flores.

Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante
soadora. _Gabriela_, con su ropaje de viuda, su encanto de esfinge y
su aspecto funeral, causa  Regina asombros de misterio y de abismo.
Porque esta febril admiracin la atormenta un poco, rechaza el luctuoso
recuerdo y acude  buscar otros menos inquietantes.

Aparecen al punto en su memoria las seoritas de Bernaldo. La ms
pequea de las dos hermanas, una pequea cincuentona y relamida,
supone que la idolatra con propsitos matrimoniales el boticario don
Celso Ortiz, seor que entretiene sus sesenta otoos machacando en la
rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos  los clientes, ora
en pldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita
dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus preparados. Es
ya notorio que don Celso tiene grande predileccin por los ingredientes
cidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en
tragedia, que l sabe inventar  corregir,  la par de sus especficos.

Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de
amor que une al boticario con la Bernalda joven, y que tiene una
historia qumica muy interesante. Observ la dama, de nombre Filomena,
que don Celso conservaba inclume la negrura juvenil de su cabello, ms
 menos poblado; y padeciendo ella el terror  la nieve en sus rizos de
rubio origen, finos y enredadores, se lleg un da  la botica con
disculpas de comprar pastillas de goma para un pcaro constipado de su
hermana. Bien recuerda Filo que don Celso luca, aquella tarde, rara
travesura en sus ojos gitanos; que estbase envuelto en un chal escocs,
de alegres colores, y calzaba escarpines de pao marrn. No puede la
enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, como quien no quiere la
cosa, va y le dice:--Diga usted, don Celso: conoce, por casualidad,
alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para
mi hermana, sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguera,
porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que,  lo mejor, creern
que trata una de pintarse... Figrese usted!... Todava no est una en
ese caso.

El farmacutico, chispos los ojos de placer, sac la lengua, se relami,
y repuso, en son de gran secreto:

--Yo le mandar  usted una cajita con una untura. Se da por la noche,
al acostarse, y se envuelve la cabeza en un pao para no manchar las
almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungento, invencin
ma--dicho sea sin ofender  nadie,--los alados rizos de usted volvern
 su pristino color de oro.

--S, oro puro, eso es; digo, as era el pelo de mi hermana, porque yo,
todava...--insiste ruborosa Filomena.

--Usted est admirable, como siempre,--adula el boticario--y muy joven;
no pasa da por usted.

Con el regocijo de poder aliar chistes en su tertulia,  costa de la
Bernalda, don Celso mostrse decidor y pegajoso como las pastillas que
iba  comprar Filo. Y poco despus sali de la farmacia la ilusa jamona,
llevando en los odos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasa
la promesa de un tinte para las canas, y en el corazn las ilusiones de
una boda posible.

Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pauelo  la cabeza,
untadas del betn que don Celso les envi discretamente, mientras en la
tertulia de la rebotica, unos seores ociosos rean la broma del
boticario viudo  la noble doncella Filo.

En tan leve suceso se infl pronto la suposicin de unas relaciones
amorosas entre el qumico taimado y la dama teida. Ella, con sus
dengues y sonrojos, di alientos  la fbula, y en la penumbra de la
vida social torremarina se coment el asunto como si valiese la pena de
reirle  de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguan
blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura
maravillosa...

De todo lo cual se enter Regina con burlas y pormenores referidos en su
presencia durante el visiteo de la temporada.

Pero de cuantos lances supo la curiosa, con inters y fisga, desde su
nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que
envuelve  sus amigos los de Ramrez. Secreto, dolor y amor; tales son
los estmulos mayores para el corazn intranquilo de la de Alcntara, y
los tres le subyugan  la par, en aquella familia breve y descollante,
donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la viajera rubia.

Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto  anunciar en la puerta de
Regina:

--Don Carlitos Ramrez.

Pero el joven hall ocupado por otras personas el grato rincn de sus
ntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada all, creyendo
notar que se interrumpen  aplazan algunas conversaciones por causa
suya.

Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en
pblico la ms ligera alusin  indirecta al nombre de su madre. Y no
anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todava
asunto que en la ciudad apasiona y ocupa  las mujeres. Por eso Regina
sabe que Carlota de Heredia se fug enamorada... De quin?... Algo
confuso queda este acertijo. La fuga realizse en un barco que desde
Santander hizo rumbo  Francia. Como nicos pasajeros iban con la dama
un sacerdote, un anciano y un poeta...

--Cul de los tres?--se preguntaba don Celso, que como hombre de
ciencia era algo volteriano.

Siguiendo la opinin general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia
adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque dnde y cundo
conoci y quiso la fugitiva al incgnito rimador? Ella cas en los
albores de su juventud y pareca vivir muy  gusto en la solitaria
residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto.
De qu pases fantsticos le lleg la cita amorosa y qu hechizos
fatales la indujeron  la tremenda aventura? Con las huellas de la dama
brrase el camino de todas las suposiciones.

Afirman los curiosos que don Juan Ramrez no ha buscado  su mujer,
aunque vive en amarga desesperacin, loco de pesadumbre, porque adora 
la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeos, logr ya
descubrir  la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero,
en resumen, nadie,  sabiendas, puede decir dnde est la seora de
Ramrez, por qu, ni con quin huy. Ni aun es posible suponer la
actitud del abandonado esposo, retrado en el ms absoluto aislamiento
despus del drama, y desde aos atrs casi en divorcio con la
poblacin.

Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del _Robledo_.
Ana Mara se casa con Adolfo Velasco, _Velasqun_ como familiarmente se
le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une  las dos familias ms
pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes
admiraciones en el vecindario. Sbese que la madre del novio es dama
austera de mucho recato y slidas virtudes, y sorprende la seguridad de
que la rgida seora estimula con su patrocinio y simpata la mutua
aficin de los muchachos.--Cmo--dicen los chismes populares--la
displicente viuda acoge con regocijo, para nuera,  la hija de Carlota?
Mirando los sucesos al travs de Torremar, tambin  Regina le extraa
el caso. Velasqun, mozo arrogante y distinguido, la primera figura
masculina de la juventud portea, est emparentado con rancios linajes
espaoles, y por sus mritos y posicin, bien pudo l buscar novia tan
noble y adinerada como Ana Mara, sin que tuviese mcula en el nombre de
su madre...

Por cierto que los Velascos no han ido  visitar  la de Alcntara, y
slo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso 
la interesante seorita. Lo est ella reflexionando con disgusto, cuando
se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana Mara. Todas las
memorias se obscurecen  la luz ideal de este semblante, lleno de
sencillez y de frescura.

No es una belleza la nia de Ramrez; pero tiene un conjunto armonioso
de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como
portento de hermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se
van en pos de su gracia.

Slo as se comprende que, teniendo la moza pocos aos, rica dote y
gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos
lmites de tan menuda ciudad.

Meditando la de Alcntara en estos privilegios de su amiga, murmura con
admiracin un poco triste: No s qu hechizo es el suyo para cautivar
as. Y la recuerda en el ademn de aquel abrazo con que anud al cuello
de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fu una de
aquellas tardes de expectacin para Regina, cuando en su gabinete se
hizo ms agitado y reverencioso el movimiento de saludos: lleg Carlos
Ramrez con su hermana, y ambos mostrronse tmidos un instante al
advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana Mara
domin su cortedad en fuerte impulso de emocin, y abrazse  la
compaera de su niez, prendindola con un lazo de clida ternura. Qu
se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que
tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Hablronse  media voz,
dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras
vehementes de Ana Mara cant el sentimiento una romanza cordial y
piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus
impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe
y prodiga. De tan inusitada exploracin saca la escptica esta sola
conjetura:--La nia del _Robledo_--dcese--es hogao mujer seductora que
hace honor  las gracias de su madre; pero nuestras caricias son
aparentes, de seguro; esta emocin que nos sacude no es ms que
sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cario
desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpata noble...
Estamos representando una comedia...

Y desde aquel momento la de Alcntara puso una triste suposicin de
hipocresa y falsedad en su ntimo trato con la de Ramrez, y amarg las
frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana Mara 
la paciente compaera de su niez, sino  la terrible rival de su
juventud.

Contribuy  la malevolencia de estos juicios una casualidad muy
frecuente en semejantes asuntos; la moza recin llegada haba pensado
elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el
novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.

Esta averiguacin impulsaba hacia el _Robledo_, con empuje de lucha,
todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su
impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, despus del sueo de
aquella temporada.

Algunas sutiles inspiraciones detuvieron  la inquieta mujer antes de
lanzarse  buscar entre los de Ramrez, con arrebato ansioso, el drama
secreto de Carlota, el amor dulcsimo de Carlos, y tal vez la envidiable
felicidad de Ana Mara. Irresoluta un punto la de Alcntara, trat de
contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos
hermanos que desde nios la queran, y en quienes adivinaba,  despecho
de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesin. Acaso
por primera vez quiso Regina combatir el ciego mpetu de su naturaleza
imperiosa. Y puso la atencin nuevamente sobre el sencillo programa de
existencia que se traz  s misma en alegre amanecer de ilusiones,
cuando rememor su vida y sus pesares al tocar tierra espaola, salvando
del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este
sedante recuerdo amans un poco la naciente agitacin de su espritu.
Sonri  su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo
un jardn y un balandro; hacindose querer de sus vecinos por la dulzura
y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones
religiosas, y esperando tranquilamente  la seora felicidad, que pasito
 pasito llegara en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del
juez, portento de economa inverosmil, ensearan  la novata 
inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermn Prez,
la sometera  un plan higinico y saludable contra las aprensiones que
la mortificaban; y del bondadoso prroco don Amador Olmeda, aceptara la
sabia direccin espiritual que con discreto inters le brindara desde su
primera visita aquel dechado de sacerdotes.

Dbiles eran estos sanos propsitos. Como si su mantenedora les augurase
inutilidad y fracaso, abandonse  ellos sin fervor y los puso en
prctica tibiamente...

Entorna Regina los ojos con resignacin al murmullo de las
conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias
de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de
una falda manida, nufraga en el fondo de un bal, extrae un rosarito,
que Eugenia abrillanta con afn, asegurndole  la seorita:

--Es el que us tu madre para diario.

Aquel soplo efmero de piedades mueve en la casa un ligero vaivn
sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su nia un abandonado
lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Nio Dios en los
brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende  San Antonio una
mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por
sus difuntos, y pide con urgencia  Santander dos grandes ampliaciones
de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito
dormitorio, all donde piensa rezar y coser, glosando los amores de
Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la
seora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura,
confundiendo  doa Juana la Loca con doa Beatriz de Galindo.

Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que ser la tierna
confidente de Ana Mara, la fraternal camarada de Carlos y la devota
practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.

Con esta sola hiptesis ya se juzga ella un prodigio de abnegacin, una
herona de la amistad y la misericordia.

Ya se siente crucificada en el ms duro de los sacrificios; suspira con
aire pesaroso, y luego rompe  reir, pensando que todo aquello es una
broma irrealizable, una absurda ocurrencia reida con el seoro
indominado de sus prcticas y sus gustos...

Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza
casera, y pide la nave que Regina le haba ofrecido. A tiempo que el
futuro patrn y la seorita riegan las flores,  la cada de la tarde,
es cuando el mozo se atreve  recordar aquella halagadora promesa.

--Para las regatas de los Mrtires--masculla enrojecido--ya puede estar
en el balandro aqu.

Oy Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los
mandan  la medida, en cuanto se escribe.--As lo consiguieron los
seoritos del Club, en un periquete.

Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y
asegura su oferta con suavsimo agrado. El mozo se inmuta bajo la
presin sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha,
sonriendo y mirndole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.

Qudase all abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire
como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la
luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la
cancin profunda de las olas.




V

EL ENSUEO DEL BALANDRO.--CORTE DE AMOR Y GALANTERA.--CABALLERO EN
BRIOSO ALAZN...


VEHEMENTE, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frgil,
pone la de Alcntara en sus proyectos el mpetu de las cosas que no se
realizan jams. Con qu entusiasmo se entrega  los ardores de la
imaginacin, sin perjuicio de abandonarse despus  la indolencia y la
acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recnditos
sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasas y destejer emociones,
como la sombra de Penlope.

All van ahora, con nfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa
urdimbre. Cosen las nias del juez al lado de la extravagante moza,
mientras ella asegura que va  empezar un encaje al da siguiente. Ha
decidido encargar su balandro  los _Talleres de San Martn_, en
Santander; tendr de largo siete metros, y le costar unas doce mil
pesetas. Maana mismo va  escribir pidindole, y dar mucha prisa
para que se le entreguen pronto.

_Timonel_, el viejo amigo de la seorita, est muy interesado en esta
compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:

--Buen aparejo y buen personal para manejarle--recomienda prudente.

--Le parece bien Pablo?

El viejuco, con pertinaz guio, como si escudriase un horizonte
peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:

--S, Pablo me parece bastante bien.

Luego se ofrece  probar l la nave y el piloto para mayor seguridad. Le
preocupa  la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y
raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y  poco, las
nias del juez, el marino, Eugenia y Marta, que estn presentes,
levantan la cabeza, buscando tambin por all arriba. Slo encuentran
unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.

--Eso--alude _Timonel_, fallido--se discurre cuando el barco est
pronto. Y hacemos aqu el bautizo, que es cosa maja y divertida,
fiesta _solene_, con cura y todo...

--Velasqun--dice una de las aplicadas costureras--tambin tiene pedido
un balandro no s adnde.

--Y sabis cmo le va  llamar?--inquiere la de Alcntara.

Marta sonre muy segura.

--Le llamar Ana Mara, como la novia.

Recae la atencin en este noviazgo, tema favorito de _todas_ las
conversaciones en la actualidad. Y _Timonel_, luego que dedica algunos
pintorescos elogios  la gentil pareja, se despide, volteando la gorra
en sus manos endurecidas como races secas y speras. Es un viejo
sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los
nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de
tratar con el seoro, y se paga mucho de su privanza con los marinos de
aficin ms ilustres en Torremar desde las tres generaciones ltimas.

Al salir del gabinete deja _Timonel_ sobre la alfombra la huella vaga de
sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor  marisco y  brea.

Qudanse las seoras conversando de Ana Mara y Velasqun. Las del juez
cuentan que el novio es riqusimo; que tiene automviles, caballos,
caseros, fincas rsticas y millones de pesetas.

--No exageris--arguye Regina con gesto impertinente--.
Adems--cuestiona--, Adolfo tiene un hermano.

--S, pero Manuel no se casar. Slo piensa en los libros y en los
descubrimientos biolgicos.

--Puede gastar su fortuna en bichos  en rarezas.

--Adora  su hermano, que es el dolo de la casa, y que disfrutar todo
el caudal, seguramente--afirma la del juez muy convencida. Las dems,
conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que s con
igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la
meditacin que surge de aquellos comentarios:--Poco--piensa--se ha
detenido Ana Mara en este gabinete recin abierto  la playa de nuestra
niez. Con la disculpa de que el _Robledo_ est muy distante y de que
ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este
sof que yo destino  ntimas confidencias... Casi nada me ha contado
de su novio,  quien ni de lejos he logrado ver. Tal incgnito y reserva
son indicios de que no hay sinceridad para m en los halagos de esa
muchacha...

La sospechosa, smese despus en ms gratas cavilaciones. Carlos s que
la quiere con fuerte cario, seguro y grande!... Sintese ella
acariciada por la ardiente adoracin de aquel mozo sentimental y
extrao, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando
la saluda.

Una atraccin secreta y curiosa impele  la de Alcntara hacia su
silencioso adorador. Lo mismo que de nia rompa los juguetes mecnicos
para ver lo que tuviesen dentro, as ahora quisiera quebrantar la
timidez de aquel corazn juvenil, para escuchar el grito ingenuo y
apremiante de un primer amor.

Alentado Carlos por las preferencias de Regina, all donde, por verla
unos minutos, soportara la rivalidad de otros jvenes torremarinos,
abri su alma  las ilusiones ms sonrientes, soando una divina gloria
de venturas. Hizo versos erticos; compuso al piano, con sbita
inspiracin, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rond la
playa, subiendo y bajando, como el mar,  los pies de la casa de Regina.
Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el
perfil de la joven  la hora de la novena.

Comenz  susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramrez estaba locamente
enamorado de la seorita de Alcntara; ella sonri alegre cuando la
dieron broma con l, y puso en incertidumbre  otros galanes atendiendo
 Ramrez entre todos.

Ya su dote y su belleza haban rodeado  Regina de una respetuosa corte
de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena,
aplaca tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la
dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro,
buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba tambin por Regina,
sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe
Alonso, rubio y lnguido como un tenor de opereta; Paco Ordoez, mdico,
chiquitn y ocurrente, hijo nico de viuda rica, y otros cuantos seores
casaderos y estimables, cuyos nombres no son de inters ni utilidad 
las pginas de esta historia verdica.

       *       *       *       *       *

Cuando las dos nias del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina,
terminaron su labor, era la hora del rosario. Cironse las muchachas,
como su huspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron
 la parroquia.

Ibase el da vencido  morir en el mar tmido y sollozante. En
lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo
con el manto de sombra de la noche.

Por una leve senda que bajaba  la ciudad desde el _Robledo_, reson el
trote firme de un caballo, y, delante de las tres nias devotas, pas,
jinete en brioso alazn, un mozo arrogantsimo, con la solapa florecida,
el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.

--Es Adolfo, que viene de ver  la novia--anunciaron  Regina las del
juez, mientras que el caballero saludaba cortsmente sin hacer alto.

Quedse la de Alcntara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel
rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los
grandes salones que con su padre haba recorrido en los das felices de
triunfos y esperanzas, cuando desde todas las dulces realidades del
mundo para correr detrs de los sueos y las fantasas.

Ahora se haba vuelto muy prctica. Ya no se enamorara de un bravo
explorador aventurero  quien los salvajes pudiesen hacer picadillo para
amenizar las diversiones de una selva virgen... Quera un novio seguro,
en tierra civilizada, un hombre elegante y alegre, acaudalado y noble...
como Velasqun, por ejemplo... Detrs de l march cautiva la atencin
de la muchacha.

Lanzbase ya el caballo de Adolfo entre la melanclica polvareda de la
ciudad, bajo los rboles hojosos del camino y el fulgurante silencio de
la luna. Haba pasado el jinete rpido y marcial, deslumbrador como una
estrella que brilla y huye, dejndole  Regina una ansiedad punzadora
clavada en el pensamiento.

Al salir de la novena y saludar ligeramente  los seores del prtico,
fuese la de Alcntara hacia Carlos Ramrez con fcil familiaridad y le
cont, bajito:

--Maana por la tarde os hago una visita. Esprame  las cuatro en la
entrada del bosque... Tienes t razn; mi luto no reza con vosotros.

En la sorpresa de su gratitud slo hall Carlos palabras triviales:

--Cunto me alegro!... Haces bien... Ya te lo haba yo dicho...

Ella, furtiva y sonriente, se puso un dedo en los labios con expresivo
ademn y ech  correr entre sus compaeras.

Cuando el muchacho subi  su casa, por aquel ondulante camino que
frecuentaba Adolfo, parecile que nunca fuese la vereda tan suave y
halladiza. No vi como otras veces, la sombra triste de su madre en el
solariego robledal, porque prendi la luna en el bosque la caricia de su
luz y alz la brisa tal rumor de besos, que se ahuyentaron los gimientes
fantasmas perseguidores del mozo.




VI

ADIS, LUTO!--PETIT TRIANON.--PROSIGUE LA HISTORIA DE LA BELLA
DURMIENTE.--LA MORAL DE REGINA.--TRAGEDIAS Y TERNURAS.--LAS FLORES QUE
NO SIRVEN PARA NADA.


A grandes pasos, como si todo el camino fuera suyo, cruzaba Regina el
arrabal, buscando la altura del _Robledo_. Se haba ceido un traje de
tul, calado en las mangas y el escote, impropio de su luto reciente; y
aun alegr la sombra de la tela con unas rosas blancas, prendidas en la
cintura. Sali anhelante, atropellada de vehemencias y de impresiones,
sin saber  punto fijo qu cosa fuese  buscar sendero arriba; pero
segura de que buscaba algo urgente y apetecible para su inquietud. Dej
 Eugenia en el zagun hacindose cruces:--Adnde iba la nia con el
luto en alivio, sola y apresurada, ardiendo as la tarde?

--A divertirme. A salir de esta clausura donde ya me ahogo: tiene algo
de particular?

Y sin esperar respuesta, viendo que acudan tambin Marta y Dolores, y
que Pablo se iniciaba sorprendido en el fondo del jardn, emprendi la
marcha con mucha resolucin.

Ya en el sendero que conduce al robledal, se detiene y mira  todos
lados, con incierta sonrisa. Por all subi muchas veces, rapaza
errante, libre como los pjaros,  encontrar  los amigos,  quienes
fascinaba y diverta con sus cuentos maravillosos. Siente la nostalgia
de aquellas horas, cuando en la ruda independencia de su niez le era
tan fcil escalar un atajo y seducir unos corazones... Cautiva del mundo
y de sus convencionalismos, atormentada por la educacin, acaso es un
delito repetir semejantes aventuras...

As piensa Regina con despecho, posando sus ardientes ojos en la ciudad
menuda, que en la modorra de la tarde estival parece dormir, pobre y
cansada.

De pronto, en un lmite confuso de la carretera, surge un tren
pequesimo y veloz, que se agranda y silba, que se retuerce en la
serpeadora lnea blanca, y cruza la poblacin y sube al arrabal. Es el
automvil de los Velascos, el nico del pueblo. Regina no distingue
quines van en l. Le ve ganar el soto sobre el cual se apoya la
flamante casa de tan ilustre familia montaesa. Las torres del
esplndido edificio asoman por detrs de la brava altura donde la casita
de Alcntara se yergue.

Muchas tardes Regina, desde su mirador que da al jardn,  espaldas de
la mar, contempla absorta aquella residencia de prncipes, palacio
moderno en el cual supone encerradas todas las exquisiteces del lujo y
el _confort_. Ella tendra que gastar su fortuna slo en la verja de
una finca semejante! Tienen razn las nias del juez: deben de ser muy
ricos los Velascos!...

La admirada mansin es de una arquitectura libre y voluptuosa, que,
indisciplinada contra las reglas, sabe introducir las comodidades y la
novedad, recordando las elegancias de Watteau, los refinamientos
versallescos, los extravos finos y raros del siglo XVIII.

Sorprende  Regina que haya sido la acogedora de tales sutilezas una
dama devota y madura, consagrada al culto de los santos y de las flores.
Y se confunde con este asombro el recuerdo de Ana Mara, aceptada con
placer para nuera, por la viuda floricultora.--Tal vez--se dice--la
madre de Velasqun,  pesar de sus afanes piadosos y sus prcticas
severas, resulte, por dentro, una dama al estilo del pequeo Triann...

Avanza Regina en su camino y en sus reflexiones, mirando siempre las
cpulas de los Velascos y la parte alta del edificio que la observadora
descubre  medida que asciende; aquellos impacientes perfiles, aquellas
lneas ondulantes, toda la linda traza y el conjunto inusitado de la
construccin, qu bien dicen las inquietudes y los refinamientos de la
vida moderna! All las horas corrern muelles y solazadas sin la
monotona enervadora del vivir campesino... Regia instalacin estival,
con un yate liviano, cmodos carruajes, rpidos automviles, y un bello
amor, extico y fuerte... En el invierno, Madrid, con su vida cortesana
y opulenta; triunfos de saln, regocijos de hogar... Qu dichosa iba 
ser Ana Mara!...

Ya est la moza en la linde del bosque donde Carlos aguarda.

Manso el ramaje susurra dbilmente, y por los desgarrones de la fronda
afila el sol las saetas de su luz hasta la hermosura brava de la selva
como un enamorado que con ojos atrevidos rasgase la pudorosa tnica de
codiciada mujer.

Sintiendo est Regina toda la belleza del agreste paisaje, cuando llueve
en la gasa de su ropa un puado de flores. Sonre la muchacha: registra
en torno con sus lentes y descubre  Carlos tendido en el suelo, en
actitud de lanzar otro puo de borrajas y margaritas. Cuando caen
aquellos olorosos proyectiles sobre la elegante blusa, sutil como la
niebla, Regina se detiene renovando con rara claridad la remota
impresin de un sueo que tuvo no sabe cundo, en horas de fiebre: Era
en una espesura salvaje, huyendo, no se acuerda de quin; las flores le
sonrojaban el cuerpo desnudo cayendo en lluvia suave, como de caricias 
de miradas... Vagamente murmura:

--Jacinto Ibarrola!... Fu un delirio, una ilusin...

Carlos ya est de pie, gozoso, esperanzado; y ella le saluda con la
memoria ausente y la sonrisa lejana.

A la apremiante solicitud del joven trata Regina de sacudir aquella
inslita enervacin de su voluntad, y djase caer en el mantillo de la
selva, bromeando y sonriendo. Quiere desechar  todo trance las memorias
tristes, porque sabe que le entorpecen su paso decidido y que turban su
corazn. Y arriesga la mirada en la penumbra del bosque, con la cobarde
ansiedad de esconder sus pensamientos  la sombra durmiente de los
rboles... Fu de veras que los escondi, porque del toldo umbro,
rasgando los cendales de enredaderas y de helechos, vi Regina surgir la
imagen dulce de Carlota. Al punto, olvidada de todo lo que no fuese la
tragedia profunda del _Robledo_, volvise hacia Carlos la muchacha, con
la curiosidad encendida en los ojos, y rog, insinuante, hasta que el
joven, sentado  los pies de ella, at el hilo de aquel drama sin
final.

--Despus que me lo cuentes--dice conqueridora la de Alcntara,
buscaremos  Ana Mara.

Pero el mozo, que un minuto antes, ardiendo en ilusiones, estaba muy
lejos de aquella realidad, patulla torpe en su relato.

Ayudndole Regina, inquiere:

--Qu sucedi cuando t marchaste  Madrid y tu hermana al colegio de
Zallas?

--No partimos ninguno de los dos--dice Carlos, ya dentro de su
pena.--Fuimos retrasando nuestra salida, porque mi madre, entonces,
mostr un aspecto de cansancio y hasto que nos preocupaba mucho. Ella
intervena en todos los pormenores del laboratorio con trabajo
incesante. No slo estaba  las rdenes del dictador en los materiales
trajines, sino que, adems, copiaba escritos, lea en voz alta y haca
dibujos... Despus, velaba  la cabecera del sabio, que se dijo enfermo
de fatiga... Horas sin fin vagaba mi padre por la casa, mirndose la
lengua en todos los espejos, tomndose el pulso en todos los rincones,
maldiciente y desesperado, negro el humor, como un abismo. Seguale su
mujer igual que una sombra esclava, sirvindole  cada ralo manjares
preparados por ella, y que mi padre apuraba, protestando ruidosamente de
su calidad y condimento. A menudo, mezclndose  las voces de furor,
oanse chasquidos de cacharros, y mi madre se adelantaba presurosa 
nuestras preguntas, dicindonos que haba dejado caer por torpeza el
servicio de la comida...

Una noche me pareci escuchar gritos lastimeros, sollozos y ayes. No
era la voz irascente, terror de nuestra casa, la que as me despert 
deshora. Era un velado acento de mujer, una voz blanda como la de mi
madre. Me levant de un salto  medio vestir, sal al corredor y todo
estaba obscuro y silencioso.--Habr soado--me dije. Y atento  la paz
negra que me envolva, an escuch un suspiro, dudando si era caricia
del jardn  desahogo de un pecho. Despus lleg  mis odos un susurro
como de brisa  de oracin, y en la ceuda sombra vi encenderse una raya
de luz sealando el dormitorio de mi hermana. Fuime descalzo y cauteloso
hacia el hilo brillante y abr la puerta. Ana Mara, sentada en su lecho
en actitud de quebranto y de insomnio, ahog un grito de alarma.

--Era ella la que te despert gimiendo?--pregunt Regina.

--No, al escuchar, como yo, la doliente quejumbre, se haba desvelado
en ansiedad miedosa. Pero ante las sospechas de mis preguntas mostrse
calmada y rog que me acostase sin hacer ruido, porque, seguramente,
ramos unos locos que sobamos con llantos mientras todos dorman en el
_Robledo_. A medio convencer la obedec, y aunque vel toda la noche,
con el amargor de tristes dudas, ningn alarmante suceso me volvi 
inquietar. Mas un ansia frentica de ver  mi madre me posey al
siguiente da. Con la aurora ya estaba yo vestido, paseando por mi
habitacin en espera impaciente de que la casa se animase con los
acostumbrados rumores. Sent que se abra la puerta del gabinete de
mam. Sal corriendo y la puerta se cerr. Pero incapaz de contener mis
prisas y mis inquietudes, entr resueltamente en el aposento contiguo
al dormitorio matrimonial. Mi madre se estaba peinando, con el
largusimo cabello flotante hasta las rodillas. Al verme en la luna de
su tocador, torn hacia m la cara llena de asombro y preguntme
ansiosa:

--Ests malo?... A qu vienes y por qu madrugas as?

Yo tambin la miraba con ansiedad creciente. Observ su enfermiza
palidez de encarcelada, y en los ojos agrandados por el sufrimiento, una
luz sombra que me caus espanto. El livor profundo de las ojeras y el
grave pliegue de la boca, daban  su rostro, siempre tan dulce, una
extraa expresin de locura.

--T s que ests enferma--pronunci sin saber qu decir, asustado por
la profundidad del dolor que su semblante trasluca.

Levant ella los brazos maquinalmente, enlazndose el pelo de cualquier
traza, tal vez para ocultar sus ojos turbados por los mos. Entonces,
las mangas anchas y ligeras del peinador se le deslizaron hasta los
hombros, y en los brazos, de sedosa y peregrina blancura, le vi de
pronto, con terror indecible, varias seales negras y crueles,
extendidas como sacrlega profanacin en la hermosa carne sagrada para
m... Toda la tragedia brbara de aquella vida se me revel en tan
espantoso minuto. Pero aun quise dudar, ciego por el terror de creer. Y
tocando las mazadas huellas del suplicio, grit alocado:

--Qu es esto, dime; qu es esto?

Retirse dolorida, se apart los tenebrosos cabellos en ademn brusco, y
con una resolucin desesperada seal hacia el dormitorio y me dijo
nicamente:

--Ese hombre.

--Miserable!... Miserable!--rug. Toda mi ternura se deshaca en
sollozos y en maldiciones, cuando se present mi padre con estrpito,
medio desnudo, trgico y amenazador.

--Si no callis os mato--rega con fiereza.

--Acaba de una vez--respondi serena su vctima, con altivo desprecio.

Lanzse furioso hacia la cama, busc entre las ropas, y le vimos empuar
un revlver:

--Os mato!--repeta.

Dos acentos agudos apagaron su voz:

--Mi madre!

--Mi hijo!

Y  un tiempo nos arrojamos  la defensa mutua contra el can negro del
arma. Yo la arrebat de las manos cobardes que tantas veces con ella
apuntaron al pecho de una mujer. Pero aquellos feroces puos se
crispaban an sobre la dolorosa que  mi lado sufra, y un torrente de
injurias brutales abrum  la infeliz. Cegado por la indignacin, bland
el arma sin saber lo que hice, y amenac:

--Disparo, si la tocas.

Al rozar los plidos dedos de mi madre que desviaban el revlver, apret
convulso el gatillo, y silb una bala que se clav en el techo...

--Qu ms?... Qu ms?--pide Regina, acuciosa y febril.

Carlos parece que est fuera del mundo, en nublada existencia de
visiones y pesadilla. Oye que le dicen otra vez: qu ms?, y murmura
estremecido:

--Ah! s, pues nada; una cosa ridcula. Mi padre di muchas voces
pidiendo socorro; temblaba, quera huir. Tropezando en los muebles, 
tumbos, lleg hasta el lecho: le mir, nos mir, y zambullse en l con
heroico arranque, en la actitud tremenda de quien se tira al mar. Se
subi el embozo hasta cubrirse la cara, y qued mudo, inmvil.

--Est loco--dije  mam. Acerba, segura, replic:

--Es un infame.

Y giramos hacia la puerta al escuchar el roce de un vestido. Ana Mara,
demudada, temblorosa, estaba all.

Fu urgente que la prestsemos apoyo, porque la vimos desfallecer. Nos
miraba interrogante, trmula, y aunque la queramos tranquilizar, rompi
en llanto, dolindose:

--Qu vida nos espera ahora!

Pero yo no estaba para lamentaciones intiles. Una actividad punzante me
consuma. Anduve  pasos inquietos el saloncito de costura donde nos
habamos refugiado. Las dos mujeres, abrazadas en el sof, tejan
lstimas y consuelos como si estuvieran duchas en tan amargos lances de
vergenza y dolor.

Por fortuna, la servidumbre, escasa aquel da, trajinaba en el corral, y
nadie oy el disparo, que apag su estallido en la profundidad de las
habitaciones.

Pasamos la maana en aflictiva sombra de pensamientos. Eran los mos tan
atropellados y confusos, que en un instante caa desde la ms terrible
resolucin  la impotencia ms abrumadora. En un giro loco de tales
ideas, pregunt  mi madre airadamente:

--Por qu te casaste con _l_?

Dej temblar su voz llena de lgrimas, y con infinita ternura repuso:

--Porque debais nacer vosotros...

Estrechse mi hermana contra ella, balbuciendo no s qu frases y
caricias.

Yo, transido de gratitud y de emocin, me arrodill  besar las manos de
la mrtir. Y entonces suplic, enrgica y dulce.

--Jrame que _le_ respetars.

--No; le aborrezco--dije.

--Debes perdonarle. Es preciso que le perdones, como Ana Mara.

--Eres capaz de eso?--pregunt indignado  mi hermana.

--Hago lo que mam quiere--confes.--Me lo pide ella... Por servirla
llegar  las cosas ms difciles del mundo.

Haba tal esfuerzo en sus palabras, que enmudec, juzgando mucho ms
noble su obediencia que mi rebelin.

Mi madre insista:

--Jura, Carlos...

Pero alc los ojos  mirarla con tal angustia, vi en mi semblante el
tormento de tantas inquietudes sordas y crueles, que poniendo las manos
en mis hombros, me dijo, grave y digna:

--Jams he merecido que _l_ me trate as. Oyes, hijo mo? Nunca!...
Por vuestro amor llev la cruz de este suplicio en secreto espantoso...
Ana Mara conoci antes que t la intensidad de mi desventura...

--Es un crimen--le interrump horrorizado--que sigas viviendo con ese
hombre.

--Ya no hay para qu--dijo--si t sabes que no debo vivir con l; que
no puedo. No, ya no puedo ms!--solloz desolada...

Se contrae la voz del mozo en repentino quebranto. Regina, ms atenta 
la curiosidad que  la compasin, apremia impaciente:

--Qu hicisteis, di?...

Ambos amigos estn viviendo la fatal historia. El siente y sufre. Ella,
imaginando, saborea el estimulante amargor del drama y le apura con
trgica sed en los labios del joven, por lo mismo que l sazona con sus
lgrimas la relacin...

Esplende la tarde, rtila y bella. Bajo el toldo quieto del robledal
gorjean y reclaman los pajarines, y en un ribazo florecido balitan unas
ovejas, enamoradas  errantes.

Carlos Ramrez, borracho con el cido licor de sus recuerdos, nada
escucha ni admira; arranca flores de la alfombra de csped donde se
recuesta, y sigue diciendo con traspasada lentitud:

--Nada hicimos entonces. Formamos un haz de almas en tortura, hasta que
mi madre, de pronto, rompi el hechizo de nuestra pena con su palabra
persuasiva y valiente. Nos prometi redimirse de su esclavitud sin
retroceder ante ningn obstculo. Ira en consulta  la capital aquella
misma tarde, para entablar la demanda de divorcio lo antes posible.

--Tendr que separarme de vosotros provisionalmente--dijo. Y ante
nuestra alarma dolorosa, aadi:

--Despus que mi libertad se legalice, vendris  mi lado sin abandonar
por completo  vuestro padre. Es preciso--insista--que le compadezcis
mucho, que le cuidis. El os quiere y ser bueno para vosotros.

Mi hermana se atrevi  decirle que ante la amenaza del escndalo y la
separacin, tal vez el culpable prometera una absoluta enmienda, un
arrepentimiento lleno de compensaciones y humildades. Pero mam dijo al
punto, con viva repugnancia:

--No, no. Es imposible. Nunca, nunca!

Vimos en su rostro la firmeza de una inquebrantable resolucin. Su
hermosura cobr un aspecto de altivez y podero que jams tuvo. Y hasta
en el dolor y el embeleso con que nos acariciaba creamos sentir un aura
saludable y nueva, una fuerte expresin de dignidad y valenta. Me
pareci mi madre otra mujer. Su nimbo de dolorosa tomaba realces
gloriosos, resplandores de triunfo. Y, sin embargo, cunta amargura en
su acento, y en su sonrisa cunta tristeza!

Casi todo el da estuvimos los tres juntos, en una intimidad tan
acordada y profunda, como no la disfrutamos hasta entonces.

El criado recibi con visible sorpresa la orden de servir  mi padre la
comida en la cama. Poco ms tarde, suponiendo que nos interesaba mucho
la noticia, fu  decirnos que el seor haba comido muy bien, sin
rechazar ningn plato. Y como mi madre no manifestara inters por el
suceso, entre la breve servidumbre se inici un murmullo de asombro, al
ver  la seora libre de sus hbitos de esclava,  salvo de apuros y de
gritos.

Un silencio de tumba reinaba en las habitaciones conyugales, donde el
drama absurdo y brutal se desliz en la sombra tantos aos.

Ya vencido el da, acompa  mi madre  la iglesia. Quiso hablar con
don Amador, y la dej en el confesonario, mientras ped un coche que
nos esperase en la carretera del _Robledo_. Mam deseaba no hacer uso
del ferrocarril, temiendo que en la estacin de Torremar la molestasen
con preguntas  acompaamientos importunos.

--Ir desde casa en un coche--dijo--y aun me queda tiempo para ver hoy
al abogado. Maana har las diligencias ms urgentes, y volver  la
tarde.

Preguntbale yo, si no tema la actitud violenta que _l_ tomase por tan
decisivas resoluciones.

--Bajbamos por ese mismo sendero--seal Carlos  Regina--; estaba as
la tarde, como ahora, tan esplndida y dulce. Mi madre respondi:

--No temo nada. Slo es capaz de crueldades lentas, de infamias
silenciosas... "Ese hombre" es un caso estpido de ferocidad sorda y
ruin, sin precedentes en cuanto yo saba de crmenes humanos... Valido
de mi flaqueza y mi terror, me hubiera matado lentamente, gozndose en
atormentar mi alma y mi cuerpo en una brbara cobarda de muchas horas.
Roto el secreto de sus perversidades, amparada yo de la ley, pedir
perdn y llorar como un nene que delinque sin malicia ni consciencia,
maltratando su juguete favorito...

--Pobre Carlota!--lament Regina.--_Bella durmiente del bosque_,
encantada por el Ogro!...

Carlos vuelve un instante  la realidad, y contempla  la muchacha en
muda adoracin.

Pero ella est tranquila, pendiente de la historia, deseando  la vez
que dure mucho y que se acabe pronto.

Y sin reparar en las emociones de su amigo, le apresura y le emplaza:

--Cuntamelo despacio, y acaba en seguida.

--No acabar nunca--se duele el mozo.--Y relata obediente:

Despus de la brevsima conferencia de mi madre con su confesor,
volvimos  la finca, dejando el coche all abajo, en un cruce del
sendero y el camino real. En breve, mam estuvo preparada. Entr en el
laboratorio, no s si  despedirse de Manuel Velasco,   buscar alguna
cosa. Fu cuestin de un instante...

--Manuel iba todos los das  vuestra casa?--pregunta Regina con vivo
sacudimiento de inters.

--Iba  estudiar con mi padre, y muchas veces trabaj solo horas
enteras, cuando el maestro, adolecido  malhumorado en demasa, se
encerraba en sus habitaciones.

--Ese Velasco es un excntrico, no?

--Manuel?... Un hombre encantador para mi gusto: serio, paciente, de
carcter dulcsimo y simptico...

--Incasable, dicen.

--Por qu no tiene novia?

--Todos sus amores cuentan que los ha puesto en la biologa.

Olvida Carlos su mirada entre los rboles, con evocadora expresin, y
responde:

--No lo creo... Manuel--contina ferviente--es mi mejor amigo.

--Ms que Adolfo, tu futuro cuado?

--Mucho ms que Adolfo.

--Y era tambin--inquiere la curiosa--un buen amigo de tu madre?

Enrojece Carlos. Sus doradas pupilas se hunden en el bosque, como en
persecucin de algn secreto.

--S, porque haba sorprendido toda la tragedia de nuestra casa. Durante
muchos aos Manuel casi viva con nosotros. Su admiracin  la ciencia
de mi padre, sus aficiones al estudio y al trabajo, han sido poderosas
para retener esa juventud varonil dentro de las terribles salas donde se
han fraguado muchas tempestades de nuestro hogar... Manuel Velasco y mi
madre simpatizaban mucho.

--Y dices que se despidi de l?

--Lo supongo. Tengo tan presentes todos los pormenores de aquel da, que
nada olvido en esta crnica triste de mi corazn...

Mam sali del laboratorio ms blanca que la nieve; en el dintel,
Velasco pareca un espectro; tan plido y fnebre le vi. Ocultndonos de
mi hermana marchamos en busca del coche y acompa  mi madre hasta la
salida de Torremar. Cuando ella mand detener el carruaje para que yo
bajara, sent de pronto el miedo agudo de la irreparable separacin. Y
aunque ambos dijimos hasta luego, quedme temblando como una hoja en
mitad del camino.

All, en el borde de la carretera, frente al mar, busqu el apoyo de un
arbusto. Me pesaban en los prpados los ltimos besos de mi madre, con
dulzura nueva y solemne. La viajera, alejndose, alzaba su pauelo entre
las cortinas del coche para decirme:--Adis... Adis... Pero sent un
cansancio horrible, como si hubiera recorrido medio mundo; y en aquella
postracin profunda no pude contestar... La noche ensombreca ya la
costa, y los encendidos ojos del carruaje me miraban, me miraban de
lejos con tal fijeza y dolor, que tuve impulsos de correr para
apagarlos, para preguntarles por qu me perseguan con lvidos
resplandores de fatalidad, en una noche tan hermosa,  orilla del mar
azul... El traje claro de mi madre blanqueaba fugitivo, cada vez ms
distante, y an me pareci distinguir las oscilaciones de una mano que
deca siempre:--Adis!...

De nuevo Carlos Ramrez detiene su relato en un nudo de palabras
deshechas. Y tambin Regina, implacable, perentoria, repite:

--Y despus? Anda, hombre, ya falta poco.

--Falta mucho... Mi madre no volvi!...

--Ah!--se le ocurre  la nia por todo consuelo. Y al cabo de una
meditacin audaz y silenciosa, pregunta:

--No sabr de ella Manuel Velasco?

--Manuel sabe--dice el mozo con altivez--que mi madre es buena. Y
dolido, pvido, interroga:

--Lo dudas t?... Admites las calumnias que de ella se dicen en
Torremar?

Hay una inflexin ingenua y dulce en la voz que tranquiliza:

--Dudar yo de la virtud de tu madre? No, Carlos no... Escucha. Voy 
ser muy franca contigo, nicamente contigo, muchacho; ideas de este
calibre no las debe decir una moza casadera.

Y muy celosa, recatndose hasta de los robles y de los helechos, de los
pjaros y de los grillos, secretea la de Alcntara:

--Yo juzgo que siempre, en todos los casos de la vida, es lcito y...
bueno huir de un hombre odioso para querer  un hombre amable.

--Qu sospechas?

--Nada! Aseguro que Carlota, hoy ausente y libre es  mis ojos tan
interesante y digna como lo fu esclava en el _Robledo_.

--Gracias, gracias--murmura Carlos devoto,--t haces por ella ms que
Manuel y su madre, ms que don Amador... La crees en pecado y la
perdonas.

--Si es que no califico de pecado... eso que t supones...

Posa el mozo todo el sol de sus pupilas en los ojos negros de la mujer,
y turbndose profundamente, oye la consulta:

--Apela  tu propio corazn; dime la verdad: la crees t mala aunque la
juzgues culpable del delito de amar?

Obstinado, confuso, l repite:

--Mi madre es buena.

--Puede ser un ngel y estar enamorada.

--De quin?... Se march sola. Cansada de sufrir, no tuvo valor para
aguardar meses y meses, tal vez aos, una sentencia oficial que rompiera
su cautiverio. Los trmites judiciales le causaron repugnancia y
bochorno. As nos lo dijo en una triste carta de despedida... Sabe que
para ir en su busca abandonaramos  nuestro padre, y ella lo quiere
evitar con el secreto de su retiro. Se alej pobremente, con sus
pequeos ahorros y sus joyas... Oh, madre ma!... Es buena, es buena!
Los que la conocen bien, estn seguros de ello.

--Lo has preguntado t?

--Nunca. Es la primera vez que remuevo con la palabra estos pesares
mos; pero s que la infeliz ausente tiene en Torremar tres defensores:
Manuel, su madre y don Amador.

--Tiene cuatro.

--Regina!

--Y yo, la ms entusiasta, segn t dices.

--Vas tan lejos en tu bondad!

--En mi libertinaje.

--Por Dios!...

--S, Carlos. A la libertad del corazn y de los afectos, le llama
libertinaje medio mundo.

--Aunque slo el espritu se liberte?--averigua el joven con zozobra.

--Aun as!--qujase la voz musical, con acento de rebelda.

--Leyes sern del mundo, no del cielo... Mi madre, hermosa y pura,
muchos aos martirizada, no puede sacudir sus cadenas y disponer,  lo
menos, de su corazn?... Si eso fuese un delito, yo la absuelvo y la
perdono.

--Y en un caso de libertad... absoluta, te mostraras inflexible con
esa mujer, slo porque es tu madre?

Certera, desconcertadora, la interrogacin da en medio de las
inquietudes de Carlos, que se defiende dudoso, tmido:

--Siento necesidad de creer en su virtud; su vida de sacrificios y
abnegaciones no me deja derecho  dudas... Ha sufrido tanto!... Fu
tan ruinmente atormentada!...

Como fruto de lentas consultas  la conciencia y al sentimiento, repite
el mozo unas palabras muy dulces, que de fijo Regina las conoce:

--No se debe golpear  una mujer, ni siquiera con una flor...

--Aunque la mujer sea mala; pero si es buena, si vale tanto como la
madre tuya... Carlos, duendecillo de mis sueos de nia, no seas
cobarde en tus perdones!...

Roto un troquel de timideces y de nieblas al conjuro de la voz
tentadora, Carlos Ramrez se alza anhelante, hermoso en su ingenua
solemnidad:

--S, s. En todos los casos, yo perdono  mi madre, y creo que merece
ser libre y ser dichosa.

Con brusco transporte, ardiente en sus ojos una lumbre de afanes
juveniles, el muchacho exclama:

--Escucha, _Reina_... T eres la mujer de mi vida... Te quiero, te
quiero!...

Y ella, en repentino abandono de la sensible narracin, sonre con los
labios abiertos al placer, ufanndose en la golosina de una lisonja
nueva. Un nio gentil, que le dice amores entre lgrimas, con la voz
caliente de ternura!... La sombra de los ojos  la moza se le inflama de
luz.

--Carlitos, mi caballero--gorjea en triunfo,--me da mucha risa que me
quieras tanto.

--No te burles; este es un amor de verdad; amor de hombre. Y ya nunca,
sabes?, nunca podr amar  otra mujer.

--As dicen, y hasta creen, todos los pretendientes enamorados.

--Yo no soy como todos. Yo te quiero desde que supe de ti. Cuando t
subas con Daniel  contarnos cuentos en la casuca, ya te quise. Despus
he soado mucho con tu belleza, con tu donaire, con el misterio de tus
ojos, con el encanto de tu palabra, con los dolores de tu corazn...
Desde que volviste te eleg por confidente nica de mis penas. Adivin
que me ibas  consolar, que _la_ ibas  defender... Y ahora, siento por
ti una devocin, una gratitud!... Quireme un poco, _Reina_, por
caridad!

Troc Regina en lstima su regocijo ante el discurso ferviente, preado
de anhelos y tristezas. Algo profundo y grande se estremeci en el pecho
de la veleidosa, creyendo que el nombre de Daniel haba temblado como
una lgrima en el semblante deprecativo de aquella pasin tan dulce y
tan humilde. Pero lucha contra la flaqueza del enternecimiento; quiere
reir; hace una breve mueca de fastidio, y qudase absorta, con los ojos
hmedos y la risa en quebranto.

Una voz perlada y juvenil punza el silencio, desde el fondo del bosque,
y aparece donosa una dama, bajo el ramaje inmvil.--Dnde
estis?--viene preguntando.

Regina, como en la insensatez de un delirio, murmura:

--Carlota!

Y el mozo vuelve la cara con estupor,  punto de gritar:--Madre!

Pero es Ana Mara la que llega, la que averigua con celo y cario:

--Qu os sucede?

--Nada...

--Nada...

--Parecis disgustados.

Niegan ellos: el calor y el palique les detuvo all, gustosos de la
frescura de los rboles, entretenidos en las memorias de la infancia.

La nia del _Robledo_ interrumpe aquellas explicaciones con dulce
enojo. Teda la tarde les aguard impaciente, y hace ms de una hora que
les busca en el jardn y en la arboleda...

Est all Velasco, que quiere saludar  Regina.

--Dnde?--interroga la de Alcntara, ponindose de pie con visible
azoramiento. Sacude su vestido y alisa sobre la frente la srica mata
rubia.

Aquella rfaga de inquietud invade  la novia, que manifiesta un leve
susto cuando dice:

--Vena detrs de m.

Crujen las ramas menudas al firme paso del doncel, y se le recibe con
rara expectacin, como si fuese extrao que llegara una persona  quien
se espera. l avanza sonriente, despreocupado y festivo; pero ante la
actitud cortada de los otros, sintese algo confuso y saluda  Regina
con etiqueta ms corts que afectuosa.

Resbalan desde un tallo hasta el suelo dos flores plidas que Adolfo y
Carlos quieren levantar. La dama rubia pone sobre ellas su bota
elegante:

--No sirven para nada...--prorrumpe.

Los cuatro mozos, presa de inexplicable desazn, pasean lentamente,
hablan y sonren con esfuerzo. Regina dice que es la hora de volverse 
su casa, y nigase  seguir hasta la de sus amigos, pretextando que an
est lejos y se har de noche antes que ella baje  Torremar.

--Te acompaar--asegura Carlos.

Y Adolfo, muy galante, advierte:

--Yo tambin bajo ahora y estoy  sus rdenes. La llevar hasta su casa
con mucho gusto.

En rpido asentimiento acoge Regina esta ltima oferta.

--S, es verdad--dice--; de ese modo no dejaremos sola  Ana Mara.

Hay una breve lucha de cumplidos porque Carlos insiste en bajar despus
que acompae  su hermana hasta el lmite del bosque; y ella pretende ir
sola, asegurando que tiene muchas amistades con la paz de la selva y
ningn temor  sus caminos silenciosos.

Ante un reparo leve de Regina, cuenta Velasqun que muchas noches
retorna  pie  su casa, para hacer ejercicio, y sube luego un sirviente
por su caballo.---Hoy--sonre galn--dar mi paseo con doble placer.

yese un repique de novena.

La de Alcntara se apresura  decir:

--Es tarde, es tarde.

Y ofrece que volver al siguiente da, como aplazando las frases de
cordialidad, las efusiones que faltan en su vuelta al _Robledo_ despus
de muchos aos de ausencia.

Est parado el grupo en la cumbre del bosque, en dominio del hondo valle
donde la finca de los Velascos se extiende sin fin. Corre la pared en
lnea atormentada, bajando, subiendo, codiciosa de campias y mieses, y,
seor de sus lmites enormes, el palacio flamante se ufana de la tierra
con desdenes del mar, que ulula lejos, al otro lado de la colina.

La sombra del crepsculo envuelve en fantsticos matices aquel vasto
panorama que la posesin seorea. Y de pronto, contemplativa y absorta
la dama rubia, siente un vrtigo de codicias y admiraciones ante el
poder que atribuye al dueo de riquezas tales.

Trnase hacia l, plida y valiente, para ordenarle en son de reto:

--Vmonos.

La sigue el mozo sometido, casi sin volver la cara para decir adis.

Y en la complicidad del paraje y de la noche, aquella extraa partida
toma el aspecto de un rapto  de una fuga...

       *       *       *       *       *

Se encienden las estrellas, altas y palpitantes, en un cielo de raso
azul. Carlos y Ana Mara, tristes y mudos, afrontan el camino penumbroso
del robledal. Distradamente el muchacho recoge en la hierba una cosa
blanca y mustia; y al punto la nia extiende su mano hacia aquel objeto,
y balbuce:

--Son aquellas dos flores... que no sirven para nada.

Ha sonado su voz profunda y tremorosa, delatando la valenta de una pena
que no quiere llorar. Un acento parecido, ms sonoro, ms grave,
compadece:

--Ah, s! Pobrecillas!...

Y las flores tornan al prado, colocadas con dulzura, como si pudieran
lastimarse y sufrir.

Con menos compasin de dos corazones amigos deja Regina de Alcntara las
cumbres del _Robledo_, llevndose en las redes de sus curiosidades y
ambiciones el drama de Carlota, el amor de Carlos y tal vez la felicidad
de Ana Mara.




VII

EL BALANDRO DE VELASQUN.--TEMPESTAD EN UN VASO DE AGUA.--NUEVOS APUNTES
PARA LA MORAL DE REGINA.


AGONIZA el otoo. Qu triste y qu amarillo! La mar se mece turbia;
estn plidos el cielo y la costa; la playa desierta, el muelle en
quietud.

Los torremarinos desocupados no sienten la influencia pesarosa de esta
maana gris, merced  una emocionante noticia que vol como ventada de
Noroeste, desde las mismas olas hasta la calle Real, los arrabales y la
Plaza Mayor, agitndose con mpetu de borrasca en la botica de abajo,
sobre los pintados bigotes de don Celso y la plcida compostura de unos
papeles de sulfonal. Puso el qumico seductor su ms enigmtica sonrisa
en la ambigua frase:

--Considero elocuente y luminoso que el balandro de Velasqun se llame
_Reina_.

--_Elocuente y luminoso..._ Cree usted?...--subraya alusivo Paco
Ordez.

El vejete afirma perspicaz:

--Hace ya tiempo que yo barrunto esa traicin.

--Pero es inaudito!

--En materia de amores no hay nada que me asuste.

--Tiene usted buen olfato... Yo confieso que Adolfo no me haca sombra.

--Pues les va  dejar  ustedes con tres cuartas de narices.

--Mal cambio hace--critica Ordez en lamentable tono.

--Malo?... Estn de enhorabuena entonces los mocitos
pretendientes--insina dicaz el farmacutico.

Se enfrasca el doctor en graves meditaciones y hace volatines en el
sof, sentenciando:

--Es una monada esa chiquilla del _Robledo_, una criatura _sans pareil_,
guapa, seria, lista, dulce, con dote, con ngel...; pero esa
historia!...

--De la mam?

--Claro, hombre!... Y luego, si Adolfo la planta, yo aseguro que se
queda para vestir  la Virgen.

--Atrvase usted...

El doctor sacude dos dedos, que triscan; sonre, pasea y responde:

--Cualquiera se atreve!

--No dice usted que Adolfo hace mal cambio?

--Y lo creo... Pero as es el mundo. La de Alcntara tendr siempre ms
partido, porque es asequible, coqueta, independiente... Ana Mara,
aparte lo que sabe usted, causa un poco de susto por s sola. Se
esconde tan lejana, tan sombra, entre un padre loco y un hermano
altivo!...

--Carlos ahora se haba humanizado mucho.

--Hasta el extremo de parecer otro. Baj de su torre de marfil,
enamorado de Regina, y todos le tenamos por rival con fortuna; pero...
si usted acierta!...

--Y predigo un sangriento desenlace--efunde don Celso con voz
cavernosa--. El Ramrez se, con su aire infantil y romntico, es un
mozo de grandes pasiones, un impulsivo atroz, y tomar en Adolfo doble
venganza. Se avecinan sucesos sensacionales; hay en la atmsfera
saturacin de odios... de amores... de crmenes...

El mdico da un salto casi mortal, y  orilla de la vidriera escruta el
horizonte en cmica actitud.

Pero la maana torremarina no ofrece sntoma alguno de trgicas
aventuras; la escoba de un barrendero traza en el desigual empedrado
fugaces surcos de limpieza; un chiquillo haraposo vende los diarios de
la corte y _La Voz de Torremar_; una moza desgreada sacude alfombras en
la casa vecina...

Aquel matiz tristn y anodino de vida provinciana ofrece tal contraste 
los augurios de don Celso, que Paco Ordez rompe  reir.

--Ya vendr mi tocayo, el to de la rebaja...

Mas el clebre inventor de especficos no admite bromas ni sospechas
contra sus predicciones. El est seguro de la que anuncia; tiene
antecedentes y datos que acrediten sus profecas.

Y el mediqun, mozo placentero y amable, enemigo de la discusin,
asiente sin ms resistencia  las certidumbres dramticas de don Celso;
y mientras se calza los guantes, gesticula en faz de asombro:

--Menudo lo!...

Luego silba, tararea, se encoge escalofriado, y al fin se despide, en el
preciosa instante en que don Celso recluye los papeles de sulfonal en
una caja de color de rosa.

Ya est Ordez en la puerta cuando el qumico le persigue an.

--Vaya  ver el balandro por sus propios ojos.

--Le ha visto usted?

--S. Anoche,  las altas horas, supe, confidencialmente, que el
yate de marras estaba en la baha con el nombre fatal en el costado...
Y al amanecer acud  cerciorarme... Vaya usted, amigo mo, y medite en
la verstil mudanza de los humanos sentimientos; en las traiciones, en
los perjurios de la juventud.

El mozo rubio y festero ahueca la voz para decir, muy compungido y
lgubre:

--Ir  la visita por el muelle...

Da algunos pasos, y otra vez le asedia el farmacutico, que cambia, de
rostro, y plcido interroga:

--Muchas enfermedades, eh?

--Algo de grippe.

--Eso es bueno!

--Cosa benigna...

--Vlgame Dios!...

Con un suspiro,  sordas zancadas, el boticario desaparece detrs de la
vidriera, dejando en el hmedo dintel seales puntiagudas de sus luengos
escarpines.

Muerde Paco Ordez su risa retozona  espaldas de don Celso, sube la
calle, cruza la Plaza y toca la ribera bajando por la ra Mayor.

Menudo y saltarn, el mdico se confunde con algunos golfillos que  la
orilla del muelle vivaquean, sucios y haraganes. Y pronto uno de ellos
apunta entre las embarcaciones fondeadas en la baha al grimpoln azul
del balandro nuevo.

--Aquel es, don Paco.

Contempla Ordez un hermoso diez metros, de construccin reciente: su
casco blanqusimo no parece tener sino un punto de contacto con el agua;
sus lanzamientos de proa y popa son airosos y elegantes como dos
flechas; alto de guinda, yergue su palo mayor de pino del Canad, entre
la finsima jarcia, y slo considerando la enorme cantidad de plomo que
forma el bull, oculto bajo las olas, puede comprenderse cmo aquel
armazn estrecho y de tan poco puntal, soporta la altura del palo.

Absorto el mdico en estas observaciones admirativas, oye una voz
varonil que amargamente censura:

--_Reina!_... Se llama _Reina_!...

El indmito acento emerge de la granada boca de Felipe Alonso, otro
pretendiente desdeado por Regina. Bello y lnguido muy _poseur_ y algo
cursi, el galn perora en trgica postura y balbuce crueles palabras de
vilipendio y sorpresa, delante de aquel nombre mecido en la baha con la
altivez de una revelacin que el mar hiciese  la costa: S,
seores,--parece decir el rtulo negro sobre el casco nveo--; Adolfo
Velasco y Regina de Alcntara son novios; se entienden; se adoran; se
van  casar. No escandalicen ustedes ni pongan el grito en el cielo: 
pesar de Ana Mara, prometida esposa de Adolfo, y  pesar de Carlos,
cortejante preferido de Regina... el balandro de Velasqun se llama
_Reina_!... Y ante las voces mudas de aquel letrero, mientras Paco
Ordez re consolado y voluble, Felipe Alonso entona hacia el mar su
lrica declamacin; habla de felonas y de sangrientas burlas, y pone
 los elementos por testigos de aquella infamia. Dirase que goza en
lamentarse, teatral y seductor, con los ojos en blanco y la palabra
conmovida.

De pronto Ordez, que ha vuelto la cara, advirtiendo cmo la gente
acude  la contemplacin del _Reina_, ve agitarse un lienzo blanco y
copioso en el mirador de las de Bernaldo. Es que Fabricio les hace seas
con una toalla, acaso con una colcha. El talludo galn est frentico,
al parecer, y los dos mozos cruzan el tablado del muelle y pasan veloces
 la acera. Sorprendido en su crisis declamatoria, el orador va
ensartando periodos retumbantes que  don Celso le haran muy feliz.

Pero ya Ordez se aburre un poco de tal comedia, y puesto que Fabricio
y sus hermanas servirn admirablemente de auditorio  los discursos del
amigo, puede el mdico escaparse  la visita. Saluda hacia el mirador,
donde ya otean curiosas las dos Bernaldas, deja que Alonso se les arroje
en el portal con frenes.

       *       *       *       *       *

Bajo los visillos temblorosos de las seoritas de Estrada, detrs de los
cristales por donde se atisb  Regina la noche de su regreso,
susctase, tambin, con violentas discusiones, el noticin del da.

Juntas estn aquella tarde all las ms parleras y desocupadas seoras
de la vecindad, y todas  un tiempo charlan y censuran, se indignan y
compadecen: El balandro de Velasqun se llama _Reina_!...

Esta frase, que ha volado sobre la baha como una gaviota en augurio de
tempestad, tiende ya sus alas por todo el recinto ciudadano, y anida en
cada reunin donde los chismes son pasto del aburrimiento.

Glorindose de adivinadoras, casi todas las mujeres que hacen coro  las
de Estrada, cuentan que sospecharon siempre de la lealtad de Regina. Su
carcter veleidoso, sus extravagancias, sus ideas, no estn de acuerdo
con los cnones de la educacin y costumbres que all se usan... Por eso
la dejaron sola con sus caprichos y osadas; sola con sus predilectas
amistades...

Y aqu aparece la herida de amor propio que la de Alcntara caus en
muchos de aquellos corazones femeninos. Incapaz de disimulos ni de
reparos que estorbasen sus intentos, Regina dej solas  las damas que
ahora se precian de haberla abandonado. Ella fu la que, en rebelda
contra la quietud y el encierro, licenci de un modo brusco y ejecutivo
 la voluntaria corte de amor formada en su gabinete. Una tarde estival,
cuando aquel mixto ejrcito de conquista, subi, valiente,  divertir 
la de Alcntara, supo con sorpresa y enojo que el astro nuevo se
declaraba en eclipse:--La seorita ha salido--anunci Marta, nicamente,
sin ms explicaciones ni disculpas. Y era de ver el trueque de
voluntades y de sentimientos que envolvi desde aquella hora  la
insurrecta muchacha, capaz de infringir en un arrebato jactancioso todas
las leyes firmes de la buena sociedad torremarina. Densa nube de
comentarios agresivos descargaba sobre la reputacin de la moza.

Sordamente, en pblico y en secreto, pero siempre  espaldas de la
vctima, satirizaron unos y otros:--Slo quiere amistad con los de
Ramrez porque seduce al pobre Carlos para esclavizarle  todas sus
locuras; se casar con ella y ser infeliz...--Ya no gasta luto...--Se
prende rosas y usa unos escotes!--Sube al _Robledo_ todas las tardes, y
baja de noche con Carlitos... del brazo!--No lleva trato con las
seoras porque las tiene envidia...--Ya no va  la iglesia.--Ni sabe
rezar...--Dicen que es protestante...--La hemos visto en su jardn, de
rodillas junto  Pablo el marinero...--besando una flor!--Tiene libros
prohibidos...--Sabe Dios lo que habr sido de ella por esos
mundos...!

A la provocadora de tales iras se le ocurri cierta maana detenerse con
unos seores conocidos que rendidamente la saludaron. Hablles muy
cordial y les convid  tomar caf. Eran pretendientes ms  menos
platnicos de la damisela, y desde aquel da recobraron esperanzas de
triunfar en el corazn de la hermosa, que se les mostr afable como
nunca.

Reanudronse las tertulias en casa de Regina, pero ms amplias y
alegres. Desertora audaz de todo vnculo esclavo, la muchacha se engolf
en sus gustos y tendencias. Holgse con amistades varoniles, mantenidas
por ingeniosos flirteos, y ya en completa indisciplina, olvidados los
antiguos planes, torn  sus hbitos de aventurera y de rebelde.

No tuvo intencin ninguna de molestar con su desdn  las porteas
damas; la aburrieron, la estorbaron y emancipse por hasto del culto
que antes buscase por curiosidad. Pero ya puesta en franqua la
encallada nave de su independencia, Regina, hbil pirata de antojos y
emociones, no guardaba rencor ni menosprecio  las causantes de su breve
esclavitud.

Al contrario, feliz con el estmulo de nuevas luchas senta compasin
hacia las pobres mujeres enjauladas en la rutina y en el sacrificio,
como aves prisioneras, codiciosas de cielo azul y de horizontes lejanos.
Y al encontrarlas en la calle, al verlas pasar desde su jardn, les
haca un saludo carioso, un poco tmido, algo triste. La mayor parte de
aquellas seoras, vestidas por el mismo patrn, peinadas de igual modo,
murmurantes y oracioneras, acompasadas en sociedad como en un teatro,
dejaban en el espritu disconforme de Regina la sensacin del grillete y
las esposas, en los libres miembros de un cuerpo robusto y belicoso. En
cuanto  ellas, desde las del juez, timoratas y obscuras,  las de
Estrada, llamativas y refiloteras, un poco en discordia con la severidad
de aquel rgimen educativo, ninguna se atrevi  negar el saludo  la
seorita intemperante. Casi todas la envidiaron mucho y hacan esfuerzos
por volver  su gracia y  su trato, aunque  mansalva la zahiriesen con
heroica furia.

Por inversin de razones, la insurgente moza era para las torremarinas
una imagen tangible del vuelo errante en liberacin de la jaula; de las
cadenas truncas lejos de la cautividad. Y volvan hacia la joven los
ojos deslumbrados, al trasluz de visillos temblorosos y de mantillas
devotas, con la esperanza de sorprender un graciable signo de acuerdo, y
presumir ellas tambin de anchura y de modernidad.

Para mayor encanto y ms tormento de la torva falange femenina, cuando
la de Alcntara, con fcil victoria, volvi  reunir en torno suyo  los
donceles de ms fuste, inicise entre los tales un grato impulso de
fervor hacia la singular muchacha; y acordes convinieron en que Regina,
adems de ser encantadora por su trato y su fsico, tena un fondo de
nobleza y de bondad en el corazn, un poso de dulzura y benevolencia en
el carcter. Arreci esta piadosa corriente ensalzando las virtudes de
la dama, en apariencia mustias desde que los enojos populares se
escandecieron sobre ellas. Y muy pronto, en la pblica devastacin de
aquel jardn moral, un aura de lozana irgui en triunfo las dbiles
flores,  despecho de murmuradoras y agraviadas.

Unidos y separados, los contertulios de Regina le cantaban loores. Para
ellos, las libertades de la moza rubia, lucan un fuerte matiz de
honestidad; aquella mujer pensaba alto, senta ligeramente, era
ingeniosa, franca, voluble. En su palabra, ingenua y prcer, hialina
como arroyo cantarn, nunca advirtieron el amargor daino de la
murmuracin...

Estas alabanzas martirizaron la femenina epidermis de Torremar con ascua
de cauterio. Pronto agudas voces mujeriles designaron  los amigos de
Regina con el intencionado remoquete de la _Junta de defensa_. Se
comentaban en fragmentos menudos los ms leves detalles de las
excursiones y holgorios en que la de Alcntara se entretena, y tvose
por cierto que no llevaban otro camino que la conquista matrimonial de
Carlos Ramrez.

Entretanto, la revolucionaria doncella no perdon ninguno de sus
placeres predilectos, por inslito que all resultase. Montaba  caballo
vestida de amazona, con sombrero calas y flotante cendal, escoltada de
jinetes; mecase sobre las olas, en traje de balandrista, entre los
_yatchmen_ del club, sin haber amanecido aquel maana en que debiera
escribir encargando su esquife; sala de caza  deshora, con audaces
bombachos y masculinos arreos, y supo cobrar gentil fama de valiente en
todos los deportes que inici.

Era Carlos asiduo en estas lides, con mimo y preferencia por parte de
Regina. Todo haca presumir que ella le amaba; pero  la perspicaz
observacin del grupo pretendiente, no pasaba oculta la implacable nube
de tristeza de aquellos ojos dorados, que el joven no alzaba por
completo, cual si temiese delatar su inquietud.

Esta muda elocuencia de un dolor amante sostena las ilusiones de los
dems candidatos, entre los cuales el nombre latino de la muchacha se
haba hecho familiar y devoto, como una breve oracin. Al llamarle
_Reina_,  ejemplo de Ramrez, cada uno de aquellos cortejantes
imaginaba rendir un tributo de soberana.

Rara vez iba Adolfo mezclado  la corte de la dominadora. Sola verla en
casa de Ramrez casi todas las tardes, y algunas noches la acompaaba,
como en aquella primera entrevista que tuvo forma de secuestro. Pero el
extrao poder de fascinacin que ejerca en los hombres la rubia moza,
fu, desde el primer instante, decisivo en Adolfo, que no supo razonar
la causa del encanto.

Mocero y vehemente, Velasqun haba pulsado toda la lira del amor y
conocido todas sus emociones, sin perder nunca en absoluto el dominio de
su apuesta persona. Hasta en el hondo afecto que desde la niez
profesaba  Ana Mara, hubo siempre una plcida serenidad, que le haca
sonreir con la beatitud del hombre llegado  la plena posesin de la
dicha por sendero sin curvas ni abrojos, ancho y florido  la faz del
sol.

Sbitamente, las claras acciones y los designios apacibles del muchacho,
quedronse en tinieblas cuando el brusco deseo de Regina se le clav en
los ojos como un pual.

Obra de maleficio pareca aquella loca y fuerte pasin que daba al
traste con la lucidez y la nobleza de Velasqun. Lanzse en un vrtigo
de torturas y de ardores, sin ver ms que un punto luminoso en el
repentino caos de su conciencia: era una lumbre roja y cruel que
iluminaba como un fanal gigante el nombre de Regina.

Los violentos latidos del corazn no le dejaron al muchacho escuchar lo
que pasaba en torno suyo; ni la voz solemne de su madre, que hablaba muy
contenta de la boda, ni el firme acento de Manuel, explorando con ansia
en la torcida voluntad del novio... Ni siquiera el blando son de una
palabra que jams dej de conmoverle: los gorjeos amantes de Ana Mara
sonaban ya en los odos de Adolfo como una msica remota que se
extingue, que se apaga en lejano confn. Posedo, alucinado, dejbase
arrebatar en la recial corriente de aquel amor brujo, y apenas si un
vago esfuerzo de la pobre voluntad cautiva, lograba entre los de Ramrez
cubrir las apariencias de la traicin amorosa.

Desde su primer triunfo con Adolfo, en la altura brava del _Robledo_,
Regina record, con frases juguetonas, que de nios se haban tuteado, y
l mordi sonriente la dulce licencia de una intimidad, que no pudo
sorprender  quienes ya saban de aquellas antiguas amistades; as el
roce entre ambos, corri pronto los graves riesgos de la ternura y de la
confianza.

Una noche, agonizante ya el otoo, los dos amigos bajaban del _Robledo_,
y de repente Regina se detuvo, mirando adusta  Velasqun.

--No me debes acompaar--dijo con sorda rabia.

Asustado de la inesperada prohibicin, obseso y transido, l protest:

--No quieres t!

--S quiero; pero Ana Mara sufre y la gente murmura.

Silbaron las palabras candentes y angustiosas, aunque el doncel slo
oyera un himno de esperanza:--_S quiero... S quiero_, haba dicho
Regina!...

En la arquitectura inquieta del celaje rodaban las nubes hacia el mar, y
los impetuosos sentimientos de aquel hombre rodaron  las plantas de la
mujer. Fu all, oscilante en la rpida pendiente, de hinojos en la
alfombra agostiza, donde Velasco derram en tumulto sus declaraciones y
promesas. La provocada confesin, resbalando en el silencio campesino,
pobl el aura nocturna de notas crepitantes como chispas de un volcn; y
Regina, ms soberbia que dichosa, tuvo desde entonces en sus manos, lo
mismo que un juguete, el porvenir de Adolfo.

Despus de aquella noche blanca y triste, como abandonada novia, la
existencia de los dos muchachos atraves un obscuro sendero de mentira y
traiciones, en pugna con las hostilidades del destino; fingieron,
burlaron, y nadie supo su ardiente y silencioso amor, que logr, apenas,
breves y temerosas entrevistas, saturadas con los encantos del misterio
y del peligro. En cartas vibrantes de impaciencia y de inquietud,
dijronse sus propsitos y se juraron fidelidad mil veces. Tmido
Velasqun para arrostrar el escndalo de la situacin, le propuso  su
amada una fuga, seguida de la boda; pero en la negra trama de aquel
enredo, el ms fuerte acicate de Regina fu siempre el seducir al mejor
mozo de Torremar, y rendirle  discrecin all mismo, ante la estpida
sorpresa de sus paisanos.

Era un empeo cruel, una perfidia refinada y aguda que posey  la
muchacha con halago y martirio al propio tiempo. Porque el solo afn de
su existencia se redujo  la persecucin de aquella victoria, y, sin
embargo, en la dura masa de tales ambiciones, corra un hilo de lstima
y de pena, un oculto manantial tenue y piadoso, henchido  las veces,
cual si anhelase hendir el bloque de helada sabidura que le esclaviz.
Tmida y verberante la pa corriente, se fu labrando un lecho ya ms
amplio y ms firme entre las rocas de la inteligencia, y el son de aquel
arroyo alzbase infantil en el alma de Regina, aguzando un humilde
cantar contra las voces sabias del entendimiento y los malos arranques
del instinto. Y no era mucho que los ojos graves de Ana Mara y las
doradas pupilas de Carlos hiciesen temblar  la seductora! Todos la
acusaban, menos los de Ramrez. Hasta Eugenia y Dolores dijeron:

--Qu mal hace!

Pero las dos vctimas de la maquinacin temblaron mudas, sin atreverse
siquiera  compartir el mutuo sobresalto. Vagamente advertan  su
alrededor un cerco invisible, una niebla opaca, algo que les produjo
singular zozobra. Dirase que Regina y Velasqun frecuentaban el
_Robledo_ con disfraz de amigos, con apariencia de leales, para mejor
encubrir algn obscuro propsito.

Ya Regina se cans de aquella equvoca conducta. No ms rubores
azorantes, cuando los de Ramrez la miraban hasta el fondo del corazn,
con una dbil lumbre de sospecha; no ms placeres fraguados en la
obscuridad como los robos... Si logr la soada victoria, por qu no
estar alegre?

Velasqun la enorgulleca; sentase curiosa de amor, impaciente como
ante el secreto de una puerta entornada... Era preciso beber la copa
llena de felicidad hasta los bordes.

Y Regina, achacando las amarguras de su conciencia  lo anmalo de las
circunstancias, decidi poner fin al incgnito de sus amoros y darles
la consagracin pblica de la boda.

--No hago mal--decase. Y como quien recita una leccin que no pasa de
la memoria ni de los labios, repeta con uno de sus filsofos:

--El bien es el placer; el mal es el dolor.

Aun para encruelecerse, sintiendo hervoroso en las entraas el crecido
caudal de su ternura, con ronca voz, ahuecndola para que sonase firme,
rezaba como de carretilla:

--Dolor es todo lo que pone obstculo al placer. El hombre es un lobo
para el hombre, y la vida una cacera incesante donde cazadores y
cazados se disputan su presa... Cada uno tiene el mismo deseo que los
dems y slo el fuerte sale vencedor en esta batalla de todos contra
todos...

Y aplicbase las terribles lecciones:

--Yo quiero lo que Ana Mara quiere... Soy una loba con ms poder que el
suyo, y le arrebato su botn...

De sbito, en la hueca resonancia de tales sofismas, rodaba gimiente el
arroyo de la misericordia, y la escptica se apretaba el corazn con las
dos manos, confusa y rebelada contra unas vulgares emociones que no
razonan los filsofos, ni los materialistas definen. Nada, en resumen;
ecos febles de acentos muy distantes, en mezcla con la voz de Daniel
apagada y triste, igual que un sollozo; la gentil imagen de Carlota
junto  la de una dama que  Regina, de lejos, le pareci su madre...
Su madre!... Cosa ms singular!... Nunca se le haba aparecido; ya no
se acordaba de ella. Fu bonita?... Fu inteligente?... Tuvo un nombre
piadoso: Rosario... Qu nombre tan espaol y tan dulce: Rosario!...

Y Regina sinti en el pecho una blandura muy grande, como si algo se
derritiera al calor de aquella palabra que pronunci con alegre asombro,
entre el tumulto de infantiles memorias. La plida visin de su niez se
extenda, como liviano cendal, delante de una hora solemne en su
juventud. Y al sentirse cegada y perseguida por imgenes tan endebles,
quiso reir  cantar en broma, y slo se le vinieron  los labios
oraciones deshojadas por la costumbre, y aun jaculatorias tan simples
como aquella: _Con Dios me acuesto..._

Pero la muchacha se irgui ruborosa, y enton arrogante la postura. Ella
no sera vctima, jams, de aquel sentimentalismo rampln y cursi que le
haba mojado los ojos un momento... Qu tenan que ver su infancia ni
su madre con el mejor partido de Torremar? Sintise loba, y escribi 
Velasqun una apremiante misiva, exigindole pblicas manifestaciones de
amor.

A la maana siguiente el balandro nuevo, recin venido de Santander,
lanzaba  la ribera un nombre de inconfundible, alusin: _Reina!_,
clam  gritos, cuando todos esperaban que cantase: _Ana Mara!_




VIII

LA VINDICTA PBLICA.--LA ERUDICIN DE LA ALCALDESA.--EL AGUIJN DE UNA
COPLA.--VANSE LOS AMORES Y QUEDAN LOS DOLORES.


EN el Casino de Torremar, sitio adecuado para toda clase de intrigas y
conjuras, reunironse una tarde, la tarde gris de emocionante memoria,
los caballeros de la llamada _Junta de defensa_.

Formaron al frente Alonso y Fabricio; ste, feroz; aqul, melodramtico.
Hacan la retaguardia Ordez, muy risueo, y el notario, muy triste.

Al cabo de una hora, desfogados los espritus, agotadas las frases duras
y los eptetos gordos, qued la reunin reducida  un vago murmullo de
colmena, un runrn, perezoso y mordaz, rodando entre claras notas de las
fichas del domin y densas nubes del humo de tabaco. Tres convicciones
profundas expandieron en la pesadez del viciado ambiente: Regina era una
loca; Adolfo un majadero; Carlos y su hermana dos ngeles del paraso. Y
los conferenciantes acordaron: dejar  la de Alcntara por imposible,
no hacer caso  Velasqun y rendir tributo de adhesin y desagravio 
los de Ramrez. Tcitamente convinieron en que era Carlitos el nico
mozo burlado por Regina en la gran broma descubierta. Deban todos
contribuir  distraerle,  consolarle, sin hacer ninguna mortificante
alusin  su fracaso. Cuanto  la de Ramrez, era preciso indemnizarla
con creces del ruin abandono que sufra y ofrecer en el altar de su
belleza sacrificios de amor y de respeto.

En el fondo, ninguno de estos hombres piensa cumplir semejantes
propsitos: del trato singular de Regina todos aguardan sorpresas raras,
atractivos y alicientes  los que no renuncian; Velasqun es demasiado
seor en el pueblo para que el desdn pblico se atreva  molestarle; y
la piedad declamatoria de la fracasada _Junta_ no se impondr, de
seguro, el trabajo de consolar  Carlitos ni de hacer la corte  Ana
Mara...

Las damas, en sus concilibulos interminables, denostan  Regina
acerbamente y la auguran un mal paradero; compadecen en trminos
empalagosos  los pobres de Ramrez:--Sin madre! Tan
desgraciados!...--Y juzgan  Velasqun con mucha lenidad:

--Esa pcara le habr dado algn bebedizo, pero no se casar con l;
Dios no lo puede permitir... La culpa de todo esto la tienen los
aduladores que se complacen en santificar diablos... Lucidos estn!

La alcaldesa, aprovechando el auge que disfruta Adolfo, coloca con gran
xito uno de sus estudios feministas, como llama con pedantismo  las
confusiones histricas que suele referir: El ilustre doncel es
descendiente de una dama famosa por su estirpe y caudales, doa
Velasquita, oriunda de un cntabro solar que di  Espaa varones
insignes como Lain Calvo y Nuo de Rasura... Pirdese la bachillera en
la noche de los tiempos, buscando el origen de Velasqun en la remota
pennsula de Escandinavia; y luego discurre sobre la etimologa del
apellido,  que dieron honra Condestables castellanos, y ttulos
rivales en grandeza con los propios reyes...

Lanzada la historiadora en un caos de erudicin y verbosidad,  vuelta
de comentos ms confusos que verdicos, viene  decir, con nfasis, el
pomposo mote de doa Velasquita, que en la cntabra ribera del Asn,
orl su escudo con el soberbio alarde:

  _Cuanto ves de ro  ro, todo es mo..._

Un aroma de abolengo y popularidad unge el nombre de Velasco en el
auditorio femenino de la alcaldesa. Avidas de emociones y de asombros,
las seoras atribuyen un poder casi regio al descendiente de doa
Velasquita, y aplicndole una sntesis del herldico aviso, murmuran con
uncin: _Todo es suyo!..._

       *       *       *       *       *

Sin llegar al Casino sabe Carlos la gran noticia. Se la dice Estraduca
en el recodo del muelle:

--Vas  ver el balandro de Velasqun? Se llama _Reina_.

El viejo oye todo el da como un sonsonete aquella frase, sin advertir
su importancia. Comprende que es cosa oportuna, de inters y valor,
porque la siente rodar con metlicas vibraciones, como una moneda de
oro, en los tristes silencios de la ciudad. Llev aquellas palabras en
los odos al salir de su casa: _el balandro de Velasqun se llama
Reina..._ Y como un eco, el pobre seoruco, se las repite al primer
amigo que le saluda. Despus, aguarda los comentarios de rigor: --Es
posible?... Qu me cuenta usted?...--Pues est eso gracioso!...

Pero Carlitos no dice esta boca es ma. Qu plido y qu mustio le
parece el buen mozo  don Victoriano!

--Te sientes mal, hombre?

--No, seor.

--Ah!... Ya no me acordaba de que todo lo veo amarillo... perdona.

Y sonriente, simple, contina la incierta marcha  la luz enfermiza de
sus anteojos. Va diciendo, manitico:--Pues, s, s; _se llama
Reina!..._

En su profunda estupefaccin, Carlos halla un solo impulso: llegar al
muelle. Su mirada recorre la baha con fulgores de relmpago. All est
la verdad, irnica, implacable, mecindose en la niebla bajo el seuelo
vistoso del gallardete azul, como brote cruel de un largo temor, de un
oculto presentimiento...

Con giros de beodo, atormentado por muchedumbre de angustias, cuajadas
en una sola, el joven torna maquinalmente al yerto camino del robledal.
Sube y sube, afianzando los pies en la pradera marchita, con esfuerzo
terrible, como si escalase una montaa de abrojos. Ya en la lnea
siniestra del boscaje alza la frente y mira  su alrededor con novedad,
igual que si nunca hubiese visto sus robles en deshoja, con el ttrico
aparato del otoo.

Loca y triste, la quejumbre del viento mueve ruido de penas en las
hojas cadas, y ante la desnudez crispada de los rboles, imagnase
Carlos que todo el bosque se retuerce con pasin hacia los cielos.

Va  sonar la hora en que Regina sube por aquel camino muchas tardes.
Con el corazn estrangulado, se detiene el mozo en la linde sagrada para
sus amores: quisiera padecer muy de prisa, devorar su dolor en un
hartazgo mortal; porque le amedrenta el porvenir extendido delante de su
juventud, como una llanura sin lmites; la vida de aquellos ltimos
meses, entre ilusiones y espantos, le arde en el pensamiento con ascuas
que amapolan su rostro y le salpican de sudor.

Puesto que la burla de su felicidad sirve de mortaja  la felicidad de
Ana Mara, Carlos tiene la certeza de que ya en el mundo todo le ser
hostil y aborrecible. Pero su amarga desesperacin no fulmina una sola
censura para la mujer traidora; y al sentirse incapaz de condenarla ni
siquiera en mudo reproche, alza los hombros con desdn de s mismo: la
ama dolorosamente, en desenfreno estpido, que ni aun sabe maldecir! Y
qudase clavado  la tierra, lo mismo que un brote dbil del trgico
robledal, desnudo de esperanzas como ste de hojas, cuando la vocecilla
infantil de un pastor  un vagabundo lanza al viento, desde oculta
vereda, un canto montas, triste y pausado:

    Que no la aguardes,
  porque no viene;
  que se ha quedado dormida
  debajo de los laureles...
  Ya no la llames,
  que no te quiere...

Toda la hombra de Carlos Ramrez se derrumba al tenue contacto de aquel
cantar. Siente en el corazn el vaco del hundimiento y en la carne un
cansancio miedoso, igual que la noche en que una mano blanca le dijera
en el hondo camino de la costa: Adis!... Adis!...

Rueda en el aire, arrastrndose con languidez el estribillo:

    Ya no la llames,
  que no te quiere...

Y el mozo huye y llora, en humilde impotencia, sin rumbo y sin consuelo.

Cuando ms abismada lleva la frente y ms errante el paso, una voz
oralina le sacude, y la sombra clara de una mujer se cruza en su camino.

--Adnde vas?--le preguntan.

--A ninguna parte--responde trmulo, mirando  su hermana con terror. La
ve serena, y suponiendo: No sabe nada!, aade difcilmente:--Y adnde
ibas t?

--En busca tuya, para decirte... eso que ya te han dicho...

--Que el balandro de Adolfo...?

--Se llama _Reina_--concluye Ana Mara con emocin de lstima, pero con
mucha paz en el semblante y en el acento.

Aunque la muchacha es valiente, Carlos la observa con inquietud, y, por
decir algo, mordiendo los sollozos, pregunta:

--Estabas sola?... _l tampoco_ ha venido?

--Claro que no!

En el triste declinar de una sonrisa, la mirada indulgente y leal de la
mujer va  hundirse en los ojos del nio, hinchados de lgrimas.

--Yo lo siento por ti--dice piadosa.

--Pero no le quieres mucho?

--No; no le quiero--explica ella con ingenuidad--, porque... nunca he
podido llorar por l!... Es menester--contina--que no me hagas llorar
t... Por ti s que puedo llorar!

Y en aquel doloroso ambiente de ausencia le ofrece sus dos manos de
nia, tan firmes y suaves, que el mozo se deja conducir con la gratitud
del peregrino que, en la cerrada noche del desierto, hallase, por
ventura, las alas de un querube para hurtarse  la sombra y al
cansancio...




LIBRO TERCERO

EL DESHIELO




I

REVELACIONES DE UNA HORA SENTIMENTAL.


POR qu lloras, Ana Mara?

Al son de esta pregunta, hecha con varonil y carioso acento, se
estremece la joven y trata de esconder su pesadumbre; pero Manuel
Velasco, sorprendido de hallar  la nia de Ramrez tan afligida y
llorosa, en la gran sala del laboratorio, se acerca dulcemente con una
noble expresin de ternura.

Es muy temprano. La cobarde claridad de una maana inverniza penetra por
los altos ventanales del saln y desciende hasta el suelo, como la
lumbre perezosa de un crepsculo. Bajo esta luz tan desmayada y triste,
tiene el laboratorio un rgido semblante de aula desierta, de museo
abandonado: las recias paredes; el techo de obscuros artesones; las
puertas de hojas macizas; los estantes y anaqueles llenos de volmenes,
de aparatos cientficos  instrumentos de labor; la fauna y la flora,
disecadas y expuestas en aparadores y vitrinas, los metales, pedruscos,
fsiles, monstruos submarinos, reliquias de la prehistoria; todo parece
viejo, exange, descolorido, muerto, como si la naturaleza, agotada y
marchita, yaciese en libros apolillados, en aguas turbias y en crceles
de cristal.

Una fuerte atraccin gua con frecuencia los pasos de Ana Mara hacia
este recinto de soledad y de tristeza, donde las voces retumban solemnes
como en un templo. Si Manuel trabaja, la nia no le interrumpe: llega
hasta el dintel, clava all la penumbra de sus ojos, escucha, sonre, y
se aleja despacito, con la pena de no atreverse  entrar. Slo algunas
veces llama para balbucir:

--Mi padre padece demasiado... Tengo miedo... Acude, por Dios...

En ocasiones, abriendo la puerta de repente, el discpulo ve una sombra
fugitiva que en el obscuro corredor deja rastros misteriosos, como el
perfume de un secreto...

Aquella maana, cuando Manuel sorprende  la madrugadora embebida en sus
pesares tan temprano, se revela el ms profundo cario en la voz, que
pregunta:

--Por qu lloras, Ana Mara?

Y entre el desorden de los cabellos graciosos, ella levanta el semblante
apasionado y dulce para responder muy firme:

--No lloro por _l_... Te lo juro.

Lo mismo que Carlos una noche en el robledal, Manuel interroga con
sorpresa:

--No le queras?

--Sin duda, no. Sus traiciones slo me inspiran lstima. Lloro porque mi
hermano sufre de un modo cruel y me siento incapaz de consolarle.

--Yo te ayudar. No llores... le salvaremos.

Es tan enrgica y piadosa la expresin del amigo, que Ana Mara le
contempla mudamente, con aquella mirada suya rebosante de revelaciones,
que  Manuel le hace temblar.

--Buscaremos--dice l huyendo de tales miradas, breves y agudas como
gritos--una eficaz medicina para Carlos.

--Slo para Carlos?--pregunta la moza, ingenua y anhelante.

--Pero si  ti no te hacen falta! En cuanto l se cure sers t
feliz... No es cierto?

--Feliz... feliz...!--balbuce ella.

Y vindola desfallecer con blancuras de lirio, Manuel la sostiene en sus
brazos al borde de la mesa donde se apoya, entre vasijas con lquidos de
colores, pinzas y bistures.

--Entonces... le queras?--inquiere Velasco lleno de incertidumbre y de
piedad.

--No... no...

--Pues si vamos  curar  Carlitos, por qu lloras?

Una cabeza muda y plida rueda sobre el hombro del caballero, y todo el
busto de la muchacha, inerte y exnime, queda entre los brazos
acogedores. Guarda Velasco, junto  s, un momento, la reliquia de
aquella frente pura y humilde, como trmula corola de una flor; levanta
despus el dulce peso de la joven desvanecida, la tiende en un divn, y
angustiado, presuroso, roca las heladas sienes, frota los pulsos
irregulares y acerca  la afilada naricilla un frasquito de sal. De
hinojos en el suelo,  los pies de la nia inmvil, avizora en sus
labios el soplo de la blanda respiracin; y hay en la arrogante figura
del discpulo, en su actitud devota y recogida una ternura paternal, un
resplandor de fuertes y contenidos amores.

Va creciendo la maana, lluviosa y triste; en los sonoros mbitos del
aula reina un silencio imponente. Con que terrible melancola se
dibujan all los tesoros y los misterios del mar, las algas, las conchas
y las flores, las piedras y los moluscos, los plipos gigantescos, las
osamentas prehistricas; jirones arrancados  las entraas de la vida,
yertos despojos de la ciencia militante! A la indecisa luz que vierte el
cielo en el ancho saln, se ven confusamente aletas enormes y
monstruosos tentculos; arrecifes coralinos en miniatura; animales vivos
en redomas de cristal; frascos panzudos donde el alcohol sostiene cien
formas de vidas muertas...

Pero todo aparece sin el debido concierto ni la pulcritud que fuera
menester. Aorante de las prvidas manos de Carlota, esta gran ctedra
en que un solo discpulo estudia y vigila, tiene  la sazn un aspecto
de pesadumbre y de abandono. Aqu donde tuvieron sus grmenes las
ntimas tormentas familiares, pas antao una rfaga de herosmo que di
al laboratorio cierto rumbo y compostura. Cuando Carlota posaba sus
manos lindas y veloces en todo este arsenal languideciente; cuando ella
pona su gracia y su entendimiento al servicio de la ciencia, entre el
sabio iracundo y el discpulo fervoroso, dirase que hasta en las vidas
inferiores y petrificadas del museo se encenda una promesa de
resurreccin, un soplo invisible de inmortalidad. Y ahora que no
estallan las voces furibundas en el derrotado saln, ahora que la
herona no ennoblece con sus lgrimas el semblante fro de esta ciencia
ruinosa, todo aqu tiene un tinte de fracaso, un perfume acre y mortal.
El bilogo, al recluirse mudo y hostil en su gabinete, ha dejado en
irreparable revolucin las colecciones, y ha puesto en fuga al breve
personal que en su parte profana asista  todos los menesteres del
instituto. Slo un misterioso encanto, de muy hondas races y muy
fuertes ligaduras, abre todava aquella puerta para que el discpulo de
don Juan trabaje, suee  llore... Ms bien parece que suea  que
llora,  juzgar por el desalio de su mesa de labor y por el trgico
matiz del aula. Y aunque va y viene por ella el hada del Robledo,
algn otro hechizo, como el que Manuel sufre, la incapacita para
prevenir y atender aquellas minucias donde puso sus manos incansables la
_Bella durmiente del bosque_...

A esta luz grsea, en este marco singular, adquiere ternura conmovedora
el grupo de la nia aletargada con el caballero de hinojos  sus pies.
Ya ste se impacienta, aguardando un sntoma de reaccin en aquel ser
angelizado y noble, en cuya frente el dolor finge un sueo. Tiene la
muchacha inclinada la cabeza hacia Manuel, y toda su figura grcil yace
desvanecida, con trazas de profundo cansancio, como si hubiese cado en
el sof despus de un peregrinaje azaroso y terrible. La dulce faz
dormida denuncia una temprana pena, y  la plida boca parecen acudir,
en amargo pliegue, implacables tristezas de amores imposibles.

Aquel gesto delator pone tal semejanza entre la nia y su madre, que
Velasco, absorto y dolorido murmura:

--Carlota!... Carlota!...

Como si este nombre la despertara, anhela el pecho de la joven, tiembla
un suspiro en sus labios y abre los ojos con angustioso esfuerzo, muy
turbada, muy sorprendida.

De repente se alumbra su memoria: ya sabe por qu est all sin fuerzas
y sin voz; por qu Manuel le dice carioso y aturdido:

--Esto no vale nada... Ya pas; no te asustes.

Pero qu? El est de rodillas acariciando las manos yertas de la
muchacha: cmo puede suceder semejante cosa?

--Dios del cielo!--prorrumpe Ana Mara, levantndose con vehemente
impulso de esperanza y emocin.

Y Velasco, que tambin se levanta, la mira ahora hasta el fondo de los
pensamientos, hasta hacerle bajar los melados ojos. Pero no est
conforme todava; ha llegado el instante decisivo en que l debe conocer
todo el grave secreto que vislumbra. Toma familiarmente la barbilla de
la muchacha y alza aquel lindo rostro, entre nubes de rubor, diciendo:

--Mrame bien.

Ella obedece, trmula y roja. Una niebla de llanto se deshace sobre la
luz humilde, como albor de lmpara, que la pasin enciende en aquellos
ojos.

--Ya te miro--musita.

El discpulo de don Juan es un gran sabio, sin duda, en ms de una
ciencia humana, porque no se deja engaar por el velo que en aquellas
pupilas obscurece  la delatora lumbre.

Ya ley, de corrido, en el precioso corazn de la mujer que le oye
suspirar y le oye decir:

--Pobre ngel!

Y al comprobar sus temores, plido y serio, slo se le ocurre  Velasco
esta pregunta, tcita y honda:

--Por qu entonces, te ibas  casar con otro?

--Oh, Dios mo!--gime la turbada nia, que slo sabe mentar  Dios en
aquel apuro tan tremendo. Se ve descubierta. Comprende que ha mostrado
el tesoro de su alma, precisamente al hombre  quien ms quera
ocultarle.

--Pero yo nada te he dicho--balbuce con timidez y asombro, sin
comprender que alude al oculto reproche del caballero, ratificando as
la inconsciente confesin de sonrojos y lgrimas en aquella hora
sentimental.

Manuel la contempla, ausente de s mismo, envolviendo en una mirada
piadosa y limpia la juvenil hermosura que se le ofrece con tan ingenua
sencillez.

Alta, mimbrea, con el cabello tenebroso, la boca dulcsima, los ojos
enamorados y obscuros, la tez de una blancura mate y doliente, Ana Mara
Ramrez es el vivo retrato de su madre. Aquel ademn gentil para alzar
los cabellos sobre la frente, aquel hechizo de melancola, la voz triste
y suave como una romanza, todo es en ambas semejante y original...

Meditando en ello, Manuel Velasco suea y adora, mientras la nia,
confusa y atormentada, est  punto de echar  correr. El adivina su
movimiento de fuga y la detiene.

--Todo el mal que mi hermano os hace--dice con solemne tono--, yo juro
repararlo.

--Por lstima?

--Por amor.

--Ah!

Duda la nia, tremante y absorta, al borde de un abismo de felicidad,
que mide su corazn por primera vez. Y Velasco, viendo disiparse la
niebla de lgrimas en los radiantes ojos, sonre y promete todava:

--Por amor, te har muy feliz...

No miente. Por un profundo y noble amor, lleno de caridad y devociones,
ha jurado hace tiempo ser la providencia de Carlos y Ana Mara. Cumplir
su promesa por encima de todos los renunciamientos y de todos los
sacrificios. Y como la muchacha, sacudida por violenta emocin, est
pendiente de los labios que la sonren, l acude  desvanecer los
temores y las sombras que adivina en su actitud interrogante.

Tiende los brazos, acogiendo  la nia como cuando era pequea, y la
infeliz goza tan consolada ternura sobre aquel corazn amigo, que sus
dolores se deshacen en alegra inexplicable y muda, en tanto que Manuel
le dice:

--Antes que de nosotros, nos ocuparemos de tu hermano, quieres?

--S, s!... Pobre hermano mo!

--Vamos  darle una carta que le alegre mucho... De quin dirs?

--De quin?

--Si fuera de tu madre!

--Una carta de mi madre!--pronuncia Ana Mara con asombro rayano en
terror.--De mi madre!--repite. Y luego interroga fuera de s:

--Entonces... la escribes t? Sabes dnde est?

Tiene extraa prisa por separarse de Velasco; pero l, retenindola,
dcele de nuevo:

--Mrame  los ojos.

--Ya te miro--torna  responder seria y amarga.

--Me ves el corazn..., no es verdad?... Escucha: tu madre escribe  la
ma, porque desde lejos vela por vosotros. Supones que podra vivir sin
saber de sus hijos?

Ha puesto el mozo en estas frases calor de honradez y blsamo de
oracin, con tal eficacia, que la nia, un tiempo recelosa de la
asiduidad de Manuel en aquella casa, ya nada sospecha ni teme.

--Oh, mam, mam!--llora con infinita dulzura, sintiendo cmo las
caricias de su madre llegan, providentes y milagrosas,  curar su
infortunio.

Pasado el primer estremecimiento de la consoladora novedad, hablan largo
y tendido Ana Mara y Manuel. Buscan horizontes de esperanza bajo la
cerrazn de las nubes decembrinas, precisamente en el instante en que
unos novios vuelven de la parroquia, con ms trazas de duelo que de
nupcias.

Al final del palique en que se engolfan la nia y el caballero, sabe
ella cmo su madre se esconde en un rinconcillo francs, entre Pau y
Lourdes, acechando la abrupta ribera espaola, donde por antojos de la
suerte se lleg  convertir en selva de corazones tristes cierto bravo
robledal. Y Manuel sabe, en confesin muy difcil y tmida, que una
mujer encantadora, con alma de ngel, am en Velasqun un sueo, un
apellido... tal vez la semejanza con otro hombre que era el realmente
amado y que  la moza le pareca un imposible...




II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS.--LA INFANCIA DE LA BELLA DURMIENTE.--LA
ATRACCIN DEL ABISMO.--EL FAUNO.--LA MUJER Y LA MADRE.--UN IDILIO Y UN
JURAMENTO.--AROMAS DE CARIDAD.


MANUEL Velasco y su amiguita Carlota de Heredia crecieron casi  la par
en Madrid, al amor de dos hogares vecinos y felices, donde se unan los
privilegios de la opulencia y del blasn. Fu la niez de ambos rapaces
una dulcsima historia de ternuras y ensueos romnticos; los dos
mostraban igual aptitud y agudeza; los dos pertenecan  esa casta
infantil soadora y precoz que pone los ojos llenos de curiosidad en
todas las secretas interrogaciones del mundo y otea el porvenir en las
noches azules pobladas de prodigios.

La vecindad y continuo trato; la similitud de gustos y caracteres; la
noble intimidad de sus familias, fueron parte  encender una suavsima
aficin en aquellos corazones afectuosos: mayor ella, tres aos, y ms
viva de genio que el rapaz; madrilea, pero de origen andaluz, pona su
gracia impetuosa, como un rayo de sol, en la arrogancia taciturna del
nio montas, mientras el diminuto hidalgo, con el calzn  la rodilla
y el aire severo, se engrea al recibir los favores de Carlota.

Muchas veces sus padres, al verlos juntos y escuchar palabras de
aquiescencia en juegos y charlas, al sorprender sus actitudes inclinadas
siempre hacia la misma curiosidad, siempre vueltas  un anhelo
semejante, decan con fruicin:

--Han nacido el uno para el otro...

Y un prematuro plan de boda consagraba estos carios infantiles en la
vieja amistad de Heredias y Velascos, sin suponer por cun diversas
rutas les haba de encaminar el destino.

Espigaba en preciosa mujer la seorita de Heredia, cuando el hijo de
doa Mercedes, la seora de Velasco, empeado ya en serios estudios,
fuese  trabajar en Pars cerca de un sabio naturalista espaol, oriundo
de la Montaa. Al partir Manuel, puso, con sutiles afanes, cierto anillo
familiar en un dedo muy mono de Carlota, para que prevaleciese en la
ausencia aquella mutua aficin, esperanza de sagrados vnculos, y las
madres de los jvenes aludieron al posible matrimonio siempre que
miraban al porvenir en sus horas de intimidad.

Un suceso imprevisto y venturoso fu en casa de los seores de Velasco
origen de emocin y de sorpresa:  Manuel le naci un hermanito cuando
nadie lo presenta. El nene,  quien llamaron Adolfo, aparecise en el
mundo con traza muy alegre y gentil, como si quisiera ofrecer
compensaciones y ternuras en el hogar del ausente primognito.

Para Carlota, amada lo mismo que una hija por los sorprendidos paps,
fu aquel infante un hallazgo feliz, los diez y seis aos prometedores
de la muchacha se iniciaron en maternales sentimientos al sedoso roce de
la criatura. Como la de Heredia no tuvo hermanos ni vi en trato ntimo
seres tan frgiles y puros, prontos  recibir sus caricias, toda la
pujanza de un fino corazn de mujer se revel en el pecho juvenil al
tocar la feble existencia de aquel nio de color de rosa que apretaba
sus puos chiquitines, en inconsciente ademn de rebelda, como si ya
pudiera defenderse de las iniquidades del mundo.

Una infinita sensacin de lstima y de cario prendi en las entraas de
Carlota: era el germen espiritual de futuros amores abnegados, amores de
madre que duermen en el seno de todas las mujeres buenas, esperando que
un grito de la vida les d carne entre lgrimas. Meci la nia al recin
nacido con dulces cantos y le cuid con desvelos y coqueteras de mam
joven, mientras doa Mercedes, gozosa al lado del hijo chiquitn y de la
precoz madrecita, sinti reflorecer su apacible otoo...

En aquel ambiente de esperanzas y ternuras alzse de pronto la silueta
arrogante de don Juan Ramrez, caballero maduro y altivo, aureolado con
dones de sabidura y proceridad. Regresaba  Madrid despus de una
fecunda excursin cientfica por los ms afamados institutos biolgicos
de Europa; y durante su permanencia en la capital de Francia haba dado
muchas lecciones y consejos al devoto estudiante Manuel Velasco.

Los padres del discpulo se esforzaban en obsequiar al profesor insigne,
y como adorno de algunas fiestas ntimas que le ofrecieron,
presentronle  Carlota con orgullo, ignorantes de que preparaban as la
desventura de su amiga. Desde el primer encuentro, don Juan Ramrez
depuso los prestigios de su ciencia y la corona de su notoriedad  los
pies de la joven; qued prendado de ella con ese antojo sbito y potente
que  menudo se desarrolla en los hombres austeros llegados  la
plenitud de la vida en castas nupcias con el trabajo. Y la misma
vehemencia de su deseo por aquella mujer en capullo, tan delicada y
espiritual, vino  ejercer sobre ella una especie de sugestin.

El renombre de don Juan, su arrogante figura, la autoridad y la fuerza
que emanaban de toda su persona cegaron  la nia de tal suerte, que,
sin saber cmo, rindise al nuevo hechizo, diciendo siempre que s con
aire de sonmbula.

Cuento de brujas les pareci  los padres y  los amigos de la moza este
cautiverio amoroso. Lucharon para libertarla con prudentes razones: don
Juan la llevaba muchos aos; contbanse de su vida ntima grandes
extravagancias y de su genio y costumbres se decan cosas alarmantes.
Pero Carlota, sin resistir de frente consejos y advertencias, mostr una
actitud apasionada y firme, basta comprometerse en promesa formal de
matrimonio.

Algo de la magia que el sabio ejerci sobre la nia fuese comunicando 
los seores de Heredia, los cuales, pasado el primer movimiento de
inquietud, padecieron tambin la sugestin de aquellos ojos, de aquella
invencible majestad. Pronto la influencia del temperamento dominador
extendise como un contagio en los hogares amigos; hasta doa Mercedes
lleg  predecir que la risuea juventud de la muchacha hallara un
gran destino ornando la gloriosa madurez de don Juan. Y ante la triunfal
conquista del maestro, qu poda valer la remota ilusin del discpulo
ausente?

No eran egostas los de Velasco: al suponer conveniencias y ventajas en
el matrimonio de Carlota, abandonaron sus propias ambiciones,
irrealizables quiz. Pensaban que  menudo los vientos de la vida
tuercen un destino sazonado, y que el de Manuel an estaba en flor...

       *       *       *       *       *

Cun rpidamente se desvanecieron las esperanzas de la pobre nia! Con
qu horrible desengao expi la propia ligereza! Apenas celebrse el
matrimonio cay el disfraz galante del maestro naturalista, intil en la
ciencia sublime de cultivar carios: enamorado de Carlota como un fauno
y celoso de cuanto ella amaba, la escondi en el _Robledo_, solar
montas de la familia de Ramrez, y comenz  tejer all una existencia
obscura y salaz entre conatos de labores cientficas y violencias de
animal en celo.

Fu un trnsito tan brusco el de la pobre criatura, desde la luz y la
felicidad hasta la sombra y el dolor, que en torno  su hundimiento se
alzaron espesas nubes, igual que cuando se derrumba una torre muy alta
herida por el rayo. Murieron los padres de Carlota pocos aos despus,
como atacados de un mal de penas ante la terrible equivocacin de la
boda, en que la joven se abism lo mismo que en una sima, y qued la
triste  merced de su enemigo.

El logro y disfrute del amor fueron para el brutal esposo como un
custico que le alzase ampollas en muchos malos instintos, y la dbil
mujer que sirvi de cebo  tales cobardas no las hubiera soportado sin
el milagroso caudal de ternuras que vino al fin  calmar la ardiente sed
de amores en su alma. Ni en los caminos ms huraos del mundo apaga Dios
por largo tiempo toda luz  los pobres caminantes. Slo quien cierra los
ojos con obstinacin se sumerge en sombra inaccesible. Carlota la abra;
miraba alto, muy alto; avizoraba el horizonte con infinito afn, y en el
obscuro cielo descubri una estrella. La historia del hallazgo celeste
cabe en pocas slabas de profunda sencillez. Carlota fu madre...

Rodaban los aos encima de esta ventura, ms fuerte que los fortsimos
dolores de la maternidad, ms grande que el infortunio de la mujer
sometida al esposo con indignacin y repugnancia. Senta Carlota la
vergenza de la esclavitud y el terror del hundimiento; pero era madre,
y esta solemne realidad descenda  su alma con divina estupefaccin, 
modo de anestesia contra todas las humanas tribulaciones. Estoica y dura
para sufrir, llevaba en los labios esa inextingible sonrisa de los
mrtires, que luchan y mueren por un ideal sin que se nuble su gesto
heroico ni aun con los velos lvidos de la agona.

Deriv as la existencia de Carlota  merced de los tormentos ms
absurdos, sufridos con mansedumbre angelical; pero de pronto, en un
instante de revelacin, vi la triste con espanto que no slo el amor de
sus hijos le daba fuerzas para vivir: un astro nuevo se encenda en los
cerrados horizontes de la mujer y de la madre. Examin ella entonces,
valerosamente, su corazn, y hallle contrito y confeso, mas replicando
 las acusaciones de la conciencia con absoluta sinceridad; haba
delinquido en amor de gratitud hacia un hombre; estaba picado de mal de
rebelda...

Y mientras la mujer haca estas confesiones, lloraba la madre con
supremo dolor.

       *       *       *       *       *

Era Manuel Velasco un mozo cabal en la triste ocasin de fallecer su
padre: bizarro porte, don de gentes y vasta cultura, daban al
primognito de la familia ilustre una singular virtud entre las mozas
casaderas de la aristocracia y de la burguesa. Andaba l por el mundo
con un desdn muy triste, que le haca ms interesante; sus treinta aos
varoniles proyectaban una sombra de vicisitud, una huella implacable de
amargura. Con la barba crecida, y el aire serio, audaz y tmido  la
vez, Velasco supo inspirar vehementes pasiones, y no pocas mujeres
descollantes cayeron por l en fiebre de tristeza; mas no curaba de
semejantes angustias quien dentro del corazn tena una aeja cicatriz
sangrando siempre, dulcemente enconada por la condolencia y el recuerdo.

Es ley de caridad en almas generosas embalsamar los dolores con el
perfume de los amores. Y el duelo de Carlota Heredia repercuta en el
alma de Manuel, despertando al amor continuamente; de las races de un
afecto infantil, delicado y fino, brot la pasin, la pujante pasin de
la mocedad, ese impulso irresistible de una vida hacia otra, que en los
temperamentos contenidos y equilibrados suele persistir hasta la muerte.
Aquella marea de nobles afanes que no hallaba camino feliz hacia la
amada mujer, embata en el pecho del mozo con sones de tempestad; y
aunque el respeto y las conveniencias refrenaban con exquisita
correccin la actitud del enamorado, sus propsitos ms insignificantes
giraban, como por mgico resorte hacia el seero lugar donde la dulce
elegida alzaba en sus hombros de reina el peso de abrumadora cruz.

Una lstima aguda y vehemente atorment  Manuel muchos aos, conocedor,
por confidencias de su madre, del terrible martirio de Carlota. Todas
las fuentes del sentimiento, henchidas por la savia de un corazn que
saba amar y comprender y perdonar, corran sueltas y veloces 
ofrecerse en holocausto de aquel martirio; ya la existencia del mozo no
tuvo ms oriente que el _Robledo_ montas, donde la triste padeca.
Vivir cerca de ella, saturarse del amargo perfume de sus dolores, y al
lado suyo mirar hacia el ocaso donde mueren los das en un rayo de sol;
tales eran sus anhelos.

--Quiz--se deca--un crepsculo sepulte la ltima jornada de semejante
desventura...

Al erigirle en jefe de la casa el fallecimiento de su progenitor,
mostrsele  Manuel una fcil senda hacia Torremar. Doa Mercedes viva
suspirando por el nativo terruo desde el instante penoso de la viudez;
todo la llamaba en la montaesa orilla con sedantes recuerdos de otros
das mejores y lenitivos al dolor presente. Manuel apresurse 
complacerla y dispuso que la madre fijara all el nido de su ancianidad
melanclica. Levantaran una casa moderna, un palacete cmodo y firme en
mitad del valle; la vigilancia de estas obras serviran de distraccin
al genio activo de la viuda, mientras Manuel, nada conforme con la vida
cortesana, hallara un adecuado ambiente para vivir con blandura y
reposo, segn sus aficiones singulares. Adolfo, que ya hombreaba,
compartira los aos entre la Universidad madrilea y las vacaciones
torremarinas. Y as decidido, el soador enamorado logr la ventura de
aproximarse  la dama del _Robledo_.

Avecindados en Torremar doa Mercedes y su hijo, ofrecieron  su amiga
nobles testimonios de solicitud y compasin, hidalgas prendas de un
tutelar afecto henchido de piedades. Logr Velasco, al fin, maosamente,
introducirse en aquel hogar tenebroso, y estrechar con ansia y ternura
las manos prisioneras de Carlota; crey con esto la cautiva que
comenzaba  amanecer en sus prisiones, y sinti un consuelo
providencial, como si aliviasen sus doloridos hombros del brbaro peso
de su cruz.

Eran entonces Carlitos y Ana Mara dos preciosas criaturas con los ojos
muy atentos  las inquietudes familiares: ella paciente, despierta y
sufridora; l apasionado, ingenuo y curioso; ambos gentiles y finos, de
viva inteligencia y noble corazn. Atravesaban aquellos meses de
medrosos descubrimientos, descritos  la de Alcntara por Carlos;
aquellos das de sombras y revelaciones, en que ambos rapaces se miraban
atnitos, presintiendo la tragedia, mientras gema el robledal, obscuro
y doliente, bajo los cierzos invernales y las olas verberaban iracundas
en los cantiles.

La aparicin benigna de Manuel en tan lgubre escenario, tuvo forma de
prodigio venturoso. Para los pequeos, aquel hombre  quien apenas
conocan, adquiri la importancia de un ser divino, obrador de milagros
tan terribles como el de penetrar con aire indiferente por los
silenciosos corredores, abrir puertas con mpetu y revolver  su talante
las salas del museo, mientras el sabio asenta con impenetrable rostro.

Hasta don Juan Ramrez estim la vecindad de su antiguo discpulo como
un hallazgo feliz. La mirada profunda de Manuel; su carcter tenaz y
apacible al mismo tiempo; su exquisita prudencia; su solidez en
cuestiones cientficas, ejercieron raro dominio sobre el feroz
misntropo. Con la ofrenda de libros nuevos y de investigaciones
recientes, penetr Velasco en el laboratorio del naturalista,
tendindole una mano salvadora en el nico medio donde el bilogo era
asequible al trato y la intimidad. Logr de esta suerte conquistarle y
recoger con firmes puos el timn del malparado navo en que el maestro
naufragaba sobre las espumas de su demente clera.

Llev el mozo su actividad y su inteligencia al maltrecho laboratorio de
Ramrez, donde Carlota le ayudaba ms que su marido; yaca ste quejoso
y meditabundo,  revolvase violento, raras veces constante en el
trabajo, mientras la seora, sonriente y dulce, prestaba su eficaz
concurso  todos los designios de Manuel, envolvindole en una mirada
infinita de gratitud. La diligencia de Velasco, el inters y afn con
que abri las ventanas del _Robledo_  una brisa de renovacin, eran
para el nimo de Carlota estmulos heroicos. Adivinando en aquel
torrente de generosidad un homenaje  sus dolores, acaso un voto en aras
del amor imposible, quiso ella merecer tanta abnegacin y armse de
paciencia y de dulzura, basta erguir la noble frente sobre las sombras
del infortunio. Y as lleg  establecerse entre ambos amigos una lucha
sutil de abnegaciones: l, odiando  don Juan, se doblegaba  sus
antojos crueles, y sonrea con aire feliz para dar  Carlota ejemplo;
ella, atormentada siempre por su implacable verdugo, sonrea tambin,
sin que jams rezumara de sus labios la hiel de sus martirios. Los dos
fingan engaarse mutuamente en este pugilato de finezas, y ambos tenan
la seguridad de vivir en irreparable desventura.

Mas, un tiempo, Manuel lleg  confundirse: la gratitud de la amiga
creci tanto, y la sutileza delicada de la mujer labor de tal modo, que
el joven pudo imaginar  Carlota menos infeliz. Ella haca esfuerzos
sobrehumanos para que los rumores de su tortura llegasen al laboratorio
fugazmente, y si estallaba una feroz escena entre el fauno y su vctima,
la valiente mujer, blanca de miedo, transida de indignacin, buscaba un
motivo para acercarse  Velasco, sonreir y hablar, sin que la piadosa
mscara del rostro delatase la ntima tragedia: era el mismo sublime
disimulo que la madre se impona delante de sus hijos.

Haba una mezcla de orgullo y de piedad en este heroico silencio:
callaba Carlota por no herir el corazn de aquellas inocentes criaturas,
y callaba tambin porque tema, con angustiosa vergenza, descubrir al
mundo, enteramente, el miserable suplicio  que un hombre vil la
someta, en el cmplice misterio del dormitorio conyugal. As la mrtir,
vencida como un despojo intil en la sorda marejada de sus terrores,
pereca en insensato abandono de su persona, sin ms razn para vivir
que un tomo de instinto, sujeto, en crispatura doliente,  un grande
amor y  una bella gratitud.

Confuso Manuel por esta inalterable mansedumbre, lleg  pensar que su
maestro no era tan brbaro como doa Mercedes le contara. Tambin
Carlitos, ya sagaz y curioso, imagin  su padre menos terrible. Y slo
Ana Mara, al hacerse mujer, sorprendi con la aguda penetracin del
sexo todo el espanto de la tragedia.

       *       *       *       *       *

Siempre que Velasco refera  su madre sucesos de la casa de Ramrez,
entrevistos por el mozo entre penumbras, mova la dama la cabeza con
incertidumbre.

--Carlota disimula--aseguraba--Carlota disimula por altivez y caridad;
pero yo s que su marido es un monstruo... Aunque ella finge tan
discretamente, hay cosas que no pueden ocultarse...

Y con desbordamientos de compasiones, aquella mujer inteligente y
virtuosa estimulaba en su hijo el amor  la cautiva. Por un exceso de
bondad caa doa Mercedes en semejante imprudencia. Adivinando la pasin
del joven no juzgaba peligrosa su intimidad en el _Robledo_; supona que
era justo confortar  una criatura tan triste con los blsamos de un
fraternal cario y nunca pens que flaqueasen la hidalgua de Manuel y
la virtud de Carlota. Influa tambin en la viuda un sentimiento sutil,
muy femenino y humano: don Juan Ramrez le arrebat del propio hogar la
novia elegida para el hijo, y despus, secuestrada--como deca la
seora con encono--, la sacrific aos enteros... Si la infeliz estaba
sola, indefensa, no era lcito quebrantar sus prisiones y recoger sus
lgrimas? Acaso la ingenua complicidad de doa Mercedes en la romntica
aventura tuvo un fondo secreto de optimismo. Fiel  sus ilusiones, por
la costumbre de haberlas realizado, esperaba todava que la felicidad de
su hijo amaneciese en la bella sonrisa de Carlota. Forjse la madre un
sueo con perfumes de leyenda: imaginaba la mano de Dios cayendo sobre
la frente de Ramrez en castigo ejemplar; mora el atroz verdugo, y su
vctima, libre y dichosa, daba su mano al caballero, al elegido... Todo
esto aconteca con la rapidez de los cuentos de hadas, al golpe mgico
de una varita de virtudes...

Convencida estaba la buena ilusa de que el bilogo se iba de este mundo,
cuando lleg Manuel  decirle que era Carlota quien desapareca de la
escena. Sucedi una noche de esto, una hermosa noche de luna. Velasco
hablaba con estupor, ronco el acento y turbia la mirada.

--Ha hudo--balbuca.

Un juramento grave y solemne le condenaba  la pasividad ms dolorosa.

--No la puedo seguir... Lo he jurado--contestaba atnito  las
impacientes preguntas de su madre.

Doa Mercedes no comprendi por qu la triste, sometida mucho tiempo 
los ultrajes de un hombre indigno, hua precisamente cuando irradiaba en
torno suyo la solicitud de una tierna amistad. Y qued inconsolable la
seora, que slo saba de cultivar piedades, flores y ternuras, en paz y
bienandanza...

Algunos das antes, Manuel hall  su amiga dibujando un esquema en la
soledad del laboratorio; inclinbase con profunda atencin, casi oculta
la cara sobre el papel; pero la hubo de alzar para responder  cierta
consulta interesante. Entonces el caballero, muy alarmado, descubri en
la mejilla de Carlota una seal violada, con matices de lirio. Y sin
darle tiempo  preguntar la causa de aquella maceracin, ya la dama
aluda, confusa y roja:

--Fu contra un mueble; sabes?... Tropec anoche... Se me apag la
luz...

Un amor y una pena tan elocuentes se reflejaban en el rostro de Velasco,
que la pobre mentirosa acab de turbarse. El vea con implacable lucidez
la terrible escena de la noche anterior: el monstruo habra esgrimido
sus puos contra la turgente mejilla de la esclava; esta vez la huella
del tormento floreca al sol, como rebelde grito de la sangre...

Locas ideas de venganza atravesaron, lo mismo que centellas, el
pensamiento de Manuel; dijo alguna cosa vehemente y ruda, y crujieron
sus frases con llamaradas de pasin. Mirbale Carlota, con el llanto al
borde de las pestaas, mientras que un trozo del paisaje, abrazado al
silencio, sonrea en el balcn, franco  la dulzura de una tarde
estival. Puso un dedo la dama en su boca doliente, implorando:

--Calla, calla por Dios...

Y era tan apremiante y dulce su actitud, que el mozo con la mirada
febril, lvido el semblante y rota la palabra, se retrajo  la soledad
de su ternura, mudo y obediente. Pero desde aquel da, ni el discpulo
pudo resistir la presencia de su maestro, ni Carlota gozar la de su
enamorado. Del corazn de ella, fecundo por el riego de lgrimas
pursimas, brot una rosa, la ms ufana de la vida y del sentimiento: el
amor.

Carlota entonces fu tan valiente, que tuvo miedo de s misma, ese miedo
grandioso y sublime que se llama tambin temor de Dios, y que es forma
exquisita de arrogancia espiritual; hurtse  las miradas profundas de
Manuel; midi los riesgos de su ternura, y llor con inquietud
indecible,  la orilla floreciente del abismo. Quera la infeliz
soportar la doble cadena del martirio y de la tentacin callando y
sufriendo; pero comprendi que en la brava lucha peligraban  cada
instante la dignidad y el deber; que eran pocas las defensas de un solo
pecho para tan fuertes y contrarios enemigos; que iba  rendirse, al
cabo,  las sugestiones invencibles de un dulce amor vestido de caridad
y gratitud.

Y tom la heroica resolucin de los dbiles: decidi marcharse, sola con
Dios y su conciencia. Peor que el escndalo de la fuga fuera la
certidumbre de pecado. Qu importaba que el mundo murmurase, si en el
cielo se saba la verdad?

Pensando de esta suerte se afirm en sus propsitos ante los tristes
descubrimientos que hizo Carlos en el drama. Ya nada la detuvo entonces;
aprovechando la terrible escena para urdir su viaje, despidise con loca
prisa de Manuel, exigindole un juramento  la vez que le peda un
favor: que Velasco no la siguiera, que no la preguntara... Despus de
exigir dulce y amargamente, implor con infinita humildad: que sus hijos
hallasen en el caballero, en el amigo, un apoyo...

De pie, vibrando de emocin, con los ojos entornados sobre las mazadas
orejas, esper Carlota; una mirada, un gesto, podan delatar la lumbre
del pobre corazn sacrificado, y la inaudita resistencia de la madre se
alz imponente contra el peligro. Pero Manuel no la detendra. Estuvo
oyndola con pnico asombro, sin dilucidar ms que una cosa, en el
deliquio de aquel instante horrible: la mujer que le hablaba de partir,
que le deca adis... no era nada suyo; de nios fueron novios, eran
amigos siempre. Ni una fugaz promesa, ni una tmida confesin, le daba
derecho  contrariar los designios de la seora de Ramrez... Qu
importaban, en la trascendencia de aquel grave minuto, las memorias del
pasado ni aun las adivinaciones sutiles del amor?... Jur el caballero
cuanto la dama quera, y prometi el amigo lo que imploraba la madre;
mientras que el enamorado, estulto y febril, vi desaparecer del
laboratorio  Carlota de Heredia, desgraciada y ausente, quiz para toda
la vida.

Con movimiento indefinible abalanzse Velasco al umbral que ella pis.
En el pasillo aguardaba Carlos silencioso, con seales de haber llorado
mucho. Se miraron los tres, con una sonrisa atnita y violenta, que daba
miedo. La madre y el hijo se alejaban, y el desolado amante iba
retrocediendo en su impulsivo afn, para seguir mirando  la fugitiva
desde el balcn. Pero la dama, presurosa, sin duda, baj al camino real
por el atajo,  espaldas del laboratorio, y Manuel hallse enfrente de
la belleza del bosque, apacible y melanclica como un paisaje copiado en
aguas quietas. Se meca en el aire el sonoro repique de una campana y el
sol mora sobre el mar, en el ancho cielo azul...

Reflejo de la hermosura de la ausente le pareci  Velasco la suave
languidez con que feneca la tarde; as en el rostro de la mujer amada,
embellecida por el dolor, se esparca un vago tinte de crepsculo,
rtilo y emocionante como los resplandores del ocaso, apetente y dulce
como las vendimias del otoo... Y la gracia luminosa del atardecer di
al enamorado una imagen de la esquiva y espiritual hermosura, con tal
sensacin de pesadumbre, que todo el torrente de su despecho se desbord
en cleras insensatas; senta crueles repulsiones hacia cuanto le
quedaba en el mundo lejos de Carlota: dnde pondra los ojos, que no
viera angustia y soledad?

El reloj de la sala, indiferente  estos mudos afanes, enardeci de
sbito las iras de Velasco; el iscrono _tic-tac_ parecile un lgubre
remedo del propio corazn, una burla de aquella implacable hora que
desgranaba los minutos con ofensiva impavidez; arroj  la blanca esfera
un legajo de papeles que tuvo  su alcance, y el cristal, hecho aicos,
cay estrepitoso entre las hojas desparramadas; pero el inmoble
centinela del tiempo, socarrn y firme, sigui burlndose: _tic-tac,
tic-tac..._

Arrepentido Manuel de su arrebato, huy del maquinal soniquete,
lanzndose al misterioso corredor que an guardaba del paso de Carlota
un ligero perfume. Por una puerta entornada vi surgir de la salita de
costura los cojines del sof en desorden y el velador florido: una bata
que el mozo conoca mucho, prendida del cuello, con las mangas fofas y
vacas, le ofreci la fugaz impresin de unos brazos rotos en caricia
imposible... Cerr los ojos  las amadas huellas, y atravesando el
bosque, como un posedo, baj al valle en la serena cada de la sombra.

       *       *       *       *       *

Calmada la primera crisis de dolor y de sorpresa, la nativa bondad de
Manuel Velasco hizo explosin con gallardas manifestaciones. Acometiendo
como un hroe sus propsitos, empez por volver al _Robledo_ y entrar en
derechura hasta la alcoba de don Juan: despus que pudo resistir su
presencia, hablarle con acento indiferente y permanecer en el
laboratorio como antes, juzgse vencedor en la ms ruda batalla de su
vida; una resignacin mansa y piadosa sucedi  los furores de su alma;
tal vez aquella virtud, mal conocida de los hombres, era un vestigio, un
aroma que la mrtir dej entre sus cadenas.

Pas Velasco por el fino tamiz de su hidalgua la historia de los
recientes sucesos y sintise culpable de la fuga de Carlota: l la puso
en cuidado con la solicitud desmesurada de su amistad, y por fin, con
las pruebas elocuentes de su pasin; y aunque le anim el consuelo de
haber contribudo  libertarla, para mejor aplacar las voces de la
conciencia di, el enamorado, alcance de sagrada misin al imprevisto
juramento que concediera  la fugitiva. Desde aquel punto, un ideal de
egregia estirpe llen la vida austera de Velasco: vivir para los hijos
de la amada; guardar como devoto penitente el culto  los recuerdos de
Carlota. Y slo doa Mercedes, edificada y suspensa, vislumbr el
sublime idilio, apndice de un drama obscuro y brutal...

Como un premio  la nobleza de Manuel, quebrse el incgnito de la
ausente; Carlota escribi  su amiga,  su segunda madre, la viuda de
Velasco; y con especial cordura y clida elocuencia, justific la dama
su grave resolucin, abriendo por primera vez el arcano de sus dolores
en el refugio de tan ferviente amistad. La esclava de Ramrez habase
convertido en modesta pensionista de un convento francs, en los Bajos
Pirineos: el hbito de los pesares y la toca de la virtud la hicieron un
rincn en la clausura religiosa, y all recataba su infortunio, mirando
al porvenir con incertidumbre.

Estas noticias furonle compensadas con las que la viuda le envi, muy
tranquilizadoras, de Carlos y Ana Mara. Y tan dulces promesas obtuvo la
pobre madre que logr al cabo algn reposo; ya su cielo sombro luca
claros de sol, y amaneca en su horizonte esa ardiente esperanza del que
torna  la salud desde la orilla del sepulcro, mientras doa Mercedes,
secundada por Manuel, procuraba llenar un poco el vaco de Carlota en la
desierta casa de Ramrez.

El ilustre manaco se haba hundido en la obscuridad ms absoluta: la
estampa recia y arisca de don Juan fu desapareciendo del laboratorio,
hasta encerrarse en su gabinete; llevse all unos aparatos cientficos
y sepult su rabia  sus dolores en aquel extrao escondite, que tan
pronto pareca la celda de un penitente como el tugurio de un
nigromante. Slo Ana Mara traspasaba el temeroso dintel, sirviendo al
sabio con una solicitud triste y silenciosa, que  l le atormentaba
como un reproche continuo, y, cuando en arranques de caridad 
compasin, pretenda ella ofrecerle algn consuelo, hua el culpable,
rspido y hurao, igual que un loco. Muchas veces, en estas sordas
crisis, mediaba Manuel, imponindose  fuerza de sugestiones y bros, 
la demencia, la cobarda y la crueldad, ayuntadas en el carcter de
aquel hombre incomprensible, y arrancaba de su duro corazn algunas
chispas de luz... De aquellas victorias cobrbase con creces el
discpulo en la casta lumbre de unas pupilas de mujer, que acaso le
miraban con la elocuencia de un gran secreto. Carlitos,  distancia
siempre de su padre, ms por la huraa de ste que por los rencores del
muchacho, erraba por el _Robledo_, triste que triste, detenido all por
la insinuacin constante de aquellos dulces ojos que tanto agradecan 
Manuel su influencia sobre don Juan.

El mismo ao, Velasqun, doctor en leyes, cansado peregrino de la
bulliciosa vida madrilea, se qued en Torremar, formando parte de la
conspiracin protectora establecida en torno  la casa de Ramrez; y con
las ocasiones y el trato,  la luz de la belleza y al brillo de las
lgrimas, el buen mozo se hubo de enamorar de Ana Mara. Por segunda vez
teji la juventud una promesa con las ilusiones de doa Mercedes.
Juzgse la nia afortunada con tan gallardo novio: varios indicios la
hicieron suponer alguna inteligencia entre su madre y la del
pretendiente; los anhelos de sta parecanle rdenes de la otra, y,
feliz con dejarse llevar por tan piadosas voluntades, renunciaba  un
ensueo remoto, apenas entrevisto del propio corazn que le di vida...




III

EL MALEFICIO DE UNAS BODAS.--LA SOLEDAD DE DOS EN COMPAA.--PARA
SIEMPRE!--IMGENES EN LA NIEBLA.--LA FLOR DEL ROMERO.--RETRATOS, VERSOS,
RISAS Y SOLLOZOS.


EN vano quiso disimular Regina, bajo las apariencias de un luto
acomodaticio, la helada y triste soledad de sus bodas, pues todo tuvo en
el solemne da la expresin tosca y ceuda del remordimiento y del
reproche. La casita monts de los Alcntaras, futuro nido de la gentil
pareja, yaca en un silencio medroso y spero, henchido de
incertidumbres y zozobras; no haba all la menor seal de fiesta,
ornato ni alborozo; ni galas en los roperos, ni flores en los bcaros,
ni alegra en los semblantes, ni regocijo en los corazones. Marta y su
madre se fatigaron intilmente sin conseguir que las estancias mostrasen
mayor comodidad y compostura; un aire de enojo y desabrimiento
estremeca los arcaicos muebles, convulsos por el mpetu y el desorden
con que la novia agit puertas y llaves, cmodas, cofres y alacenas,
para ceirse, al fin, un vestido negro y ajado, torpe disfraz de
impacientes ambiciones, antiguo jirn de mal sufridas pesadumbres.

Huyendo Velasqun de la gente, con mil escrpulos y reparos, aislse en
huraa reserva, fu y vino desde su casa al arrabal, como una sombra
vigilante, y precipit los desposorios, incapaz de resistir por ms
tiempo tan violenta situacin, en pugna con su carcter comunicativo y
apacible.

Don Fermn Prez, mdico y amigo muchos aos de la familia, fu, despus
de algunas plticas con doa Mercedes, el padrino de la boda; ofici de
madrina Eugenia, con grande inquietud y no pocos llantos; y una turbia
maana de Diciembre, al filo del amanecer, pas la breve comitiva, sin
escolta y sin lujo, por el desierto arrabal, camino de la iglesia. La
hora, el silencio, la soledad del paisaje, aterido y brumoso; los
hervores y retumbos de aguas y espumas en los negros cantiles; la luz
naciente de la aurora, que pareca enferma en un cielo cobarde: aquella
grandiosa y lgubre decoracin del invierno puso en la frente y en el
alma de Regina livores trgicos y escalofros de angustia.

Una vez en el templo, bendijo  los novios don Amador, plido y mustio,
como si actuara en los funerales de ambos jvenes,  quienes l mismo
bautiz en las primicias de su apostolado parroquial; mirbalos  sus
pies, impacientes y ansiosos, en actitud de reos, bajo la abrumadora
pesadumbre de un ntimo terror... y en las penumbras de la iglesia, al
cobijo de pilares y doseles, se dibujaban, en tanto, muchos perfiles
curiosos, ceos delatores y sonrisas burlonas.

Un quejido amargo, entre sollozo y clamor, vino  quebrar el murmullo
de los latines que el prroco desgranaba; era _la novia de Gabriel_ que
gema siempre en los desposorios, aorante del suyo malogrado. Puestas
las rodillas en el suelo, torcida la cintura como el tallo de una flor,
cada la frente sobre las hmedas lanchas, llor _Gabriela_ con
desgarradora expresin de locura, con trgicas voces de plaidera y
suplicante.

Volvironse los novios, trmulos de pavor, hacia aquella Melpmene, sin
recordar que su plaido era el obligado acompaamiento de las bodas
torremarinas desde haca muchos aos; pasle  Velasqun por el alma un
glido soplo de mal agero, y aunque pidi  los ojos de Regina calor y
luz para confortarse, aquellos ojos brillaron como estrellas en noche
helada, hermosos y duros como piedras preciosas...

Al regresar del templo don Fermn se despidi en la cancela, con la
disculpa de urgentes visitas profesionales, y Adolfo y Regina se
hallaron solos en el saloncito familiar de la muchacha, revuelto por las
impaciencias de aquellas ltimas horas. Prevaleci en sus manos, uncidas
ya al vnculo indisoluble, el temblor de miedo iniciado en la iglesia, y
mirndose como absortos, se hablaron al fin, advirtiendo en el timbre de
sus palabras la expresin de extraeza que suelen causar las voces
desconocidas. Ya estaban unidos para siempre. Era cierto?... Para
siempre!... Y aquel siempre en que los dos reflexionaron con inslita
admiracin, causles diversa inquietud.

--Siempre!--decase Adolfo, con ansias infinitas de poseer y de amar en
plazo sin riberas. Miraba suya  la moza, y un delicado sentimiento le
contena, prudente y humilde, en los umbrales de la felicidad, pues al
trasluz de la palabra siempre, sinnimo de vida perdurable, aquella
mujer adorada con tan frenticas prisas, con tan locos apetitos, le
inspir  Velasqun ahora un deseo mezclado de pavor y reverencia.

Y Regina, cayendo en vertiginosas meditaciones, en previos anlisis de
inconsciente perversidad, tuvo un amago de tedio y de protesta.

--Siempre suya!--pens, abrumada de sbito por la perspectiva de una
esclavitud interminable, sin descanso ni variaciones. Siempre junto  un
hombre, tal vez demasiado perfecto, con los ojos muy grandes, los
dientes muy blancos, el bigote muy obscuro, la sonrisa muy pronta, dulce
la palabra, el ademn corts; tan fino, tan elegante, tan... iba  decir
montono...; pero, arrepentida, avergonzada de aquel examen burln,
ajeno  su voluntad, quiso escaparse del terrible siempre, que la
oprima con la sensacin espantosa de un sudario, mortaja de libertades
y rebeliones. Sedienta de placer, empuj hacia sus despiertos sentidos
todas las inquietudes de la madura juventud, y sonri complaciente al
esposo, que ya la envolva en sus brazos...

Al amanecer otra maana sobre el nuevo hogar, en plena embriaguez de su
ventura, sinti Velasqun, ms agudo y determinado que antes, el terror
misterioso que se cerna sobre el raro suceso de su boda. All, en el
mismo lecho de las nupcias, detrs de aquel biombo colocado por Regina
entre la cama y el saln, cayeron las primeras ilusiones como rosas
marchitas de la noche  la alborada. Hall Adolfo debajo de sus besos un
vaco indefinible, una hermosura inerte, carne bella y curiosa no
consagrada por los perfumes del sentimiento, el carmn de una boca
glacial, donde no puso el corazn de la mujer ni la burbuja de un
suspiro.

El miedo, la pena de estas novedades y de otras que presenta, lanzaron
al mozo por la casa adelante, con el impaciente afn de quien busca y no
encuentra alguna cosa. Torpe y distrado, pase por la estrechez de los
aposentos, que caban, casi todos, en la holgada y seorial anchura de
una estancia del palacio vecino; y entre el desquiciado menaje del
reciente hogar, las caras de la servidumbre se le aparecan  Adolfo
ttricas y hostiles, contagiadas tambin de una secreta desazn. Hasta
el jardinero mostr un cariz sombro, como si olvidase que, libre de
simientes y de podas, quedaba reintegrado  la marina, con galones de
segundo en la tripulacin del _Reina_; cuando Velasco le sali al
encuentro para recoger, al fin, una sonrisa franca en el esquivo hogar,
el segundo de  bordo baj la frente en sombras de incgnita culpa,
igual que si fuese cmplice de aquel triste desbarajuste donde el
seorito buscaba alguna cosa confusamente perdida.

Y mientras la esposa, por su propia mano, trat de componer los
desarreglos de la morada, sali Adolfo  la calle con aquel mismo
impulso de pesquisa y ansiedad que le haba movido por las revueltas
habitaciones. Desde la altura del barrio lanz una mirada temerosa  la
baha, entoldada de brumas, y al vetusto casero. Le pareci que el
pueblo, amodorrado, le mostraba una faz hostil, el hosco semblante de
quien se niega  responder  una pregunta. Y volviendo la cabeza, pos
los ojos en el _Robledo_, camposanto de sus memorias: miraba al robledal
sin conocerle; crispada y amarilla la arboleda, semejaba un fatdico
brote del paisaje, un brazo nervudo y fibroso de la costa, que alcanzaba
las nubes con los dedos de su mano brusca. De repente, Velasqun
enrojeci al poner su alma en contacto con una multitud de recuerdos
penetrantes y dulces. Un cendal de la niebla entre los robles fu la
cortina que en el espritu del visionario se alz entre la conciencia y
la memoria: el jirn intangible dile la semejanza de un traje femenino,
y tuvo luego en la excitada mente de Adolfo la silueta gentil de una
persona y el ritmo grave y lento de un paso de mujer.

--Ana Mara!--murmur Velasqun con involuntaria emocin--. Y en el
amable nombre palpitaban todos los grmenes de sus remordimientos...

Era la nia de Ramrez imn de muchas ilusiones en la ilustre y opulenta
casa del muchacho. La madre y los dos hijos no acertaban, en los ltimos
tiempos,  encender esperanza alguna donde la imagen de la moza no
surgiera, como un resplandor alegre del porvenir...

Pero aquella maana invernal en que un recin casado mira al _Robledo_
con el corazn oprimido, dnde estn las felices promesas, la arrogante
y hermosa actitud de Adolfo, realizando ilusiones de dos familias, largo
tiempo inclinadas  unirse en una?

Esto se preguntaba el mozo, dolindole en el alma que la realizacin de
aquellos planes sonrientes no hubiera podido navegar en el ro de fuego
de sus amores.

Por qu, de improviso--se deca--, un afn ms duro que todas mis
fuerzas ha tirado de m, lejos de tales propsitos?

Y estremecase, confuso de haber hecho dao sin poderlo remediar, de
haber sido causa de dolor y de vergenza para su madre, tan tiernamente
amada, para sus mejores amigos, para su hermano,  quien Adolfo quera
con entusiastas devociones. Que la roja lumbre de la pasin no pudiese
arder junto  la llama apacible de los carios familiares!... Porque
Adolfo pensaba en la nia del _Robledo_ con ternura sedante y
confortadora, llena de adivinaciones y deleites, como los que gozaba en
el santuario de su propia familia.

Bajo el dominio de una amarga tristeza, envolvi en amplio ademn el
amigo paisaje, aludiendo acerbamente:

--Todo se acab!

Y volvi las espaldas al bosque deshojado,  la marina brumosa, al
pueblo ceudo, horizontes en querella con su porvenir. Sigui andando
hacia la sierra salvaje, hacia la costa brava, como quien busca senderos
piadosos, confines indulgentes para norte de su destino. En la tortura
de una ondulacin, la serrana dej ver el camposanto, con su plida
toca de nubes sobre los graves maderos en cruz; y con brusco temblor
cay el mozo en la cuenta de que por all slo se iba al abismo de la
muerte, ms negro que la noche. De aquel lado agonizaba el sol. Toda la
desgarradora tristeza de los crepsculos norteos, se condensaba en el
remoto confn del argomal bravo, entre las aguas grises y el cielo
melanclico. Pareca que el mundo se acababa en aquel jirn de la sierra
hincado en el mar, all donde el tiempo haca su fuga trgica en los
atardeceres, galopando sobre un plantel de cruces que el humano dolor
puso en la tierra...

       *       *       *       *       *

Vuelve sobre sus pasos Velasqun, perseguido por la penosa sensacin de
infinita soledad que reina en el alto paraje, all donde parece que se
acaba el mundo.

La costumbre y el cario llevan al muchacho, por detrs de la casita que
ya es suya, hacia el hondo valle en tendal junto  la poblacin
marinera. Pero tambin de aqu le espantan los temblores de su corazn!

Seora del valle la casa de Velasco, extendiendo sus lmites con podero
solemne, infunde al mozo un respeto nunca por l sentido desde las
amigas veredas. Toda la traza noble de su palacio parece que le acusa:
huyen los linderos bajo la neblina que deshilacha el monte; las mieses,
yermas, baldas, ondulan tiritando; el boscaje, desnudo y agresivo sobre
un fondo de nubes aborregadas, ofrece la impresin medrosa de lanzas y
monstruos, brazos sin cuerpos y cuerpos sin cabeza, fugitivos y
amenazadores. En la fbrica elegante y jovial del edificio todos los
huecos duermen con mueca de indignacin y enojo; dirase que el palacete
versallesco est vaco y slo guarda los secretos de una tragedia
impune. Pero bien sabe Adolfo Velasco de dos almas que all padecen
silenciosas desde el momento en que el ingrato mozo, posedo de la
pasin sbita y recia, rasg leyes de hidalgua, quebrant resoluciones
familiares  impuso, tras una escena dura y triste, el juramento de
casarse con la de Alcntara. Y harto sabe tambin que no traspasar
Regina los umbrales de aquel palacio sooliento y fuerte, cerrado 
todas las traiciones. Persuadido de todo ello, retrocede Adolfo con la
pesadumbre del fracaso, cadas las alas del espritu; nada busca ya,
puesto que tiene la certeza de haber perdido muchas cosas...

Su mocedad y su buen nimo le traen de pronto una esperanza firme: se
yergue con altivez y valenta y sacude sus cobardes pensamientos.
Considera que si todo lo que ama y pretende fuera de la casita del
arrabal se le resiste hurao, l sabr vivir para su gran pasin...

Razonando de esta suerte pone unos sonoros pasos sobre la tosca ruta,
con la cabeza muy alta, orgulloso y apremiante, hacia el amor de su
mujer. La convencer de que deben partir para una larga excursin. Si
aqu toda grata apariencia huye entre sus manos de novios, ellos se
bastan  s mismos para ser felices: irn lejos de mudos reproches y
semblantes severos, hasta desbordar el triunfo de su corazn en un himno
de juventud y de independencia...

Plido y risueo, Adolfo silba un aire montas cuya letra campesina y
jactanciosa, desgrana mentalmente:

      La flor del romero
      la van  cortar...
  Si la cortan que la corten,
   mi lo mismo me da,
  porque la flor del romero
  para m no ha de faltar...
      La flor del romero
      la van  cortar...

Por el atajo que le lleva  su casa en pocos minutos, un arroyo que baja
de la finca de Ramrez sale al encuentro del joven. Ha llovido, y el
agua, crecida y mugiente, rompe su margen y balbuce, sabe Dios qu
remotas tristezas.

Pero Velasqun silba con mpetu su tonada, para acallar el rumor de
aquel llanto que viene del _Robledo_ y cruza el valle, en querella
lastimosa.

Salta el mozo sobre el gemido de la corriente; las espumas le salpican y
le tiembla en los labios la cancin... Cuando se acoge al portal de su
casa, an le persigue, en tumulto, la muchedumbre de pesares que
vislumbr al otro lado del dintel; y como resumen de todo lo que pierde
y abandona  la parte de all, un nombre se impacienta en su corazn:
Ana Mara!

Es intil. Adolfo no quiere caer en ms ansiedades: alegre y
desesperado, canta,  voz en grito, al subir las escaleras:

    ... porque la flor del romero
  para m no ha de faltar...
        La flor del romero
        la van  cortar...

Todo est en la casa igual que dos horas antes. Mientras en la cocina se
oye trastear con acompaamiento de suspiros, en el jardn Pablo hace un
hoyo profundo que parece una sepultura; cava que te cava con afn, casi
con furor, las cadas de la herramienta en el suelo repercuten al borde
de la pared: pun... pun... con eco sordo y triste.

En una sala del piso bajo, Eugenia, oculto el rostro en la sombra de un
cofre abierto, apila vestidos, estuches y papeles, con trazas de
preparar un gran equipaje. Pero no debe de ser as, porque la voz, un
poco empaecida de la trajinadora, repite:

--Son recuerdos... recuerdos...

All al lado, atisba Marta con mucha curiosidad las cajas en forma de
atad, los trajes en desuso, los legajos prendidos en plidas ligaduras,
que trascienden  perfumes aejos y  historias olvidadas. En algunos
manuscritos, los renglones cortos acusan cantares; y atrevida, la
muchacha, tiende su mano hacia el archivo yacente, con la tentacin de
cantar las coplas.

--Sern del difunto don Jaime--alude en voz queda.

Los giles dedos han desplegado ya un papel.

--Pero, chiquilla!--censura la que est hincada junto al cofre. Y se
arma de respetuosa solemnidad, previniendo:

--Son autgrafos del pobre seorito...

Con la uncin de quien reza en un libro santo, Marta se inclina
palpitante para leer:

      Qu noche ms triste,
      qu noche ms larga!
  Soledad y silencio... El insomnio...
      las horas que pasan
  dejando una pena, dejando un vaco
  y un sabor de ceniza en el alma!...
      Dios de los amores,
      oye mi plegaria:
      enciende en los cielos
      tu luna de plata;
  desata la voz de los vientos;
  que corran veloces las aguas;
      tiende en lo infinito
      la secreta escala,
  y haz que venga  mis brazos la dulce
      prenda de mis ansias...

--Qu precioso!--murmura la moza. Regina, que despacito y sin objeto
entr en la estancia est all escuchando, presa del hasto que  veces
la sobrecoge en medio de su intil actividad.

--Dame eso--dice  Marta, con el brazo extendido hacia el papel.

En cuanto la muchacha, confusa y diligente, la complace, sube la
seorita, y se repliega en el sof de su breve saln, donde ya se ha
encogido escalofriada y temblorosa, en varias crisis de estril
cansancio, desde que sali Adolfo. Apenas si dirige una mirada  los
versos de su padre, que tiene en la mano. Para quin seran?

Esto es lo nico que se le ocurre en aquel instante en que la musa
paternal roza su odo, al travs del tiempo.

--Para quin seran?--repite.--Y vuelve los ojos hacia el retrato del
poeta, que desde el muro responde  la curiosidad con una sonrisa
enigmtica.

--Para mi madre, no--prorrumpe la monologuista con despecho, iniciando
una protesta de mujer casada contra el libertinaje de los maridos. Mas,
 poco, sonre con desdn y con mofa: Qu valor, qu virtud tiene en el
mundo la fidelidad?... Slo quien ama es fiel. Y, hay quien ame, en el
sentido espiritual y elevado de la palabra?... Regina lo duda. Aquel
escepticismo tiene aire y forma en el desquiciado camarn de los
novios; all dentro de las vidrieras cerradas, alrededor de los muebles
en desorden, un precioso ramo de camelias est en la alfombra marchito,
y la Venus que decora la estancia, cubre su hermosura con un chal de
Regina, mientras que Jaime, desde el retrato, riela en torno una sonrisa
de muerto, y su esposa hunde en la pared de enfrente la cansada
expresin, desde otra plida fotografa. Este incrdulo matiz plae con
el sordo grito de las cosas:--Como no se cree en el alma de las flores,
no se aguarda  que agonicen en un vaso piadoso; como no se cree en la
belleza de la escultura, ofende su desnudez con sensacin de fro; por
desprecio  la esttica, los muebles danzan, desorientados y hostiles;
porque se duda del cielo, los difuntos se asoman  sus imgenes para
sonreir con inquietud, para mirar con angustia...

Y el colmo de la incredulidad pone su trgica nota en la palidez
caliente de la desposada, que no cree en el amor, y que suspira viendo
morir sus postreras ilusiones en la misma aurora del tlamo...

An tiene la dama los versos  su alcance, y an dice
maquinalmente:--Para quin seran?

Busca en la composicin algn indicio, con ese falso inters de los
ociosos que tratan de engaar su aburrimiento:

  ...dejando una pena, dejando un vaco;
  y un sabor de ceniza en el alma...

--Miente, miente mi padre!--prorrumpe con mpetu, casi con
crueldad:--El vaco, la pena, la amargura, quedan en el alma despus
de ese goce brbaro que tiene el dulce nombre de amor... Ya nada me
promete la vida, porque ya conozco todos los amores del mundo...
Mienten los poetas!--grita iracunda.

Pero su voz es apagada por otra, sentimental y varonil, que sube por la
escalera, cantando:

  Si la cortan que la corten,
   m lo mismo me da...
      La flor del romero
      la van  cortar...

Y al asomarse Adolfo al saloncito, con la sonrisa y el cantar en los
labios, qudase mudo ante la actitud de su esposa, que no ha hecho nada
y tiene un aire de cansancio triste.

Ella le ve tan perplejo, que se compone el rostro con una mueca gentil,
y dice,  guisa de explicacin:

--La Venus y yo, tenemos fro...

--Es singular!--piensa l, hallando mucha semejanza entre la mujer y la
escultura: el mismo semblante helado, igual sonrisa yerta, y un aire
impasible, una quietud inerte dentro del chal obscuro...

Yace un papel  los pies de la desposada, y Velasqun le recoge,
advertido por ella: Son versos de mi padre...

El mozo, muy aficionado  las sentimentales poesas, lee  media voz,
con inters:

    Gustar quiero en mis labios ardientes
  de tus labios la miel regalada,
  sentir en mi carne la dulce caricia
  de tu carne en amor inflamada,
  mientras en mi odo tu boca murmura
  un escucho dulcsimo. El alma
  sedienta de amores
  con fatal calentura se abraza...
  Reina, dame un beso,
  de esos besos largos que nunca se acaban!

Al extinguirse el acento, ligeramente conmovido, el lector se vuelve
insinuante hacia su mujer, y sonre:

--Parecen de actualidad.

Estalla en los labios de ella una risa loca.

--Ya s, ya s para quin fueron--alude--. No se me haba ocurrido:
Para Silvia!

--Quin era Silvia?

--Una reina del boulevard, ntima de mi padre.

Y sigue riendo la dama, nerviosa hasta el punto de romper en sollozos.

Supone el marido que la emocin de los recuerdos sugiere aquella crisis
de risas y llantos, y acude hacia el sof con tan amable impulso, que
Regina presiente la repeticin de la estrofa: _Reina, dame un beso!_...
y prorrumpe amarga, casi violenta:

--No heredo yo la sed de amores del alma que mi padre senta.

Adolfo retrocede. El tambin tiene fro. Un fro penetrante que le
taladra el corazn.




IV

LUCES DE OCASO.--LOS ACHAQUES DE REGINA.--TINIEBLAS DE UN NAUFRAGIO
MORAL.--LA ISLA DE LAS ROSAS PLIDAS.


NO sin grande asombro advirti doa Mercedes que la nia del _Robledo_
se consolaba del fracaso de su boda con excesiva prontitud. En la
indiferencia de la muchacha al afrontar la conversacin sobre este
suceso; en el modo digno y prudente con que aluda  la pesadumbre de
Carlos sin mentar la propia, adivin la dama un altivo sentimiento,
mezcla de piedad y desdn, que la lleg  herir. No mereca Adolfo
siquiera ni el tributo de una lgrima?

Olvidando un instante el dulce cario de Ana Mara, irguise en el pecho
clemente de la seora el orgullo maternal. Repiti aquella pregunta
delante del primognito, y entonces Manuel, con viva elocuencia,
refirile  su madre la peregrina historia; analiz,  fuer de agudo
psiclogo, los sentimientos de la muchacha; expuso claramente cmo en su
inexperto corazn haba ella confundido el afecto fraternal, la antigua
simpata que Adolfo le inspiraba, con la fuerza latente de otro amor ms
hondo y entraable, y, sin ms rodeos, aadi que haba jurado hacer
feliz  la hija de Carlota.

--Ya lo sabe ella--dijo por fin.

--Ella? Quin es ella?--inquiri la viuda estupefacta.

--Ella!--repiti Velasco tambin. Y con la voz un poco temblorosa
corrobor al punto:

--Ella es la madre... pero yo he renovado  la hija mi juramento.

Fu menester que se explicara con ms claridad para que doa Mercedes le
comprendiera; y as que la dama hubo entendido cuanto Manuel se
propona, qued absorta, contemplando  su hijo con ternura y
admiracin. Aparecisele en aquel momento como un ser providencial, como
una especie de caballero andante que tena la noble misin de traer al
_Robledo_ auras de libertad para la _Bella durmiente_, anuncios de
castigo para el _Ogro_ y certidumbres de ventura para el _Hada gentil_.
Y para que todo fuese milagroso y sublime, el amor de Ana Mara se
revelaba de sbito, como un premio de Dios  su elegido.

Arrobada y gozosa, doa Mercedes sinti, sin embargo, un ligero escozor
en la conciencia, al comprender que con la nueva alianza se exclua en
absoluto  la pobre ausente de todo pacto posible con la felicidad. Pero
una idea luminosa hizo sonreir  la seora de Velasco.--Ella es la
madre--, pens, repitiendo mentalmente unas palabras que se le haban
quedado en la memoria, clavadas all por la fuerza de un agudo
sentimiento. Y se puso  escribirle una carta  su amiga Carlota,
insinuando, entre muchas confidencias maternales, exhortos blandos y
tmidos sobre amores y deberes: indicaba, con prudentes alusiones, que
la felicidad de los hijos, por buenos que ellos sean, se cumple casi
siempre  costa del sacrificio de los padres, y conclua en trminos de
muy delicada sinceridad... El resplandor de una vida feliz puso en aquel
pliego luces alegres de ocaso:  la anciana seora le pareca fcil y
sabroso que una madre abdicara en sus hijos las ms ntimas ilusiones, y
la tremante pluma instil en el papel toda la suavidad de un corazn
envejecido entre caricias y dulzuras; apacible corazn que nunca supo la
tormenta espantosa de aquel otro  quien consultaba, joven y pujante,
constreido entre un pasado de angustias y el secreto de un trgico
presente.

Carlota hizo su renuncia tcita y plena al porvenir con grave
sencillez:--Si antes daba con gozo mi hija  un nio bueno, cmo no
drsela con gratitud al mejor hombre del mundo?--As escribi. Y los
rasgos de su letra, fina y elegante, no se estremecieron con el vendaval
que en el pecho de la mujer soplaba, deshojando la abierta rosa de la
juventud hasta dejar el tronco, perenne y vivo, de espinas erizado...

Grande jbilo sinti doa Mercedes con esta carta, y viendo disiparse
las dciles nubes de su cielo, puso mayor diligencia en las
negociaciones de paz iniciadas con Adolfo poco despus de su boda. La
costumbre de ser feliz no daba espacio en la dama al rigor de la madre;
rale menester que volviese pronto al hogar el hijo prdigo, y para
lograrlo impuso la sola condicin de no admitir  la intrusa,  la
gentil diablesa que con sutiles artificios arrebat al caro Benjamn de
la amistad y compaa de sus deudos.

Manuel sirvi de parlamentario, muy complacido; pero Velasqun, lleno de
gratitud hacia quienes le tendan aquel grato puente de reconciliacin,
temi ofender  Regina excluyndola en absoluto de las futuras paces.
Decidise al fin  explorar el nimo de su esposa, con mucha delicadeza,
y no sin asombro le hall conforme  cuanto doa Mercedes exiga.

As volvieron  su acostumbrada intimidad los de Velasco. Adolfo
concurra  la casa de su madre, sin mentar nunca  su mujer, y los dos
hermanos, cazando juntos, departiendo de intereses y negocios,
procuraban no aludir en sus conversaciones  los de Ramrez, apartados
siempre en su esquivo robledal. Sobre los secretos dolores del hogar
amigo derramaba la piadosa vejez de doa Mercedes la luz de su sonrisa
inextinguible, dulce puesta de sol, dorada lumbre de crepsculo en un
campo de tragedias silenciosas.

Pasaba mientras el tiempo sin que Velasqun pudiese emprender con Regina
el proyectado viaje. Cay la esposa en languidez extraa y profunda;
atribuyendo Adolfo  trastornos de salud aquellas inquietudes y
endebleces, llam  don Fermn, y ste di, por casualidad, un dictamen
conforme  la opinin del marido: impresiones violentas, luchas y
anhelos del presente, venan sobre las amarguras de lo pasado 
determinar una perturbacin nerviosa, reflejo, tal vez, de otras ya
padecidas. Y el achaque ofici de piadoso velo para que Velasqun no
advirtiera las sombras de un corazn que juzgaba suyo. Eugenia dijo que
ya en dos ocasiones haba cado su nia febril y delirante, con mal
cansado, como si estuviese hechizada; pero, el mdico, sonriente,
asegur que las dolencias de seoritas mimosas se curaban siempre al
ao del casorio, cuando el amor floreca...

Despus que Adolfo err en sus emociones de recin casado, como en selva
tenebrosa, una paz algo triste, pero confortable, descendi  su
espritu optimista; amoroso y creyente, hall razn de sus crueles
sorpresas en el repentino quebranto de salud que le entregaba para la
intimidad una mujer distinta  la novia que le sedujo; esforzbase l en
cumplir las prescripciones del doctor, suponiendo que al sanar la esposa
hallara de nuevo  la vehemente enamorada, acaso convertida en madre
para mayor ventura. Y ella se dej asistir, felicitndose de aquel
pretexto que la permita sumirse en sus fracasos definitivos, sin
malograr las ilusiones del esposo. Le vi tranquilizarse, despus de las
primeras alarmas, y se esforz entonces en sostener la felicidad de
Adolfo con un dbil conato de misericordia.

En la total quiebra de ambiciones y propsitos, la dama rubia no salv
ms que los indicios de sus energas: el tenue hervor de la conciencia
slo alcanzaba  producir burbujas fugaces de contradictorios
sentimientos en la helada superficie de aquella perezosa voluntad; el
hilo de la compasin, casi roto, ataba flojamente el recuerdo de Carlos
Ramrez, y entonces, una ola indecisa de carmn sonrojaba el rostro de
la coqueta, que con villanos manejos aprision al enamorado mozo; si la
pobre fibra de la gratitud palpitaba un instante por Velasco, juguete de
la ambiciosa, las nuseas del tedio entorpecan aquel graciable
instinto, y apenas si un impulso de bondad y un hbito de educacin
lograban contener en la boca de Regina frases  gestos crueles contra
Adolfo; y si amables visiones de la infancia hacan temblar en aquellos
labios el nombre de Ana Mara, el amor propio y la soberbia alzaban
contra el generoso remordimiento su aguijn cobarde y fino, como punta
de alfiler. En aquel naufragio moral quiz pugnasen, con un poco de
ansia, el orgullo y la codicia, para salir  flote: la certeza de haber
triunfado sobre otra mujer de rumbo y donaire, era asomo de ilusin que
sobrenadaba en el grave hundimiento de muchas ilusiones, y la esperanza
de asirse todava  la felicidad, por algn cabo suelto del destino,
trepidaba con barruntos de fe en el roto cordaje de la ambicin.

Pero era tan sorda y tmida la lucha de aquel ser tundido por las
decepciones ms violentas, que la ruin marejada no rompa el hielo de la
indolente postura que Regina tom en su nuevo estado.

Al conseguir sus propsitos, con burla del sufragio popular, y sobre la
oposicin de una familia poderosa, hallse la de Alcntara presa en los
brazos de un hombre  quien no quera. La misma facilidad con que le
sedujo, fu para la seductora causa de menosprecio: no era su tipo aquel
muchacho sonreidor y gentil, que se dejaba encantusar igual que un nene.
Adolfo no tena aspectos; de una sola vez se le vea en todas sus
fases, porque no cambiaba nunca su expresin ingenua y plcida, galante
y dulce.

As pensaba Regina, estableciendo con fra censura, comparaciones en que
su marido quedaba siempre desairado.

--Carlitos--meditaba--es ms hombre que Adolfo, y ofrece otras
sorpresas, otras seducciones; en sus pupilas arde un fuego triste, un
sol de drama que penetra hasta el corazn.

Y al llegar  la parte conmovedora de sus monlogos ntimos, rea en
carcajadas estridentes y agudas, amargas como la hiel.

--El corazn!--decase--; qu de alusiones sentimentales para ese
msculo que funciona  instancias de la materia, exactamente igual que
el resto del organismo!... El corazn! Qu mote tan precioso, para un
pedazo de carne donde la sangre afluye, con todas sus perversiones y
averas! En metfora, mi pobre corazn es una tierra floja en la cual
ningn sentimiento echa races...

Y sintindose completamente desasida de cuanto puede atar al mundo una
existencia, irritbase al ver que su destino estaba ya trazado, que
todos los senderos de su porvenir tenan en el horizonte el yugo del
matrimonio, la cadena del amor... Del amor?

Esta pregunta era de una tristeza desgarradora al rebosar en labios de
Regina. Para ella, la esperanza del amor yaca con las alas rotas,
inerte, imposible...

Y  cada inquieta consulta, los descubrimientos de la recin casada
respondan obstinados y crueles:--El amor es carne, es instinto, como
fruto del corazn.

La clara inteligencia de la moza arrojaba su luz tmidamente sobre
tantas obscuras negaciones. Si la vida no cumpla ninguno de sus
ofrecimientos, si todo era fugaz y mentiroso en el mundo, cmo una
parte inmensa de los seres humanos sembraba optimismos uno y otro da,
cosechando, al fin, realidades y venturas?... Por qu el mito de la
felicidad subsista al travs de las generaciones?

En sus vagos discursos, deshilvanados y tristes, Regina escuchaba como
un eco obsesionante la confusa advertencia: _El bien es el placer; el
mal es el dolor..._ Pero el dolor que ella sufra, se originaba de
algn mal,  exista un mal como consecuencia de su dolor?... Estaba 
punto de saltar hecho pedazos aquel entendimiento, en la esclavitud de
tales indagaciones.

Presa en el crculo vicioso de sus lecturas, la dama balbuca delirante:
_El bien es el placer..._ Cmo se entiende? Cul es el primero, el
originario?... Ser preciso obrar el bien para ser feliz,  ser feliz
para obrar el bien? Y se oprima las sienes, estallantes de dudas y
sutilezas, concluyendo por confesar:--_Slo s que no s nada..._ Ella
vivi buscando placeres con ciego frenes, y  lo largo de su juventud
todos los goces amargaban con el cido sabor del mal de la vida. _Cuanto
ms elevado es el ser, ms padece_, recordaba la filsofa  este
propsito. Y trataba de engreirse con frgil orgullo, dbil hasta en sus
vanidades. As se hunda en las nieblas de un daino apocamiento, con
trazas tan decadentes, que nadie puso en duda su enfermedad.

Se atormentaba Adolfo con las prisas de poner correctivos eficaces  la
extraa dolencia. Alejada de los novios, como era de razn, la corte de
amigos que la dama tuvo, sin familia y sin relaciones, era menester
buscarle rutas alegres fuera de all.

El marido, que ya frecuentaba los acostumbrados lugares en la ciudad,
gozando como siempre la supremaca de su linaje y fortuna, achacaba un
poco el retraimiento de su mujer  la violenta situacin en que ambos
estaban frente  los de Ramrez, y  la expectante curiosidad del
vecindario. Pero en vano insista en hacer aquella excursin, base de
olvidos y mudanzas; siempre que l hablaba de partir, suspiraba la
seora con tal pesadumbre, que el viaje quedbase en suspenso, mientras
la vida conyugal languideca en actitud impaciente, supeditados  la
resolucin de la dama todos los planes del nuevo matrimonio. Estaba
convenido que en ausencia suya se hiciesen obras de consideracin en la
casita del arrabal y que los excursionistas trajeran un mobiliario  su
gusto para aquel breve estuche de los primeros aos de amor. Andando el
tiempo, Adolfo no desconfiaba de ver entrar  su esposa, con todos los
honores que le correspondan, en el palacio del valle.

Despus de apremiantes instancias, Regina dijo que marcharan cuando
llegase su ajuar de novia, encargado por Velasqun con mucho boato. Fu
un pretexto para detenerse an, asustada por la idea de lanzarse otra
vez al mundo, tan intilmente paseado por la viajera rubia. En sus
enormes decaimientos surgan de pronto afanes infantiles, caprichos
inocentes como los de una nia. Di en suponer que entre su ropa blanca
pudiera llegar de Pars alguna solucin milagrosa para sus graves
conflictos. Y aquella criatura, tan profundamente decepcionada en
cientos de agudos desengaos, estuvo pendiente del arribo de un bal que
entre lazos y blondas alumbr unas prendas vulgares de ntimo uso.

Mientras acomod Marta en los armarios el flamante equipo, lloraba
Regina, como si en su horizonte se hubiera puesto para siempre el
sol...

A menudo Adolfo, compasivo y amante, hablaba  su mujer de una inmediata
aurora de venturas.

--Te pondrs buena... tendremos un hijo--murmuraba en fervientes
escuchos.

Y ella finga un asomo de complacencia, que rebosaba amargo desdn.

Tener un hijo! !Bah! Aquella ambicin era insoportable  la flaqueza de
Regina. Le haca dao pensar en cosas fuertes, y arrojaba con terror
aquel grandioso pensamiento, que le dola en la cabeza con peso
irresistible. Sintindose impotente y acabada, le parecan una burla 
su incapacidad las dulces ilusiones del marido...

Desde el mes nebuloso de la boda corrieron otros cuatro, y an Regina
responda  las instancias de Velasqun:

--Saldremos la semana que viene...

Ya floreca la primavera. Las tardes, crecientes y apacibles, se
extasiaban sobre el cielo y el mar, y la dama rubia avizoraba el celaje
benigno, con la vaga expresin de quien no sabe por dnde ha de venir
una sonrisa de la esperanza. En la quietud de aquella triste demora,
hasta el paisaje inmvil pareca esperar algn suceso.

Adolfo lleg un da  su casa muy alegre, portador de tan grata noticia,
que imagin llevar con ella la salud  su mujer.

Doa Mercedes haba hecho partcipe de sus nuevos planes de felicidad al
hijo prdigo, y sintindose l consolado y tranquilo en el corazn y en
la conciencia, supuso que ofreca iguales beneficios  su esposa,
comunicndola el raro secreto.

Habl impaciente, con el aire misterioso y las palabras en tumulto:

--No sabes?... Ana Mara es novia de Manuel.

Fu como una pualada aquel repentino informe, que dej convulsa el alma
de Regina. Sin darse exacta cuenta de lo que estaba oyendo, interrog:

--Novia de tu hermano?

Y ya, penetrndose de la noticia, se asi  la duda con zozobra:

--Es de veras?

--De veras... Mi madre cree que se casarn pronto.

--Ah!... Se casarn pronto...

El eco de aquella frase silb en los labios de la dama y dej en aquella
boca contrada la huella cruel de una burla doble y terrible.

--Qu dir Carlota... y qu dices t?

--Cmo?

--La novia de Manuel se iba  casar contigo hace poco tiempo... Y su
madre huy, locamente enamorada de tu hermano.

--T sabas?...

--Carlos, sin darse cuenta de ello, me ha contado la historia del drama
y de la fuga.

--Ah, s; pobre mujer!... Tambin yo supe, hace poco, muchas tristezas
del _Robledo_.

Se qued el mozo meditabundo. Su madre, para conmoverle, para uncirle 
su compromiso con Ana Mara, habale iniciado en los amores y dolores de
la silenciosa tragedia. Pero en aquel tiempo, Velasqun, borracho del
licor de sus antojos, no percibi el perfume de aquellas rojas flores de
pasin y tormento que ahora, de improviso, tomaban alto y puro relieve
en su conciencia.

La vigorosa juventud de Adolfo penetraba en el devastado corazn de
Carlota con ms sigilo y certidumbre que la ancianidad de doa Mercedes.

Y con profunda lstima pens el caballero en aquella hermosa mujer, sola
en lo alto de la vida, cerrando voluntariamente los ojos  la nica
estrella de su camino. La conducta hidalga de Manuel hallaba dulce
premio en el amor de un ngel: Ana Mara Ramrez era un esplndido
regalo para el hombre ms descontentadizo. Seguro de ello, Velasqun,
imagin que mientras  su hermano le sonrea tan apetecible recompensa,
Carlota ahogaba detrs de sus labios sonrientes un sollozo en que rugan
la soledad y el desconsuelo, con todo el humano poder de una pasin que
asaltaba  la pobre criatura en el desamparo de su peregrinaje, como
animal daino que acecha al inerme viajero.

Cuantas sublimes resistencias pudiesen existir en el corazn de una
madre, le parecan al mozo insuficientes para conllevar el sacrificio de
Carlota. Y sobre estas cavilaciones, en que Velasqun senta rodar un
imaginario rumor de lgrimas, se alz la voz inquieta de Regina. Crey
la dama adivinar los pensamientos del esposo, y extravindose en sus
conjeturas, fulmin un dicaz comentario:

--Pues ya estbais lucidos t y la fugitiva...

Pero el joven murmur con fervor, nicamente:

--Carlota es una santa.

Cambiando de tono, obsesionada y envidiosa, dijo entonces la mujer, como
si hablase consigo misma:

--Las santas son felices.

Adolfo ya miraba  su interlocutora con ms atencin.

--Felices?--interrog admirado.--Ella padece enorme desventura.

--Porque sufre? Porque ama? Eso es gozar, es sentir, y comerse la vida
 mordiscos amargos y dulces... Lo terrible es no tener creencias, ni
amores, ni rumbos, ni hambre  sed de cosa alguna, y fracasar siempre y
no saber de quebrantos ni de gozos, hasta morir de hasto, sin pena ni
gloria.

El joven, sentado cerca del balcn, alzse con miedo; su mujer hablaba
sordamente, blanco el semblante y sombros los ojos como nunca.

Un chispazo de luz quiso alumbrar en el corazn del esposo la torva sima
abierta debajo de aquellas frases; mas el rostro de la habladora tom un
cariz tan lastimero y doliente, que al punto Velasco, enternecido, se
acerc  ella con piedad.

--Te exaltas, hija ma--pronunci,--clmate; ya hablaremos despacio de
todas esas cosas.

Ella, vindole crdulo y nio, engaado por dos mujeres con tanta
facilidad, le vibr de soslayo su desdn en una mirada, y se encogi de
hombros con suma indiferencia. Pensaba que era intil dar calor aparente
de vida  los ecos de una tumba: sus palabras, audaces y fuertes,  ella
misma le haban hecho dao; tuvieron la resonancia sepulcral de un
recinto donde no hubiese ms que el polvo de un cadver...

Sinti que Velasqun la arropaba en el sof, besndola con dulzura en
los cabellos. Y qued sola, inmvil, dudando si aquella quietud que la
invada era el anuncio de una buena hora para dormir  para morir. La
breve y dura pltica le caus profundo cansancio y dej en su boca una
estela salobre, como si la hubiera acariciado la brisa del mar; aquel
triunfo orgulloso sobre otra mujer, nica satisfaccin positiva de sus
errores, hundase de repente con inesperada burla, y el marido que 
Regina le quedaba entre los brazos perda su nico valor para ella,
puesto que dejaba de ser el codiciado botn de una victoria.

Bajo la inmovilidad de la dama se alz una impotente clera contra Ana
Mara, y subi hacia Velasqun la marejada de los desdenes, como si
ambos jvenes arrebatasen con traicin su presa  la triunfadora: pecaba
Adolfo--segn tales argucias--en valer menos que su hermano, y Ana Mara
en fingir que lo ignoraba, para inutilizar  una rival temible y
emprender sin peligros la valiosa conquista del Velasco de ms fuste,
del hombre original sobre cuya cabeza interesante haba nevado en pleno
esto. Aquellas prematuras canas de Manuel adquiran, de sbito, un
altsimo precio para Regina; y la adusta indiferencia que su cuado la
demostraba, fu de pronto un estmulo que le oblig  admirarle.

Pero rendida en aquel sordo y leve pugilato de odios y admiraciones,
dejse hundir entre las nieblas del sueo. Poco despus, baj sus
prpados cados,  una luz indecisa, como de tarde moribunda, imagin
ver en casa de Ramrez el saln principal del laboratorio convertido en
escenario de muy extraa comedia: don Juan vociferaba, con los puos
crispados, amenazador y furioso, pero su expresin de voluptuosidad y de
placer daba la certidumbre de que era muy feliz de semejante guisa;
Carlitos, en un extremo de la sala, lloraba en los brazos de su madre, y
sobre los humanos relieves de la piedad y de la pena, tena el grupo tal
aroma divino de amores y de gozos, que  la visionaria le dieron mucha
envidia aquellas dos criaturas tristes; all, en otro rincn, Manuel y
Ana Mara se hablaban en secreto: el roco del llanto y la santa ciencia
del sacrificio daban  la hermosura de la nia un aire de madona, tan
solemne y tan noble, que Manuel de seguro la quera por aquel tinte de
bondad y excelsitud, en tanto que ella se inclinaba con respeto y
ternura hacia los surcos que el dolor y las vigilias pusieron en la
frente del mozo.

Flores muertas, animales disecados, fsiles y moluscos, esqueletos y
plantas, parecan descansar en cmodas posturas,  lo largo de las
paredes, bienhallados con sus apariencias de vida, y con ojos invisibles
abiertos  la escena; mientras los peces vivos, en sus casas de cristal,
formaban en torno al cuadro una cinta de trmulos colores.

--Pues, seor,--decase Regina con despecho--aqu todos gozan, todos
tienen un destino y un fin, una pasin, un impulso...

Y al sentirse fallida y miserable en aquel raro centro de actividad, fu
quedndose inerte, petrificada, con sensacin de fro y de reposo, como
si fuera  morirse.

Pero la muerte as, no era medrosa ni cruel; al contrario, muy
tranquila, muy suave, bajaba desde la cabeza, destrenzando  la dama los
cabellos y echndole en los ojos la plida sombra de un cipresal;
despus la besaba en los labios, con una rfaga de hielo que extingua
dulcemente la voz y los suspiros de la moribunda; y, por fin, le haca
un pequeo tajo en el corazn, por el cual se le escapaban  Regina los
residuos de sus odios y sus amores, en flujo apacible y benfico... Qu
descansada se qued!... Era aquello estar muerta, como Daniel, como
Jaime, como todos los huspedes del camposanto, tendido en el
argomal?... Estara disecada, igual que los peces del laboratorio?...

Un tomo vivo de la memoria fluctu en la rubia cabeza desmayada, y, de
repente, aquel punto animado del pensamiento se arrebat con locos
terrores:--Qu habr detrs de los cipreses, al otro lado de la sombra
y del fro, de la quietud y el descanso?--grit el minsculo viga de la
inteligencia.--Y la voluntad, alarmada por la terrible pregunta,
estremecise toda y despert.

--Seorita, el correo--anunciaba Marta, presentando una bandeja.

Regina tard un rato en reconocerse. Examin los muebles y la estancia,
y, hallndose al abrigo del sof, entre edredones y cojines, fu
recordando cmo se haba muerto, despus de una sorprendente
conversacin con Adolfo... S, era verdad: la hendedura del corazn
prevaleca; rencores y carios, aun aquellos tan leves y menudos que le
quedaban como un poso de sus luchas para vivir y amar, se derramaron
totalmente durante aquel sueo indefinible. Sintise ligera y helada,
igual que una vedija de nieve.

--Morir, no es soar?--se dijo.--No podra suceder que yo estuviese
muerta y que soara pasajes de mi vida?

--La seora no quiere abrir sus cartas?--insinu la doncella.

--S quiero; dmelas--respondi la difunta con grato acento.
Extendiendo la mano, recogi los sobres, uno de los cuales, con orla de
luto, llam su atencin.

--Letra del doctor Marn--dijo.

Y para su mortaja (que era un vestido muy elegante), medit:

--Si estar viva!... Parece que reconozco la escritura de las gentes;
que hablo acorde; que tengo agilidad y memoria... Habr resucitado?

Se ech  reir, y el oro de su voz son con hechizo de metal puro,
estremeciendo  Marta, que no presenta aquella explosin alegre.

--Est peor la seora?--interrog sorprendida, temiendo que delirase.

--Al contrario; estoy muy bien--dijo ella, asombrada de escuchar su
propia voz y entender sus razones. Y rasgando el sobre de luto inclin
los ojos tranquilamente hacia la carta del doctor Marn, mientras la
doncella sala del aposento.

Por el balcn penetraba un perfumado soplo de la tierra, henchida ya de
brotes en la preez fecunda del verano, y las horas, cuajadas de sol, se
mecan con deleite sobre el infinito desdoblamiento del mar.

La escritura, un poco difcil, ocupaba el pliego que extendi Regina y
aun cruzaba la pgina postrera formando cuadritos. Bien conoca esta
costumbre la lectora, porque el galeno amable complacise en escribirle,
varias veces, atravesados renglones en cuya confusin clareaba su antojo
por la moza andariega, camarada y confidente un da del consolado
viudo. A una sola carta contest Regina, y la ms fogosa epstola del
doctor cruzse en el camino con un lacnico impreso en que la viajera
rubia participaba su celebrado enlace... Ahora deca Rafael Marn que l
tambin se casaba: una prima suya, cordobesa, mujer de mucho ngel y
rica dote, haca tiempo esperaba aquella decisin del primo viudo.
Dbase el mozo importancia con su brillante boda, muy picado por los
desdenes de Regina; y este anuncio feliz iba  modo de eplogo al final
de otra nueva muy triste: la nia del doctor se haba muerto; al nacer
la primavera comenz  entristecerse, y cuando las rosas abrieron sus
capullos cerr la nena para siempre los ojos. Quedbase all en el
cementerio lindante con el mar, dormidita debajo de una cruz. El doctor
se trasladaba  Crdoba con su hijo,  establecer el hogar nuevo.

Una rfaga de remota tristeza pas por el semblante de Regina, como si
le llegara de muy lejos, de otro mundo quiz, aquel papel fechado la
vspera en San Simn.

Parecile  la dama haber amado en otra vida  la pobre nena del doctor
Marn, y hasta haber sido novia de un mozo enlutado y sonriente, nico
poblador de una isla admirable, con rboles muy viejos y rosas muy
plidas.

Y entornando los ojos como para retener fugitivas imgenes, vi Regina
al mdico dicindola adis,  la triste hora del crepsculo, con los
nios de la mano, mientras ella bogaba hacia la costa buscando la
felicidad.

Tampoco estaba en la ribera!--se duele al recordar que persigui la
ilusin de ser feliz al travs de los mares y de los mundos. Y sin dolor
ni amargura se qued pensando en la isla verde y florida, desde la cual
demand  la costa patria un refugio placentero, sabe Dios cundo, tal
vez en poca ilusoria.

En la imaginacin doliente de la dama es la isla un vergel abandonado,
un planto de cipreses y cruces donde duerme la nia de Marn, mientras
su padre corre detrs de una ilusin.

Por aquel escenario de fuga y abandono pasa tranquilamente una moza
descalza, muy contenta, con un dedo sobre sus labios rojos, en seal de
silencio. La reconoce Regina, y, al verla sonreir con vivo gozo piensa
que esta criatura es digna de guardar el vergel de los sueos, la isla
de las ilusiones; porque va pisando, sin ruido y sin alardes, rosas de
felicidad deshojadas bajo sus pies desnudos...

La dama rubia no tiene envidia como antao, ni humor para hacer
experiencias inverosmiles, como cierta noche primaveral en que se
descalz persiguiendo un mito. Pero le queda la memoria de sus
ambiciones de ventura; tiende la mirada al paisaje, suspira y repite:

--La felicidad no estaba en la ribera!...




V

AMOR CON AMOR SE CURA.--EL PROFETA DEL ALMIREZ.--MENTIDEROS
TORREMARINOS.--UN CORAZN POR BLANCO.


ARDE el esto. Murmura el robledal con tumulto de tenues rumores, y
Carlos Ramrez pasea bajo la fronda en solitaria meditacin. Parece ms
alto; inclina la cabeza como si le pesara la corona de la juventud;
suspira y se detiene  menudo. El amor le duele como un mal de la vida,
y el desengao le agobia; pero sus pensamientos, que vuelan por el
bosque  la par de los malvises, son tranquilos. Es que la dura
pesadumbre del mozo tiene una alegra: Carlota ha resucitado en la
impenetrable ausencia, al saber que su hijo no gime como adolescente,
sino que sufre como hombre, iniciado en la ciencia trgica del amor.
Sabia en amar la madre y en sufrir, fu clemente doctora para disponer
los remedios al herido de amores; y  maternal milagro trascenda la
convaleciente actitud que tom el muchacho apenas sus lgrimas cayeron
sobre las cartas benficas de Carlota. A la pobre ausente le sirvi de
ocupacin divina consolar  su hijo; en la dulce tarea hallaba algn
recurso la propia desventura, porque el secreto amoroso de aquella
triste alma se derreta en halagos y promesas, derramndose en el papel
como en un cauce bienhechor. La piedad y el sentimiento vibraron de tal
modo en la pluma de Carlota, que, bajo el influjo de la eficaz medicina,
Carlos sintise renacer, lo mismo que si su madre le alumbrara  otra
existencia ms consciente y profunda; y la maravillosa caridad sostuvo
al mozo en tan confortable sosiego, que no se atrevi  pedir goce
mayor, cual si temiera romper con su codicia el hechizo de aquel
hallazgo. Pero la ausente ofreci, prdiga, ms bellas realidades,
vertiendo en sus renglones la esperanza de entrevistas futuras y de una
felicidad posible. Y Carlitos espera tambin animoso, porque la dicha de
su hermana se proyecta como un sol nuevo en el horizonte amaneciente del
muchacho.

Al resplandor suavsimo de aquella aurora que en su cielo sonre, el
doncel siente resucitar los fervores de su infancia; cree en los
milagros celestiales y en las compensaciones providentes; reza y confa.
Como si Carlota pudiera descender desde las nubes, volviendo hacia sus
hijos con luminosa traza de aparicin, le gusta al muchacho peregrinar
por las cumbres de la selva, absorto en santos consuelos, seguro de que
un da las virtudes de su madre resplandecern sin una sombra, con la
diadema doble del mrito y el infortunio...

Ya entre el vecindario se corre que la dama fugitiva ha parecido, y
que vive, en olor de santidad, en un convento francs.

Don Celso Ortiz asegura esta especie con sones cavernosos, mientras
prepara un especfico sensacional contra la polilla.

--Aqu hay un conato de crimen, una coaccin inicua--murmura, dale que
dale en el almirez.

--Esa seora--afirma, estornudando al mezclar alcanfor en su
menjurje--no se ha recludo de tan extrao modo por la propia voluntad,
exponiendo fama y dicha... Aqu existen vestigios de secuestro, rastros
de monomana religiosa  sntomas de terror insuperable...

--Una _perra_ de cerato simple--le interrumpen. l despacha, cobra, tose
y augura:

--La familia del _Robledo_ no puede acabar bien. Tiene una vena
dramtica en pugna con el sentido comn.

Felipe Alonso, que abre unos ojos tristsimos sobre los manejos del
charlatn, suspira resignado. Suele sentarse en la rebotica cuando no
encuentra  quin colocar algn discurso altisonante; y all se encoge
pasivo, en actitud de oyente, seguro de que don Celso no le deja
intervenir en su peroracin. Despus, el bello Alonso toma justa
venganza del humillante mutismo, apropindose las invenciones y hasta
las frases del boticario, para hincharlas y lucirlas al travs del
puerto. Estos dos rivales de la oratoria popular se temen y se buscan,
se odian y se necesitan: don Celso crea; Alonso propala; el anciano echa
 volar la fantasa con inventos peregrinos, desde la crcel de su
laboratorio, y el joven vagabundo difunde aquellas imaginaciones; pero
aunque goza ste las primicias de la pblica emocin, no sabe disimular
en sus _speechs_ el sello originario, un rojo tinte de volcn y
tragedia, que hace  las gentes decir:

--Eso ha salido de la botica...

Entonces el inventor gusta sus triunfos, porque los curiosos acuden  la
fuente madre de los chismes, y pierden inters las divulgaciones que
siembra Alonso en el Casino y en las dems tertulias.

Mas ahora tardar el boticario novelero en sentir los halagos de la
popularidad: sus pronsticos ofrecen dudas,  fuerza de no cumplirse;
sus noticias se han desacreditado, como cierto betn para las canas,
completamente fallido; y durante los calores estivales, la botica,
situada  pleno medioda en el chicharrero de la calle Real, no goza el
favor de los desocupados, aunque el aburrimiento profundo de Felipe
Alonso caiga en aquel cuchitril ardiente, lleno de moscas y de mareantes
perfumes, donde el mrmol y el cristal hacen ms visible la ausencia del
aseo. La facundia del qumico se derrocha esta vez sin esperanzas;
conoce l sus fracasos, y sabe que en las filas disidentes de sus
adeptos esgrime armas victoriosas la Bernalda joven, mustia y
frentica por la broma del amor y del barniz.

Pero la inventiva del boticario es tenaz, y sube con la temperatura,
como el barmetro; as, el viejo proporciona  su agente y enemigo
augurios y revelaciones acerca de lo que vuelve  ser cuestin
palpitante; y aunque no vendr igual que antao la ronda de curiosos 
indagar el origen de tales rumores, en risuea parranda, el farmacutico
sonre complacido y arremete con mpetus  su preparacin contra la
polilla, de enorme utilidad en la cancula.

Mientras funciona el almirez ilustre de la calle Real, vase el
declamador buen mozo  predecir, con voces misteriosas, graves sucesos
en la familia de Ramrez: mas en vano gesticula en actitud interesante,
y finge alarmas, y augural balbuce:

--Segn tengo entendido...

La gente mira incrdula al _Robledo_, y ni los ms inclinados  la
catstrofe y  la fatalidad, advierten que en la serena fronda se inicie
drama alguno: adormecida est en la altura, con beatitud amable, como si
prestara odo  la solemne respiracin del Cantbrico; y el cantar de
las aguas corrientes brota de las entraas de la selva con tan mansos
rumores, que hasta los ms pesimistas y agoreros oyen en su voz un
romance de paz.

Si la seora de Ramrez se apareciese all donde su hijo ambula
esperndola, de seguro el vecindario sonreira con benevolencia,
creyendo  Carlota un ngel en quien Dios haca gala de prodigios.
Indulgentes brisas de caridad rondan el bosque, y el rumor de que ha
devolver la dama del _Robledo_, tiene una dulzura placentera que Felipe
Alonso no puede amargar con los vaticinios del boticario...

En esto, las de Estrada descubren una tarde el grupo significativo y
alegre de la viuda de Velasco--casi nunca vista en la poblacin
--apoyndose en la nia de Ramrez, y con la escolta galante de
Manuel. Van de compras: cruzan la plaza, y bajo los portalones se hunden
en la tienda ms rica de la ciudad.

Cuando aparecen otra vez al sol, todos los visillos del trayecto estn
atacados de epilepsia contagiosa, encima de los cristales.

Manuel mira hacia los balcones con sabia sonrisa, como si penetraran sus
ojos al otro lado del fino cendal que cubre  las seoras, arrodilladas,
impacientes y febriles.

Y al sorprender la risuea observacin de Velasco enrojece Ana Mara, y
se turba.

Ya no es preciso ms para que cuenten aquella noche las de Estrada que
otra vez hay barruntos de boda en el _Robledo_: asienten las de
Bernaldo; las del juez aseguran, y rmase un guirigay estrepitoso, del
cual llegan rumores  cada paseante de la alameda, donde el esto reune
 la gente de buen humor. A coro acciona y comenta el grupo mujeril:

--Iban tan entusiasmados!...

--Ella se puso muy encarnada...

--Est monsima!

--Qu buen mozo es l!

--Las canas le favorecen.

--Es tan arrogante como Adolfo...

--Y ms formal.

La alcaldesa dice que los Velascos son de una raza de caballeros tan
cumplidos, que de seguro Manuel quiere enmendar la culpa de ingratitud
cometida por Velasqun.

--Pues hay pocos hombres de ese temple--exclama Filomena Bernaldo.

Ordez toma parte en la conversacin:

--Con mujeres como Ana Mara, ya puede ser Velasco un caballero.

--Adolfo no lo fu--murmura Jacoba Estrada, que se muere por el doctor.

Pero l replica impvido:

--Un caso de locura no se repite con frecuencia.

--Buen desfacedor de agravios tenemos aqu!--re muy relamida la
celosa.

Y el joven se conduele agresivo:

--Si no estuviera tan alto el _Robledo_!...--Despus lanza, burln,
una pregunta al corro:

--No compran ustedes las bolas que vende el boticario para defender
terciopelos y lanas?

Todos sonren mirando  Filo; la sensible doncella, dndose por aludida,
responde con mucho desdn que ya es viejo ese especfico... de la calle
Real, porque el ao anterior puso ella unas cuantas bolas en la piel...
y se le pic toda!...

--Se le ha picado  usted la piel?--compadece Estraduca, tmido y
desolante, asomando la nariz por detrs de sus hijas.

--S, seor. La tengo completamente picada.

--Pobre criatura!... Pero y de qu, de qu?

--Pues de la polilla.

--Es posible? de veras?

--Si era de nutria, hombre!--advierte Jacoba con un codazo
irrespetuoso. El regocijo grrulo de las mujeres empapa la vocecilla
tremante, que gime an, con la obsesin del duelo:

--Pobre Filomena!...

Cuando agoniza la velada, ya es pblico en Torremar el hidalgo proceder
con que los Velascos saben cumplir compromisos de amor; y la imaginada
boda presta al _Robledo_ un relieve de tales proporciones, que, mediante
absurda suposicin, cuntase  la de Heredia enclaustrada por un voto y
se dice que la merced pontificia est  punto de volverle su
libertad... Tal eficacia tuvieron una sonrisa burlona en labios de
Manuel y una llama de rubor en el rostro gentil de Ana Mara!...

       *       *       *       *       *

Ligera y fugaz como una sombra, desde que resucit con el corazn
exhausto en el blando nicho de chales y almohadones, camina la de
Alcntara con inconsciente rumbo, igual que si le hubiesen puesto una
venda en los ojos. En su propia casa, al tropezar  sus familiares,
sonre con la misma dulzura  Pablo y  Velasqun; tal sonrisa es
perenne, yerta y remota, como la de un retrato,  de una estatua. Ya la
joven sale en el _Reina_; cruza la playa; monta  caballo, y asiste 
misa. Adolfo est muy contento vindola as, por ms que  veces sienta
una vaga inquietud vislumbrando en los ojos de su mujer el fro detrs
de la penumbra, como si aquellos cristales tenebrarios franquearan un
sepulcro. Hay una triste sensacin de ausencia en las pupilas de la
dama: dirase que duerme con los prpados abiertos  que vela con el
espritu en fuga. Velasqun est receloso y le dice  menudo:

--Sufres?... Qu sientes?

Regina responde:

--No sufro nada. No siento nada... nada!--corrobora con un ligero
espasmo de extraeza.

Y en Torremar produce grande asombro el aspecto apacible y saludable de
aquella dama que se recobra al mundo cuando todos la crean achacosa y
doliente.

No ha pasado la primera semana sobre la singular resurreccin, y una
tarde Regina se entretiene en tirar al blanco en pugna con Velasqun,
desde el rudo camino de la costa: en palique y en chanza, agujereando un
papel prendido en los matorrales del argomal, suben al cementerio, y
junto  la cerca, Adolfo propone  su mujer colocar desde all, 
porfa, una bala en un pino solitario de la otra linde; tira el
caballero, y acierta; la seora apunta y dispara: una cruz del plantel
cruje; un grito amargo y desgarrador emerge de las flores que rodean al
herido leo.

Velasqun, plido y afanoso, empuja la puertecilla y avanza entre losas
funerales; Regina corre detrs, sin miedo ni susto, rauda y leve como
una pluma, que el aire lleva; al llegar los dos al pie de la cruz, el
marido incorpora  una mujer, inerte en el suelo, y la esposa distingue
entre los brazos del smbolo piadoso un nombre: Gabriel!

Cuando la triste desmayada vuelve en s, mediante la asistencia de ambos
jvenes, mira  la cruz y prorrumpe en lamentos:--Gabriel!
Gabriel!--murmura.--Est sangrando!... Le han herido en el corazn!

Y furiosa de repente, arranca puos de flores y se los echa al rostro 
la culpable. Luego, huye veloz y frentica, gritando su desventura.
Absorta Regina, la ve correr, la oye gritar, contempla el agujero de la
cruz, repara en la palidez de su marido, y sacudindose los ptalos de
rosas que le salpican el traje, sonre con absoluta indiferencia.

Los ayes de _la novia_ repercuten en el acantilado bravo, mezclndose
al rumor de la marejada en el silencio augusto del anochecer; y cuando
Velasqun y su esposa llegan  la poblacin, ya en el alto argomal las
florecillas silvestres entornan con sueo los dorados ojos. Se duele el
joven del percance, culpndose de no hacer prevenido el posible error de
aquel disparo; an se figura contemplar la cruz, temblorosa y traspasada
sobre las imploraciones de la suplicante; y un estremecimiento piadoso
le sacude, conmovido, en mitad de la senda: teme que el espanto de la
loca alborote  la gente, y que en la desenfrenada fantasa popular
adquiera visos de profanacin aquel suceso fortuito; pero Regina escucha
sus palabras como si llegasen de muy lejos, como si no le concerniesen
ni  ellas tuviera cosa alguna que responder. El acento pesaroso de
Velasqun es para la dama un ruido ms, un rumor que se une al de las
olas y que envuelve y apaga con dulzura los estridentes gritos de
_Gabriela_...

Alarmado por tan singular actitud, Adolfo se confunde y entristece
porque no halla razn  la indiferencia extraa de su esposa. Cayendo la
noche tornan los dos al hogar mudo y spero, donde las incertidumbres
del mozo vuelven  insinuarse, mientras el seoro de Torremar,
congregado en el paseo, celebra al aire libre una de sus veladas
domingueras, no ya en plcemes de boda como la anterior, sino en
derroche de vilipendios contra Regina de Alcntara, que otra vez sale de
aventuras  dejar en su camino una huella de escndalo. Y del coro de
vivas murmuraciones surgen con fuerte aroma extico, entre mal
disimulados celos, un elegante perfil y un haz de cabellos rubios que
ondulan como bandera de rebelda, malignos y seductores...




VI

FIN DE LA HISTORIA DE LA "BELLA DURMIENTE".


DA magnfico, da sublime para las musas trgicas de don Celso Ortiz;
da histrico de perpetua memoria en los anales de Torremar!

Apenas haba el boticario augur abierto los ojos  la luz de aquella
maana, entrse por la botica cierto rumor de catstrofe, que puso al
profeta del almirez en sbita vibracin. Un mozo de la finca de Ramrez,
forastero sin duda, preguntaba por el domicilio de don Fermn. La
inquietud del emisario y la urgencia que mostraba, dieron margen al
interrogatorio:

--Ocurre alguna cosa?

--Vaya si ocurre!

--Hay enfermos?

--Lo que hay es un difunto. Y la seorita est muy maluca.

--Pero qu ha sucedido?

--Pues que el amo... Al decir esto hzose el mozo, con el pulgar en la
garganta, una seal significativa.

--...Se degoll?

--As parece.

Y mientras don Celso, plido y tembloroso, dilatada la nariz y los ojos
brillantes, conmova  la vecindad con la triste nueva, ech el mozo 
correr, calle abajo, en busca del mdico.

       *       *       *       *       *

Aconteci la vspera en el _Robledo_ que Ana Mara baj al stano para
hacer, como de costumbre, la renovacin y limpieza del gran acuario
instalado all. De algn tiempo  esta parte, sentase la joven ms
animosa para llevar las difciles riendas de aquel laboratorio sin
labores, con vistas  un hogar arrecido. La inspeccin cotidiana del
acuario constitua para la moza un curioso divertimiento: gustbale
descubrir aquel fondo de mar en miniatura, que proyectaba, en la
obscuridad del stano, perspectivas fantsticas y emocionantes; era un
vivo simulacro de la lucha por la existencia, un sutil remedo de la
jerarqua social, revuelto nansa donde tambin los peces grandes se
comen  los chicos...

Absorta Ana Mara, contemplaba aquella turbia caricatura del mundo,
cuando sinti pasos en la escalera:

--Ser Manuel--pens, enrojeciendo--. Teme que se me olvide soltar los
grifos y abrir las vlvulas...

De pronto, una mano cay con violencia en el hombro de la nia, y, tras
un grito de espanto, la voz de don Juan Ramrez rugi desatada:

--Carlota!... Te escondes, eh?... No te me escapars, infame!

El sabio, el loco, sacudiendo  su hija con frenes, levant sobre ella
el puo. Pero no le lleg  descargar. Con las dos manos presas,
hallse frente  Manuel Velasco, que le deca en pleno rostro:

--Cobarde!

Tras una rfaga de vacilacin y de miedo, Ramrez protest:

--Qu buscas t aqu? A qu vienes?... Esa mujer es ma.

--Est usted equivocado.

--Es ma!

--Le digo  usted que se equivoca.

El discpulo entonces, soltando al profesor, le hizo mirar de cerca el
espavecido semblante de la nia. Prximo ya el crepsculo, haba crecido
la obscuridad por instantes, y en las altas rejas, leve soplo otoal,
deshojador de rosas, pareca gemir sobre los gajos murientes de la luz.
El sordo murmullo de las aguas semejante  un lamento; las
reverberaciones del acuario, con su muchedumbre temblorosa de inquietas
vidas; todo el conjunto original del recinto, puso marco de imponente
emocin al terrible episodio.

--No es ella!--profiri don Juan, escudriando con avidez la cara
llorosa de la joven. Qued un punto perplejo, y con sbita audacia grit
en seguida.

--Pero sta me pertenece tambin.

--Me pertenece  m--refut Velasco, tranquilo y firme. El padre quiso
avanzar con la mano extendida, mas le detuvo, inmvil y medroso, la
reciedumbre de otra mano, mientras aada Manuel con reconcentrada
expresin:

--He adquirido derechos sobre ella  muy alto precio.

--Y pretendes tener en mi casa ms derechos que yo?

--Sobre los corazones, s.

--Qu me importan  m los corazones?

--Por eso huyen de usted...

--No me hacen falta.

El mozo, endulzando su acento, murmur, ms compasivo que indignado:

--La vida es amor.

--Aborrezco la vida.

--Cmo quiere usted entonces dominarla?

--Con el odio.

--Pobre don Juan!--compadeci Velasco, dolindose de aquella demencia
destructora que le desarmaba con la propia insensatez. Y Ramrez,
jadeante como si rindiese la jornada ms penosa, gir en redondo, y
hundise en la obscuridad, de donde haba salido igual que un fantasma.
Iba regruendo:

--Odio... odio!...

--Amor... amor...--aleteaba el corazn de Ana Mara, refugindose en los
brazos defensores de Manuel. Al sentir el mozo los apremiantes latidos
de aquel pecho tan suyo, hzose un eco de la blanda querella,
confirmando:

--S; amor... amor...

Y despus de una pausa en que la caridad y el sentimiento rehogaron en
el alma de Manuel los ms nobles propsitos, aadi acariciando la
frente de la nia:

--Es menester sacarte pronto de aqu; lo resolveremos maana mismo--. Se
la confi luego  Carlos con muchas precauciones, y baj  su casa
impaciente.

Triste fu la velada del _Robledo_: don Juan se escondi en su alcoba
soliviantado, sin permitir que nadie traspasara el dintel; y junto  una
vidriera, ya cerrada al roco del otoo, Carlos y Ana Mara recordaron
con angustia y sigilo todas las pesadumbres apuntadas en la memoria de
su corazn. El paisaje, plido y confuso bajo la luz de la luna, pareca
penetrado de santidad y el rumor de las olas rodaba en el silencio como
enorme sollozo de la vida...

Al nacer la siguiente maana, en el dormitorio de don Juan resonaron
quejidos, y piadosa Ana Mara, acudi con solicitud cerca de su padre:
un espectculo horrible la clav al pie del lecho, pvida de terror; el
sabio se debata con la muerte, entre las sbanas hmedas y rojas, ya
sumidos los ojos en tinieblas. Habase inferido en el cuello brbaro
corte, valindose de una cuchilla sutil del laboratorio.

Pocos minutos despus inclinbase don Amador con infinita piedad sobre
la tremenda agona. Desde fuera, seores y criados escuchaban
distintamente el acento fervoroso del sacerdote, que, sobreponindose 
los ayes del moribundo, deca con solemne ternura:

--El odio mata y condena; el amor redime y perdona... Don Juan Ramrez:
espere usted en la misericordia divina; clame usted, con fe, desde el
fondo de su alma: Jess... Jess... Amor... Amor...!

       *       *       *       *       *

An vibraban resonantes y compasivos los comentarios del drama cuando
Velasqun se atreve  decir  su mujer:

--Si subieras al _Robledo_!... All no te guardan rencor. Pronto
seremos hermanos de Ana Mara, porque la boda se har en breve.

Sin recordar por qu los de Ramrez haban de ser rencorosos para ella,
Regina maquinalmente pregunta:

--Has subido t?

--El da del entierro... Carlos estuvo amable conmigo y su hermana me
pregunt por ti.

--Subir hoy--dice la seora muy tranquila--; t me irs  recoger
cuando anochezca.

Y por los mismos senderos tan paseados el ao anterior con locas
ambiciones, la dama rubia, indiferente y desamorada, insensible y
fallida, fu ganando la cumbre aquella tarde, bajo un cielo plomizo,
entre las rachas del agorero vendaval.

Por consejo de Eugenia vistise Regina un traje obscuro: ahora le es muy
fcil y cmodo seguir cuantas indicaciones se le hacen, como si no
tuviese voluntad, inters ni deseos para cosa alguna. Le ha dicho Marta
antes de salir:

--Abrguese bien, por Dios; hace mucho fro, est cociendo nieve...

Y la seorita se ha envuelto en su estola de piel con mucha docilidad:
cuando vence el atajo, ya en la linde de la selva deshojada, oye en el
camino real las campanillas de un carruaje; pero va ausente de cuanto la
rodea, y no se preocupa del coche que sube hacia el _Robledo_,  poco de
haber tocado un tren en la estacin de Torremar.

En el escampo del bosque, Regina se detiene porque una sombra avanza con
aire majestuoso al encuentro de la visitante: es una dama vestida de
luto; sobre su albsima frente el velo de crespn semeja una
desgarradura de la noche cada en el dosel de la maana.

Acrcanse las dos mujeres, se miran  los ojos en silencio, y Regina
balbuce con una voz que no parece suya:

--Carlota!...

--Adnde vas, Regina?

La de Alcntara no responde, y en el estupor de una sonrisa atnita,
qudase mirando  la viajera, cuyo acento dulcsimo, al derramarse en la
desolacin del robledal, jurara la joven que tiene resonancia
prodigiosa; porque, de pronto, los rboles ariscos, el aire helado, el
celaje adusto y su propio impasible corazn, le preguntan  un tiempo:

--Adnde vas, Regina?

Una sorpresa enorme la sacude, como si despertara de sueos  de fiebres
y cayera de improviso en certidumbres espantosas. Mudamente se dice:

--Estoy muerta?... Ser sonmbula?... No; estoy viva!--asegura,
sintiendo agudo y potentsimo el dolor de vivir. Y bajo la zarpa de las
pasiones y el aguijn de la memoria, enrojece y se turba.

--No te guardo rencor!--dice benigna la seora del velo, al ver  la
muchacha vacilar en confusin tremenda. La moza repite:

--No me guarda rencor!--Sabe que esas palabras se las ha dicho tambin
Adolfo, refirindose  Carlos y Ana Mara: ya sus recuerdos no huyen
como antes; ahora punzan y duelen, y hasta los ms lejanos retornan en
tropel dentro de un rayo de luz que ha cado en el alma de Regina desde
los ojos profundos de la viajera. Del tumulto de luminosas membranzas
toma con sagacidad la de Velasco unas partculas y compone esta frase,
evasiva y extraa, fuera de lugar:

--Ana Mara se casa con Manuel...

En el semblante hermoso de la enlutada cay una sombra; qu pretende
Regina con aquella importuna afirmacin? Trata de disculpar sus
traiciones, recordando que no impide el matrimonio de su amiga,  conoce
el secreto de la madre y quiere atormentarla?...

Las dos seoras se miran otra vez, en sondeo tenaz, hasta que la de
Heredia murmura con voz firme:

--He venido  la boda.

--No la esperan  usted?

--Siempre me estn esperando--sonre la peregrina. Y contina:

--Quise venir sin avisarles, porque s que no daa la felicidad.

--Ana Mara estuvo enferma... de la impresin...--alude entonces Regina;
pero ya est valiente.

--S: tambin Carlos se muestra valeroso--asegura Carlota, evadindose
de comentar el suicidio y con acento que  la coqueta le parece una
acusanza.

Quedan mudas un instante, sin saber qu decirse, disimulando impulsos y
palabras bajo apariencias indiferentes. Al sentir memoria y corazn
sacudidos por recuerdos y emociones, la dama rubia advierte que nadie
espera su visita en casa de Ramrez; ya se lo ha demostrado la extraada
pregunta de Carlota. Y el despecho vengativo hacia Velasqun, renace y
dicta  la mente torturada amargo insulto:

--Miedoso! No ha tenido valor para subir conmigo, y me enva sola,
ciega y torpe,  demandar clemencia... Me he casado con un nene, con un
cobarde!

Alza los ojos y la voz la querellosa dama, y quiere explicar:

--Pues yo, vena por aqu  dar un paseo...

--Sola, en una tarde tan cruel?

No hay irona en este comentario; la duda de Carlota est llena de
lstima. Y con dulce compasin, aade:

--No eres feliz?

Escucha la de Velasco, seducida por la entraable suavidad de aquel
acento.

Sobre el luctuoso ropaje de la viajera, derrama el bosque, como una
caricia, el oro sutil de algunas leves hojas, y el viento, que no se
cansa nunca de rondar en las selvas otoales, gime escuchos
tristsimos alrededor de las solitarias mujeres.

--Feliz!--exclama la joven amargamente.--Y ansiosa pregunta:

--Pero existe la felicidad?... Usted la conoce?

--Yo?--balbuce la enlutada;--yo conozco la alegra de mis penas... he
saboreado los frutos divinos del dolor.

La codicia pone un relmpago en los ojos audaces de la dama rubia.

--Y qu har,--murmura subyugada--para poseer esos frutos y esas
alegras?

--Sufrir y amar.

--Ya sufro...

--Y amas?

--No puedo... no s. He conocido todos los amores y ninguno me
conmueve... Tengo el corazn helado!

--Todos, dices que los probaste?--advierte incrdula Carlota.--Sin
remontarte al cielo, an te falta uno, el ms hermoso, el ms grande...

--Ah, s! Feto ese--aduce Regina--es superior  mis fuerzas... No
podra con el.

--Ese, derritiendo la nieve de tus entraas, te hara llorar mucho: te
salvara.

--De modo, que es preciso llorar para salvarse, llorar para ser feliz;
siempre llorar?

--S; es menester que llueva en los corazones para que fructifiquen.

--En dolor?

--Y en amor; en caridad, que es fuente de vida eterna... Pero ya me voy;
llevo mucha prisa... Me detuve  consolarte un poco.

--Oh, espere usted!... Un minuto!... Quin le dijo que yo era
desgraciada?

--Mi presentimiento.

--Porque fu culpable?--confiesa Regina bajando la frente.

--La culpa--dice Carlota evasiva, para responder con ms
piedad--engendra un dolor estril, sin esperanzas ni compensaciones.

--As es el mo--confirma la escptica con amargura.

--Pues trucale por este otro, confiado y sonriente;--y Carlota seala
su corazn.

--Aguarde usted otro momento--suplica la joven al ver que la seora
trata de partir,--y dgame algo de ese corazn que usted me ensea.

--Tienes curiosidad?

--Tengo envidia!--Y con audacia aade:

--Yo conozco la vida de usted; s que por esta selva, en este memorable
da de regreso, usted va hacia el ms duro de los sacrificios: por qu
va usted predicando la esperanza y el amor?

Carlota, palidsima, con voz de lgrimas, responde:

--Porque voy tambin al triunfo...

Levanta los ojos al cielo y  Regina se le van los suyos detrs de
aquella mirada. Se han partido las siniestras nubes y un jirn azul
asoma en el espacio como fugaz sonrisa del celaje.

--No me puedo detener--dice Carlota muy conmovida;--el ms valiente, el
ms puro de los amores humanos, me espera detrs de esos rboles...
Adis.

--Respndame usted--clama Regina asindola del velo.--Derroch mi
juventud al travs del mundo, buscando la felicidad...

--No la busques. Busca el bien solamente y lo dems _te ser dado por
aadidura_.

--Pero es que no lo encuentro; voy desorientada y loca; no me abandone
usted, que sabe los caminos...

Hay tal angustia en esta confesin, que la dama viajera se detiene; su
actitud, segura y apacible, contrasta de un modo original con el aspecto
inquietante de Regina. Sorprendindolas all, en tan raro coloquio, se
las tomara por imgenes de una fantstica historia; pudiera creerse que
la joven peregrina, cobarde y sin rumbo, pregunta  la reina del Bosque:

--Dgame, por favor: hay por aqu posadas y veredas hacia el _Buen
Paradero_?... Habr lobos y ladrones?

Y parece que responde, solcita, la seora del manto:

--Ves aquel caminuco lleno de abrojos? Sigue por l... Andars,
andars; si te hieres, no grites; llora en silencio y ofrece  Dios tus
tribulaciones. A la derecha, siempre  la derecha, se ensancha la ruta,
el suelo se ablanda y se toca el final del camino; el descanso, el
triunfo...

En realidad lo que hablan las dos mujeres tiene mucho parecido con eso.

--Amar es recrearse con el bien de otro--dice Carlota--; es sufrir por
el ser amado y olvidarse de s mismo... Obrar el bien es tener la
caridad por norma de nuestras acciones.

--Me seducen las palabras de usted, aunque no las entiendo--afirma la de
Velasco--; tienen msica y miel, tienen aroma... Cundo volver 
verla? No querr usted aparecrseme en este bosque, como una princesa
encantada?

--No, no--sonre la del velo--; al contrario; huir de estos lugares
apenas coloque la mano de mi hija en la de su esposo.

--Dnde vivir usted?

--En un rincn sereno, donde la Virgen me ayude  curar  Carlitos.

--Cree usted en los milagros de la Virgen?

--Si los podemos hacer las madres buenas, qu no har la mejor de las
madres?... Adis; ten muchos nimos y sigue tu camino. Para huir de
lobos y de ladrones, no lo olvides; siempre subiendo,  la derecha;
siempre sobre espinas y zarzas, hasta el _Buen Paradero_...

La moza, con las manos en cruz,  punto de llorar, pregunta:

--Y me perdona usted?...

--Con toda mi alma--interrumpe la viajera, consagrando el perdn en una
caricia. Despus se obscurece entre los rboles, y con los perfiles del
manto se borra la luz y el hechizo de la singular aparicin, mientras
Regina, casi de hinojos, echa  volar un beso, y murmura:

--Adis, _Bella durmiente del bosque_... Un abrazo al hada benfica y al
duendecillo gentil... Adis, Carlota!...

       *       *       *       *       *

Clavada en el camino, temblando de emocin, Regina escucha; le parece
que el bosque va  repetir, con fervorosos murmullos, las palabras
admirables de Carlota; mas, como si sta se hubiese llevado en pos de s
el silvestre cortejo de rumores, calla el robledal y se entolda, cada
vez ms sombro, segn la tarde avanza. Aquellas nubes que sonrieron un
instante, han volado hacia el mar, y sobre el cielo torvo muere la luz
cansada y triste.

Regina se recobra de su xtasis, alarmada por el silencio que la rodea,
y busca el senderillo del atajo para volver  la ciudad. Bajo aquel
traje seoril que ondula en las yertas campias, late con ansia el
veleidoso corazn, bien advertido de que no es la virtud _un nombre
vano_, de que hay en el mundo torrentes de caridad, y de que todos estos
divinos amores tienen la voz muy dulce y la sonrisa muy bella. Podr la
dama rubia no estar en sus cabales y ver visiones  menudo; pero Carlota
no es una ilusin; es una mujer de carne y hueso, dechado tangible de
aquellas heroicas virtudes del sacrificio, que la visionaria tom
siempre por utopas. Enfrente del cruel escepticismo, razonador de
sentimientos, impuro manantial de negaciones; por encima de los placeres
infructuosos que rozaron la epidermis de la muchacha en su existencia
frvola, el corazn anuncia que ha llegado la hora de sentir. Pero este
latido cordial, que se inici con arrogancia, flucta con timidez,
paralizado por el fro interior del espritu, donde ya no fulguran los
ojos de Carlota.

Cuanto de esta mujer supo Regina, parecile un hermoso cuento, igual que
tantos otros imaginados  ledos: desde las suaves nieblas de la
infancia hasta los presentes das obscuros, de congelado abandono, fu
la imagen de la _Bella durmiente_ para la joven erudita una especie de
smbolo, de conseja moral, tan fantstica como las leyendas que la
embelesaron en el Rhin cuando empez  recorrer el mundo. La sublimidad
de Carlota, liberta de su cruel esclavitud por el amor, y esclava, por
el amor mismo, en un convento, resultbale  Regina tan misteriosa y
vaga como el impulso de la novia de Rolando, cautiva de sagrada
clausura por creer  su amante vctima de la guerra. El drama del
_Robledo_, ms sensible para la curiosa que aquellos otros aprendidos en
papeles y viajes, cay en las penumbras de la fbula ante el incgnito
de la protagonista, que ama, padece y se inmola desde lejos, igual que
en las novelas, lo mismo que en los romances y en las historias del
_Flos Sanctorum_...

Mas he aqu que la noble Musa de aquel poema de amores y piedades se
aparece  la incrdula, y despertndola de su sueo interior, la detiene
y la dice:

--Adnde vas, Regina?...

Y aunque por su hermosura y raras prendas tiene Carlota mucho parecido
con las heronas de los cuentos, bien claro est que no baj de las
nubes ni brot de un arbusto, sino que lleg en un tren  Torremar y al
_Robledo_ en un coche, cruzando  pie una parte de la selva para acortar
camino.

Segura est Regina de que la _Bella durmiente_, con su traza de
aparicin y sus frases de parbola, es una pobre mujer que lucha y gime;
pero tambin es cierto que la vi sonreir con placidez suavsima, y
levantar los ojos al cielo con divino arrebato, al travs de la niebla
de sus lgrimas...

--De modo--pregntase la razonadora,--que en el amor hay dolor y en el
dolor hay transportes de alegra?

Se detiene vacilante, desesperada, aadiendo:

--Y nunca podr amar?

Desdea su mala condicin; supone que hay una raza escogida de seres
enamorados y piadosos,  la cual no pertenece; pensando que est
condenada al martirio de la incredulidad, recuerda cmo otra vez baj de
una cumbre, igual que ahora, huyendo del amor y del sacrificio, con
espanto de rproba; fu en los Andes, en la cima del mundo; crey amar y
sufrir, y amores y dolores se le escaparon en un gemido de impotencia y
cobarda, delante de una cruz...

Pero al descender por la pendiente del _Robledo_, el temor de Regina es
menos trgico que en aquella fuga memorable; tal vez porque la cruz que
hoy vi en la cumbre se muestra ms humana y el monte ms asequible...
Celestial misericordia protege  la infeliz, que busca y huye, que
asalta con el duro anlisis de su inteligencia las sagradas razones del
sentimiento y del corazn; se ha humillado con piedad infinita el
smbolo cuya grandeza majestuosa hizo temblar  la viajera rubia; y
desde la cordillera gigante donde parece que slo Dios puede alcanzarla,
ha bajado la cruz, en forma sumisa de mujer,  un montecillo dcil y
extendiendo sus brazos de carne temblorosa, ha dicho con una voz muy
dulce, delante de la obsesa:

--Adnde vas, Regina?...

Quisiera responder la moza y mira al cielo, porque siente, aunque no se
lo explique, cmo baja de all la solemne pregunta. Ya cae la sombra;
las nubes se han aligerado al roce del crepsculo, con esa inconstancia
propia de los norteos celajes; y ha encendido la luna su plido fanal,
que parece verter al mismo tiempo el silencio y la luz sobre la tierra.
Largos y obscuros los perfiles de los rboles, se inclinan reverentes al
paso de la rubia seora, que abre su alma al secreto de la noche,
sintindose presa de una fe que no cree en nada, y de una emocin sin
nombre ni rumbo, que ensancha su cauce poco  poco, bajo la nieve del
entendimiento.

En una vuelta del camino, ya cercano el arrabal, Velasqun detiene  su
esposa:

--Pero no me esperabas?--interroga alarmado.

Y ella sorprendida, con el rostro encendido por sbita perplejidad, no
sabe qu decir; siente deseos de mostrarse cariosa, y recuerda sus
ocultos reproches contra Adolfo... Los merece?... En la duda benigna
que le asalta, decide callarlos, y aduce amable:

--No llegu  casa de Ramrez, porque he visto  Carlota.

--A Carlota?--Velasqun sospecha que su mujer no est en sana razn.
Pero Regina asegura:

--S; ha llegado esta tarde en el tren correo; cuando yo cruzaba la
selva la encontr; dej el coche en el camino real para subir por el
atajo.

--Entonces no avis la llegada.

--No; quera sorprender  sus hijos.

--Y hablaste con ella?

--Habl mucho.

--Cmo la conociste?

--Apenas ha cambiado; siempre est hermosa... Ella me conoci
tambin.--Hay tanta dulzura en la expresin de estas frases, que Adolfo,
maravillado y crdulo, se siente muy feliz. La esposa contina con
naturalidad:

--No era oportuno que hoy fusemos de visita.

--Claro!... Pero es muy tarde para que vuelvas sola.

--Me entretuve... y anochece tan pronto!

Quiere Regina cambiar de conversacin; se apoya en el brazo de
Velasqun, y ambos sienten la dulzura de aquella intimidad. El
Cantbrico, movido y bullicioso, dice  la costa su amenaza brava, y al
son de las airadas voces, la seora murmura:

--Ya no sales en el _Reina_...

--Porque todos los das se anuncia un temporal.

--Tienes miedo?

--Miedo?--protesta el joven sonriente.--T me juzgas miedoso?

Evadiendo la respuesta, dice Regina, irnica  pesar suyo:

--Me entusiasman los hombres temerarios.

Y flotan estas palabras, como seuelo de combate sobre el perfume de
amor y de ilusiones que va dejando en pos de si la elegante pareja.




VII

ENTRE EL CIELO Y EL MAR.--EL PLACER DEL PELIGRO.--LA MUJER Y LA
OLA.--ESPEJO DE NAUTAS Y DESENGAO DE GALANES.


VENTABA el Noroeste, con barruntos de galerna, cuando Velasqun sali de
su casa, hurao y triste, huyendo la melancola de aquel hogar
enfermizo, donde la juventud y el amor tenan semblantes de fracaso, de
pesadumbre y de vejez. Los recios soplos del vendaval, saturados del
aura salobre; los aguileos perfiles del suburbio marinero, encaramado
con valenta en los zcalos y contrafuertes de la sierra; la anchura
majestuosa de los cielos y las aguas dieron sbita energa al corazn de
Adolfo, siempre dispuesto por los pocos aos  recobrar los bros de su
temple viril.

Para escuchar mejor los retumbos del oleaje, lleg al borde asprrimo de
los cantiles y sentse  horcajadas en un ingente colmillo de la roca,
bauprs inmvil sobre las frvidas espumas, ariete formidable de los
vientos, heroico brazo tenso hacia el mar, como el reto de un dios...
Erguido en tan spera silla, entre los aletazos del Noroeste y el ronco
son de las olas, imaginse por un momento Velasqun llevado en furioso
galope, al travs de las tormentas, sobre los duros lomos de un caballo
salvaje; oprimi con ansia la roca, igual que antao su bridn, cuando
impaciente cabalgaba en busca del _Robledo_; mas una racha cruel,
cogiendo al mozo de improviso, estuvo  pique de dar con su vida y sus
sueos en el hondo sepulcro de las olas.

Temeroso del riesgo intil, volvise al arrabal y vi en la cumbre del
monte la casita blanca y verde, la casita triste, nido de amores y
desengaos. All, en el balcn del gabinete familiar, estaba la dama
rubia, siguiendo con los ojos los pasos de su marido, tal vez burlona,
compasiva tal vez... Por qu raro engarce de pensamientos, por qu
misteriosa corazonada sinti Velasqun entonces, ms fuerte que nunca,
la decepcin de su esquivo matrimonio? Por qu voluble asociacin de
ideas imagin mirando al mar y mirando  Regina, que ambas, la ola y la
mujer, eran igualmente bellas y peligrosas, atractivas y falaces? Movido
Adolfo por el mpetu de su juventud, por el resorte de sus deseos,
hubiera querido ahora juntar en un solo abrazo  la mujer y al mar, y
hacerlos suyos para siempre, con absoluto dominio. Pero el mar y la
mujer estaban all, como dos esfinges, sin descubrir el secreto de su
perfidia y de su hermosura.

Todo esto pensaba Velasqun muy vagamente, , mejor dicho, lo presenta,
mientras que se alejaba con lentitud del hogar montesino y triste,
acercndose al puerto con el ansia secreta de vencer al mar delante de
los ojos de la mujer. Desde las ltimas atalayas de la costa contempl
la baha rizada por el viento; la ciudad vetusta, mezcla de marinera y
labradora, diestra en el manejo del dalle y de las redes; las montaas,
de colores umbros; el cielo, nuboso y gris; el mar, blanco de
espumas... El espectculo de la naturaleza era un tnico para su
espritu, lleno de preocupaciones ntimas y crueles, inficionado de
misteriosa enfermedad. Slo en los fuertes goces de la montaa y la
marina, en los placeres rsticos, en las empresas difciles, ejercitando
sus artes de nauta y de montero, poda hallar equilibrio y expansin
aquel muchacho varonil y francote, unido  una mujer toda melindres,
sofismas y tristezas. Pero ni aun as se vea libre enteramente de la
malsana sugestin de su esposa; hechizado por ella, sin saber cmo,
abandonbase  su influjo hasta caer de nuevo en las prisiones de su
hogar, que le atraan con imanes y vrtigos de abismo.

Llegando al puerto, despus de breve paseo por la costa, mir Velasqun
el horizonte de la baha, con la obsesin del mar, imagen de sus turbios
amores. Arreciaba el Noroeste; un cinturn de espumas sealaba con
vigoroso pincel la barra del puerto; las olas se tean de un color
gris, de reflejos metlicos; las banderas de los buques surtos al abrigo
del muelle, tremolaban con mpetu, sacudidas por el vendaval, y, en
primer trmino, sobre las ondas ms tranquilas; se columpiaba airoso el
_Reina_, bien sealado por su arrogante grimpoln azul.

Apareja, que vamos  salir--djole Adolfo  Pablo el marinero, que
paseaba ocioso y mustio por el muelle.

--Con este tiempo?--repuso el segundo de  bordo, mirando
alternativamente al cielo, al mar y  las banderas temblorosas.

--Con este tiempo.

--No ve cmo sopla el Noroeste, y con rachas poco nobles?...

--No importa, Pablo.

--Bueno, voy  avisar...

--No avises  nadie; vamos t y yo solos.

--Solos?--interrog pasmado el marinero.

--Si no te atreves, dilo, y buscar quien me acompae.

--No es que no me atreva, seorito; peores tiempos ha pasado uno. Sino
que el barco es grande, y cmo hemos de estar  la maniobra con este
da? Si usted gobierna y yo quedo  proa, cmo voy  atender  todo?

--Ya nos arreglaremos. Anda listo si quieres...

Call Pablo y se alej moviendo significativamente la cabeza. De pronto,
volvise para preguntar:

--El foque pequeo... no?

--El grande y sin arrisar nada; no toques al roling.

--Dirn que estamos locos...

--Que digan lo que quieran.

--Iremos, si es capricho.

--Lo es.

Pablo embarc en el chinchorro, bog hacia el balandro, y una vez en l
iz la vela mayor, dejando dispuesto el foque.

Luego torn al muelle para buscar  Velasqun.

Quedse un momento solo y sin tripular el _Reina_ sobre la poderosa
ancla y los fuertes arpeos. Arriados los foques y cautiva la caa,
cease el viento  la vela mayor y haca dar muy graciosas vueltas al
balandro. Tomaba ste el viento, ceda, se atravesaba, le pona la proa,
y el aire, entrando  ras del palo, sacudiendo la relinga, daba un
aletazo  la vela, y de nuevo comenzaba el alegre baile del donoso
batel, entre vivos cabeceos y rpidos tumbos, hasta quedar proa al
viento.

Salt  bordo Velasqun, mir all arriba,  la cumbre del arrabal, y
avizor al punto, en el balcn de la casita blanca y verde, la figura de
la mujer y en sus manos un pauelo sacudido con fuerza por el aire,
quiz, tambin, por el terror. Que como algo se le alcanzaba  Regina en
las cosas del mar, por la costumbre que de ellas tuvo desde la libre
niez, harto deba presumir que embarcase con aquel da y con todo el
aparejo era una loca temeridad.

Pero Velasqun, sonriendo orgulloso y decidido, se puso al timn y asi
la caa, mientras Pablo fu junto al mstil, aclar las drizas y las
hizo funcionar. A poco, se elev majestuosamente uno de los foques y
luego el otro, aleteando soberbios y azotando el aire con los ltigos de
sus escotas. Cazadas stas, arrise la de la mayor y qued el balandro
en franqua. Salt el _Reina_ sobre las espumas, vir con gracia, y,
escorando hasta mostrar la lnea verde de su casco finsimo, acercse 
los cantiles donde poco antes abarcara Adolfo con mpetus y codicias los
misterios de la mujer y del mar.

--Ya no me preguntar si soy cobarde--dijose el bravo nauta, pensando en
Regina con indefinible emocin. Puso luego la proa en derechura del
formidable contrafuerte, y cuando pareca que el balandro haba de
estrellarse en las piedras, vir de sbito: las velas temblaron un
instante y cambiaron luego de posicin; cay el bajel sobre el costado
de sotavento, no sin meter en el mar parte de la cubierta, y naveg en
busca de la barra. En lo alto del mstil pudo ver Regina, desde su nido
aguileo, la orgullosa inicial de su nombre, dicindole adis, sobre el
raudo grimpoln que se estremeca en el tope.

Domeadas las hirvientes espumas de la barra por la ligera quilla de la
nave, llevla Adolfo mar adentro, sin cambiar el rumbo: iba  un
largo, pero como la costa se hallaba cerca, el viento ya no daba ms de
s ni era posible seguir ciendo; fu preciso virar.

--Listo!--grit Velasqun--. Y Pablo ejecut la maniobra mirando hacia
arriba con ojos escrutadores, mientras las olas saltaban  la cubierta
rugiendo ante la resistencia del timn, y la caa temblaba en las manos
del audaz piloto, vibrando como sensible telgrafo que transmitiese 
las lenguas del mar los pensamientos del hombre.

Salt de pronto una rfaga y oyse un crujido.

--Orce todo y pngase  la capa--vocifer Pablo con viva angustia,--que
nos va  faltar el mastelero!

--Qu  la capa;  la va!--repuso Velasqun.--Esto es hermoso!

Y el balandro sigui su carrera loca entre las irritadas espumas,
irguindose con terribles saltos como si fuese  volar, cielo arriba,
con las alas crepitantes de sus velas, y escorando despus,  riesgo de
hundirse en las abiertas fauces del mar. Los lonas, henchidas por el
viento, geman trpidas, y el agua, turbia, crespa, rebelde, saltaba
como sacudida por interiores y profundas cleras.

Sentase Velasqun orgulloso de su propia temeridad, con la embriaguez
del peligro, fascinado por la hermosura trgica de la escena, azotado
por el viento, estremecido por las olas, presto  domear las fuerzas
inertes de la naturaleza, all entre dos abismos indmitos y al alcance
de las miradas de Regina. Puesta la mano en el timn, igual que en un
cetro, contemplaba el joven las revueltas ondas, que se erguan junto al
balando, flexibles y elsticas, muelles, redondas, insinuantes, como
brazos y senos de mujer, coronadas de espumas, de flotantes cabelleras
con rizo de nieve. El hondo pilago saba tambin de carantoas y de
halagos para esconder falsas y traiciones.

De nuevo se oy, con ms fuerza y estruendo, el crujido del mstil.
Pablo se puso en pie y clam:

--Arribe, don Adolfo; arribe y cace escota!

Mas ya era tarde. Roto el mastelero por la encapilladura, vnose abajo
con temeroso ruido y qued pendiente de las jarcias; aflojse el estay,
cay la vela, y escor la nave,  punto de rendirse. Sin prdida de
tiempo se puso Pablo  desatar las drizas; pero la balumba de cuerdas y
lonas abofeteadas por el vendaval, cruja y aleteaba, como un albatros
herido de muerte.

Miraba todo aquello Velasqun, ajeno  los peligros del naufragio, con
el hechizo de un pauelo que viera tremolar all arriba en la cumbre
serrana. Por una especie de telepata misteriosa, aquel pauelo, agitado
con angustia en las manos de una mujer, di al mozo alas y bros, le
empuj mar adentro, hacia el abismo traidor.

Oculta estaba la ribera tras el hervor del oleaje; pero las peas del
arrabal, escalando el horizonte obscuro, se dibujaban sobre el fondo
gris del cielo con la robusta crudeza de un agua fuerte. Los matices
sombros de la montaa; la recia arquitectura de las rocas; el bajo
vuelo de las nubes; el cariz lgubre del ocano, daban la impresin de
un lienzo de tragedia, de un crepsculo universal.

Hay horas en que los hombres ms cabales se sienten arrastrados por una
fuerza secretsima, invencible, superior  los bros de la voluntad y la
razn; as, Velasqun, el mozo alegre y ligero, movido de extraos
resortes, jugaba con la vida y con la muerte, como un sonmbulo. Era la
sugestin de aquellos ojos, clavados con ansia en el mar desde la casita
blanca y verde? Era el embeleso de aquellas olas, bellas y falaces como
los ojos de la mujer?

La furia de un maretazo despert al joven de su trpido ensueo; recobr
el instinto de la vida, y orden  Pablo, que se debata entre las
revueltas jarcias:

--Deja eso, deja eso!... Pcalo todo!

Y como Pablo no le oyera con el ruido del mar, abandon la caa diciendo
 grandes voces:

--Gobierna t, gobierna t!...

Despus abalanzse  proa, con su cuchillo en la mano, para cortar las
cuerdas. El marinero lleg al timn, pero antes de coger la caa se
atraves la nave al mar y al viento; hincharonse las velas, y de
repente, advirti Adolfo que el foque grande, que tena en banda las
escotas, se le arrollaba al cuerpo, le envolva con mpetu y le
arrastraba al abismo. No vi el agua, pero la sinti en las piernas, al
travs de la lona que le cea; despus en la cintura, en el pecho, en
la boca y en el alma, con una frialdad y una amargura que parecan de
otro mar... Quiso defenderse, mover los pies y las manos, dar un grito;
pero hallse mudo, inerme, ciego, cautivo en el abrazo prfido y suave
del lienzo y de las olas, arrastrado entre dos aguas, en desenfrenada
carrera,  remolque de la brava embarcacin, como vencido paladn 
quien ataran  la cola de su propio corcel.

En vano el marinero rompi en desaladas voces y procur izar  bordo el
peregrino sudario. Ya el pobre Velasqun, en los umbrales de la muerte,
vea por ltima vez, con los ojos del alma, una cumbre negra, un pauelo
blanco, una figura de mujer, y una ola flexible, muelle, acariciadora,
que pareca el smbolo y el retrato de aquella mujer... hermosa y
prfida como el mar.




VII

LA LMPARA VIGILANTE.--RESCOLDOS DE LA TRAGEDIA.--LOS DOS MDICOS.--NO
PUEDE SER...--EPLOGO  LA HISTORIA DE LA BELLA DURMIENTE.


CAEN los copos de nieve con misteriosa lentitud, en la fra serenidad de
la atmsfera, semejantes  lgrimas de los cielos,  vedijas de nube, 
ptalos de nardo, vistiendo la tierra de apacible resplandor. Hoces y
cuetos, pinos y rocas, ceidos por el cndido ropaje, pierden la
aspereza y rigidez de su color y sus perfiles; slo la mancha cruda del
mar, de un gris metlico, desgarra como una hoja de acero la blandura de
los horizontes, y finge un ceo sombro en el manso cariz de la maana.

Desde el fondo de su aposento Regina escruta el paisaje con obstinacin
acerba, y torna  menudo los ojos al saloncito, baado en el claror de
la nieve, mira que te mira, halla en esta luz un tinte lgubre de
mortaja y  la vez una implacable intensidad que alumbra los ms ocultos
pliegues de la conciencia.

De cuantas sutiles enfermedades adoleci Regina, ninguna fu tan
dolorosa como esta que padece al resplandor de la nevada, en la ms
triste soledad: sufre mareos y nuseas, y tiene delirios como antao;
tan pronto la persiguen aciagas visiones, como yace en sopor febril,
entelerida y absorta. Pero al travs de los porfiados sueos, lo mismo
que en las crisis de agitacin, arde en la penumbra de aquella cuita una
lmpara vigilante, que muestra las memorias y las sensaciones con rtila
verdad. A cada fase de la extraa dolencia, siente Regina en el fondo de
su espritu resplandecer el invisible fulgor, y tirando del crespn
sombro de sus dudas, confirma valerosa:

--Estos son remordimientos.

En la ondulante blancura del arrabal imagina  veces la vela enorme de
un balandro monstruo, la trgica vela que envolvi  Velasqun y le
meci en las olas hasta ahogarle. En estos minutos de obsesin, para
Regina ha naufragado toda la tierra; slo vive del mundo una lquida
llanura sobre la cual flota aquel sudario, resto de la hecatombe... Y
cmo finge el mar; qu traidor es! Se est en su sitio, mudo y
ceniciento, con traza indiferente, y bajo las espumas de sus crenchas
guarda con avaricia despojos de ilusiones, cimientos de hogares...
Pensando as, la dama prorrumpe:

--Como yo, igual que yo!

Hace de si misma un anlisis despiadado; inocente se finge ella tambin;
sola y callada, oculta all su luto... nadie dir que empuj  su esposo
hacia el peligro, hacia la muerte... nadie supone que bajo el oro de los
bucles nievan los remordimientos en la conciencia de la viuda. Pero ella
sabe que pronunci unas imprudentes palabras contra la valenta de aquel
mozo apasionado y sincero; sabe que le estimul  un combate intil, 
una lid temeraria y estril, y se siente culpable de haber arrancado, 
traicin, las races de aquella vida lozana, de haber destruido los
cimientos del hogar. Todas las expiaciones le parecen pequeas para tan
graves culpas: que ya la tierra no resucite dentro de su mortaja; que el
horizonte semeje, como ahora, la vela de un balandro gigantesco; que
siempre el mar escuche, turbio y silencioso, el albo secreto de la
nieve, y que la dama rubia viva infeliz aos y aos, mirando ese
paisaje, abriendo su conciencia  esa luz cegadora que la espanta...

--An es poco--murmura con ansias de padecer. Y no es que busque la
felicidad incomprensible de que le habl Carlota. Est segura de no
merecer ningn alivio, ninguna esperanza: sus pesares sern siempre
duros, helados, secos; Dios la castiga  sufrir sin llorar; 
reconocerse culpable sin emocin, con un sentimiento de justicia, recio
y firme, esclarecido por ignoto luminar, sereno y helado como el que
reverbera sobre la nieve.

Ya Regina no confunde la maldad con la virtud; ya no fomenta en sus
ntimos coloquios la duda de dnde acaba el bien, y dnde empieza el
mal, tpico de que los amorales suelen servirse para disculpar sus
errores. La clarividencia de la razn empuja hacia la superficie el
fondo de bondad de aquel carcter, y Regina tiene ahora grandes
repugnancias hacia cuanto no brille limpio y virtuoso,  la vez que se
aferra con todas las energas del entendimiento  lo ms sano y puro que
conoce. De tan profunda transformacin dimana el menosprecio que hace de
si propia; el afn con que quiere castigarse y padecer, para contribuir
al equilibrio de la justicia. Y de la fuerza misteriosa que hay en este
humano propsito, la dama colige que sus afanes tienen arraigos de
eternidad. Pero la fuente del sentimiento perdura cautiva, acaso negada
para siempre al pobre corazn, loco de sed!

En vano Regina pide lgrimas y oraciones para regar los ridos caminos
de su arrepentimiento; sufre con los ojos enjutos, con los labios
rebeldes  una deprecacin que no brota de su alma. Muchas veces
recuerda la pesadilla delirante que padeci en Spa, cuando quiso
interceder por su hermano y se le neg  ello el corazn; mas, al fin,
arrodillse la colosal cabeza de aquel sueo, y or la nia visionaria y
dichosa. De semejante deliquio se reanim la viajera rubia, sonriente y
despreocupada, mientras que hoy, la mujer que padece y busca, sabe que
est despierta y se reconoce acreedora al castigo de no encontrar los
dulces manantiales de la oracin y el llanto.

--La que ambicion entender alegras y dolores, y quiso gustar la vida
slo con la inteligencia, est bien condenada  no sentir--murmura la
seora.

Conoce que se ha fabricado el propio suplicio; ella ceg con hielo de
sofismas y argucias las fuentes redentoras de su alma; por eso la luz
que se hace en su razn alumbra un pramo de nieve!

Anonadada la infeliz, se humilla  los consejos del sacerdote, del viejo
y buen amigo que no abandona  su triste feligresa. Y aquel saln
minsculo, cerrado  la batalla de reconquista que el seoro de
Torremar intent con pretextos de psame, se abre  don Amador, y se
puebla de murmullos piadosos casi todas las tardes...

No necesita el sacerdote preguntar hoy cmo sigue su enferma; pulsa con
una mirada el sediento corazn que se asoma  los ojos de la joven, y se
duele:

--Ests lo mismo!

--Siempre estar as...

--Siempre, no. Dios te acendra, porque te elige y te destina sus divinos
consuelos... Lo dudas?--aade el apstol, ante la incertidumbre de la
dama.

--No lo puedo creer--responde ella con desconsolada sinceridad.

--Pero, quieres creerlo?

--Oh, s!

--Eso basta, por ahora, hija ma, eso basta; no te desanimes. Ten fe...
siquiera en tus nobles deseos de sentir y de amar... Ten esperanza en
tus altos propsitos...

Regina baja la frente suspirando.

--Reza con humildad--contina don Amador.

--Es que no puedo.

Tambin el sacerdote inclina la cabeza, y tras una pausa, dice:

--Aunque slo sea con los labios, reza, hija ma.

--Y ser eficaz?...

--Muy eficaz, por ahora--repite el cura.

Ella quiere alentarse; alza los ojos con un giro de confianza, y toda la
crudeza del horizonte se le mete en el corazn. Vindola tan abatida, el
prroco le ofrece:

--Quieres que yo te gue?

La viuda dice al punto que s. Y repite como un eco las jaculatorias
breves y dulces que el anciano recita con mucha suavidad, segn conviene
al espritu vibrante de la enferma. Cuando se deshace aquel grupo
conmovedor, tiene el sacerdote los ojos llenos de lgrimas, y los de
Regina quieren sonreir con gratitud.

Sin miedo al temporal, ofrece el cura volver pronto y se despide
conmovido, lleno de lstima. Detrs de los cristales la seora le ve
marchar: camina con torpeza sobre la nieve; el manteo flota mecido por
un aire de nevasca, sutil y asolador, y produce rumores sordos, como de
alas  de velamen, hasta que ya los pasos del apstol se extinguen con
aterciopelada blandura en el paisaje raso y tupido...

       *       *       *       *       *

Llegando la noche, Regina se sinti ms cansada que de costumbre;
cansada de la taciturna quietud de sus meditaciones y tristezas. Ya al
caer la tarde le acos  la dama un desfallecimiento profundo; y las
tres mujeres que la sirven y la miman, llenas de piedad y cario,
reconocironse intiles para darle nimos.

Dolores, tan penetrada como Eugenia de aquella punzante desventura, huye
del cuarto de la seora con delicado escrpulo de misericordia, como si
le alcanzara un asomo de culpa en aquel duelo inconsolable.

El hecho de que Pablo, con toda su intrepidez y adhesin no lograra
salvar al seorito, coloc  la pobre familia del marinero en un doble
caso de pesadumbre. Desde el juez, que oy las declaraciones del nico
tripulante del _Reina_ y hasta el hermano de la vctima y la propia
viuda, todos hallaron verosmil y sincero el relato lamentable; todos
saban que aquel rudo y valiente mozo trajo con Velasqun, entre la
vela del yate, amortajados para siempre, su bravo orgullo de hombre de
mar y su confianza en el destino.

El desconsuelo de Pablo era conmovedor. Se arrepenta con obstinada
queja:

--Por qu le obedec? Por qu salimos solos, si era una
locura?--Lloraba como un nio, y por primera vez en su vida tuvo fiebre
y necesit guardar cama. Apenas hizo entrega en el muelle de su triste
cargamento, hurtndose  los brazos de su madre y  las preguntas
tumultuosas del vecindario, corri  buscar un rincn en la casucha de
un camarada y escondise, hosco y rendido, luchando muchos das con la
calentura y con la pena. Cuando su robustez venci aquel violento
desequilibrio nervioso, fu imposible convencerle de que volviera  casa
de Regina.

--Para qu?--pregunt.--En el jardn no me necesitan ahora; en el mar
tampoco... No hago falta, no hago falta!...--repeta consternado. Por
fin acudi obediente al llamamiento doloroso de la seorita. Ella quiso
verle para identificarse ms con la terrible aventura, escuchndola de
su nico testigo: anhel conocer todos los pormenores de la catstrofe
para reconstruir en su imaginacin el cuadro siniestro y guardarle
esculpido en la conciencia, como perenne acusacin contra si misma.

Al entrar Pablo en la estancia, empujado por su madre, le tendi sus dos
manos la seora; y el pobre marinero, tan tmido otras veces, hall en
su propia emocin una hermosa actitud de humildad y de elocuencia; cay
de rodillas delante de la viuda murmurando:

--No le pude salvar ni  costa de mi vida! Lo juro... lo
juro!...--Chispeaba el sudor de la angustia en su frente morena, y todo
el cuerpo juvenil se remeca con el mpetu de la devota confesin.

Eugenia y Marta lloraron en silencio; y Dolores, al otro lado del
dintel, rompi en sollozos amargusimos ante un dolor tan semejante al
que ella memoraba toda la vida. Propensa al llanto, con esa blandura
propia de las almas sensibles, no comprenda la infeliz mujer cmo
aquella otra viuda, al borde mismo de la cruel desgracia, devoraba su
quebranto con los ojos ardientes y los labios mudos, sin una lgrima ni
una queja.

As estaba Regina. Hizo  Pablo sentarse al lado suyo, preguntndole con
prisas febriles todos los detalles del dramtico suceso; y al cabo de la
triste relacin, mostrse muy afable con el mozo, instndole  continuar
en la casa, tal vez con el secreto designio de que su presencia quedase
all  manera de clavo, fija y traspasadora, en un arrepentimiento
siempre agudo. Pero el muchacho logr evadirse:

--No, no; se me hace de mal,--afirm--me da en cara, seorita; ms
alante, si es caso, volver.

Y sali pesaroso, quebrantado, como si hubiera corrido otra borrasca.

Con aquella misma expresin de cortedad evitaba Dolores, en lo posible,
encontrarse con la seora; parecale que en los ojos, aun al travs de
lgrimas, le vea ella lucir el jbilo de que Pablo viviese; y
olvidando, humilde y generosa, que tambin el mar la haba hecho viuda,
imaginaba que el resplandor de su alegra de madre era hostil al pesar
de la joven. As los suspiros y los rezos de la buena mujer rondaban en
torno del aposento de Regina, como un tmido homenaje de gratitud y de
fervor en tanto que Eugenia y Marta pretendan acompaarla y distraerla.

Pero hay tales inquietudes en sus esfuerzos, y se las ve tan desanimadas
y confusas, que Regina recuerda, involuntariamente, la poca de su
desamparo y soledad, entre un nio moribundo y una mujer aturdida, all
en playas remotas...

Esta misma noche, las dos enfermeras se anonadan y confunden ante el
decaimiento de la dama; van y vienen  su lado, torpes y afligidas, sin
atinar con un buen remedio.

Eugenia se enjuga los ojos por los rincones, con disimulo pueril: Ir 
morirse tambin su Regina, lo que ms ama en el mundo? La adicta
servidora ha visto doblarse  su alrededor tantas juventudes, que una
desconfianza profunda le hace temblar. A este punto, por los resquicios
de los balcones se desliza una imperiosa rfaga de viento, y el ludir de
algunas puertas produce medrosa resonancia, como si por la casita
monts, arrebujada en la nieve, atravesare un soplo de espanto.

Hace Marta, temblorosa, la seal de la cruz, Dolores se apresura 
revisar fallebas y cerrojos; y trata de serenarse Eugenia, respondiendo
 la muda interrogacin de Regina:

--Salt el brego... As desnevar primero...

Aquella noticia no le interesa mucho  la seora, que se quiere acostar,
dbil y mareada. En tanto que la desnuda, al borde del tibio lecho,
preparado con solicitud, Eugenia exclama confidencialmente:

--Si fuera verdad lo que don Fermn supone!...

Regina se sobresalta un instante, y murmura incrdula:

--Le engaan sus deseos, como  ti.

--Pues tiene muy buen ojo y dicen que nunca se equivoca.

--No es infalible... Yo no espero nada.

--Por qu, criatura?... Ya ves que los sntomas...

--Pueden obedecer  otras alteraciones de salud... Acurdate de Spa y de
Ensenada. El mismo don Fermn cuenta que es muy obscuro ese primer
perodo... Nada espero--repite--. Y se encoge, tiritando de fro, en el
confortable refugio de su cama de nogal, viejo mueble que fu tlamo de
varias generaciones; que sabe de lgrimas y de suspiros; de ansias
virginales y de insomnios dolientes; de vidas que surgen y de
existencias que agonizan... Hoy le toca sufrir el temblor de un cuerpo
joven y hermoso, crcel de un alma toda luz y hielo; toda conciencia y
quebranto...

Crece la noche y desfilan una vez ms por la memoria de la viuda los
acontecimientos de los treinta das horribles transcurridos desde la
tragedia: all est palpitante, la mortal inquietud de aquellas horas,
cuando primero vi  Velasqun errar por la marina, solitario y tenaz,
como atrado por las espumas y los clamores de la marejada, y  poco le
descubri en el _Reina_, solo con Pablo, en desatinada aventura;
despus, la espera congojosa junto al balcn, atalayando el horizonte
hasta que aparece el yate  la vista, desmantelado y  remolque de un
vaporcito en demanda del puerto; casi en seguida _Timonel_, que llega
sin saber lo que dice; semblantes que gesticulan en el arrabal; Dolores
que vuelve riendo y llorando y que  las preguntas locas de Regina
responde al fin:

--El seorito Adolfo... viene herido...

Trata la esposa de correr al encuentro de aquella desgracia y la
detienen; la empujan hacia su habitacin, donde no escuche las voces de
la calle: aterrada, inquiere, suplica la verdad del siniestro, y el
espanto de todas las caras le responde... De pronto entra Manuel,
blanco, transido, y en impulso fraternal y conmovedor, ofrece los brazos
 la viuda. Pero ella, con la arrogancia heroica de quien se confiesa
pblicamente, grita:

--No; no me toques. Yo tuve la culpa de su muerte: le llam cobarde y
arrostr el peligro para probar que no lo era... Yo tengo la culpa!...

Todos creyeron que el dolor la extraviaba; pero Manuel la mir  los
ojos fijamente y huy sin volver la cabeza... El fnebre cortejo que
suba hacia el arrabal cambi entonces de rumbo y descendi al valle...
No protest Regina de que le arrebataran los despojos de su marido,
porque se consider indigna de hospedarlos: cerr su casa  las
importunas curiosidades de Torremar; abri su espritu  las voces de la
conciencia y qued escuchando la posa de muerte que durante nueve das
rod sobre la poblacin en frecuentes lamentos.

Cuando llamaron  don Fermn, creyendo muy enferma  la joven, ya don
Amador ofreca su asistencia piadosa, sin que le llamaran. Ambos fueron
recibidos en calidad de mdicos, sin ilusiones pero sumisamente; y ambos
aplicaron sus medicinas con misericordia y ternura sobre el alma y el
cuerpo de la infeliz. Mientras el sacerdote procuraba reanimar aquel
espritu helado, recetaba el doctor pcimas calmantes y repeta un
augurio muy dulce al odo de la mujer. Ya otra dos veces en aquella
ltima temporada y respondiendo  las consultas de Adolfo, don Fermn
calific de sntomas de embarazo las rarezas observadas en Regina; su
propensin  dormirse; sus disparatados sueos; y aquella actitud de
sonambulismo que al esposo alarmaba tanto. Pero la dama encoga los
hombros, en la crisis profunda de su indiferencia, diciendo vagamente:

--No puede ser.

Y al sentir de nuevo el roce balsmico de aquella esperanza, consciente
ahora, segura de no merecerla, repite:

--No puede ser.

Mas don Fermn, en su reciente visita, ha insistido sobre este punto,
casi con certidumbre, anunciando gravemente:

--Volver un da de stos y saldremos de dudas.

Un escalofro de sagrados temores estremece  Regina cuando recuerda que
el plazo va  cumplirse, y que su destino est pendiente de las palabras
que el mdico pronuncie. Pues aunque ech la muchacha la llave  todas
sus ambiciones, como un castigo que se impuso, la profesa consoladora
filtra en aquel espritu desierto un blando soplo de ilusin, igual que
el brego reinante introduce por hendeduras de las puertas sus audaces
silbidos y sus rachas impetuosas...

En el insomnio de Regina hay esta noche un tumulto de imgenes. El
cuerpo gentil que tiembla en la cama de nogal, est agitado por la fusta
de muy distintas memorias... Al romper la maana debe celebrarse, en la
capilla de los Velascos, el casamiento de Ana Mara y Manuel; silencioso
y triste como el que antao se celebr en la parroquia; tambin ha de
oficiar don Amador emocionado, y han de servir de padrinos una llorosa
dama y un caballero melanclico; tambin en la penumbra una mujer
llorar, de hinojos... Pero los desposados que se arrodillen entre doa
Mercedes y Carlitos, los novios de esta otra maana decembrina, van 
recibir un sacramento con la frente serena y los corazones henchidos de
piedad y de amor: la sublime locura de la _Bella durmiente_, contenida
en ntimos sollozos, ser ejemplo admirable de celsitud y sacrificio,
all donde _la novia de Gabriel_ hubiera lamentado  voces su frustrada
felicidad. Y si otros pesares menos ocultos enlutan el recinto y mojan
de lgrimas las oraciones de la boda... bien sabe Regina quin los ha
provocado, y en qu pecho repercuten con gritos de expiacin. El
matrimonio, en apariencia semejante al que la dama rubia conmemora en
cruel aniversario, sabe ella que es en el fondo muy distinto del suyo, y
admira con humildad sus nobles fundamentos: quiere Carlota partir con su
hijo para consagrarse  levantar el vuelo de aquel mustio corazn, en
saludable mudanza de horizontes; pero antes paga sus deudas de gratitud
 la ilustre familia de Velasco y ofrece  su hija la ventura, con
suprema generosidad, empujndola hacia el palacio del valle, donde
siembre sonrisas y consolaciones sobre la memoria de Velasqun;
consiente Manuel, devoto cumplidor de sus palabras y preclaro artfice
de bellas obras, y doa Mercedes abre sus brazos temblorosos para
abrazarse al hada del _Robledo_ como  un providencial refugio...
Peregrinos y claros le parecen  Regina estos propsitos que apenas
trascienden, ocultos con humilde cautela, bajo la capa misteriosa del
destino. Se tien de rubor las mejillas de la joven al recordar que pudo
confundir lo malo con lo bueno; los intentos obscuros y egostas, con
los altos y hermosos ideales. En las rutas determinadas y fras de
aquella alma, ya todos los rincones estn llenos de luz; y hasta la
mariposa vacilante, plida como un cirio, que alumbra el aposento de
Regina, adquiere una potencia singular  esta hora de confusiones y de
fantasmas, esclareciendo la vida entera de la dama rubia.




IX

EL VENTALLE DEL BREGO.--LA RONDA DE LOS SUEOS.--UN CORAZN QUE
NACE.--LA SINFONA DE LA NIEVE.--AMOR!


AMANECE; desnieva; el brego sacude con mpetu sus rfagas de otoo;
baja de los montes desmelenado, furibundo, y al roce de su aliento la
costa y el valle se derriten en aguas bullidoras.

En el dormitorio de Regina, la dbil mariposa, fcula de pensamientos
claros y tristes, crepita, tiembla y muere, mientras cauces y arroyos
dan curso  la corriente con sonoro cantar. Al cristalino son, ya
enervada y rendida, se adormece la dama: entran sus visiones en la
niebla del sueo, y an las alumbra un rayo fro de razn y de luz; una
chispa de sol que da en la nieve; un eco de verdad que repercute en el
alma. Los seres familiares, mezclados en curioso rolde con otros de
fbulas y libros, huyen ante la ensoadora, en fuga que acelera su
velocidad hasta producirle  Regina mareos horribles: al principio,
todas las imgenes descubre; pronuncia cada nombre del que pasa, y sabe
que al travs de ellos sinti curiosidad, inquietudes y codicias...;
amores? Mueve la cabeza negando, y  este movimiento, un malestar
fsico y cruel la punza en el estmago y las sienes... Tornan  girar
los semblantes de la ronda, cada vez ms de prisa y ms lejos;
gesticulan como si hablaran, pero ya la seora no los oye, y se tiene
que esforzar para distinguirlos: su madre, con el plido rostro que
Regina conoce en un retrato, sonre, sonre... aquella expresin
resignada se borra al punto, y slo queda un perfil triste que huye;
Jaime corre detrs altivo y hermoso, flotante la artstica melena, y
recitando coplas; le siguen Daniel, llorando; Eugenia, cansadsima; y
Carlos Ramrez con dos flores mustias en el ojal: la Bernalda joven se
enlaza con don Celso Ortiz; y Ana Mara y Manuel van muy contentos junto
al comisionista de Alcoy, que lleva de la mano  la ninfa Aretusa, en
pos de lord Byron y la condesa Guiccioli... Pasan  escape Ibarrola, el
doctor Marn y Adolfo Velasco, riendo como unos locos...

Cuando el rolde quimrico da la ltima vuelta  los pies de la cama de
nogal, en una sombra cada vez ms obscura, ya en el vertiginoso remolino
Regina slo distingue  Daniel, que rompe la cadena danzante para llorar
 gusto: crece su llanto como una marejada, con rumores de manantial; de
pronto no es Danieln quien llora, sino doa Mercedes, con la misma voz
hialina, semejante  la de un ro; y al cabo no es doa Mercedes
tampoco, sino la novia de Gabriel, la que se lamenta, con lgrimas tan
copiosas que ya su rumor finge el torrencial estruendo de una
catarata... Al fin desaparece la novia, pero los sones de su llanto
suben crecientes  los odos de Regina; y ya semejan ecos del diluvio,
ya estrpitos del mar. Al formidable impulso de tantas aguas, la casita
monts se pone en movimiento, deslizndose suavemente, acaso por un ro
apacible: tal vez por un lago melanclico. La dama rubia renueva sus
deliciosas navegaciones por el Rhin, por el Maran y el Napo: un
momento, imagina tripular la piragua de Tlaloc, el dios benigno de las
cosechas y las lluvias. Pero de repente la nave toma un mpetu loco,
salta, gira, va  hundirse en el abismo; es el _Reina_ lanzado, con
todo el aparejo, entre las olas y el vendaval! La voz de Pablo, ronca y
difcil, clama:

--Orce, don Adolfo!...

Regina, nauseando, aterrada, tiende las manos con ademn de supremo
terror, y otras muy suaves, se las reciben, mientras una voz, limpia y
clara como el cristal de una fuente, murmura:

--Animos, hija ma!... Ya me ha dicho don Amador que sufres mucho y que
ests en camino de santificarte.

Levanta con fatiga sus prpados la joven: un rostro muy blanco y un velo
de luto se inclinan hacia ella.

--Yo--balbuce--yo santificarme?... Si no tengo corazn!

--Si le tienes!--asegura con solemnidad la seora del velo.

--En dnde?

--En las entraas. Escucha... Escucha...

--Ah, s; un latido muy dbil, como de un corazn chiquitn, que nace
ahora!...--pronuncia Regina, reconcentrndose y sintiendo un blando
pulso en lo ms ntimo de su ser.--Es de verdad?--grita buscando  la
dama reveladora, que ha desaparecido.

Acude Eugenia:

--Qu te sucede? Ests peor?

Sin contestar, pregunta:

--Ha venido Carlota  despedirse?

--S; un minuto... Dormas; te di un beso y sali callandito... Ella y
don Carlos se irn en el tren de las once...

No quiere Eugenia comentar la boda que acaba de verificarse, ni remover
recuerdos que mortifiquen  su nia: descubre con angustia la palidez de
aquel amado rostro, y no sabe qu decir.

Ya estn abiertos los postigos: un sol resplandeciente se derrama en el
aposento, arrastrndose humilde en la alfombra, escalando los muros,
juguetn, y besando los pies de la cama con muchsima finura. Ha cedido
el viento, y desnieva en un cndido susurro de aguas limpias y veloces,
como aquella que dijo en la musa de un vate castellano:

    Era pura nieve
  y los soles me hicieron cristal.
  Bebe, nia, bebe
  la clara pureza de mi manantial.
  Cant entre los pinos
  al bajar desde el blanco nevero;
  cruc los caminos,
  d armona y frescura el sendero.
  No temas que, aleve,
  finja engaos mi voz de cristal.
  Bebe, nia, bebe
  la clara pureza de mi manantial.

    All, cuando el fro,
  mi blancura las cumbres entoca;
  luego, en el esto,
  voy cantando  morir en tu boca.

    Tan slo soy nieve,
  no me enturbian ponzoa ni mal.
  Bebe, nia, bebe
  la clara pureza de mi manantial.

En la voz de los cristalinos arroyos, escucha Regina invitaciones tan
delicadas como la del poeta; romances y arrullos, arpegios y estrofas
que tienen,  su parecer, el blando ritmo de un corazn inocente y
chiquitn, oculto en las entraas de la nieve.

Y as pasa una hora; la dama est mecida por el comps dulce, por el
misterioso latido que siente palpitar en cuanto la rodea; silba un tren
en la estacin del puerto, y el aviso lejano que tantas veces oye la
seora como un rumor cualquiera de la vida, la enternece y la turba, al
rodar hoy entre las pulsaciones de una fibra secreta, que ha empezado 
latir desde que la _Bella durmiente_ aparecise junto al lecho de nogal
y dijo  la de Alcntara:

--Escucha... escucha...

Y cuando Eugenia, sorprendida de aquella inmovilidad, pregunta  la
seora:

--Qu haces?

Ella responde sencillamente, con maravillada expresin:

--Estoy escuchando.

Luego se ruboriza, se aturde, y declara que quiere vestirse. Pero Marta
asoma al gabinete su lindo rostro para anunciar con algn misterio:

--Aqu est el doctor.

Entra don Fermn con aire solemne, saluda y soliloquia:

--Vamos  ver... Vamos  ver...

Qudase mirando  Regina, que se ha puesto muy plida; la pulsa, y
acariciando aquella mano temblorosa con paternal solicitud, trata de
entablar conversacin para distraer  su enferma; refiere que el
temporal le ha impedido venir aquellos das; habla del reciente cambio
de temperatura, y cuenta que ha estado en la estacin  despedir 
Carlota y  su hijo.

--Guapo mozo--medita--y tan adicto  su madre, que da gusto admirar cmo
la quiere. Por cierto--contina, clavando los ojos en la joven--que
Carlota me ha preguntado por ti con grande inters en casa de doa
Mercedes... Corren por el palacio vientos favorables  tu gentil
persona; y has de saber que los han levantado la de Heredia y sus hijos;
buena gente, esa dama y esos mozos; interesantes... muy
interesantes!...

Regina atiende con sntomas de emocin, tan raros en ella, que don
Fermn corta su monlogo de improviso, se levanta de la silla y repite:

--Vamos  ver... Vamos  ver...

Dirigindose  Eugenia, advierte:

--Separe usted los almohadones.

Saca luego del bolsillo un estetoscopio, retira alguna ropa de la cama,
y, tendida la enferma horizontalmente, la ausculta, primero, con la
mano; despus, con el odo. A cada nuevo examen, asevera el mdico
optimista y perspicaz:

--Muy bien... Perfectamente... Perfectamente...

Por ltimo, fija el instrumento en un punto determinado, y dice:

--Helo aqu; el corazn de la criatura.

--De qu criatura?--gime la incrdula, todava obcecada y absorta.

--De tu hijo, pardiez!--pronuncia don Fermn rotundamente.

--Bendito sea Dios!--balbuce Eugenia, con lgrimas en los ojos.

Regina ni se estremece ni habla, presa de un estupor inexplicable.
Dirase que ha reconcentrado toda su atencin en un hilo que baja desde
el techo y en el cual bulle, afanosa, una araa chiquitina y rubia. De
pronto se quiebra el hilo, el insecto desaparece y don Fermn, al
retirarse un poco, permite al sol, que ha ido subiendo por la cama,
besar la frente de la madre. A ella se le mete en el pecho todo el calor
del astro, y se cubre los ojos, cobardes para resistir la refulgente
caricia. El doctor cree que llora.

--S, tu hijo--vuelve  decir, emocionado--. Y aquella frase va
descendiendo con el sol hasta el alma de Regina y la llena de amorosa
blandura. Se incorpora la joven sobre un brazo nervioso y moreno, abre
los ojos con intrepidez  la firmeza de la luz y averigua, con la voz
empapada de profundas inquietudes:

--Est usted seguro?

--Tan seguro--sonre don Fermn--como de que naciste en mis manos.

Y haciendo algunas recomendaciones eficaces para la asistencia de la
dama, se despide muy placentero, con el orgullo de que sus palabras han
sembrado una alegra en aquella casa tan triste. Acompale Eugenia
hasta el portal, detenindole all con minuciosas preguntas que brotan
como flores de la recin sembrada ilusin. Cuando la buena mujer sube y
entreabre la puerta del dormitorio, Regina se ha vestido sola y est de
hinojos junto al lecho, en tan reservada actitud, que Eugenia vuelve 
cerrar y con un dedo sobre los labios va  reunirse con Marta y Dolores.
Ante aquella seal de silencio, la casita monts qudase muda, envuelta
en el rumor de las aguas y en las caricias frvidas del sol, con un aire
de misterio dulce, de escucho peregrino. La fachada blanca y verde
nunca mostr tan vivos sus colores ni tan vigilantes los ojos de sus
puertas: un solo hueco estaba cerrado y ya se abri al empuje de una
mano imperiosa.

       *       *       *       *       *

Al salir el doctor del saloncito, el primer impulso de Regina fu
levantarse; necesitaba hallar en el movimiento una fuerza fsica donde
sostener su terrible emocin; el instinto de la maternidad le sacuda
bravamente las entraas, desperezndose en ellas como un cachorro de
leona, hasta romper en un bramido brbaro y alegre, voz del alma y de la
sangre, frvido anuncio de victoriosa encarnacin: todo su ser se
desgarraba de golpe con una mezcla de angustia y deleite, de zozobra y
de jbilo; era el gran misterio de la vida, la suprema revelacin de
todas las ternuras concentradas en el amor ms grande de cuantos amores
humanos pueden sacudir el alma de una mujer.

Se visti Regina maquinalmente y fu derecha  abrir el balcn, empujada
por el afn de asomarse al mar y al cielo,  todas las visiones que
pudieran ofrecerle un retrato de lo infinito.

El sol inundaba el firmamento, esclareca los aires y descenda sobre la
tierra como las lumbres de un incendio glorioso. Deshacase la nieve en
risas y lgrimas, cayendo por las vertientes y ramblares, por las
acequias de los huertos, reverberando con tanto bro como si los montes
fueran de plata y se fundieran todos en el crisol esplendente de la
atmsfera.

Hundi la muchacha los ojos en el paisaje, mir al cielo,  la tierra y
al mar con ansia de luz; y deslumbrada por los reflejos del sol encima
de la nieve, sinti que en su pecho se deshaca algo tambin. Irgui
entonces su espritu, como un guila caudal, sobre las cumbres
congeladas, sobre las nieves muertas y derretidas, sobre los horizontes
flamgeros, al travs de los espacios pulverizados de sol; recorri de
nuevo, con la fantasa, los cuatro vientos de la rosa, los continentes y
los mares, las montaas y las riberas, los desiertos, las urbes
insignes; y por encima de las aguas, de las tierras, de los neveros,
sobre las selvas vrgenes, sobre las ciudades remotas, sobre la vida
brbara de los yermos, de las estepas implacables, en lo ms triste y
desolado del mundo, oy el mismo grito, la misma palabra, el mismo
arrebatado sollozo: Amor!

S; el amor era el grave secreto, el secreto  voces de la vida, el
motivo fundamental de todas las cosas, el sol que derrite todas las
nieves. Con qu elocuencia se lo decan  Regina el temblor del
paisaje, el gozo de las aguas, las vibraciones de la luz; imgenes vivas
de su alma en aquel recio amanecer de todos los amores!

Volvi el rostro hacia su aposento, di algunos pasos con sorpresa
inaudita, creyndose otra mujer, mirando en torno suyo con asombrosa
novedad; la cara de su madre en el retrato adquiri serfica dulzura,
mientras que en la fisonoma de Alcntara se extenda una tristeza
amorosa, algo parecido  un dulce reproche, mucho tiempo disimulado
detrs de la galante sonrisa. Abarc la joven ambas imgenes con una
mirada nueva, teida de ternura; pronunci interiormente en atropello y
confusin muchas frases clidas y anhelosas; el hermoso nombre de su
madre:--Rosario!... Rosario!...--Y luego:--Madre ma!--Y
despus:--Mi poeta, mi amigo, mi padre!...--Sinti que una marea de
lgrimas suba por sus nervios,  borbotones, murmur:--Adolfo!...
Perdn... perdn!...;--y cayendo de rodillas, quiso rezar; mas slo
acudieron  sus labios convulsos las cndidas frases de aquella
jaculatoria infantil: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto..._ Y en
el hipo de las palabras tumultuosas rompi  llorar como si un bloque de
hielo se derritiera en su corazn. La nube de llanto arrastr  los
labios de Regina, en fecundo roco, otra plegaria:--_Dios te salve,
Reina y Madre, Madre de misericordia_--y con asombro exquisito mezcl la
miel de este saludo  la confortable amargura de sus lgrimas,
repitiendo ferviente:--_Madre de Misericordia... Reina y
Madre_...--Pronunciaba cada slaba con sublime entusiasmo, como si
descubriese las estrofas de un poema colosal.

Amaba, al fin, aquella mujer, plena y profundamente, con una maravillosa
terneza en los sentimientos y una anchura fluvial en el alma. Amaba y
crea, llorando por aquellos  quienes no supo amar bien; probando el
refinado goce de sufrir por amor y de gozar sufriendo. Y tantas divinas
novedades eran para la moza como el hallazgo de un mundo novsimo; como
la epifana de muchos soles, juntos en una sola alborada; como un
despertar de alondras en el rbol del corazn...

Aqu est, lector, Regina de Alcntara: la viajera rubia, de inverniza
juventud; la mujer sabidora y escptica; _la curiosa impertinente_. Sus
yertos egosmos, sus antojos, sus incertidumbres, naufragan en el ro
tibio y oloroso del sentimiento, que ha quebrantado, al fin, los duros
tmpanos de sus prisiones; aqu est en humilde postura de enamorada;
reza y llora  los pies de una imagen de la Virgen con el Nio en los
brazos, divino seuelo de redencin y caridad; aqu est, escuchando
cmo late en sus entraas un corazoncito, que ha llenado el mundo para
ella de inefables ecos.

Reminiscencias de cosas incoercibles y lejanas; atisbos de lo porvenir;
efusiones sentimentales, florecen ya con suavsima contricin en el
pecho y en los labios de Regina, ungindolos de lgrimas,
embalsamndolos de fe; y su voz y su lloro suenan  besos,  piedades y
 canciones, como la voz mansa y pura del agua de la nieve...




INDICE


  LIBRO PRIMERO

  LA VIAJERA RUBIA

     I.--En el lazareto de San Simn.--Regina de Alcntara.
         --El espejo turbio.--Los misterios de una noche de
         Mayo.--La felicidad descalza.                                9

    II.--La infancia de Regina.--El rbol del bien y del
         mal.--Eugenia Barqun.--La vuelta del padre
         prdigo.--Viva la bohemia!                                 25

   III.--Pars.--La musa del boulevard.--Del Sena al Tber.
         --Las pulseras de fuego.--El castillo de Rolando.
         --Las fresas del Rhin.                                      39

    IV.--El nio enfermo.--Oriente.--Spa.--La mujer cabeza.
         --La media luna.--Vmonos  Amrica.--El mar.               51

     V.--Tres aos despus.--El ltimo soneto.--La Segadora.
         --Los sueos de una noche de calentura.--En las
         alas de un cndor.                                          63

    VI.--Ensenada.--Tristes anatomas.--Jacinto Ibarrola.
         --Placeres del gran mundo.--Los amoros de Regina.
         --La caa y el heno.                                        75

   VII.--Nuestras vidas son los ros.--La cruz de los Andes.
         --El loco de amor.--Regreso  la patria.--La costa
         de la muerte.                                               87

  VIII.--Aurora de Mayo.--Cruces y naves.--Centellica de
         amor.--Ah de la ribera!                                    99


  LIBRO SEGUNDO

  HUMOS DE REINA

     I.--Torremar, cinco minutos.--Memorias y mudanzas.--Los
         ojos entornados.                                           113

    II.--La cajita blanca.--Lumbres de hogar.--Remos y
         flores.                                                    121

   III.--Un alma nueva!--Historia de la Bella durmiente.
         --El paladn de Regina.                                    127

    IV.--Las alegres comadres de Torremar.--Estraduca.
         --La novia de Gabriel.--Idilio del boticario y la
         jamona.--La nia del Robledo.--Rfagas de piedad.        149

     V.--El ensueo del balandro.--Corte de amor y
         galantera.--Caballero en brioso alazn.                   163

    VI.--Adis, luto!--Petit Triann.--Prosigue la
         historia de la Bella durmiente.--La moral de
         Regina.--Tragedias y ternuras.--Las flores que no
         sirven para nada.                                          171

   VII.--El balandro de Velasqun.--Tempestad en un vaso de
         agua.--Nuevos apuntes para la moral de Regina.             195

  VIII.--La vindicta pblica.--La erudicin de la alcaldesa.
         --El aguijn de una copla.--Vanse los amores y
         quedan los dolores.                                        213


  LIBRO TERCERO

  EL DESHIELO

     I.--Revelaciones de una hora sentimental.                      223

    II.--Historias retrospectivas.--La infancia de la Bella
         durmiente.--La atraccin del abismo.--El fauno.
         --La mujer y la madre.--Un idilio y un juramento.
         --Aromas de caridad.                                       233

   III.--El maleficio de unas bodas.--La soledad de dos en
         compaa.--Para siempre!--Imgenes en la niebla.
         --La flor del romero.--Retratos, versos, risas y
         sollozos.                                                  253

    IV.--Luces de ocaso.--Los achaques de Regina.--Tinieblas
         de un naufragio moral.--La isla de las rosas
         plidas.                                                   269

     V.--Amor con amor se cura.--El profeta del almirez.
         --Mentideros torremarinos.--Un corazn por blanco.         289

    VI.--Fin de la historia de la Bella durmiente.                299

   VII.--Entre el cielo y el mar.--El placer del peligro.
         --La mujer y la ola.--Espejo de nautas y desengao
         de galanes.                                                317

  VIII.--La lmpara vigilante.--Rescoldos de la tragedia.
         --Los dos mdicos.--No puede ser...--Eplogo  la
         historia de la Bella durmiente.                          327

    IX.--El ventalle del brego.--La ronda de los sueos.
         --Un corazn que nace.--La sinfona de la nieve.
         --Amor!                                                   341




  SE TERMIN LA REIMPRESIN
   DE ESTE LIBRO EL DA 29
      DE NOVIEMBRE DEL
         AO 1919





End of the Project Gutenberg EBook of Agua de Nieve, by Concha Espina

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AGUA DE NIEVE ***

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    Chief Executive and Director
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